EL CAPITAL TECNOLOGICO*
por Pablo Levín
* Nota: la versión on-line es una transcripción idéntica y completa del libro "El Capital Tecnológico", Ed. Catálogos, 1997, Buenos Aires (Argentina).
1. PARTE PRIMERA. LA MERCANCÍA DEL CAPITAL.
ENSAYOS INTRODUCTORIOS.
1.0.0. Presentación del homo mercator.
1.0.1. Preludio en el mercado.
1.0.2. La riqueza y el poder... adquisitivo.
1.1.0. Mercancía y producto. La especie-mercancía.
1.1.1. Mercancía y capital. El género mercancía.
1.2.0. Transiciones en la figura de la mercancía.
1.2.1. La especificidad de la mercancía.
1.2.2. La genericidad de la mercancía.
1.3.0. Crítica de la tercera mercancía.
2. PARTE SEGUNDA. TESIS EN EL MARCO DEL
CAPITAL INDIFERENCIADO.
2.1.0. Valor y valor mercantil en el marco del capital no diferenciado.
2.1.1. Valor de uso mercantil. La riqueza que cobra forma de mercancía.
2.2.0. El valor en su forma mercantil: ¿forma mercantil del valor o forma
del valor mercantil?
3. PARTE TERCERA. TESIS EN EL MARCO DEL
CAPITAL DIFERENCIADO.
3.0.0. Hipótesis marco. La forma del plusvalor diferencial.
3.1.0. La diferenciación del capital.
3.1.1. Capital potenciado, capital tecnológico.
3.2.0. El trabajo que produce valor diferencial. Sus determinaciones
simples.
3.3.0. Breve interludio fenomenológico.
3.4.0. La mercancía del capital diferenciado.
Adaptado de la Tesis Doctoral: "El valor de cambio o la forma del valor mercantil. La teoría del valor en el marco del capital tecnológico". CENDES, Universidad Central de Venezuela. 1994.
"El capital tecnológico" pone en movimiento conceptos centenarios de la economía política. Confrontándolos con ellos mismos ante las inéditas realidades del presente, procura nuevas claves para comprender la naturaleza histórica y los límites económicos de la civilización capitalista, para abordar en consecuencia las tareas del presente.
Las ideas básicas (las claves de esas claves) fueron primero bosquejadas por la Ilustración en el siglo XVIII, expuestas luego científicamente por la Economía Política en las últimas décadas de ese siglo y primeras del siguiente, y reformuladas en una perspectiva socialista por Carlos Marx en la segunda mitad del XIX. La crítica de la economía política iniciada por ese autor revel" que el desarrollo capitalista sería la condición del desarrollo del proletariado revolucionario y de su emancipación. ¿El siglo XX confirma o refuta las grandes tesis marxianas?
La pregunta misma, en esta forma dilemática, es falsa. Después de la muerte de Marx transcurrió un siglo de insólitos cataclismos que, con intensidad creciente, transformaron las estructuras de la sociedad capitalista y, con ellas, las condiciones de la civilización y el socialismo. A la nueva perspectiva corresponden una visión retrospectiva igualmente original, y exigencias renovadas y más rigurosas sobre los conceptos fundamentales. En estas exigencias se inscribe "El capital tecnológico".
Hay tres versiones de la obra, anteriores a la presente. La primera es la tesis presentada por el autor en el Centro de Estudios del Desarrollo (CENDES) de la Universidad Central de Venezuela, con el título "El valor de cambio o la forma del valor mercantil", para optar al doctorado en Estudios del Desarrollo. Fue defendida el 30 de setiembre de 1994, recibiendo la Mención Honorífica y de Publicación. De esa primera versión se realizaron copias en mimeógrafo para el Jurado y unas más que el autor entregó a colegas y amigos.
La segunda es la Pre-edición, realizada por el Centro de Estudiantes de Ciencias Económicas (CECE), de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, con el título: "El valor mercantil en la época del capital tecnológico". La obra se compuso en cuatro fascículos de los cuales se imprimieron cien ejemplares. El futuro libro se dedicó a los estudiantes de economía política. En noviembre de 1996 se hizo su presentación pública en el Centro de Estudiantes, a la que fueron especialmente invitados como comentaristas los profesores de la Universidad de Buenos Aires León Rozichner, Alejandro Horowicz y Eduardo Rinesi.
La tercera versión es la primera que se publica en forma de libro, con el título "Economía Política del Capital Tecnológico". El mismo fue editado por el Centro de Estudios del Desarrollo (CENDES), de la Universidad Central de Venezuela, para su Serie Mención Publicación. La serie tiene la finalidad de estimular la investigación científica mediante la difusión de las tesis doctorales distinguidas por el jurado con dicha mención. Ahora bien, debido a disposiciones del editor, debió reducirse la extensión del texto a menos de la mitad. Se trata, por ende, de un compendio de la obra. Coincide aproximadamente con las partes Tercera y Cuarta de la presente edición.
"El capital tecnológico" es, pues, la primera publicación del texto completo. El mismo fue considerablemente revisado y mejorado con las críticas suscitadas por las dos primeras versiones. A algunos de los primeros lectores el autor les ha expresado su gratitud en el prólogo a la Pre-edición. Lo hace aquí, muy especialmente, a los organizadores y a los panelistas de la mencionada presentación realizada en el CECE. En particular, vuelve a agradecer a los licenciados en Economía Eduardo Crespo y Axel Kicillof, quienes persistieron en brindarle inestimable ayuda en la ímproba tarea de eliminar los defectos de esta obra, lo que hubieran conseguido en mayor grado de no ser por la cerril terquedad de su autor. No importa, porque el público conocerá bien pronto las primeras obras de estos jóvenes colegas.
Con relación a la tesis doctoral, los cambios son importantes, al punto que se puede decir que es otro texto; aunque, metafóricamente hablando, atañen al fenotipo. Gracias a las herramientas informáticas que facilitan extraordinariamente el procesamiento de textos y la administración de archivos, hoy es poco menos que inevitable que un texto continúe modificándose, especialmente mientras su autor, creyendo haber desbrozado terrenos vírgenes y abierto algunas perspectivas, sobrevive. Más todavía si, como es el caso, su época clama por el concepto, y él mismo se desenvuelve cotidianamente en un medio intelectual cargado de estímulos, donde padece el acoso de críticos que no por amistosos son menos exigentes. La diferencia más notable entre las dos versiones que llegan al público casi simultáneamente, "El capital tecnológico" y la "Economía política del capital tecnológico", es que ésta ha omitido la Introducción que, con inevitables correcciones, se ha conservado en la presente.
Tal Introducción es desmesuradamente extensa, ya que abarca la mitad de la obra. No cumple cabalmente el propósito propedéutico con que fue concebida, y por el que fue tolerada en sucesivas revisiones del texto. En efecto, varios lectores cultos y bien motivados han encontrado imprevistas dificultades en su lectura. Sin embargo, el autor quiso conservarla, por varias razones. Cree que contiene aportes originales, los cuales habilitan el desarrollo del argumento principal. Lo cierto es que se sugieren múltiples conexiones (no retomadas explícitamente en el texto central) entre conceptos elementales de la economía política, y con campos problemáticos y disciplinarios más extensos que los abarcados por la obra. Además, algunos de los lectores que expresaron su descontento testimoniaron también que un esfuerzo adicional puede no ser infructuoso. Con todo, si acaso un primer contacto con la obra le hace ver al lector el posible interés de una segunda lectura, puede ser conveniente en la primera pasar por alto la Introducción, para poner claro de entrada el resultado al que se apunta.
Lector, si lo hubieres, acompáñame en este recorrido de gratitudes, que si
fuera justo sería mucho más largo, por donde sabrás que si en esta obra hay
algún mérito es por la mucha suerte que tuvo el autor en sus afectos y
afinidades, y porque supo andar en buenas compañías, aunque a nadie culpa de
sus desaciertos, ni cuenta con consenso alguno en materia de ideas, donde no
hay otro compromiso que el de buscarlo sin concesiones.
Agradezco, pues
Al Cendes (Universidad Central de Venezuela), institución del saber, que brindó hospitalidad a emigrados sureños en los años malos;
A los autores a quienes más debo: Rousseau, Hegel, Marx;
A los adultos de quienes recibí mayor estímulo intelectual en mi juventud, Enrique Levín, Roberto Juarroz, José Luis Romero, Clement Moreau, Silvio Frondizi;
A los amigos a quienes más admiro por su inquebrantable fidelidad a la clase obrera, a la cual pertenecen por vocación: Manuel Molina, Edgardo Scarlassa;
Al maestro a quien más debo en mi formación como economista, Julio H. G. Olivera;
A la amiga, colega y antigua compañera que, hace demasiado tiempo, me animó a emprender la presente obra: Graciela Gutman;
A Luis Levín, de quien recibí ayuda, consejo y enseñanzas inestimables;
A Rafael de la Cruz, tutor de esta tesis de la que no es culpable, quien me brindó certera orientación académica y oportuno apoyo;
A los colegas que generosamente leyeron y comentaron primeras versiones de este trabajo: Ruy de Villalobos, Gerardo de Jong, Jorge Gonzalez, Roxana Rubin, Sergio Salvatore, Laura Nasatsky;
A los miembros del tribunal ante el cual defendí el proyecto de tesis, de quienes recibí valiosos consejos para mejorar dicho proyecto: Heinz Sonntag, Lourdes Yero, Sergio Aranda, Bernard Mommer;
A los miembros del tribunal ante el cual defendí la tesis, Sergio Aranda, Domingo Maza Zabala, Héctor Silva Michelena, Francisco Mieres, cuyas valiosas recomendaciones fueron recogidas en la presente versión;
A los jóvenes colegas que leyeron y criticaron el texto original, y de quienes recibí inestimable ayuda en edición y administración de archivos, Gabriel Bezchinsky, Marisa Alvarez, Amelia Siso, Leandro Haberfeld, Axel Kicillof, Eduardo Crespo;
A Beatriz Valeiras, mi alter ego en la dirección del Centro de Estudios de la Planificación y el Desarrollo, que me reemplazó, con ventaja, durante mi larga dedicación al presente trabajo;
A mis hijos Santiago e Ingrid, Florencia y Fernando, Sofía, Natalia, a mi amada y amante esposa, Beatriz Rojas; y
A los estudiantes de Economía
Política, a quienes está dedicado este trabajo. En particular, a los
participantes en las históricas Asambleas de 1995 que, al debatir el programa
de estudio de la Licenciatura, descubrieron que la ciencia es potencia
emancipadora.
"I have long asserted,
and I repeat once more, that my system is nothing other than Kantian... I have
said that, not to hide behind a great authority... but to speak the truth, and
to be just." ("Afirmé durante
mucho tiempo, y repito aún, que mi sistema no es sino kantiano... He dicho
esto, no para esconderme detrás de una gran autoridad... sólo para decir la
verdad, y ser justo."). FICHTE, Johann Gottlieb, citado por SOLOMON,
Robert C. (1983).
"En 1871 el doctor Nikolái Sieber, profesor de Economía Política de la
Universidad de Kíev, había presentado ya... mi teoría del valor, del dinero y
del capital, en sus lineamientos fundamentales, como desenvolvimiento necesario
de la doctrina de Smith y Ricardo". MARX, K. "El Capital..",
"Epílogo" a la Segunda Edición, 1873.
"No nos preguntamos si la teoría de la forma del valor y la teoría del
valor (comprendida ésta en aquélla) ofrecen un fundamento adecuado para el
análisis de las novísimas configuraciones de la producción y del "cambio
económico contemporáneo". La cuestión que planteamos es otra: si las
formas y estructuras contemporáneas del capital plantean nuevos problemas y arrojan
nuevas luces sobre el valor y la forma del valor y sobre la naturaleza de la
mercancía. La pregunta acerca de la adecuación de la teoría del valor se
invierte: lo que inquirimos es si el capital en su desarrollo -transformación,
exacerbación, extinción-, se mantiene fiel a su concepto, si exige de su
principio nuevas relaciones y contenidos y, en tal caso, cuáles son las
transformaciones necesarias en la teoría para producir el fundamento que se
reclama y vale como capacidad de transformación". Del "Proyecto de
Tesis".
Varios
milenios anduvo la mercancía por el mundo hasta que, hace dos siglos apenas,
merced a la mutación más profunda de la historia, nació el homo mercator.[1][1]
Lo
mismo que todos sus variopintos antecesores precapitalistas, tan ubicuos en la
historia como en la geografía (mercaderes de la antigüedad clásica mediterránea
y de los reinos asiáticos, pueblos traficantes, corporaciones y ligas
comerciales medioevales, cambistas y prestamistas cuasi sempiternos,
contrabandistas y comerciantes intérlopes -piratas de ocasión-, banqueros
cosmopolitas, "staplers", aldeanos feriantes, pulperos, lonjistas,
mercachifles y buhoneros de toda laya), también el homo mercator va al mercado
por dinero o con él, y en este trajinar que le convierte alternativa y
sucesivamente en oferente y demandante es mediador del mismo vínculo
productivo. Pero, a diferencia de todo otro dueño (o representante, corredor,
consignatario) de mercancías, incluso de todo capitalista precapitalista, para
el homo mercator, criatura y agente de la sociedad moderna, este vínculo es
exclusivo, excluyente, universal. No es él, como aquéllos, el portador de la
relación mercantil entre sociedades no mercantiles, "en el límite de las
comunidades", sino que pertenece a una sociedad que es, ella misma, dice
Smith, propiamente comercial. "Así, cada hombre vive del intercambio, o
deviene en cierto modo un mercader, y la sociedad misma llega a ser lo que es
propiamente una sociedad de comerciantes".[2][2]
El
discurso ilustrado (desde Spinoza, quien reclama libertad para filosofar, hasta
Quesnay y Gournier, que claman por la libertad de comprar y vender) se pone del
lado del comerciante y el banquero -y del merchant adventurer, precursor del
capitalista industrial- contra las restricciones medioevales; exculpa al homo
mercator de la condena tomista, lo exime de los deberes de la solidaridad y la
compasión, y lo declara, en fin, benefactor de la humanidad. Porque, sostiene
la economía política en su versión smithiana, el instinto natural providencial
del homo mercator, al impulsarlo a obtener el mayor beneficio individual, y a
mantener ese impulso mediante la frugalidad (en oposición a la prodigalidad),
que en un lenguaje ingenuo significa comportarse como capitalista), ennoblece
el egoísmo individual trocándolo en altruismo. Guiado por un yo interior
objetivo e "imparcial", protegido por el espíritu de competencia ("led
by an invisible hand... without knowing it, without intending it"), sirve
el interés de la sociedad ("the interest of society").
Contra
el terror arcaico el hombre histórico interpuso su vínculo social extendido, la
producción. No eliminó el terror sino que, alejándolo, creó el dominio de lo
terrorífico y lo pobló de los poderes macabros: el natural y el espiritual, que
desde entonces se confabulan en la trama del destino. El imperio de la
mercancía dió pábulo a la ilusión del progreso entendido como el dominio humano
sobre la naturaleza. Las mismas luces que disiparon la figura del dios
antropomórfico proyectaron las sombras en las que todavía germina el hombre
real. Es verdad y es mentira que el hombre ha trascendido de la naturaleza, que
la ha creado, que la domina. Es mentira porque el hombre es una criatura
natural, es verdad porque la naturaleza es el producto negativo del desarrollo
humano. Han nacido a la vez el hombre y la naturaleza cuando el hombre se unió
a sí mismo escindiéndose en amo y esclavo. El amo debió extirpar en el otro la
otridad, cautivándole, reduciéndolo a la condición de una bestia domesticada
que ya no participa de la cualidad de lo terrorífico. Al reconocer a otro
humano como objeto crea el primer objeto y éste es, antes que conocido, cognoscente.
Pues
por más que sus necesidades y sus capacidades se desplegaron, ¡a la par!, en
toda dirección y dimensión, su propio trabajo directo -dice Smith- apenas puede
brindarle una porción mezquina de los objetos de sus deseos, igualmente
múltiples y multifacéticos. Perdió su habilidad individual para desenvolverse y
sobrevivir en un medio enteramente natural, y por eso parece como si su
potencia laboral fuera a la zaga de su capacidad productiva, o ésta de aquélla,
o como si sus capacidades y sus necesidades desenvolviéranse la una en desmedro
de la otra. La paradoja se disipa al revelarse el carácter esencialmente social
de ambas, en el concepto de división social del trabajo.
En
virtud de ese principio -prosigue el mismo Smith-, el individuo "tiene
ocasión casi permanente para la ayuda de sus semejantes". No la obtiene
implorándoles su benevolencia, ni poniéndose a su amparo o apelando a su
solidaridad, pues en vano -añade- esperaría ese socorro únicamente de la
solidaridad: más le valdrá que algunos de sus semejantes tengan un interés
egoísta en favorecerle. ¿Cómo lograrlo? Ofreciendo a quienes pueden ayudarlo
una ventaja que tampoco ellos podrían alcanzar por sí mismos. Toma y daca:
"[for] it is not from the benevolence of the butcher, the brewer, or the
baker that we expect our dinner, but from their regard to their own
interest".[3][3]
Y la
solución del problema del valor en
cuanto sustancia social es curso y decurso práctico antes de ser
discurso teórico. El valor constituye una esencia objetiva, un proceso de
"abstracción real". La colmena mandevilleana ha encontrado la
solución de este problema tan pronto como los hombres, rompiendo
indiscriminadamente los lazos entrañables y las crueles cadenas que los unían,
entregándose cada uno a su egoísmo abstracto en beneficio de todos
("Private Vices, Public Benefit"), pusieron sus productos en el
mercado, se convirtieron en hombres mercantiles y entablaron unos con otros el
vínculo precario y universal. Este nexo productivo corrompe y destruye sin consideración
y, en definitiva, torna superfluo, todo lo que antes mantuvo la trama de los
destinos humanos (jefes, lealtades, homenajes, cultos, costumbres, pactos
territoriales, alianzas militares, obligaciones consuetudinarias, deberes
vasalláticos, dominación personal, virtudes, patriotismo, comunidad, religere,
lo noble y lo sagrado), y vuelve a unir el espíritu de la comunidad que
desgarró, pero ahora como una fuerza indiferente, material. El valor es ese
algo social general que cobra objetividad a través del imperio de su norma que,
dice Marx, "sólo puede imponerse como ley promedial".[4][4]
"Su propio movimiento social posée para ellos
la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control se encuentran, en lugar de
controlarlas. Se requiere una producción de mercancías desarrollada de manera
plena antes que brote, a partir de la experiencia misma, la comprensión
científica de que los trabajos privados -ejercidos independientemente unos de
otros pero sujetos a una interdependencia multilateral en cuanto ramas de la
división social del trabajo que se originan naturalmente- son reducidos en todo
momento a su medida de proporción social porque en las relaciones de
intercambio entre sus productos, fortuitas y siempre fluctuantes, el tiempo de
trabajo socialmente necesario para la producción de los mismos se impone de
modo irresistible como ley natural reguladora, tal como por ejemplo se impone
la ley de la gravedad cuando a uno se le cae la casa encima". "El
Capital", S. XXI, págs. 91/2.
En este
punto hay una llamada y, en nota al pie, el célebre fragmento del joven Engels:
«¿Qué pensar de una ley que sólo puede imponerse a
través de revoluciones periódicas? No es sino una ley natural, fundada en la inconsciencia de quienes están
sujetos a ella.» En la connotación de "natural" no hay que confundir
el concepto de alienación en Hegel donde, explica Colletti, "significa
simplemente la objetividad de la naturaleza, con el concepto bien distinto que
encontramos en Marx, donde no se refiere a objetos de la naturaleza como tal
sino a lo que ocurre a los productos del trabajo cuando (como resultado de
relaciones sociales específicas) devienen mercancías o capital". COLLETTI,
L. "Introducción" a los escritos juveniles de Marx (trad. ad hoc). (MARX, Karl, + COLLETTI, Lucio (Introd.) "Early
writings. Critique of Hegel's doctrine of the state. Letters from the
Franco-German yearbooks. On the Jewish question. Excerpts from James Mill.
Elements of political economy. Economic and philosophical manuscripts.
Concerning Feuerbach. And other writings", Vintage Books, New York, 1975. Pág. 16).
Esta
distinción específicamente mercantil se pone de relieve en el concepto del Das
Kapital. El fragmento de Engels, fechado un cuarto de siglo antes de la
publicación del Primer Tomo, cobra en este contexto un significado que apenas
despuntaba en el original. Lo mismo ocurre con los autores más diversos citados
en la obra de Marx.
La
consciencia natural "sabe
algo" sobre la alienación del trabajo social en el valor mercantil, y
tiene la solución de un problema que ni siquiera ha formulado. Pero esta
consciencia es mercantil y, en su mundo desencantado, es presa de un hechizo.
"Así entra en la estrechez del escenario
la Creación entera en su amplia esfera,
y va con cuidadosa rapidez por el mundo,
del cielo hasta el infierno."
Goethe, J.W. "Fausto. Preludio
en el teatro".
"Ya comenzaban en el puchero humano de la
Corte a hervir hombres y mujeres, unos hacia arriba, y otros hacia abajo, y
otros de través... trabándose la batalla del día, cada uno con disinio y
negocio diferente, y pretendiéndose engañar los unos a los otros, y
levantándose una polvareda de embustes y mentiras, que no se descubría una
brizna de verdad por un ojo de la cara..."
Velez de
Guevara, L. "El Diablo Cojuelo".
¡La
humanidad es posible! Debe su amenazada existencia, y sobre todo su realidad
incipiente, virtual, programática,
al Capitalismo.
Los
capitalistas captan esta verdad a su manera. Teniéndose por acreedores eminentes
de tan inmensa deuda, se apresuran a cobrarse con avidez y con creces lo que
"tienen" por propio. Y suya sería la totalidad absoluta de las
riquezas, si no les estuviera negada la más alta. Pues no podrán aspirar, bien
lo saben, a la veneración que los pueblos reservan a sus sabios y a sus poetas,
a los hombres virtuosos. Ellos confunden la dimensión infinita de esas venturas
con sus propias groseras representaciones en las que la felicidad no se
distingue de la saciedad, y porque sus peculiarísimas y pecuniarísimas
aspiraciones son de tal carácter abstracto que jamás podrían ser colmadas.
Las
grandes obras del capital son admirables, tanto como unilaterales, desmesuradas
y monstruosas. Sus apologistas señalan hacia lo alto, para mostrar en sus elevados
sitiales a los grandes principios: la propiedad, la libertad, la democracia, el
progreso. Y allí están y son, en verdad, principios elevados, pero si los ha
puesto en vigencia no es porque los realizó sino porque lo hizo hasta el punto
en que se volvió incompatible; consumó su negación radical trocándolos en
esencial necesidad.
El
capital lleva a cabo el despliegue más grandioso de las capacidades
productivas, pero empuja a la humanidad al borde de la extinción. Convoca y
aglomera masas humanas continentales; las condena a la más brutal carencia, y a
todos los hombres a la vida privada, que es una vida de privaciones esenciales.
Su acumulación voraginosa arranca rudamente al espíritu de su adormecimiento
dogmático, desencadena las ciencias y las azuza en sus aplicaciones
tecnológicas, vierte tesoros fabulosos en las aventuras del pensamiento
devenidas empresas de capital, razón, logos, espíritu del capital, de suerte
que las personas portadoras de potencias acumuladas por la humanidad para la
creación de nuevas habilidades, deben actuar sus propias capacidades como
propias del capital; y someterse sin derechos ni garantías formales a la
autoridad más tenebrosa, la de las luces, al despotismo más cruel: el de la
plutocracia sobre la ciencia.
Así, las
abejas obreras de la ciencia del capital son ungidas y uncidas por el poder
crematístico (concepto que une a Marx con Aristóteles, por encima de las
cabezas de Hobbes y de Smith). Rebajados a un profesionalismo unilateral, los
trabajadores de la ciencia -los "eurekos"- viven una vida espiritual
escuálida, privada. Sus nombres innumerables, inscriptos sobre las grandes
realizaciones humanas de la época, confirman una verdad eterna, que el espíritu
nunca es superior a sus manifestaciones, y descubren una nueva: ¡que puede ser
inferior! Pues si todo concepto debe encajar en una definición, sabio es
-todavía- el hombre que sirve con devoción a sus semejantes, y en ello aúna el
saber y la virtud; poeta es un trabajador que en su producción y por medio de
ella es libre; y capitalista es...
Es el
hombre del capital, o la persona que
se comporta en su relación con el capital como poseedora y a la par como
posesa; ésto es esencial, aquéllo contingente: lo que transforma a hombre o
mujer en un capitalista es la unión de su persona con el logos irrefrenable del
capital, la comunión hipostática de su voluntad con la destinación expansiva de
la sustancia dineraria. Es un maleficio que se apodera de su voluntad y la
concentra en una adicción compulsiva, convierte a la persona en insaciable
energúmeno, borra en su alma toda lealtad que no convenga a su fanatismo y no
sirva a la finalidad excluyente, y le enceguece al punto que no podrá ya ver en
el prójimo sino al enemigo inescrupuloso o al instrumento del que puede valerse
astutamente.
Todo
hombre o mujer que cayó bajo este hechizo diabólico anhela la salvación. El
mismo deseo vehemente se abre paso en cada consciencia, convoca a todas las
voluntades de la época y las proyecta hacia la figura fulgurante del capital. A
los pies del ídolo que se fragmenta la sociedad se desgarra, los pueblos se
disuelven en multitudes de individuos despavoridos, los guerreros se vuelven
soldados mercenarios, las tripulaciones se entregan a degradantes disputas
entre náufragos. Su precipitación por salvarse los reduce a la bestialidad y
los arroja a la perdición; unos se identifican frenéticamente con una cabeza de
la hidra, convirtiéndose en órgano, ojo, diente o lengua del monstruo, otros
sueñan con el héroe legendario que de un solo golpe le cortó las cabezas.
Presas de sus propias alucinaciones, los primeros lanzan denuestos contra los
últimos y les persiguen acusándolos de amenazar su libre albedrío y... ¡de
soñar!
*
La sociedad dominada por el capital es en
verdad una comunidad fragmentada en una profusión de partículas societarias,
tales que todas procuran pero ninguna logra erigirse en la partícula suprema.
Pero estos islotes o continentes o burbujas, cada cual con su déspota, estos
castillos con sus respectivos señores de tamaños y potencias entre
gulliverianos y lilliputenses, rotuladas cada cual con su nombre o razón
social, son las empresas de capital; ellas conservan su continuidad en (y por)
medio de la discontinuidad de las partículas de capital, lábiles y evanescentes,
abstractas, que constituyen su sustancia en movimiento espasmódico, del mismo
modo que los océanos o las cataratas mantienen una identidad y un nombre propio
que no compete a las moléculas o gotas anónimas que en ellos fluyen. No hay
capital que no tenga como premisa la existencia de otros muchos capitales, ni
empresa de capital de la que pueda decirse: «he aquí la sustantivación del
predicado "capital", que vale como propio de la cabeza; porque es
ésta la máxima o principal en grado superlativo; ésta es a toda otra empresa
como es a todas las ciudades menores la urbe sede de la suprema autoridad de la
nación». La multiplicidad pertenece a la esencia del capital, y afecta tanto a
los capitales y a las empresas de capital, cuanto a las empresas capitales. Ellas
son numerosas, mas no se les escapa por ello su elevada condición jerárquica,
como no la pierden las ciudades capitales por haberlas muchas, de numerosos
países, ni la ven menoscabada los pecados capitales por andar en tropel. Lejos
de configurar una metonimia impertinente, el nombre "Capitalismo" cuadra mejor que cualquier otro al concepto
de un sistema que tiene la repulsión de todas sus partes por fundamento de su
unidad.
En cada
una de esas múltiples ínsulas capitales hay personas capitales, principalísimas,
que no reciben órdenes sino que las imparten y detentan la potestad de designar
ejecutores, de conferir y revocar mandatos. El Olimpo del capital donde ellas
moran es un locus disperso y
cambiante aunque inconfundible; comprende despachos, mansiones,
"reposorts", entradas VIP, toda suerte de suculencias y primicias
que, como sus dueños, se distinguen de sus semejantes no sólo ni tanto por su
calidad suntuosa como porque por medio de su diferencia portan y anuncian el
principio natural de que lo superior es por naturaleza para la superioridad.
Representantes plenipotenciarios, virreyes del capital; exaltados a la dignidad
de supremos asignadores de los recursos productivos de la sociedad; consagrados
por la inescrutable providencia como máximos disponedores y dispensadores en
última instancia de las capacidades colectivas de los hombres; investidos de
honores y poderes consiguientes, no los amarran cadenas. Pero no son libres de
ellas: condenados a interpretar la destinación del capital, no pueden errar o
contrariarla sin derrumbarse al abismo espantoso de la igualación social.
Para
quienes viven bajo el talión del capital la vida es un afanoso trajinar de la
sima intolerable a la cima inalcanzable. Puja feroz por la supervivencia
incierta: ¡sabia disposición del orden establecido que favorece el surgimiento
de los más aptos y asegura siempre el triunfo... de los triunfadores! Los
beneficios del credo del capital no están reservados con exclusividad a los
fundamentalistas que nacieron en la Fe: se extienden a los conversos y apelan a
los hombres y mujeres genuinamente iluminados por la ambición personal. El
"colonizado laureado" (Sartre) es portador de un mensaje que él mismo
no puede descifrar, puesto que (por definición) no le es dado transponer la
conciliación falsa, no mediada, de la universalidad con la dignidad. [5][5]La consagración de todos es
imposible, pero esta imposibilidad no desmiente la igualdad de oportunidades
que promete el sistema: pues a todo conquistado se le presenta al menos una
ocasión de colaborar, a todo sumergido una de elevarse sobre otro, a todo indio
social la de ingresar al noble cuerpo de los cipayos sociales, a todo objeto de
explotación laboral la de devenir sujeto activo. Sin más requisito que la
prueba iniciática de su advocación, sin aporte societario original en trabajo,
dinero o especie, pueden ser ascendidos de simples personas a personificaciones
del capital; integrar la gran clase capitalista con los capitalistas de gran
clase. Y, junto a ellos (si no a su vera, a sus pies), alcanzar el elevado goce
de pertenecer a la familia, tribu o secta adscripta a una razón social, forma
vicaria pero privilegiada (en una sociedad desgarrada) de religere, de amor en comunidad: al referirse a su empresa estarán habilitados para
hacerlo en la primera persona del plural aunque el suyo no pasará de ser un yo
que repta bajo uno colectivo, jerárquico, donde el fetiche determina el lugar
de cada quién, su grado de subordinación o empinadura.
No
faltan en sus vidas la angustia y el sinsabor, pero no ignoran que más
dolorosas que las suyas son las horas de los Prometeos y más sudorosas las
jornadas de los Sísifos que, empujando su piedra, viven desviviéndose por
sobrevivir, y más duras aún las semanas y las vidas de los que desde la
intemperie social (la más atroz) claman hasta después de la esperanza por que
se les conceda como gracia una cadena y una piedra. Ejecutivos, profesionales,
humanos calificados o descalificados, obreros desocupados, hombres
indeterminados (vale decir, sin condición ni nexo), marginales, carenciados,
superfluos, hacinados, gentes sin tacha ni techo, sin nombre; poblaciones
anómicas, familias desamparadas, todos libres e iguales. Libres por igual de
escoger la casa de comercio o industria a la cual ofrecerse para ejercer y
realizar en ella sus facultades humanas multilaterales y su libertad; y, en
este mundo libre de hombres libres, lo es también ínsitamente el capital de
aceptar, rechazar, escoger, condicionar o despedir las libertades que le son
ofrendadas. Pero cuando las sucumbencias ofrecidas son aceptadas los
sucumbentes pierden su condición de humanos libres porque en esa su casa
deberán obediencia a normas que no hicieron y a jefes a los que no confirieron
representación ni mandato.
Y poeta
es el trabajador que en su trabajo y por medio de él es libre. Pero en el
capital la poesía no libera, sólo suscita una añoranza dolorosa, casi
insoportable, por la libertad futura. He aquí la leyenda del gran portón de
entrada: "Arbeit Macht Frei".
La
empresa de capital lleva dos máscaras, una de sumisión y otra de mando: de un
lado el anhelante rostro de esclava complaciente y festiva, dispuesta a lucir,
oler y moverse como lo quiera su cliente; de otro la facies de autoridad
envarada, pronta a impartir órdenes, administrar penitencias, amonestar o
preavisar, la que durante la jornada laboral representa a los acreedores frente
a deudores de la carne y el espíritu, penados, penitentes. De un lado la
lozanía, la gracia y las ventajas de los nobles productos; del otro, todo el
inacabable tedio carcelario, [6][6]la autoridad cuartelaria.
Jekyll y Hyde, figuras del anverso y del reverso, una para ofrecerse al mundo
externo donde la empresa va como mercancía, otra para controlar los dominios
intermedios donde anda como dinero y, finalmente, para supervisar y vigilar su
recóndito mundo privado, donde Shylock devenido capataz debe poner en
movimiento las capacidades que él o su mandante adquirió en usufructo temporal
y que debe arrancar, antes de que expire el plazo, de los lomos y los cerebelos
de sus reticentes portadores. Dos carátulas del capital, mercancía y dinero, y
un proceso interior, que ya no es el de formas expresivas sino de contacto,
contracción, secreción, sinapsis, actividad de miembros y órganos en acción, vigilancia
de cautivos y cautivas, supervisión de las labores de los súbditos del reino de
la necesidad, que, por serlo, son voluntarios mas no voluntariosos; no
intentarán fugarse, pero no se les pierda de vista porque siempre están prontos
a quedarse con algo de lo que ya no es suyo.
El
poder directo que brota del capital queda encerrado en las propias entrañas de
la empresa, tiene la forma y el significado de la autoridad interior. No
corresponde a su concepto que escape al exterior pero sí que desborde de sus
límites, y en esta transgresión desata una violencia terrorífica sobre víctimas
inermes. Arbeit Macht Frei. El trabajo hace libre, tal el lema de Auschwitz,
la poesía de la exterminación,
"as a nerve
o' er which do creep
the else unfelt
oppression of this earth" (Shelley).
La
fuerza del sarcasmo proviene de una verdad cautiva, que una vez fue reclamo y
promesa del capitalismo incipiente. Pero la dialéctica del opresor y el
oprimido sólo revela la libertad de éste como negación, como libertad que aún
debe mediarse; y la única verdad del oprimido es su no-verdad, la no-realidad
de su existencia: su libertad no es "de", ni "para", sino,
ante todo, "contra". Pero, cuanto más burda es la mentira de los
poderosos, mayor es la fascinación que ejerce sobre los miserables.
No
solamente los fieles y los adictos oran en el ubicuo templo del comercio: las
feromonas activas en los destellos del oro compelen a los contemporáneos todos,
y hasta la paganía más empedernida es arrastrada en masa por el capital al
ecuménico frenesí de sus ritos orgiásticos. Es la historia, por primera vez
inmediata y directamente mundial. Nadie queda fuera del gran reparto concebido
en celebración del capital, ni siquiera los condenados al papel de condenados.
Es que el mundo del capital se distingue de cualquier otro igualmente formado
por cazadores y piezas de caza en que éstas no huyen del predador sino que,
obedientes a un impulso irresistible, se arrojan a sus fauces.
El
ansia de capital hace presa por igual de poseedores y desposeídos, tornándolos
en poseídos y posesos. Cada uno sueña su sueño de salvación. A humanos
humillados y carentes les cabe concebir el mundo desde su sometimiento,
figurarse con inefable regocijo un gran banquete donde ellos no son la res en
el asador sino comensales de gran señorío, amos y príncipes; que, sin tener que
servir ellos a nadie, ni rendir pleitesía, se hacen servir y adorar. Cábeles
también esperarlo todo de un exorcismo que les libere, a ellos y a los suyos,
del poder maligno. Pero, acaso, no satisfechos con estas compensaciones y
consuelos siempre disponibles para los miserables, terminarán por entregarse a
una desazón profunda. Entonces renunciarán a todo lo que no sea su mera
realización como personas. Y permanecerán en esa ensoñación hasta el día que
reconozcan que eso más elemental a lo que se resignarían es lo más alto y está
en sus manos.
*
Pero,
si el hombre individual apenas en sueños se aventura más allá de lo posible, la
historia es la incesante conquista de lo imposible, o, lo que tanto vale, el
progresivo despliegue de las capacidades del hombre. El capital es la instancia
en que esa potenciación se exacerba. Merced a su desarrollo, hazañas otrora
imposibles son, hoy, obras factibles. Es técnicamente posible la transmutación
de los elementos y es históricamente necesaria y posible la superación del
capital. Antes de nuestra época los hombres se proponían, sin lograrlo,
convertir materias viles en metales nobles, y lograban, sin proponérselo,
transformar en oro sus propias relaciones productivas. Con esta mutación se
produjeron muchas otras: un aura resplandeciente iluminó los destinos comunes
de los hombres y elevó los frutos del trabajo humano a un estado de gracia; de
pedestres y vecinales como lo fueron siempre, los volvió trascendentes y
universales. Nada en el mundo se salvó de ser tocado y trastocado por el
hechizo refulgente. El espíritu genérico cobró vida transmutado en venalidad
generalizada, el mezquino egoísmo echó a valer como altruismo, materiales
comunes y hombres rasos se trocaron en oro nobilísimo.
Grande
y poderoso fue el demiurgo de tanto universo. Mas no fue dios, mesías,
príncipe, filósofo, general, ni, en verdad, persona alguna. Fue un enjambre de
cosas, animadas por un encantamiento insólito; un pronunciamiento de objetos
conjurados contra sus sujetos respectivos. Precisamente de esto aquí se trata: acerca de cómo un ser inerte y carente de
voluntad se convierte en mercancía, y de cómo, al cobrar este carácter, se
posesiona ferozmente del alma de su amo.
*
Si lo
que convierte un objeto cualquiera en una mercancía es la voluntad de su dueño
de desprenderse de él a cambio de otro objeto en posesión de otra persona, es
tautológico decir que el propietario de una mercancía es su oferente; en otras
palabras, toda mercancía está en venta. Pero para que un objeto cobre la forma
mercancía, no basta que sea a) propiedad exclusiva y socialmente reconocida de
una persona, b) transferible a otra persona, c) ofrecido a cambio de otro bien.
El
rasgo singularmente peculiar de esta sociedad es que en ella el efecto del rito
iniciático fenece instantáneamente. Al ofrecer su mercancía, el hombre
mercantil se presenta en sociedad como aspirante a ser admitido en ella, pero
únicamente puede integrarla en calidad de portador del objeto: como
representante de su representante. Nadie reparará en el candidato mismo sino
cuando se sospeche en la cosa ofrecida una falsificación, o en la cosa vendida
un vicio redhibitorio, e incluso entonces sólo como un atributo más de la
mercadería. Constituida en tribunal supremo, la asamblea general de los hombres
mercantiles, la fantasmagórica reunión en la que estas singularísimas criaturas
de la evolución histórica entablan efectivamente su vínculo productivo y viven
fugazmente los instantes de su vida social, se expedirá en cada caso.
Ese
ruedo al que los propietarios de bienes en venta lanzan sus ofertas, ese juego
temerario donde apuestan su condición social a la suerte de sus mercancías, ese
ciego y disparatado tribunal inapelable que dictamina imperativamente y al azar
si este individuo o aquel otro serán bienaventurados o execrados, es el Juicio
de Dios, es la Ordalía, es, en definitiva, el mercado.
Unos
serán acogidos en el dulce regazo de la comunidad, otros enviados a oprobioso
destierro. El que las relaciones sociales vistan ropajes áureos significa que
el vínculo social, que antes de prevalecer la relación mercantil siempre se dió
por descontado, ahora se cuenta en metal precioso. El oro es aquí la prenda
obligada de todo nexo social. Y porque también en ésta como en toda otra
condición histórica el objeto primordial y la mayor necesidad del hombre es el
prójimo, el oro se vuelve alucinante y se yergue como el objeto de la búsqueda
más febril, el de la urgencia más apremiante y el de la pasión más abrasadora.
La
buena venta es el cielo en la tierra. Virtudes y perfecciones son favorables a
la mercancía que va camino del mercado, como lo son para el alma que sube al
paraíso. Las prendas del espíritu no pueden simularse ante el Juez Supremo,
aunque sí ser adquiridas a buen precio. Es al revés con la mercancía: ella no
marcha a su destino último con dádivas ni dineros sino que va por ellos, pero
lo mismo da que sus bondades y aptitudes provengan de la nobleza del producto o
del engaño que simula cualidades y disimula defectos. El vendedor se conduce
ante el comprador en ciernes, farisaicamente, como el apóstol esmeradísimo de
la cualidad y la perfección. Mas no se piense que el universo de las mercancías
es nada más que un baile rutilante de disfraces y apariencias. Ni que es
únicamente, por el contrario, la tiniebla del dominio sobre los necesitados;
ni, finalmente, sólo el tedio y la mutilación de las almas malogradas. En su
sistema gobernado por quimeras automáticas, junto a las malas artes del
fingimiento y la seducción, obra también el azar. Demasiado lo sabe el dueño de
la mercancía, quien para ser hombre de bien debe serlo de bienes, pero sólo
puede adquirirlos encomendándose a la buena suerte, fiando su hacienda al amparo
de la justicia oculta en la arbitrariedad, al mérito revelado en la
contingencia, a la misericordia ínsita en lo fortuito. Por algo considera a la
par como dones de su persona el tener riqueza patrimonial y buena suerte, y les
llama por el mismo nombre, Fortuna.
La
mercancía es, pues, un ser inestable y veleidoso, y, empero, su dueño, ya por
insensatez, ya por desesperación (o porque es un homo mercator, que no tiene
otro nexo esencial), se pone enteramente en el poder de un objeto. Entonces la
relación sujeto-objeto se subvierte: la voz del propietario debe servir a la
palabra de su apoderada, el raciocinio a su razón, la voluntad a su capricho.
Al hombre que se hace representar por un objeto, le sucede lo mismo que al
ciudadano que confiere a otro su representación política sin imponerle un
mandato, o si éste no es revocable ni vinculante:
con una carcajada el que debía ser mandatario se transmuta en mandante del que
debía ser su mandante.
Tales
las dos pesadillas paralelas que se entrecruzan en las tribulaciones -vida,
sueño y vigilia- del burgués: en el régimen político que él fabula como el
dechado de la democracia, el ciudadano formal no es real, ya que no le es
posible participar a la vez democráticamente de la soberanía y soberanamente de
la democracia; y en el mercado, que se le antoja como la apoteósis de la
libertad y la consagración de la justicia, su vida económica es un juego donde
el juguete es él.
Esta
inversión de representaciones y mandatos está mediada por el desdoblamiento de
la mercancía en mercancía y dinero.
En virtud de este desdoblamiento, "el poder social se convierte... en
poder privado, perteneciente a un particular"; y el lenguaje, en el de la
mercancía.[7][7]
Así
como no es concebible una mercancía que no
quiera transmutarse en dinero, no lo es tampoco un dinero que (en cantidad
adecuada) no pueda trocarse en
mercancía. En el par mercancía-dinero considerado en reposo, el polo mercancía
y el polo dinero (una potencia involuntaria generada por una voluntad
impotente) tienen cada uno su verdad en el otro: mercancía es dinero, dinero es
mercancía; pero sólo por medio de un predicado por el que también cada uno
retorna a su identidad, la mercancía porque no es (aún) dinero, el dinero porque no es (ya) mercancía; mercancía es dinero ideal, dinero es
mercancía realizada. Así, en reposo, tal devenir es un recíproco referirse, un
mutuo traspasar. Pero reposo es mudanza virtual, y mudanza, reposo suprimido; y
son, ambos, momentos de un tercero que, en reposo y movimiento, muta y permanece.
Lo que ora es una mercancía
particular (dinero potencial), ora la
mercancía general (ungida como dinero), es el valor del producto mercantil, que
reviste la forma iterativa de valor mercantil en la sucesión de sus existencias
opuestas: forma mercantil, forma dineraria...
El
anhelo de toda mercancía es trocarse en dinero. Pero, en el instante mismo en
que lo alcanza (dinero ideal que se realiza, mercancía general que se
particulariza), el espíritu que moró en ella la abandona y la mercancía, que ya
no lo es, retorna a su condición de cuerpo inerte, se reduce a su materia. La
hora de su consagración es la hora de su muerte.
*
¿Qué
son entonces las mercancías? Son productos cambiables que se ofrecen, se
demandan, se entregan y se reciben en recíproca compensación. Mas no basta ese
toma y daca para que, al contrario, los productos intercambiables se
transformen en mercancías. Para que la sociedad se determine como mercantil es
preciso también que tal cambio de manos constituya el nexo productivo
predominante, o, como lo presuponemos aquí, único. Esta singular configuración
económica de la sociedad mercantil (los hombres sólo se ponen en contacto como
productores al traficar sus productos) imprime a la mercancía su sello no menos
peculiar, confiriéndole los caracteres propios de una determinada forma
histórica del producto social: los de la especie
Mercancía, en contraste con los del género
Producto.
La
economía política ignora esa distinción y, al desconocerla, permanece en la
confusión de una sinécdoque ingenua, que toma especie por género y viceversa.
La mercancía queda así groseramente reducida a producto. Pero Ricardo fue
grande: su concepto de valor es la mayor contribución al conocimiento de sí de
la época de la burguesía y la base de toda realización científica de la
economía política. Su secreto está en que el Producto relevante queda
delimitado por una consideración que atañe específicamente a la sociedad
moderna. En efecto: la mayor parte de los productos, observa Ricardo, son
reproducibles, y, por tanto, es en ellos, arguye, donde debe centrarse la
atención de la economía política. Precisamente, una de las mayores limitaciones
de la crítica marxiana (y una fuente principal del despiste generalizado de sus
discípulos) es que este concepto ricardiano, que remite el valor de un producto
a las condiciones de su reproducción,
se enuncia muy claramente en el Tomo III del Das Kapital (como veremos), pero
falta en el Tomo I, particularmente en la Sección Primera, donde ese concepto
verdadero y necesario aparece lamentablemente confundido con el concepto falso
que remite el valor de un producto a las condiciones (pretéritas) de su
producción.
Ahora
bien: un producto reproducible o "multiplicable" (revista o no esa
forma histórica, la mercantil), presenta dos propiedades: la de ser útil y la
de poseer valor. La primera, por cuanto es un bien, un algo que forma parte de
la riqueza material de la sociedad; en la terminología de los economistas que
Marx fue el primero en llamar "clásicos", un valor de uso. La
segunda, porque es reproducible. Ambas propiedades se concretan como una
cantidad de un algo homogéneo, aunque este algo es de naturaleza distinta en
una y otra. El producto es un valor de uso porque está constituído con una
cantidad determinada de bienes dotados de cierta cualidad útil; y posée valor
en magnitud directamente proporcional a la cantidad de trabajo normal o
promedialmente requerida para su reproducción. Es fácil acertar y comprobar que
la mercancía tiene estas dos propiedades y, por ello, es igualmente fácil
equivocarse y creer que ellas son específicas.
No lo
son. Reducida a producto útil y reproducible, la mercancía pierde sus
caracteres propios, extravía las determinaciones específicas por las cuales una
cosa útil y valiosa cobra la forma mercantil. Es imposible reconocer cabalmente
la naturaleza histórica de la mercancía y, por tanto, la del capital, si no se
tiene claro en qué difiere el
producto en cuanto mercancía de la mercancía en cuanto producto. Es
imposible distinguir lo que la especie tiene de específico si a la par no se
discierne qué tiene de genérico; si por ella y en ella no se especifica el
género. Género que, sin embargo, con anterioridad a la especie, carece de
realidad efectiva, de existencia independiente, de forma propia; que, por
tanto, sólo podemos caracterizar a partir del análisis de la forma mercancía,
análisis en el que se revelará como su propio aspecto genérico o concepto no
desarrollado o, finalmente, como su contenido. Aquí el producto económico no es
simplemente un universal, mediado por la negación de la(s) especie(s), ni una
esencia conservada en el cambio, ni una forma general, es también un contenido
que se expresa reveladora y exhaustivamente en sus formas desplegadas: el
desarrollo de la forma de (plus)valor es idéntico a la dialéctica de la
producción económica; es un contenido en desarrollo, que no encontrará reposo
en la mercancía, el dinero, el capital, sino que avanzará por medio de estas
transformaciones hacia su consumación.
El que
sólo podamos determinar ese género por medio del análisis de la mercancía es un
aserto que tiene su fundamento en la obra de Marx, quien no se limita a
descubrirlo en la forma mercancía sino que sigue luego su desarrollo a través
del desdoblamiento de la mercancía en mercancía
y dinero, de la transformación del dinero en capital, del desarrollo de
las formas del capital y de las condiciones de su extinción. Para nosotros, la
mercancía analizada por Marx corresponde a lo que llamaremos capital no
diferenciado, y nos proponemos exponer las propiedades de la mercancía que
también, como la primera, es la mercancía del capital, pero del capital que
llamaremos diferenciado.
*
Marx
nos dice que la mercancía es la forma más general del capital y que por eso la
investigación de éste comienza
con el análisis de aquélla.
Nuestro
fáustico viaje de reconocimiento del mundo del capital, tan somero como
vertiginoso, nos recordó cómo, en efecto, capital se reduce a mercancía, y ésta
a producto económico. Ahora deberíamos desandar ese camino, emprender el arduo
y verdadero rumbo de la investigación que, se dice, tiene origen en lo
abstracto y destino en lo concreto. Pero todo niño aprende (como Hansel y
Grethel) que el regreso puede ser difícil, y (como Humpty Dumpty) que ciertas
reconstrucciones son imposibles; procuremos partir de lo universal abstracto y
comprenderemos que ese comienzo es vano: la mercancía no se deduce del
producto, ni la especie del género.
Ahora
bien, la consciencia inculta cree que sus representaciones inmediatas agotan el
saber verdadero, y se equivoca. La consciencia especulativa critica ese error,
pero cae en la ilusión de elevarse del puro saber abstracto al saber de lo
concreto. La verdad juega con ambas consciencias: el comienzo no carece de determinaciones,
sino que éstas son todavía vírgenes de concepto. Si el saber es antes abstracto
y luego verdadero es porque el suyo es el mismo camino trajinado por la vida,
que no es primero sólo acto actuado y luego sólo pensamiento pensado, pero tampoco
a la vez acto pensado y pensamiento actuado, ni es realidad preexistente; es
potencia muerta que clama y puja por su resurrección. El principio es inmanente
al comienzo, y es su fundamento o su verdad, pero son diferentes, y ambos están
mediados por el concepto.
Vida y
muerte, los momentos esenciales de la vida, lo son también de la vida de las
ideas.No son éstas (meramente) acción y efecto del pensar: son también y ante
todo acción relacional (trabajo, en una estructura productiva; logos, en el
diálogo, un principio necesario en un comienzo contingente y la mediación entre
ambos). Cuando la producción y el producto social del pensamiento libre cobra
la forma histórico-institucional de la ciencia (moderna), las ideas (en tanto
acreditan su doble condición de ser verdaderas y originales), se inscriben en
la clase de los productos sociales no reproducibles y, por tanto, carentes de
valor. La idealidad de la sociedad moderna es que la libertad se realiza en el
Estado, la idea en la ciencia, el trabajo en la sociedad civil, etc., pero la
verdad de esta sociedad, que es la primera forma objetiva de existencia
universal de la humanidad, es que en ella el hombre no alcanza su realización,
sino que el homo mercator, que no reconoce la poesía, concibe (estoicamente) la
libertad como libertad individual; la idea, como opinión; el reconocimiento, como trabajo
social en su forma mercantilmente objetivada; y experimenta la liberación por
medio del trabajo, como explotación, y la esencia social de la condición
humana, como un mandato imperioso: el de prevalecer sobre el otro, y ser
"ganador".
El
carácter esencialmente mercantil de la idea en su forma social objetiva no le
confiere la forma de mercancía sino que la excluye de ella. Son, si se quiere,
antimercancías, y entonces la forma de la riqueza en la época de la supremacía
del capital, se reparte entre mercancías y antimercancías.
La
diferencia entre los productos intelectuales en su forma mercantil y las
mercancías propiamente dichas no reside en que aquéllos carecen de valor,
porque hay mercancías no reproducibles, carentes, también, por ende, de valor.
La diferencia está en el valor de uso mismo, que, a diferencia del valor de uso
mercantil, carece de toda determinación cuantitativa, o es pura cualidad determinada
(con prescindencia de su suporte material). En la ciencia moderna la idea
encuentra el medio y la forma institucional adecuada a su propio concepto, que
consiste en emanciparse a la par de su propia unilateralidad y de su propia
inmediatez.[8][8]
Tampoco
aquí se trata, pues, de un comienzo primero o absoluto. Sobre la mercancía
presente en este comienzo, que remite como a su principio a un primer producto
económico, es menester observar: que esta forma general del capital,
precisamente por ser general, es simple, pero no es abstracta; que es por medio
de un camino, pero no lo deja atrás sino que lo comprende; que, como
abstracción, es una abstracción determinada: que es la mercancía del comienzo
pero también la mercancía del capital del comienzo; que es únicamente por medio
de esa negada determinación que ella es idónea como punto de partida; camino ya
recorrido, principal y en parte todavía exclusivamente, por Carlos Marx. Y,
finalmente, que ésa es la mercancía del capital que llamaremos capital no diferenciado.
En este último aspecto estará circunscripto nuestro aporte. A la diferenciación
del capital deberá corresponder otra mercancía: la mercancía del capital
desarrollado. No es ya "la forma más general y abstracta del
capital", sino también la forma general de su desarrollo y anulación.
*
Los
productos que cobran forma específica en la relación mercantil están
comprendidos, es obvio, en la noción de Producto, si se entiende como lo
producido en general. Pero ese lato significado abarca también otras
manifestaciones y resultados de la actividad humana como los dioses, las
costumbres, las instituciones, las técnicas, el lenguaje, etc., de las que
podemos apreciar incluso intuitivamente que no son productos del mismo género
que los de la especie mercancía. En verdad, la extensión del concepto general
de Producto envuelve la totalidad de los bienes que componen la riqueza social.
E infinitamente más: comprende todas las cosas del universo determinadas como
objetos, todas aquellas a las que podemos aludir.
Los
hombres, cualquiera sea el grado de su desarrollo histórico, reproducen su vida
social en y por medio de su vida material, y recíprocamente: el intercambio
material y energético de cada individuo en la naturaleza es mediado por la
relación que él entabla con sus semejantes, los que por ende se convertirán en
su necesidad, su objeto principal, su medio universal, su finalidad suprema. La
Producción es este nexo de intercambio [9][9] que entablan unos hombres con
otros para realizar su esencia genérica y crear el mundo humano. Por eso el germen de la condición humana está activo cuando
un antecesor se apodera de otro (no emparentado genéticamente), degradándolo a
la condición bestial: el amo asoma por encima de su propia estatura natural en
la que el vínculo humano estaba apresado en el nexo brutalmente estrecho de la
comunidad particular.
Pero no
rompe ni traspone ese círculo, ni siquiera lo amplía; la comunidad puede
valerse del insólito "instrumentum vocale", solamente a condición de
devolver esos seres al reino animal negándoles la dignidad que seguirá
reservando a los propios. Por eso la mayor limitación de la esclavitud reside
en que por ser total la reducción de los sometidos no puede ser completo su
sometimiento. Así también el paso decisivo en la odisea de la realización del
hombre libre es la servidumbre: aquí el señor no se apodera toscamente del
cuerpo del cautivo sino que se apropia de los servicios de la persona dependiente. Inexorablemente
las contraprestaciones del noble señor se degradarán, de sagrados deberes a
bendiciones bondadosas y favores graciables, tan envilecedoras para quien da
como para quien recibe. Mas todavía el sometimiento no es completo: el siervo
debe a su amo obediencia, consejo, afecto y lealtad, amén de las prestaciones
prescriptas, pero su dependencia está todavía circunscripta a la individualidad
natural de señores y vasallos, se remonta a sus respectivas deidades y
antepasados y se extiende a sus consanguíneos.
La
universalidad objetiva de la condición humana viene de la mano de la relación
mercantil. La condición y a la vez el resultado de la mercancía es la
disolución tanto de las relaciones orgánicas de la comunidad inmediata
-autoritarias, consuetudinarias, solidarias- como de toda servidumbre o dependencia
personal. Ahora (Gesselschaft versus Gemeinschtaft) la degradación del prójimo
a un instrumento del egoísmo individual es mutua, refleja y equitativa; la
dependencia entre individuos, por lo demás, aislados, es impersonal, recíproca,
completa. En tanto la relación mercantil tiene como presupuesto la disolución
de todo otro vínculo productivo, el individuo que no realiza su nexo-mercancía
sufre un desgarramiento, es arrojado inerme del cenáculo de las personas por
una fuerza impersonal que no sabe de compasión.
Esa
universalidad (todavía en sí) del nexo social cobra la forma objetiva del valor
mercantil y vive su existencia extrínseca. Con este andador la humanidad da sus
primeros pasos, vacilantes, en la intemperie del universo: el imperio
irrestricto de la necesidad anuncia la inmanencia, cuando no la inminencia, del
reino de la libertad: del pleno desarrollo del individuo en la plétora de su
vida relacional.
La
esencia del producto de la actividad humana tal como se manifiesta a través de
sus mudanzas -con diafanidad creciente en sus formas históricas más
desarrolladas, que revelan el secreto de las precedentes- no es sino la
manifestación de la naturaleza del hombre, único ser por el cual y para el cual
la naturaleza es naturaleza. Naturaleza que es idéntica a su potencia y al
desarrollo de sus capacidades. Lo que el creyente proyecta en un ser ideal
divinizado es un atisbo de sí. No es la confección de herramientas, de adornos,
o el lenguaje, o el pensamiento, o la historia, o, en fin, el amor, lo que
distingue al hombre, sino también y sobre todo el ser el creador del universo;
éste es su producto único, total, del que todos los otros productos son
momentos, manifestaciones y diferenciaciones.
Debido
a que es una forma evolucionada del producto económico la mercancía torna
comprensibles las configuraciones productivas que la precedieron, brinda
vislumbre y anunciación de las que la sucederán, y muestra que entre unas y
otras ella misma representa un estadio necesario y una figura incompleta. Y porque
su lugar en este desarrollo consiste en ser la primera manifestación objetiva
de la universalidad del nexo productivo, la mercancía es portadora de la
primera revelación del concepto genérico de producto. La revelación está en el
aura espiritual encandilante que por fuerza acompaña a la cruda materialidad de
la relación mercantil. La esencia del sistema mercantil queda al descubierto en
la corrupción: la salvación del alma
y la buena venta son esperanzas paralelas aunque separadas por abismos
insondables hasta que la unidad se impone en la grosera compraventa de favores
celestiales o estatales. Entonces, la mercancía se espiritualiza y el espíritu
se mercantiliza: la religión es la comunidad de las almas (persistencia
fantasmal de la fenecida comunidad de las personas) y la mercancía es el
restablecimiento de la comunión y con ella de la realidad de los productores,
es religión social: religere que se
presenta como objetividad puramente material, obra de una providencia secular,
orgánica y mecánica, inexorable, a la par impersonal e indiferente a las
personas.
La
unidad "material", empero, sólo confirma y expresa la escisión, y es
unilateral; degradado, el espíritu prevalece en su degradación: las necesidades
del alma se muestran todavía suficientemente poderosas como para que la nueva
deidad deba salir del sagrado bolsillo a socorrerla. Nuestra investigación en
el desarrollo de las formas del capital nos mostrará otra unidad, también
unilateral, pero esta vez posada del lado del "intelecto". Esa segunda
unidad será la gran jugada en la cual se consumará, por decirlo de manera
figurada, la astucia del espíritu: habiéndose rendido por fin
incondicionalmente ante su archienemigo, el capital, renunciando a sí mismo por
completo para entrar al servicio de las fuerzas productivas materiales, se ha
dado a esta misión con tal denuedo y consecuencia que se ha desplegado
inusitadamente y ha terminado apoderándose directamente de las fuerzas
productivas. De modo que la tercera unidad, la real, requiere de él que retorne
a sí mismo.
Lo que
distingue al hombre de la figura divinizada en la que él ha proyectado su
propia capacidad creadora es que, en tanto el Creador imaginario saca el mundo
existente de la nada, el hacedor terreno (progenitor verdadero de su padre putativo),
criatura de este mundo, emerge de ese caldo indistinto, abstracto, de la
exterioridad indeterminada, y, a la par que descubre y despliega sus propias
potencias genéricas, crea el mundo real a partir de lo meramente dado. Los
milagros del Hechor Supremo se remontan al Milagro de la Creación misma, y
acaso se reducen a esa opera prima.
El hombre no concluye su creación en el primer día ni en los siete primeros, ni
descansa, ni ceja en su realización de milagros, que se convierten hoy en un
tipo especial de producción que prevalece sobre el trabajo reproductivo y lo
dota cada día de poderes inverosímiles. Finalmente, como productores son
semejantes; si el Artífice Supremo no logró la perfección de ésta, su criatura
predilecta, el hombre no logró tampoco transmitir a la suya el secreto de su
propia potencia que mora en la imperfección y consiste en el desarrollo.
Desde
cierto punto de vista, la proposición: "las cosas en estado natural son
productos humanos", es falsa o absurda. ¿Cómo atribuir a la acción humana
hechos y fenómenos determinados como independientes de ella? Hay, se dirá,
cosas naturales y cosas artificiales. A ello hay que responder que no sólo
subsisten sin la mediación humana las cosas que podemos considerar naturales,
tambíen las artificiales (argumenta Ricardo contra Smith) contienen un algo en
sí no mediado. Pero la cosa carente de toda mediación (por ende, desprovista de
propiedades y cualidades, coseidad pura), es fantasmal. Lejos de ser para
nosotros la realidad misma, es una abstracción; incluso un trozo de tierra
virgen o un destello ignoto es un producto social concreto como lo son las
palabras, los conceptos, las ideas mediante las cuales distinguimos cosas
determinadas, etc., en un medio histórico-cultural. Por un lado, el mismo
carácter milagroso de los milagros es un fenómeno estrictamente moderno, que
(se sabe desde Compte) presupone una consciencia ilustrada; la Santa Iglesia,
que otrora instituyó la intolerancia contra la razón, hoy es la primera en
sospechar la falsedad de todo nuevo milagro. [10][10]Por otro lado, el fenómeno
natural más remoto y más absolutamente libre de interferencia antrópica es el
instante inicial del "Big Bang". Pero la Gran Explosión Inicial pudo
ser concebida por una época que, horrorizada ante su propia potencia
productiva, vivió bajo el terror de una gran explosión final.
Los
productos naturales son, es verdad, los seres de la naturaleza: su existencia
no brota de las manos y los cerebros de los hombres. Pero éstos, al entablar
entre sí la relación productiva, mediante sus trabajos convierten las cosas en
los soportes materiales de sus propias capacidades productivas, las constituyen
en objetos. Unas, son directa y materialmente devoradas por el hombre en cuanto
éste sigue siendo un agente natural que en una esfera creciente opera en su
entorno material inmediato, a la par que sufre él mismo la transformación de
sus necesidades y sus capacidades. [11][11]Otras, indirecta aunque también
materialmente, al ser alcanzadas por efectos mediatos de ese proceso de
intercambio energético y metabolismo social en permanente mutación. Y,
finalmente, como objetos de apropiación conceptual del mundo por medio del
conocimiento de sí y del mundo, que es reconocimiento de sí del mundo, en el
que la historia (historiología) natural es producto social e historia social.
En toda
producción, el trabajo humano es a la vez genérico y específico, natural y
artificial, biológico y social, particular y general, material y espiritual,
etc. Pues, obviamente, el individuo, en cualquier configuración histórica de la
producción, es social y biológico, etc., y ejercita sus fuerzas naturales y
espirituales de infinitas maneras. Para que en una determinada sociedad el
trabajo realizado para otros se determine como trabajo, en oposición al que el
individuo realiza para su provecho individual inmediato; o, específicamente,
para que la actividad que lleva a cabo como produción constituya un tipo de
trabajo netamente distinto del trabajo consuntivo, es necesario que el
individuo como productor se desdoble en productor y trabajador, y como
trabajador en productor y consumidor. Si los hombres unen sus trabajos y sus
vidas en la producción, cualquiera sea la estructura de ésta, su grado de
desarrollo y su consiguiente forma histórica, entonces, con arreglo al
concepto, la expresión "relaciones sociales de producción" es
superflua, no añade ninguna nota a la palabra "producción", que
denota "relación" y "social".
*
La
mercancía es ("para nosotros") una estructura productiva, pero desde
la experiencia abstracta del homo mercator no resulta evidente que en la
producción el trabajador es para sí en su ser para otro, y, mucho menos, que lo
es en su ser social. Antes bien, esa misma identidad se le presenta como una
mediación extrínseca. Porque la producción mercantil es producción, la misma
relación genérica, pero mediada por el mercado. Y sus intérpretes
intelectuales, los economistas, desde los textos fundacionales, no han hecho
más que retroceder en la comprensión de la naturaleza productiva del
intercambio mercantil, y, por tanto, de la propia mercancía como forma
histórica específica de la producción.
Precisamente
el concepto smithiano de "labour commanded" es la falla por la que
quebraría la economía política. Smith mismo no atina a exponer la dialéctica
entre el trabajo social "comandado" por el vendedor de la mercancía y
el trabajo representado en el valor de ésta, y sus discípulos consuman la
separación entre valor y "labour commanded"; lo hacen o bien expulsando
la noción del "labour commanded" del concepto de valor (como
Ricardo), [12][12]o bien confundiéndolo todo,
(como Malthus, Say, etc.). Las tradiciones doctrinarias nacidas de este
retroceso mezclan el valor con su determinación mercantil, y serán siempre
incapaces de distinguir precio y valor. Con la disolución de la escuela
ricardiana y el encumbramiento por un siglo de doctrinas anacrónicamente
preclásicas (conocidas, empero, como neoclásicas), el intercambio productivo se
capta cada vez más limitadamente. Ya no se comprende como intercambio de
trabajos (especializados, objetivados en productos), ni, por tanto, como
intercambio de productos, sino abstractamente como intercambio de bienes. Pero,
incluso mucho antes de la jibarización
del objeto de la economía política, cuando todavía la filosofía del derecho
investigaba la escisión de la sociedad moderna en sociedad civil y política, y
la economía política descubría la diferencia entre poder de compra
("purchasing power") y poder político, la ciencia ignoraba lo que
luego despuntaría en la crítica marxiana; que esas y todas las escisiones
específicas del mundo moderno provienen de la estructura de la mercancía, donde
la identidad inmediata de la relación productiva ha sido desgarrada y la unidad
es mediada por las contraposiciones entre: trabajo y mercado, valores de uso y
valor, valor y valor mercantil, valor mercantil y valor de cambio,
transformación material y cambio formal, o compraventa.
Los
momentos necesarios de toda producción: trabajo y relación social, están separados
en las representaciones del homo mercator, en sus construcciones teóricas y
connotaciones linguísticas, así como están escindidos en su vida social. El
trabajo se desenvuelve en la vida privada, y no es una relación social entre
productores sino la actividad de conformación técnico-material del producto.
Claro está que las limitaciones de la consciencia teórica del hombre mercantil
tienen firme asiento en la estructura de su vida práctica. Así, para el
productor de mercancías, su propia relación se presenta como si la producción
se llevara a cabo en el aislamiento de su vida privada, en tanto que su
relación social se agotara en la compraventa, y ésta no fuera una relación
productiva. Esta obnubilación se debe, en principio, a que el carácter social del
trabajo que produce mercancías está mediado (convalidado ex post) por la
realización de las mercancías -o, dice Marx, no es directamente social-; las
mismas ilusiones que brotan de la mercancía cobran objetividad en la mercancía
desarrollada que es el capital, pues, como consecuencia de la forma mercantil
del capital, la relación entre el capitalista y el trabajador asalariado en el
proceso mismo de trabajo no es, de suyo, una relación productiva. El trabajador
asalariado realiza esa actividad porque su necesidad lo ha entregado inerme al
poder extorsivo del secuestrador de la producción (no sólo ni principalmente
como patrimonio o instrumento, sino como nexo social). El asalariado trabaja
para otro, un capitalista, pero en el marco de un contrato privado, y colabora
con otros, sus compañeros de trabajo, sin que esta relación, pletórica de
virtualidades, sea por ahora más que la de unas mulas encadenadas a la misma
vara.
El
trabajo asalariado, que desgaja el alma del cuerpo y extermina en el individuo la
alegría de poner en juego sus fuerzas, y de desarrollarlas en la plenitud de
las relaciones humanas, es, ante todo, trabajo mercantil. Rotos los lazos
orgánicos directos de la comunidad primordial, el productor mercantil se
comportará frente a su trabajo como un condenado ante su pena. Vivirá su
martirio sin comprender que no es "ganarás el pan con el sudor de tu
frente" la maldición que pesa sobre su vida, sino que sea una maldición.
Incluso mucho antes que sufriera la escisión como productor y cayera en
desgracia, su trabajo debió presentar con harta frecuencia, de manera
anticipada aunque todavía externa y contingente, el carácter de condena que
luego cobrará todo trabajo para el productor escindido. Mientras se desempeña
en su trabajo debe renunciar, dice Smith, a su comodidad, a su libertad, a su
felicidad. La pérdida de la buena vida, la repetición cotidiana del mito
arcaico de la expulsión y la condena, no se le presenta al hombre mercantil
como el desgarro de su conexión esencial sino, en primer término, como
condición para entablarla. Pero si como productor mercantil no es un productor
directo, puesto que el nexo productivo sólo se realiza mediante la mutación
formal de la mercancía, como trabajador asalariado no es siquiera directamente
productor mercantil, sino que sólo puede concretar su propio lazo productivo
(mercantil, contingente, condicionado) por medio del capitalista: éste no sólo
se ha adueñado de las condiciones del trabajo, también detenta privativamente
la facultad de entablar el nexo productivo. Tal es la condición social del
asalariado: la patraña ideológica (la verdad nos hará libres, el trabajo da
libertad) se desbarata cuando se niega a la especie (la verdad dogmática, el
trabajo forzado) la dignidad del género. Pero no debemos concebir la historia
como la (de la) caída y la resurrección del productor libre, porque éste no
existe realmente antes del desarrollo de las configuraciones históricas de la
producción, ni es una víctima de la historia. Es su criatura y su demiurgo.
"Las relaciones de dependencia personal (al
comienzo sobre una base del todo natural) son las primeras formas sociales, en
las que la productividad humana se desarrolla solamente en un ámbito
restringido y en lugares aislados. La independencia personal fundada en la
dependencia respecto a las cosas es la segunda forma importante en la que llega
a constituirse un sistema de metabolismo social general, un sistema de
relaciones universales, de necesidades universales y de capacidades
universales. La libre individualidad, fundada en el desarrollo universal de los
individuos y en la subordinación de su productividad colectiva, social, como
patrimonio social, constituye el tercer estadio. El segundo crea las
condiciones del tercero". MARX, Karl
"Grundrisse...", S. XXI, p. 85.
No es
el menor de los escándalos que atestan el entendimiento común el que la
civilización, y, junto con ella, nuestro sentido civilizado de indignación ante
la opresión y la desigualdad social, tenga su origen y fundamento necesario en
la opresión y la desigualdad. Ni es poca cosa para la razón misma el que la
"segunda forma", nacida del cataclismo que arrasó con los imperios y
no dejó en pie ni siquiera las comunidades, habría de generar un poder
infinitamente más grande que el de Roma; que un régimen fundado en la anulación
de toda dependencia personal engendraría la sujeción más absoluta. Tampoco,
finalmente, para la idea de la realización humana, el que la "tercera
forma", en la que se cifra la esperanza de la humanidad real, requiera hoy
todavía de la exacerbación del capital y su consiguiente y necesario desarrollo
formal.
Toda
producción es a la vez relación social, proceso de trabajo y fenómeno natural.
Estos tres momentos siempre necesarios de la producción aparecen como elementos
extrínsecos o "factores" no mediados, en el entendimiento obtuso
característico (desde Say) de la economía vulgar que, incapaz de distinguir su
especificidad histórica, los llamó (y sigue llamando) trabajo, tierra y...
¡capital!
Tales
nociones económicas, las más abstractas, son las representaciones reflejas del
homo mercator, aderezadas con una jerga de aspecto técnico y efecto
legitimizante. En ese "argot de rufianes" (expresion usada por
Benjamin en alusión a los filósofos), fueron escamoteadas y permanecen
mixtificadas las configuraciones históricas de la producción y las formas
transicionales del capital, reducidas todas a su contenido común, que es ora
una forma ideal, ora una esencia invariante: como el en sí del mundo humano que
cobra realidad en las transformaciones de su desarrollo. La abstracción, pues,
pasiva, en el letargo del concepto, no distingue en las categorías económicas
sus momentos específicos, subespecíficos, y genéricos. La crematística
"mainstream" profesionalizada, denominada "economía" a
secas (del inglés "economics"), se tiene por concreta cuando es
abstracta, jura que ha avanzado cuando ha retrocedido, mira a sus grandes
maestros por encima del hombro cuando los tiene adelante, y ella misma es un
anacronismo.
En el
siglo XVIII, en contraste, la economía política naciente conserva todavía la
memoria social de la comunidad extinguida. Para Quesnay las leyes de los
hombres son de un orden inferior al de la ley natural, y aquéllas, en
consecuencia, deben ser conformes a ésta. Smith descubre (contra Rousseau) que
el hombre acorde con su naturaleza no es salvaje sino civilizado, y que el
individuo empírico lleva en su interior un yo imparcial (¿inseparable hoy del
superyo freudiano pero polarmente contrapuesto a él como la sociedad civil al
Estado?), que opera como el sujeto interior que inspira en el individuo
empírico una conducta en armonía con el bien o la ley natural, impulsándole a
buscar su propio beneficio individual y convirtiéndole eo ipso en un benefactor
objetivo, malgré lui. En el siglo XIX la economía política se jibariza y su
objeto se fractura, repartiéndose en una multiplicidad de "ciencias
sociales" fragmentarias. Ricardo desarrolla con precisión y rigor los
conceptos económicos de sus predecesores, aportando su exposición más madura, a
la par que rompe amarras con la filosofía empirista, pero sin superarla
(Bentham ocupa el lugar de Hume), dejando a la economía política expuesta a la
regresión que sufiriría hasta nuestros días. La crítica marxiana ofrece por
primera vez a la Economía Política la posibilidad de liberarse de esa
metafísica secularizada sin recaer en la barbarie del prejuicio anticonceptual.
La misión integradora de la noción empirista de naturaleza humana quedará a
cargo de ese mismo concepto transformado críticamente por el aporte marxiano:
la objetivación del trabajo social, la forma del valor, la génesis del dinero.
Esta nueva perspectiva permanecerá ignorada hasta los tiempos de hoy.
*
La
Economía Política fue superada por la crítica, pero -aún así- permanecerá
inconclusa mientras subsista su objeto. La crítica la sometió a las más duras
pruebas: la rechazó duramente, la transformó de modos diversos, profundizó en
ella y la reivindicó elevándola a la altura de sus propias exigencias. Para
ello debió exponerla nuevamente, ab ovo.
Ahora, como producto positivo de la crítica, es prueba y señal de que ésta
avanzó en su misión de separar el trigo científico de la paja ideológica.
Pero la
crítica (interna) nunca es suficiente para evitar que la ilusión se reinstale
adaptándose, proteica, reemplazándose a sí misma. Por eso toda pretensión -como
la nuestra- de volver críticamente sobre el producto consagrado de la crítica
cae bajo sospecha; porque incluso su encabezamiento, al amagar un despliegue de
sucesiones infinitas de críticas, raya en lo grotesco. La intentona está
descalificada de antemano: por fuerza deberá ser o regresiva o superflua. El
sellado sarcófago donde reposan los restos del Maestro y su obra está en
posesión de los guardianes de la ortodoxia. Mas volviéndose contra sí misma la
crítica no hace más que cumplir su destinación irredenta, su ínsita condena a
ser consecuente consigo misma. Anuncia que todavía es, que no porque sirvió a
su cometido con estilo concluyente está concluida, ni por haber fructificado la
flor de las cadenas se abroqueló en la macabra defensa del fruto que ya es
pretérito. Si hay esa nota superflua en el rótulo "crítica de la
crítica..", un gesto extravagante en su elevación a la enésima potencia,
esa redundancia y ese ridículo aparecen ya en los frontispicios de la obra de
Marx: en la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, en el encabezamiento
que enuncia el propósito de los Grundisse, en el título de la Contribución, en
el subtítulo de El Capital. O ¿acaso cabe una economía política acrítica? Y si
no, ¿para qué el adjetivo calificativo, qué nota añade?
El
predicado redundante es la abreviatura de una doble negación: la obra se
proclama no acrítica, y con esto nos aclara que no es como otra, de la que cual
toma distancia y con la que, sin embargo, traba una relación esencial, ya que
determina en este vínculo su propia identidad. "Crítica" vale aquí no
como "verdadera", sino como exorcista de una verdad cautiva, y
portadora de un soplo liberador. Pero la crítica es autocrítica: perdió su
ingenuidad cuando debió reventar las cucarachas de la ideología, desde que
aprendió a buscarlas debajo de los lemas altruistas, de las máximas
edificantes.
*
Pero el
momento genérico es verdadero. Todo trabajo humano se entreteje en la tela de
la producción social donde tiene como condición y como objeto el producto de
otro trabajo humano. Y así como el Divino Hacedor debió utilizar arcilla de la
propia Creación para labrar el rostro de Su criatura, el hombre utiliza en el
presente sus productos pretéritos para la creación de sus productos actuales. A
su vez el proceso de trabajo puede y suele considerarse reducido a una
secuencia (programable) de operaciones que se ejecutan con arreglo a una
técnica. Este trabajo está directa, cuando no inmediatamente, dirigido a la
repetida obtención de productos cualitativamente idénticos. Presupone su propia
técnica, y no versa sobre ella, ni enfrenta problemas no resueltos de antemano
en el rango de las técnicas dadas. Presupone asimismo el grado de formación y
de habilidad necesario en el propio trabajador y no le concierne la creación
original de esa disposición, ni su consagración social, ni su difusión y
multiplicación, ni, por último, su perfeccionamiento. Tampoco el mejoramiento del
"medio natural" (que, por ejemplo, en lo que atañe a los recursos
genéticos, no reposa única ni principalmente en el "mejoramiento"
sino también en la administración del germoplasma, el "tesoro de la
humanidad"). Es el primer tipo de trabajo, y sólo él, el que atañe a la
teoría general del valor y, en este marco, al concepto genérico relevante de
producto económico.
Claro
está, esa noción unilateral y abstracta de trabajo social se mostrará
insuficiente para dar cuenta de la naturaleza del capital en la época de su
realización. El concepto de desarrollo capitalista centrado en el proceso de
diferenciación del capital, el desarrollo de la forma del plusvalor que
desemboca en la configuración del capitalismo presidida por la forma del
capital tecnológico, forma culminante del proceso de diferenciación, tendrá
nuevamente su comienzo en la forma del valor. Pero no será la misma.
La
teoría del capital remite la escisión entre las esferas social y política a la
naturaleza de la mercancía, e investiga las transiciones al socialismo ocultas
en el desarrollo de las formas del capital. Para captar el movimiento y la
mutación de esas formas históricas del ser social, es necesario distinguir sus rasgos específicos de su
naturaleza genérica. En toda sociedad histórica los hombres entablan alguna
forma de relación en la que se prestan asistencia recíproca, y la mercancía
(capital elemental) es parte de una de esas formas, que tiene su contraparte
necesaria en la figura del Estado Moderno. La evolución de la forma de este
Estado Moderno no es sino consecuencia del desarrollo de las formas de la
expansión del valor mercantil.
Así,
una época del capitalismo (la de la transición al capital diferenciado) está
marcada por la elevación de la asistencia social a la dignidad de una función
esencial del Estado, o, en verdad, por la elevación del Estado a la dignidad de
proveedor de la seguridad social, depositario del Bien público en el mundo de
los bienes privados, garante de la seguridad en el reino de la inseguridad.
Otra época (la del predominio inicial de la estructura del capital
diferenciado) se caracteriza por la renuencia o franca renuncia del Estado a
esa función, a la par que se acentúa y se torna inequívoca la desvinculación
del sistema de representación política y, en definitiva, del mandato popular.
La forma particular más característica del Estado Moderno, el Estado nacional,
parece desvanecerse, subsumida por la nueva estructura inequívocamente
jerárquica de la sociedad civil objetivamente universal. La necesidad de esa
transición venía anunciada desde los orígenes del Estado nacional moderno,
exteriormente, en la naturaleza internacional de las formas precapitalistas del
capital e, interiormente, en la misma estructura que inicialmente dió cuenta
del carácter particular y nacional del Estado capitalista: la temprana
presencia y el creciente poder de las corporaciones monopólicas, poder que, en
tanto reviste el carácter de político, equivale a la politización de la
sociedad civil y a la consiguiente despolitización del Estado nacional.
*
El tema
evoca los trabajos primeros de Carlos Marx, aún cuando cae fuera del propósito
del presente trabajo la recensión de esas obras. Cuando el joven Marx escribe a
su padre expresándole su entusiasmo por Hegel, nos ofrece un asombroso anticipo
del leitmotiv de su obra de madurez,
la búsqueda en lo existente de la transición oculta al ideal. Poco después
sabrá descubrir la "esencia comunista" del hombre donde ella menos
parece manifestarse, o donde únicamente se presenta como negada pero,
precisamente en virtud de esa negación, como universal: en la relación
mercantil. Y más tarde, en plena madurez, investigará el capital para descubrir
en su desarrollo la condición del socialismo. Por de pronto, para admiración
del joven, el filósofo (Hegel) ha convocado a los dioses a vivir en la Tierra y
"ser su centro". El concepto de la identidad entre lo racional y lo
real no se presta a ninguna ensoñación romántico-conservadora. La conciliación
que descubre es a la vez el reconocimiento de su necesidad y la denuncia de su
falta de realización, y de esta suerte rechaza la aceptación resignada de los
males del presente, pero también la separación entre lo que es y lo que debe
ser. Esa identidad es idéntica a la no identidad entre lo real y lo existente y
a la gravidez de lo dado.
Para la
teoría política del joven Marx el ideal está en el presente (igual que para la
Fenomenología el saber en la consciencia natural) como potencialidad no realizada,
como destino de un camino pero a la vez como necesidad de ese camino... A lo
largo de su obra posterior encontraremos la misma singular impronta: el rechazo
de toda idealización (de lo que es y de lo que debe ser) conjugado con la fe
inquebrantable en la idealidad de lo existente. En esa idealidad (inmanencia)
lo dado sufre la misma transfiguración que la materia en el idealismo: aquí, la
preeminencia del espíritu no es la degradación de la cosa terrestre sino el
reconocimiento de su espiritualidad; allí la experiencia inmediata -consciencia
y voluntad- está preñada de realidad y es trascendente; en cuanto momentos del
desarrollo histórico los hechos de la vida empírica son episodios de la marcha
de Dios sobre la Tierra. Así resultará que la propia "invisible
hand", que sume al individuo en una inmediatez estrecha amputándole de la
universalidad que le es esencial, proyecta frente a él, en el propio fruto
"propio" de su empeño egoísta, la forma cabalmente material, objetiva
y externa en la que esa su universalidad nace efectivamente al mundo. Así
también se revelarán como otras tantas pruebas de la astucia de la razón (que
aquí no es únicamente dicha o pensada o "natural", sino histórica,
política, mediada por la lucha de clases) la religión, la propiedad privada y
todas las proyecciones de la vida alienada. Se prefigura la transición oculta
en el capital: el desarrollo y la apoteosis de todas las alienaciones,
condición del socialismo.
Los
escritos juveniles celebran el advenimiento del Estado Moderno, surgido del
desarrollo que comienza con la Reforma y culmina - Revolución Francesa
mediante- con la secularización del Estado, la "emancipación
política"; la religión queda relegada a la esfera particular de lo sagrado
y la ley, libre de la arbitrariedad irresponsable del monarca individual, funda
su imperio en la razón universal. Pero: ¡la emancipación política no es la
emancipación del hombre! Al contrario, el Estado Moderno conlleva la escisión
de la vida social en esferas particulares en las que, separadamente, la
libertad no se consuma. El individuo se descompone en "judío y ciudadano,
protestante y ciudadano", y esa escisión es apenas un aspecto "de la
contradicción secular universal entre el Estado político y la sociedad civil"
(CJ). [13][1]La emancipación del citoyen es tan ilusoria como la
del bourgeois, y en esa
"emancipación" el individuo queda impedido de realizar su libertad.
Pues ni el ciudadano ha superado los intereses particulares de la religión o la
vida material, ni el burgués ha logrado zafar de la sujeción a una voluntad
arbitraria y ajena. Y sin embargo, la persona escindida cae en esa ilusión:
cuando en verdad y a la par le ha sido arrebatada su esencia política y le han
sido cercenados sus vínculos sociales, en ese doble exilio, abandonado a sí
mismo, se tiene por libre.
El
burgués, el hombre sumido en la esclavitud de la sociedad "civil", no
es meramente el otro lado del ciudadano, es su consciencia degradada. Viéndose
libre de toda dependencia personal, cae en la ilusión de ser una persona
emancipada, y es verdad que sus movimientos son libres; pero en esa zafadura no
realiza su libertad sino que se extravía, volviéndose "predicado de su
predicado"; son su actividad, sus potencias, sus pulsiones y
representaciones, sus objetos, los que por encantamiento maléfico se proyectan
en los factores objetivos de su vida social alienada y los vuelven autónomos;
esta libertad triste es en verdad "la perfección de su esclavitud y de su
inhumanidad" (SF). El poder al que debe rendirse pertenece al ámbito de lo
involuntario, y lo accidental, al de la fuerza impersonal y autónoma de la
"mano invisible" smithiana: no es ya el despotismo de una
arbitrariedad personal, amo o monarca, sino, por el contrario, el reino
"natural" de una necesidad objetiva, donde, empero, la contingencia
anónima no es menos insidiosa ni menos arbitraria.[14][2]
Ante el
individuo recluído en su esfera privada la figura del Estado Moderno representa
naturalmente el bien público. Pero, para el joven Marx, la racionalidad universal
encarnada por el Estado Moderno no es sólo ni simplemente falsa. Es una ilusión
práctica. El Estado es denunciado como servidor de un interés particular, pero
a la vez reconocido como la instancia de la universalidad y la forma necesaria
bajo la cual ese interés particular debe ocultarse. Las dos esferas se unen,
aunque de modo perverso. Para prevalecer, la voluntad y el interés particulares
y el egoísmo individual deben revestirse de la apariencia del altruismo
universal, la voluntad general y el interés común. El cual, sin embargo, como
interés real, no tiene realidad efectiva en el mundo escindido y es
inmediatamente sólo un otro interés parcial. La persona escindida no puede
realizar su libertad separadamente en sus partes o, lo que es lo mismo, la libertad
no puede realizarse en el Estado Moderno o, finalmente, la democracia
únicamente es en verdad -y sólo puede ser en realidad- la denuncia y la
supresión de ese Estado.
Esa
denuncia y esa supresión -prosigue- deben ser realizadas por una clase universal;
una clase cuyo interés no sea un interés particular. La clase elevada por Hegel
a ese papel es la burocracia, pero esta solución será rechazada por el joven
Marx, quien descubrirá en ella una mixtificación más y una nueva intentona de
intereses facciosos de hacerce con los atributos de universalidad del Estado.
Investido de la representación del bien común, el burócrata, sacerdote laico,
ha entablado un pacto -en verdad, introspectivo, irresponsable- con la
instancia suprema, por el que, a cambio de sus servicios al interés general,
puede a su vez servirse del Estado. El burócrata es en virtud de ese oculto
quid pro quo la superación perversa de la persona escindida: la identidad entre
los extremos del concepto, entre lo singular y lo universal, ha sido lograda
por él por duplicado, pues en su calidad de burgués tiene la investidura del
ciudadano y como ciudadano tiene la calidad de un burgués.
Si el
burócrata puede usurpar -con ventajas exclusivas- formas y símbolos de la
voluntad general, es porque el Estado Moderno es la mixtifificación de la
soberanía popular refractada en la interfase entre una constitución real y otra
oficial... Empero, la constitución formalmente existente que pasa por real es
una mixtificación: la constitución real cobra vigencia como necesidad. Pero el
grosero contraste entre la práctica efectiva del Estado Moderno y el espíritu
de la constitución formal que en esa práctica es cotidianamente transgredido
alimenta el cuestionamiento de los gobiernos pero no amenaza al Estado sino que
le sirve para idealizar lo existente y ocultar la actualidad de lo real. El
burócrata es cómplice, agente y parte interesada en ese escamoteo, por el que
el Estado Moderno se convierte en una esfera de interés particular que vive en
connivencia con intereses particulares de la sociedad "civil" a los
que vende el falso ropaje de la universalidad legítima.
Descartado
el burócrata como mesías de la salvación terrenal, denunciado su patrocinador
filosófico como apóstata, queda abierto el camino para el nuevo mensaje del
nuevo maestro y, principalmente, para el nuevo agente histórico del cambio
social. La misión revolucionaria del proletariado es, sin duda, el más vigoroso
elemento de continuidad en la obra de Marx. Pero obsérvese que se trata de la continuidad
en la discontinuidad: privado de toda propiedad como no sea la de su propio
pellejo, el obrero está libre de todo interés privado y encarna, eo ipso,
directamente, el interés universal. Víctima de todas las alienaciones, su
emancipación coincide inmediatamente con la superación de la alienación humana.
Es en sí, por consiguiente, la constitución real. Aquí tenemos un fulgurante
barrunto de lo que luego se llamará socialismo científico el cual se anunciará
recién en el Manifiesto (1848), sin haber roto, ni aún entonces, el cascarón
especulativo.
*
En el
Estado Moderno la soberanía popular es la reverberación de un espejismo, pero
es una forma objetiva, mientras en el otro extremo el pueblo mismo no es
"pueblo organizado", ni "pueblo" siquiera, sino su
disolución, la "masa" (Rousseau). Aquí la negación de la unidad
política, allá (en la sociedad política) la posición de esa unidad como
imposición. Los poderes que Hobbes confunde, y Smith distingue como poder
político y poder de compra, o de comando de una porción del trabajo de los
otros, tienen sus formas y sus esferas propias. La cohesión del conjunto parece
estar a cargo del Estado, por representación del poder del todo social, por
delegación expresa de atributos de las partes o como encarnación, mágica u
objetiva, de un poder que no tiene realidad fuera del todo. De allí la magia de
la forma Estado Moderno, en la que se renueva siempre sin cumplirse nunca la
promesa secularizada de amor incondicionado.
Esta
estructura se refleja en cada polo imprimiéndole una diferenciación interior.
De un lado la multitud infinita de vidas privadas, la soberanía del homo
mercator, el mercado, la división del trabajo; del otro, otro todo diferenciado, la soberanía política, la división de
poderes (que se ramifica en alambicadas divisiones y subdivisiones de
jurisdicción, competencia, responsabilidad, funciones, cometidos, jerarquías).
Estas
dos esferas de la sociedad moderna, la soberanía y el mercado; la voluntad
política común encarnada en el mandatario, y la igualdad de las partes que
contratan; el yo común singular, y el yo singular múltiple, etc., guardan entre
sí estas cuatro relaciones:
cada una de ellas es independiente y autónoma,
ambas forman una estructura polar,
la sociedad civil es gobernada por la sociedad
política, y
el desarrollo del capital transforma la
estructura.
Cada
una de ellas es corroborada por la experiencia, y a quienes invocan a Smith al
recordar que la primera es el supuesto de la economía política, hay que hacerles
notar que el propio Smith investigaba esa esfera suponiendo expresamente una
"sociedad bien gobernada". Pero, en definitiva, las tres primeras
verdades son subsumidas en y por la verdad más profunda.
Para
que el capital presente la forma dual mercancía-dinero, es necesario que la
mercancía se desdoble en mercancía común y mercancía dineraria; para esto la
expresión del valor debe escindirse en forma relativa y forma equivalencial, lo
cual a su vez requiere que la mercancía presente una forma de valor en
oposición a su forma natural. En ese despliegue de oposiciones se ocultan las
diferencias históricas entre los contenidos genéricos y los rasgos
específicamente mercantiles de la producción (valor y valor de cambio, producto
y mercancía), y, con ello, confundidas las diferencias y las identidades, a) en
los contenidos genéricos mismos: en el trabajo, la identidad entre el sujeto y
el objeto; en la producción, la identidad entre el trabajador individual y su
ser social; en el producto, objetivación del trabajador y objetivación del
productor, y b) en las formas específicamente mercantiles del trabajo, la
producción y el producto: transformación de los trabajos privados
independientes en trabajos sociales interdependientes por medio de la
metamorfosis de la mercancía.
Esta
multitud de formas reificadas -culminación de la historia de la objetivación
del sujeto en cuanto objetivación social- hace juego (l' un est le pendant de
l' autre) con la universalización de las formas secularizadas de la alienación
del espíritu -desenlace de la historia de la experiencia de la consciencia, en
la que el desarrollo del objeto culmina en su subjetivización-, y estas dos
historias, tales que cada una contiene la clave de la otra, descifradas en
falso por un lado y por otro, respectivamente, en "La Riqueza de las
Naciones" (1776) y en "La Fenomenología del Espíritu" (1807),
discurren yuxtapuestas en un substrato común neutro y tranquilo. "Das
Kapital" (1867) es el relámpago que estalla entre ambas.
*
Se ha
querido contraponer la obra de juventud de Marx a su obra de madurez y a esa
contraposición se ha contrapuesto la unidad de su obra. Son opiniones, que
aplauden una parte de los trabajos con menoscabo de la otra, o se atienen
unilateralmente al momento de la continuidad. Pero la idea de la especificidad
histórica de la mercancía y el significado de ésta como génesis del dinero y el
capital produce, sin duda, un disloque profundo en la concepción de Marx, y en
la estructura de su obra, tal que la unidad entre sus trabajos de juventud y de
madurez se realiza en ésta. La novedad (como enseña Isaak Rubin) está en la
teoría de la forma del valor, prefigurada en los "Grundrisse",
anunciada en la "Contribución..." (1859), desarrollada en "El
Capital" y expandida en sus mayores alcances en los bosquejos
programáticos realizados por el autor para la obra que dejaría inconclusa. Para
nosotros es más fértil esta interpretación, la de la unidad sintética en la
parte más avanzada; porque la fenomenología del valor de cambio mercantil
descubierta por el Marx tardío rebasa el objeto delimitado de la economía
política para restablecer en él, pero ahora como una relación intrínseca, la
polaridad entre el Estado Moderno y la sociedad "civil".
El
peculiarísimo poder del hombre
mercantil solvente (en contraste con el poder político del hombre rico
hobbesiano), es un poder social y recíproco entre los propietarios de
mercancías, impersonal, indirecto, condicionado; impersonal, pues tiene como
premisa la previa disolución de toda dependencia, obligación o preferencia
entre las personas; indirecto, doblemente, porque una persona se relaciona con
otra por medio de una cosa y porque al relacionarse un homo mercator con otro
se relacionan ambos con todos; condicionado, porque aun cuando entablan
relaciones biunívocas directas la naturaleza social de esas relaciones está
mediada por la metamorfosis de las mercancías: la venta puede darse o no darse.
El nexo
productivo mercantil es aleatorio y evanescente. La mercancía individual es un
esporo social, una relación productiva que pasa por un estadio de dormancia.
Para que se configure una estructura productiva mercantil es menester que no
exista entre los poseedores de mercancías otro vínculo social. El nexo se
consuma como consecuencia de la realización de la mercancía, y entretanto
permanece en estado de virtualidad durante el ciclo completo del producto
mercantil que comprende dos lapsos, el de la elaboración material de los bienes
destinados a convertirse en mercancías y el de la circulación de los mismos
revestidos ya de su forma mercantil o de producto social en potencia.
Pero el
desarrollo de la forma del valor comprende una serie de dialécticas tales que
cada una es a la par un desarrollo y una negación parcial de premisas
elementales -y, en definitiva, del Estado Moderno y correlativamente de la
sociedad "civil"-. Su exposición comprende la de la forma del valor o
diferenciación de la mercancía que pasa a forma del plusvalor o diferenciación
del capital. Aquí nos limitamos a indicar cómo en su forma más general y más
abstracta la mercancía lleva en su entraña su propia negación.
Por de
pronto, hay una negación extrínseca: en tanto mercancía es producto social en
suspenso, mercancía y producto social son la negación recíproca, y la negación
de esta negación es el vínculo de producción efectivo, que se consuma con la
realización de cada mercancía. En el trueque o la permuta no mediada por dinero
el valor de uso de la mercancía sufre una transformación cualitativa (mediante
su reemplazo), queda fuera de la circulación. Lo mismo ocurre con la venta
seguida de compra por el mismo importe. En ambos casos las determinaciones
formales de la mercancía se extinguen: ahora es un bien, un valor de uso listo
para ser realizado como tal; mientras esto no ocurra, podrá tener un valor, de
acuerdo con las condiciones de su reproducción, pero habrá perdido por completo
toda forma mercantil de valor. No ocurre lo mismo con la forma dineraria que
asume la mercancía como consecuencia inmediata de su venta. En la forma
dineraria, ha perdido su forma útil, mas no así la forma del valor. En esta
forma, empero, se encierra la negación intrínseca de la mercancía, la potencia
que apunta más allá de esta limitada estructura productiva.
Marx
enseña que ya la expresión más simple del valor de una mercancía es la negación
inmediata de la expresión del valor de una segunda mercancía a la cual la
primera confiere forma equivalencial. Ambas expresiones de valor están
contenidas en una misma relación de valor, y sin embargo cada una es la
negación de la otra. Pero aquí se trata de una
mercancía, escogida arbitrariamente, con el resultado ya expuesto. Y una
mercancía singular no es mercancía si no se ofrece a cambio de otra, a la que
confiere la forma de la cambiabilidad absoluta, forma diametralmente opuesta a
la forma de cambiabilidad condicionada o en suspenso específicamente propia de
la mercancía. En la forma equivalencial en general la negación de la mercancía
permanece todavía fluida, parcial y subordinada. La forma general del valor
ofrece, empero, otras transiciones en el desarrollo de la negación de la forma
mercantil, sin hacernos esperar para ello a la forma de valor capital, alias
forma del plusvalor. En efecto, todas y cada una de las funciones del dinero
son otros tantos momentos de esa negación que es a la vez su génesis y su
unidad. La negación se presenta con inusitada violencia en la función del
dinero en tanto medio de pago. La luminosa mercancía smithiana-ricardiana deja
su lugar al lado tenebroso del don
hobbesiano-maussiano: el vínculo abstractamente universal entre individuos
igualmente abstractos es reemplazado abruptamente por un particularismo cerril,
sumido en la inmediatez; la relación simétrica, impersonal, tranquila y
evanescente por una obligación personal que perdura hasta la fecha de
vencimiento y sólo puede redimirse con la suma de dinero pactada o con una
libra de la carne de Antonio, a satisfacción de Shylock. La relación mercantil
entre comprador y vendedor es ahora una relación dineraria entre deudor y
acreedor.
Ahora
bien, por el flanco negativo de la mercancía asoma el Estado Moderno. En cuanto
medida común de los valores mercantiles, función que brota directamente de la
mercancía equivalencial general tan pronto ésta es ungida equivalente
dinerario, la mercancía dineraria necesita que su propia medida natural en
cuanto valor de uso sea establecida o confirmada con precisión y fijeza, por
disposición del Soberano. Pero esto no es suficiente: la unidad de cuenta y el
patrón de precios requieren una contrafigura material efectiva en el género
consagrado como encarnación del dinero en su función de circulante. Nuevamente
se presupone aquí la acción del Estado, para acuñar las piezas dinerarias
destinadas a la circulación directa, para emitir la moneda signo que
reemplazará al dinero en esa función, para supervisar la monetización de la
deuda privada manteniéndola en los límites en que puede mediar la circulación
del dinero sin perturbar su función de medida general de los valores
mercantiles y, consiguientemente, el patrón de precios; para extender el ámbito
del dinero indirecto a la función de medio de pago mediante la obligación legal
de aceptar con poder liberatorio especies de moneda signo y otras formas de
deuda. En la exposición marxiana del concepto de dinero, el Estado, sobre el
que no se dice nada al tratar de la génesis del dinero en la naturaleza de la
mercancía, irrumpe imprevista e intempestivamente en el desarrollo de las
funciones del dinero, como si el autor, habiendo hecho caso omiso de él desde
el comienzo de la obra en la que expone la génesis del dinero -ya sea la
Contribución o Das Kapital- lo sacara sorpresivamente de la galera. Sea como
fuere, lo que aquí aparece abruptamente está en el principio y estaba desde el
comienzo ya que la mercancía tiene como premisa necesaria el Estado Moderno en
oposición a la sociedad "civil". Aunque indudablemente merecía una
reformulación, la Crítica de la Filosofía del Derecho está reivindicada y, más
aún, presupuesta.
Si no
alude al Estado, tampoco menta la sociedad "civil". Pues si la
mercancía pertenece a la sociedad "civil", proporcionándole su
estructura o "anatomía" (metáfora que Marx toma de Petty), aquélla no
se reduce a ésta. En la sociedad dominada por la relación capital hay, pues, un
tercer ámbito: además del político y el económico, el "social". (En
primera aproximación concebimos gráficamente estas esferas como discretas; así,
la Sociedad at large contiene
la sociedad "civil", ésta el ámbito de lo "social", éste el
"societario"; junto a cada uno de estos contenidos hay otro que se le
contrapone). Abstracción hecha de sus respectivas diferenciaciones internas,
Mercancía y Estado Moderno son extremos de una totalidad diferenciada, polos
que tienen cada uno su esencia negativa en el otro, pero también la tiene en él
mismo: ni la mercancía está unilateralmente sumida en el reino de la
particularidad -propio de la sociedad "civil"- puesto que la
mercancía es dinero en potencia, y el dinero es la realización del momento
universal de la mercancía; ni el Estado puede permanecer en lo universal del
bien social o el interés común (que aquí no se distinguen). La verdad de la
persona escindida es su unidad, la verdad de su unidad es su escisión, en cada
uno de sus lados -sociedad de las
personas y sociedad en persona o personificada- es un ente ficticio, una
sombra, la persona "física" es la negación de su dimensión universal,
la persona "jurídica" es la negación del individuo, y es tan
abstracta una como la otra; los factores de la escisión son como los extremos
de un silogismo cuyo término medio debería ser el individuo pero éste,
escindido en su ser social, es arrebatado por el movimiento extrínseco entre
Escila y Caribdis, arrojado de uno al otro extremo tanto más irresistiblemente
cuanto más procura completar la experiencia de su propia voluntad y su
consciencia. Su desolación no brota de sus vidas tristemente separadas sino de
su aspiración irrenunciable a la plenitud de la vida social, para lo cual se
comporta ante el Estado como ante un ámbito más de interés particular, en tanto
su visión de la política consiste en que la universalidad del Estado debe
demostrarse palpablemente en la utilidad de sus prestaciones, utilidad sobre la
que él naturalmente juzga desde el ángulo de su interés particular.
La
selección "natural" acabó con el santo mártir que, cegado por una
confusión funesta, se conducía como citoyen
en su vida particular, y a la par favoreció la proliferación de los héroes
triunfadores que supieron entregarse al comportamiento contrario (consagrándose
éstos como "winners", denigrándose aquéllos como
"loosers"). Solamente así pudo resolverse el misterio del Estado
Moderno, de un lado Fin Absoluto y del otro Medio Universal. La solución la
tiene y la aporta sin más el burgués individual; criatura de la mediación
extrínseca, para quien su medio es su fin y su propia esencia social un medio
de su medio, comprende el significado negativo
de la libertad, pero sólo como negatividad, "libertad de"
("freedom from", según Fromm), el Estado. Claro está que no vive de
la dádiva, ni de la violencia (ni de la solidaridad): la vida es tit for tat, y, como todas las
cosas, los medios son materia de transacción: Estado que me legitima merece ser
reconocido por mí como legítimo. En el camino inverso al de su disolución y
degradación, el cuerpo social se restaura desde la corporación, el interés
social desde el societario, la universalidad desde la legitimidad. Una vez que
el burgués ha proyectado su vida interior en el espíritu universal objetivo, el
interés general se presenta desdoblado como sujeto o finalidad en el Estado
Moderno y como objeto o riqueza abstracta en la sociedad "civil",
particularidad que se renueva y retorna a sí misma por medio de su elevación a
la universalidad. Aquí se presenta otro misterio, más profundo, porque no
concierne únicamente al Estado (éste, se sabe, no es más que el tautológico
servidor del interés legítimo) sino también a la sociedad "civil",
porque en ésta, que debería ser la ciudad de lo material y lo particular, la
elevación de lo singular y lo particular a lo universal y, más aún, de lo
privado a lo social, se pone de manera completamente natural: es mediada
únicamente por el hecho más terrenal y prosaico, la venta de mercancías
(realización del valor mercantil); en tanto que en aquél, que debería ser la
sucursal divina de la ciudad celestial, la corrupción y el soborno pertenecen
al concepto.
La
universalidad del Estado Moderno es el anverso de su negación en el ámbito
opuesto; la legitimidad recompone la forma necesaria del Estado hecho rehén de
un interés particular. El político y el burócrata tienen antecesores,
respectivamente, en la ciudad antigua y en las cortes del imperio y la
monarquía. Hoy medran con la conciliación aparente entre la forma y el contenido
del Estado, personificando la universalidad. El segundo ha logrado el monopolio
de los sellos y formalidades simbólicas que certifican que algo particular es
universal, el primero se ha munido de una representación formal que inviste a
su persona del atributo simbólico del sujeto absoluto. Ambos -el rey
republicano y el sacerdote laico- han logrado zanjar la distancia, y hasta la
diferencia, entre el citoyen
y el bourgeois, extirpando
los escrúpulos del alma y amparándose en la inmanencia de la reconciliación por
la que el Estado Moderno es la proyección necesaria de la sociedad que ha
rechazado fuera de sí su esencia política.
El bourgeois (capitalista o
proletario) se define como no político y el citoyen se determina de modo igualmente negativo como no
propietario o, por ende, como proletario, y el proletario sólo es en sí citoyen, de modo que la
democracia es el proletariado en cuanto es para sí lo que es en sí, lo
contrario del ciudadano abstracto, del sufragio ritual que confiere una
representación irresponsable. Ella es la anulación del proletario, del burgués,
del capitalista, del ciudadano abstracto, de la mercancía, del dinero, del
capital, de la sociedad "civil", del Estado Moderno. El obrero
asalariado tiene el alma social escindida, lo mismo que su patrón, el
empresario capitalista. La libertad del ciudadano es una mera tautología, o ser
ciudadano es ser libre, pero la condición del obrero asalariado en cuanto citoyen es igualmente negativa,
puesto que él es súbdito sin ser mandante. Como bourgeois expresa un interés particular que es también el de
un propietario privado, y sólo como propietario privado se diferencia del
burgués en que no es poseedor de capital ni dueño de mercancía alguna como no
sea su capacidad laboral. Pero propietario no quiere decir poseedor, y para
transferir la mercancía que vendió voluntariamente debe someter su voluntad al
arbitrio del capital, a una norma que él no formuló y a una autoridad que no lo
representa. El burgués es la negación de la política en la sociedad "civil";
y el proletario es, allí, lo mismo que el burgués, pero así como hay una ciudad
política fuera de la sociedad "civil", dentro de ella está la cueva
supervisada donde el obrero entrega al capitalista el valor de uso de la
mercancía que debe transferirle.
"El consumo de la fuerza de trabajo, al igual
que el de cualquier otra mercancía, se efectúa fuera del mercado o de la esfera de la circulación. Abandonamos, por tanto, esa ruidosa
esfera instalada en la superficie y accesible a todos los ojos, para
dirigirnos, junto al poseedor de dinero y al poseedor de fuerza de trabajo,
siguiéndoles los pasos, hacia la oculta sede
de la producción, en cuyo dintel se lee: «No admittance except on business»...".
Hay que
penetrar en ese tufo carcelario donde el obrero se purga de su alma social para
comprender porqué el proletario es la negación de la democracia y la democracia
es la negación del proletario.
*
Corresponde
al concepto del Estado la no realidad de otro Estado, el ser único. La paz no
es una mera yuxtaposición o indiferencia entre Estados simplemente
coexistentes. La relación entre los Estados es la guerra o la alianza para la
guerra. Se dice que hay alianzas permanentes y temporarias (Raymond Aron) pero
en realidad sólo hay dos tipos de alianzas, la subordinación formal o la guerra
diferida; en el primer caso, el Estado federal subordinado en una jerarquía de
jurisdicciones, no es ya propiamente un Estado. Claro está que no se trata aquí
del Estado en general sino del estado nacional, contrafigura de la sociedad
"civil" y más específicamente del capital internacional. Se trata
pues del apogeo del Estado Moderno en cuanto órgano diferenciado del cuerpo
social, aunque precisamente en virtud de su diferenciación se encuentra en las
antípodas de su propio concepto, el cual es condenado a una doble existencia.
Por un lado, subsiste como ideal irrealizable para ser invocado en las
solemnidades y actuado como soporte de la legitimidad del poder. Es el Estado
Moderno, encarnación del interés universal, depositario y custodio del bien
general y el bienestar común. Por otro, es la figura quimérica del capital
público, empresa suprema, primus inter pares, que guarda con todo otro capital
la misma relación que la mercancía dineraria con la mercancía común. El capital
público es un híbrido que se excluye a sí mismo, pues la esencia relacional de
todo capital es ser "uno entre muchos" (Marx, Rosdolski), y la del
Estado es no tener ninguna; pero revela la ambición secreta de todo capital
individual, que tiende con toda su fuerza a su concepto conceptualmente
imposible y prácticamente improbable, el Estado sans phrase, supremo.
El
Estado nacional "moderno" (uno entre muchos) puja por medio de
guerras y alianzas por escalar en la jerarquía internacional donde se expresan
los órdenes y los grados de los subsistemas económicos nacionales del capital.
Si la guerra es continuación de la política (Clausewitz), en la época del
capital, una y otra son instrumentos de los particularismos dominantes en la
sociedad civil. Lo cierto es que en esa trama de imposiciones, extorsión y
desigualdad, hay un momento de armonía, solidaridad e igualdad; el mismo que
(en la etapa que luego llamaremos de transición a la estructura del capital
diferenciado) es explotado por la ideología de las Naciones Unidas en favor de
la institucionalización de las desigualdades bajo la forma -los formalismos- de
la igualdad. Pero el estado nacional burgués es él mismo un burgués colectivo,
inconfudiblemente bourgeois
por su desmedido afán de acumular y prevalecer a expensas de los otros. En su
vida exterior de abanderado de un particularismo, el Estado Moderno, devenido
estado nacional, pierde el atributo esencial del Estado, la universalidad, al
punto que su invocación, lejos de engrandecer su figura internacional, no hace
sino degradar sus intervenciones al más grosero matonaje. Que, sin embargo,
prefigura la verdad del Estado, la realidad de su universalidad y el anuncio de
su extinción. Para ello es necesario el derrumbe del Estado ilusorio, el Estado
nacional, ese híbrido lábil y autocontradictorio.
A
medida que se acentúa la jerarquía en las estructuras de capital diferenciado,
la violencia que emana de la sociedad civil y es ejecutada por el Estado
Moderno no se disipa, ni mucho menos, pero queda dividida y a cargo de
organismos de represión cada vez más especializados, a la par que la nueva
hegemonía permite licenciar las estructuras de dominación extrínseca, de origen
mercantil, colonial y nacional. Pero aquí se presentan diferencias. La forma
Estado Moderno corresponde a la forma del plusvalor desarrollada que ha
ejercido ya una acción deletérea sobre la malla social de relaciones directas
de producción que la preceden (en las que se conserva la unidad inmediata entre
los ámbitos económico, político y "social", y la familia es todavía
una trama de parentesco compleja y extensa), basadas a su vez en la comunidad
orgánica y la dependencia personal. La sociedad "civil", una sociedad
de individuos abstractos y recíprocamente indiferentes y extraños, ha nacido
precisamente de esa disolución; la ajenidad recíproca que antes sólo cupo entre
naciones extrañas y básicamente carentes de vinculación mutua, es ahora
universal. El Estado Moderno proviene tanto de los restos fósiles del Estado
inmediato (monarquía, imperio, cortes y parlamentos, derecho civil y público,
administración tributaria y militar), como de su disolución.
La
empresa de capital y el Estado nacional son las figuras contrapuestas de la
sociedad civil y la sociedad política. En ambas la particularidad y la
universalidad corresponden a la relación interior y a la exterior, mas de modo
inverso. Pues lo mismo que el Estado nacional, la empresa de capital gobierna
su ámbito, y, fuera de él, entabla relaciones de competencia en las que debe actuar
como "una entre muchas" . [15][3]Pero, al revés que la empresa,
persona jurídica del derecho comercial -sujeto abstracto de la sociedad
"civil"-, la cual únicamente en la intemperie de su vida exterior
puede dar a su producto específico la forma dineraria adecuada a su naturaleza
de riqueza absoluta, el Estado nacional sólo reviste la forma de universalidad,
acorde con su concepto, en su vida interior. Es una universalidad local, un
círculo estrecho fuera del cual hay un algo más, un más allá (representado en
la contabilidad nacional por la Cuenta Resto del Mundo). La contraposición
entre los dos elementos del Estado moderno es intranquila y extrínseca, y su
conciliación, nunca real, siempre forzada y temporaria, transforma el estado
nacional en Nación estado, finalidad absoluta, Bien supremo, alucinación basada
en una falacia (pars pro toto), evocación anacrónica de la patria estrecha
capaz, sin embargo, de despertar los furores atávicos sobrevivientes en el
espíritu obtuso. La universalidad del Estado Moderno es la negación de la
universalidad de la sociedad "civil". Presentándose como si, por el
contrario, la universalidad fuera su esencia, que subsiste por sí misma, el
Estado Moderno logró capturar el poder de la identidad arcaica entre el bien
común y el bien supremo. Dentro del círculo mágico que traza en los límites de
su soberanía el Estado Moderno se presta a la ilusión de un poder impersonal y
secular que vela por el Bien. El encanto se disipa en las fronteras de su
jurisdicción territorial; nada queda de él fuera del circuito de su dinero
ficticio (signo monetario y dinerario por medio del curso forzoso), etc. Como
ser inmediato es una superchería ideológica, pero su existencia es contundente.
La
proposición verdadera según la cual el Estado Moderno es una proyección de la
sociedad "civil" debe matizarse para dar cuenta de las mudanzas y
mutaciones que sufre esta relación pari passu con el desarrollo del capital. El
mundo moderno nace en un polo del sistema colonial; allí la sociedad civil está
al servicio del Estado para el poder y la gloria de la Nación: "la
riqueza, dice Colbert, es el nervio de la guerra". [16][4] En el otro lado del sistema
está la nación dominada, y, por cierto, toda una sociedad sometida, pero no hay
una sociedad civil subordinada. La
clase capitalista en ciernes con vocación de burguesía libre únicamente
aceptará pagar sus impuestos a un Estado en el que ella esté representada, y su
emancipación apuntará a la consolidación del Estado propio. Lo logrará en la
medida del dinamismo de su sociedad "civil" y más particularmente del
desarrollo capitalista y su peso en la economía internacional. (La revolución
norteamericana independentista de 1776 es paradigmática pero, por su éxito
ulterior en la consolidación de un nuevo Estado, singularmente atípica. Y es
significativo que todavía a comienzos del siglo XIX Norteamérica llegara a ser
vista como una pura sociedad "civil", sin Estado).
"El carácter nacional del sistema
mercantilista no es ... una mera frase en la boca de sus portavoces. Bajo el
pretexto de ocuparse solamente de la riqueza de la nación y de los recursos del
estado, de hecho declaran que los intereses de la clase capitalista y el
enriquecimiento en general son el fin último de aquél, y proclaman la sociedad
burguesa contra el antiguo estado supraterrenal. Pero al mismo tiempo existe la
consciencia de que el desarrollo de los intereses del capital y de la clase
capitalista, de la produccion capitalista, se ha convertido en la base del
poderío nacional y del predominio nacional en la sociedad moderna". MARX,
K. "El Capital..", Tomo III, Libro 3, pág. 999.
El
desarrollo capitalista tiende a licenciar el sistema colonial pero no suprime
la desigualdad entre las sociedades nacionales. Lejos de ello, cada fase de su
progreso trastorna, recrea y acentúa el orden jerárquico de los subsistemas
capitalistas nacionales, mofándose de todas las promesas ilustradas de
civilización universal. Las colonias dejan de serlo pero la modernización de la
sociedad local es tardía: conforme a su naturaleza, la sociedad
"civil" tiende a proyectar la figura del Estado Moderno, pero éste es
"secuestrado" por un subsistema nacional foráneo más poderoso. La
sociedad "civil" cercenada del Estado propio ahógase en tensiones que
ora apuntan a su superación por la vía de la lucha de clases, ora exacerban la
exaltación ilusoria y regresiva de nacionalismos bárbaros, étnicos o
culturales. La nación amputada queda sometida a una dialéctica en que la
mimesis de particularismos extintos ofrece a las masas un espejismo de
autoidentidad y un remedo de vida telúrica fundamentalista, que funde al Estado
con una religión intolerante. El carácter moderno del Estado se disipa
prematuramente; las masas viven la ilusión fugaz de ser "nuevamente"
un pueblo. ("Nuevamente": la mixtificación del origen idealizado y el
destino heroico es la pesadilla de la clase asalariada que siente su propio ser
social como una carga abrumadora y se representa su propia esencia comunista
como una potencia ajena y contraria a su naturaleza).
*
Ahora
bien, la actividad del Estado se concreta en una pluralidad de
"políticas" con predicados particulares -económica, de educación,
etc., incluso "social"-, lográndose otro efecto ilusionista: se
desvanece la antinomia entre la vida civil y la vida política; y también la
división de la primera en sociedad "civil", subesfera del interés
particular privado, y Familia, o subesfera del bienestar privado. La
eliminación ilusoria de los antagonismos no oculta el drama social; la estratagema
ideológica es otra, más eficaz: el mal se reconoce y se pone en el centro de la
preocupación oficial manifiesta. La oportuna dramatización del
"compromiso" de la autoridad recrea la ilusión, la promesse de bonheur (Adorno,
Horkheimer), en suma, la legitimidad. El carácter específico del sufrimiento
queda absorbido por su dimensión genérica y hace resplandecer la forma política
de la universalidad.[17][5]
*
Marx
unificó la ciencia del valor expuesta por Smith y Ricardo con la "ciencia
de las contradicciones sociales" (Pierre Lantz) desarrollada por Hegel, y
revolucionó ambas. Llevó el análisis de la forma más general del capital hasta
la comprensión de la no mercancía
a la luz de la mercancía. Concibió la mercancía (producción de productos para
el intercambio que son a la vez productos del intercambio, trabajos privados
que mutan en sociales ex post, mediante la transformación de los productos
privados en sociales) contraponiéndola, ora a las relaciones de producción
directas, basadas en la comunidad "natural" o en la dependencia
personal, ora al tráfico directo de productos entre comunidades. Lo mismo que
en Hegel y en Smith, el poder político queda expatriado del ámbito del
intercambio material, arrojado como en Hegel al polo Estado, y reducido en el
polo sociedad "civil", a mero "purchasing power" (Smith) o,
en verdad, a "poder de acumulación" (Hilferding).
Smith
queda corregido o completado por el hálito hegeliano: el poder deletéreo del
intercambio económico proviene del desarrollo de su forma mercantil y
dineraria; al disolver los lazos no mercantiles reduce la riqueza social a su
momento de utilidad material, y el poder que la riqueza confiere, a poder de
compra. Pero hasta aquí la cambiabilidad de la forma equivalencial es
nuevamente el "purchasing power" smithiano. Así como Hegel había
exiliado el poder político de la sociedad civil, Smith lo había expulsado de la
Razón, atribuyéndolo al error de quienes, como Hobbes, permanecían en la
oscuridad sin comprender los males que acarrea la liberalidad. El cambio de
perspectiva verificado apenas en medio siglo proviene de que Smith escribe en
los albores de la revolución industrial. Con el incipiente desarrollo del
capital industrial (prefigurado en las manufacturas) ha surgido en el mundo una
nueva fuente y una nueva forma de poder, y "capitals are increased by
parsimony, and diminished by prodigality and misconduct". El hombre
pródigo disipa sus riquezas "like him who perverts the revenues of some
pious foundation", se condena a la ruina, traiciona sus más altas
responsabilidades morales y empobrece a su país. Se impone la condena de uno y
la apología del otro: "Every prodigal appears to be a public enemy, and
every frugal man a public benefactor". Smith había tropezado con la
novedad del capitalismo sin comprender su novedad, como había redescubierto los
factores de la mercancía, valor de uso y valor de cambio, sin percatarse de que
éste era una forma específica de valor. Ricardo llevaría el concepto hasta los
umbrales de la dialéctica de la forma del valor, que no logró transponer.
Esta
dialéctica estará en juego en la obra de Marx como el concepto de la superación
del capital mediante su desarrollo intrínseco. Es igualmente intrínseca la
crítica de la economía política, que desarrolla ese concepto como concepto. El
primer gran resultado (el "Manifiesto") anticipa el desarrollo y el
fundamento ("Das Kapital"), que permanecerá inconcluso. Pues en punto
a la forma del valor y el plusvalor Marx permanece muchos años en el horizonte
de sus maestros, del que sólo despegará en su obra de madurez al obtener,
"como desenvolvimiento necesario de la teoría de Ricardo", la teoría
de las formas del plusvalor, y al descubrir en éstas nuevas fuentes de poder
que brotan del polo de la sociedad moderna que es la negación del poder
político.
La
escisión es ahora tripartita: social, política y económica (Avineri), al punto
que la naturaleza de los ámbitos político y económico nunca podrá agotarse en
su relación recíproca ni comprenderse con prescindencia de la esfera
"social". Más aún, la forma capitalista del intercambio no mercantil -y del poder político, por
ende- se vuelve del todo indescifrable si se omite ese ámbito. La
representación de una triple esfera recuerda los tres momentos del concepto
hegeliano. Pero no hay una correspondencia simple, biunívoca, como sería si,
por ejemplo, la sociedad "civil" comprendiera el ámbito de lo
particular, el Estado el de lo universal. Ni es la "sociedad" lo
particular (el interés contrapuesto a otro interés), la política lo individual
(la elevación de la moralidad a la eticidad), la economía lo universal (el
valor y su forma dineraria). El individuo (citoyen,
bourgeois, pero también pater familia) se reparte entre
distintas esferas y participa de los tres momentos, que, lo mismo que en el
concepto, se penetran en estado de fluidez, se unen al rechazarse, se repelen
al atraerse; la estructura tripartita de la sociedad histórica dominada por el
capital es la abstracción de esa penetración fluida o la fijación de esos
momentos tomados unilateralmente en sus respectivas objetivaciones.
*
La
Política Social no es una "interfase" extrínseca entre los polos
separados. Es, por un lado -en cuanto Política Social propiamente dicha,
sustantivada como un ámbito de competencia estatal al que incumben determinadas
"policies"-, una figura propia de una fase definida del desarrollo
del capital contemporáneo, asociada con las políticas monetarias y fiscales de
corte keynesiano por su raíz común en el agotamiento del proceso de acumulación
global del capital no diferenciado. Es, por otro lado, un rasgo específico
permanente del capitalismo y, finalmente, una relación que abarca el género al
que pertenece tal especie, que desborda tanto de la estructura del capital
cuanto de su forma mercantil general, y queda comprendida en el concepto de
intercambio político, al que pertenece como tipo específico el "don" (Marcel Mauss),
diametralmente contrapuesto a la mercancía. Resulta significativo que tanto los
enemigos de la Política Social como sus partidarios tienden a caer en las
mixtificaciones que confunden los rasgos genéricos del capital con las formas
específicas del don: unos y otros
han captado, cada uno a su manera, la identidad entre el fenómeno y la esencia,
pero ambos ingenuamente, como si ésta fuera una unidad inmediata. En el apogeo
de las políticas de desregulación este diálogo entre sordos es un contenido
principal en el escenario político; en este marco no es sorprendente que una
palabra clave, usada por unos con sentido apologético y por otros con intención
denigratoria, es la de Limosna. La noción de que la asistencia social es una
limosna es a la vez verdadera y falsa. Verdadera, porque apunta a la percepción
de relaciones históricamente inéditas que están configurándose en la estructura
del capital, cambios en los que esta consciencia incipiente únicamente puede
reconocer la reaparición de figuras arcaicas y pueriles. Falsa, primero, porque
no sabe discriminar entre las formas elementales del tráfico político, ni entre
éste y el mercantil, ni, menos aún, las transiciones entre ambos contenidos en
el desarrollo de la forma mercantil.
Lo
mismo que el intercambio mercantil, que excluye o proyecta fuera de sí todo
contenido político, ninguno de estos intercambios no mercantiles -el don y la limosna- tiene como premisa la
dependencia personal. La relación se entabla por medio de la transferencia de
un producto material o un servicio. El carácter político de la limosna es
residual. Es más manifiesto -aun cuando no explícito- en el caso del don, pues quien lo otorga procura o
bien eximirse de obligaciones pretéritas o bien afianzar y extender su poder
concitando alianzas y lealtades que se prolongan en el tiempo. En el primer
caso el don restablece la igualdad
entre sus participantes, en el segundo la pone en suspenso, dejando a uno de
ellos en desventaja temporaria. Pero, en ambos, es una honra recíproca, basada
en el reconocimiento del honor. En la limosna se presupone y se confirma la
desigualdad, lo mismo que la deshonra y la incapacidad de retribución del
inferior. El don suele recibirse,
paradójicamente, con actitudes de desdeñosa altanería, con las que el agraciado
expresa su voluntad y certeza de retribuir. (Menelao procura comprometer el
apoyo de Aquiles para abatir a Troya regalándole una colección magnífica de
armas, corceles de guerra y hermosas doncellas ricamente ataviadas, entre ellas
la cautiva por la que habían disputado; Aquiles rechaza primero y recibe luego
con desdén los presentes: es momento, dice, de guerra y no de futilezas). En
contraste, la limosna es recibida con señales de sumisión y gratitud, dirigidas
en parte a retroalimentar el comportamiento caritativo del dadivoso, pero
también a subrayar que no habrá otra retribución; el deber de la gracia queda a
cargo del Altísimo, ante quien el pordiosero ofrece interceder, además de la
compensación de abreviar su propia presencia -agradecida pero desagradable-
ante su benefactor. Para corresponder a sus conceptos respectivos, la limosna
debe ser pequeña y el don grande, aunque
no al punto de tornarse éste abrumador y aquélla miserable; porque la cuantía
misma de su valor debe denigrar en el primer caso y honrar y obligar en el
segundo. "Cuando la limosna es grande", dice el poema gauchesco,
"hasta el santo desconfía". Las explicaciones de Hobbes, que escribe
cuando todavía no se ha consumado la disolución universal de la sociedad
orgánica, son insuperables. "Al suplicar a otro cualquier ayuda le
honramos, demostrándole que creemos en su poder para asistirnos, y cuanto más difícil
la ayuda, mayor es el honor". Asimismo, "hacer grandes regalos a un
hombre es honrarle, porque es comprar su protección y reconocer su poder. Los
regalos pequeños deshonran, porque no son sino limosnas...". Las riquezas
se transforman en poder si son administradas con liberalidad, porque con ellas
se consiguen sirvientes y se asegura la lealtad de los aliados. Por el
contrario, las mismas riquezas, unidas a la parsimonia o a la mezquindad, ponen
en peligro a su dueño, exponiéndole a la envidia. ("Also riches joined
with liberality is Power, because it procureth friends and servants; without
liberality not so, because in this case they defend not but expose men to envy
as prey". Leviathan, Chap. XX).
La
mercancía tiene como premisa y como resultado la anulación de los nexos del
tráfico político y el desgajamiento de la trama social reproducida y
desarrollada milenariamente sobre ese intercambio. [18][6]En la mercancía quedan rasgos
de sus antecesores, los intecambios no mercantiles. En el don, en la gracia, en la merced, en la limosna, en el rescate, en
la dote, etc., el valor de los productos que se intercambian es siempre
pertinente, y tratándose de valor su cantidad es relevante; pero en ninguno de
estos casos el intercambio es de productos de igual valor, ni se presupone la
igualación como regla práctica o de justicia, sino que por su cuantía el valor es de una cualidad u otra, adecuado o
exagerado, espléndido o mezquino, generoso o tacaño, prudente o magnífico;
según ese predicado abruma u obliga, redime o halaga, es denigrante u honroso.
La
mercancía, "igualitaria y cínica por naturaleza", es portadora de la
misma sustancia social genérica pero en la forma específica de valor mercantil,
forma objetivada y autónoma de valor que reduce unilateralmente su cualidad al
momento cuantitativo y por eso presupone y reproduce la igualdad social. Por
obra y milagro del valor en su forma sustantivada específicamente mercantil que
lo vuelve autónomo (sustancia social en su forma general objetivada) la sociedad
"civil", producto ya de la división, se desmembra en dos órganos o
sistemas de intercambio social: el económico y el "social". [19][7] En este desgarramiento queda
condenada la promesa de la Revolución Francesa, de traer el paraíso celestial a
la patria terrestre. Promesa que hubiera dado la respuesta que luego seguirán
buscando Hegel y Marx y por el que todavía en nuestros días clama la salvación
humana: la conciliación del homme
(representado aquí por el homme privé)
y el citoyen. La Liberté no
es realizable en esferas separadas, no es accesible al individuo abstracto,
escindido; la Egalité se realiza a expensas de la Fraternité, y en su pugna
revive el infierno hobbesiano, el bellum homne contra homnes. Al producirse la
transición de la producción de valor a la producción de plusvalor, de la forma
del valor a la forma del plusvalor, se consuma la separación y se transforma la
relación entre estos dos sistemas de intercambio volviéndose dominante el
capital. Ya hemos señalado el momento intelectual de esta transición al
referirnos a Smith y Hobbes.
*
Los
mejores comentaristas de las obras de juventud de Marx (Avineri, O' Malley)
encuentran en ellas un denso material que vale por sí mismo y es rico en pistas
para comprender la totalidad de la obra. Este punto de vista es propicio para
resaltar, en esa totalidad, la continuidad de propósitos y contenidos. Nosotros
adoptamos el enfoque opuesto, que confirma esa unidad pero la muestra como un
aspecto de un progreso dominado por la discontinuidad: leemos las obras de
juventud desde la perspectiva ofrecida por las de madurez; los avances logrados
a la luz de los descubrimientos anunciados recién en 1859 ("Contribución a
la Crítica de la Economía Política"), y expuestos sistemáticamente en la
obra principal. Se pone de manifiesto así lo que de otro modo pasa inadvertido
en el examen más acucioso de los trabajos escritos en el período asombrosamente
productivo comprendido entre 1843/6. Que la abrupta interrupción de los
estudios filosóficos y el viraje que se verifica en la trayectoria de Marx
desde que decide entregarse al estudio de la Economía Política, son el
resultado necesario y principal de su crítica de la filosofía. Interrumpe esta
tarea sencillamente porque está convencido de haber alcanzado un resultado
final, un hito -no obstante su ribete un tanto tragicómico- en la más ambiciosa
de las tareas intelectuales que puede concebir, y a la que no ha renunciado.
Porque,
en efecto, el descubrimiento de su propia ignorancia en una materia distinta de
la elegida y la decisión de lanzarse -con la arrasadora consecuencia
característica de su personalidad- sobre ese flanco débil en su propia
formación intelectual es un hecho de la experiencia del individuo contingente,
no, por cierto, una verdad filosófica, y, sin embargo, resultará ser eso y más,
la verdad de la filosofía y el principio de su realización. Pero esa verdad era
insólita: la filosofía terminaba en un atolladero del que no podía elevarse
mediante una crítica reducida a su momento inmanente, halándose de sus propias
barbas.
Mediante
la Crítica de la Filosofía del Derecho el joven Marx se propone llevar a cabo
la crítica de la filosofía y de las instituciones. Debe esperarlo todo de la conjunción de estos dos
propósitos puesto que, por un lado (dice en la "Crítica"), la misión
de la filosofía es realizar la razón, y, por otro (escribe a Ruge), la esfera
en que la razón debe realizarse es la de las instituciones políticas. (Que las
dos finalidades se cumplen una en la otra, o la identidad está en ambas, es
tautológico, al punto que su unidad se presta al juego de palabras: dado que la
razón es la conciliación del ser con el deber ser, debe ser el deber ser del
ser en el ser). El lector desprevenido -vale decir, cargado de prevenciones
acerca de lo que debe ver en estos textos- encuentra gran acopio de
impugnaciones y vituperios que confunde con la sustancia de la crítica. No
advierte que la crítica de la filosofía, víctima de su propio éxito, se refuta
a sí misma. Si la acusación contra Hegel es que para él las instituciones de la
Filosofía del Derecho no son sino accidentes de las categorías lógicas,
entonces lo que queda demostrado es que sobre esta Filosofía no se puede
realizar a la vez la crítica de las instituciones. Luego, no se justifican las
municiones gastadas contra esta obra menor y habría que emprenderla contra la
"Fenomenología" (como en efecto hará pocos años más tarde), o la Gran
Lógica ("La Ciencia de la Lógica"). El autor de la
"Crítica" denuncia sin piedad la impostación metafísica en el discurso
del filósofo, los efectos mixtificantes de la hipóstasis por la que categorías
abstractas usurpan el lugar de los hombres reales; la falsedad de la historia
en la que los protagonistas visibles no son más que encarnaciones de los
conceptos reificados. La que presenta Hegel es una historia fabulada donde el
Estado es en realidad la infinitud y la familia la finitud, etc. Sin embargo,
no cabe duda que Marx, como lo subraya O' Malley, toma bien en serio el marco
histórico institucional del que trata la "Filosofía del Derecho" y,
más aún, adopta definitivamente los problemas que plantea y el modo en que los
formula, y no los abandonará nunca.
Allí
tenemos, pues, la esfera del derecho privado (la sociedad "civil"),
la esfera del bienestar privado (la Familia), el sistema formado por estas dos
esferas (el sistema de los intereses particulares), y el sistema político (la
esfera del derecho público, el Estado). También la familia misma es aquí una
estructura específicamente mercantil y capitalista, cargada con las
contradicciones de la sociedad escindida (reducida a los lazos biológicos, es,
empero, la encarnación de las virtudes morales y espirituales). Ahora bien,
ninguna de estas esferas o sistemas se enfrenta al individuo, como si éste
estuviera de un lado y, del otro, la sociedad, el Estado, etc. Antes bien, el
individuo está en todas ellas y no está en ninguna pues, por un lado, como
individuo abstracto únicamente determinado por la realización consciente de su
libertad, de su vida social, es ciudadano, vive la vida política, la vida del
Estado; en otro momento está unilateralmente determinado por y en su vida
privada, dedicándose únicamente a sus propios asuntos ("minding his own
business"). Su realidad humana no es de este mundo, su existencia mundanal
no es humana. Pone sus intereses, derechos, responsabilidades, sensibilidades,
etc., en esferas separadas, civil, familiar, política, privada, pública, etc.
Surge, pues, el problema rousseauniano de cómo conciliar al individuo desgajado
consigo mismo, su amor propio con su más elevado amor de sí, el interés privado
con el público (nuevamente, el homme
privé con el citoyen),
problema que enlazará todo el resto de la obra, desde la cuestión (de la
emancipación) de los judíos a la cuestión (de la emancipación) del
proletariado, desde la crítica de la filosofía a la crítica de la economía
política, desde la forma del plusvalor mercantil al socialismo científico,
desde el Manifiesto al Das Kapital: desde los resultados al contenido y al
movimiento interno por el que son resultados de (por y con) un desarrollo. Lo
que sí es contingente y anecdótico es lo que viene después, el desarrollo
trunco que no alcanza a reproducir el producto antes anticipado. Pero es más
fácil iluminar el Manifiesto desde El Capital que concebir la forma del valor y
sus consecuencias para la lucha de clases y la historia a partir de La Cuestión
Judía o, incluso, del Manifiesto.¡La obra mayor no fue concebida en vano![20][8]
Porque
las revelaciones del desgarramiento del individuo y la corrupción del Estado se
apoyan en una base todavía precaria que apunta más a un retroceso de la
filosofía (del Derecho) y de las instituciones que a su superación. En efecto,
frente al hombre y la sociedad parcelados se esgrime la unidad antropológica,
la universalidad mítica. La Crítica descubre la misión histórica del
proletariado, la clase de la sociedad "civil" que no es una clase del
mundo de la riqueza porque no posée riqueza alguna; que, por estar libre de
todo interés particular especial, sólo puede tener verdadero interés en la
anulación de toda parcialidad; que, por sufrir todas las alienaciones, sólo
puede emanciparse liberando a la sociedad de todas las alienaciones. Es,
todavía, una anticipación meramente especulativa del proletariado y su misión histórica.
La denuncia del escándalo del Estado (interés egoísta, escamoteado, exculpado y
embellecido por la máscara del Bien Supremo) tiene sentido en cuanto
continuación y corolario de la denuncia del escándalo de la Religión (la
realización ilusoria del hombre irrealizado, el "opio del pueblo").
Si el interés particular y la voluntad arbitraria posan con el ropaje de la
universalidad, ello puede ser así porque la universalidad suprimida en la vida
privada pugna sin embargo por expresarse.
Se ha
hecho la acusación de una conducta abominable, de un hecho espantoso. Pero la
crítica flaquea donde debiera rematar. Porque, ¿contra qué medir el abismo que
separa los fragmentos del hombre parcelado, condenándole a la perdición
espiritual que le hace caer en las ilusiones de la religión y de la política
abstractas, y, en suma, a una vida miserable? Aquí Marx apenas sobrepasa a
Feuerbach: el hombre ha podido crear a Dios y, creándolo, demostró que es un ser especie. Aunque ("su ímpetu en
tiniebla") permanece sumido en la ilusión que es a la vez la cadena y la
rosa que la embellece y la torna soportable, en virtud de su naturaleza es
capaz de aprehender conscientemente su esencia social. En cualquiera de las
formas fenomenológicas de su ser social (¿Gemeinwesengestalten?), procurará
desarrollar su individualidad, y ésta mostrará que es la de un zoon politikon,
que únicamente puede desarrollarse en sociedad. Renace entonces la ilusión.
Nuevamente el hombre proyecta sus potencialidades fuera de sí, y confunde a su criatura
-esta vez no es Dios sino el Estado- con su propio ser irrealizado; la figura
mística, aunque ahora secular, representa la realización de su propia función
social. Tanto más esplendorosamente se le representa en el Estado la forma de
la consumación de su propia naturaleza cuanto más denigrado y sufriente se
halla su verdadero ser. Hé aquí entonces la medida del escándalo. El hombre en
la sociedad "civil" es el burgués, alienado de su propia naturaleza,
la parcelación del individuo es idéntica a la escisión de la sociedad y ambas
son contrarias a la esencia humana.
Conforme
con ésta, el individuo, un ser comunal, pertenece a la sociedad, el ser
comunal. El hombre gira en torno de un centro ilusorio y ajeno hasta que se
pone él mismo en su propio centro. La religión era únicamente un centro
ilusorio, pero también lo es el Estado, la falsa encarnación del Sumo Bien posa junto a la
religión como otro falso religere.
¿Se ha avanzado en algo? La crítica de la religión pasó a crítica del Estado,
la de la filosofía a la de las instituciones. Cuando el joven Marx reprocha a
Hegel reducir el concepto de las instituciones al concepto de concepto está
confesando la limitación con la que tropieza la crítica. El luchador se retira,
pero no está vencido. El resto de su obra estará dedicado a investigar en lo
existente el fundamento de la realidad, en el capital la génesis de la
"esencia comunista". Tal es la finalidad de la teoría del capital.
Marx se
propuso llevar a cabo la crítica de la Economía Política. En las primeras
páginas de "Das Kapital.." encontramos una síntesis de dicha crítica.
Dice, luego de reconocer a la Economía Política clásica el mérito de haber
"descubierto el contenido oculto" en las formas del valor:
"Sólo que nunca llegó siquiera a plantear la
pregunta de porqué ese contenido adopta dicha forma; de porqué, pues, el
trabajo se representa en el valor,
de a qué se debe que la medida del trabajo conforme a su duración se represente
en la magnitud de valor alcanzada
por el producto del trabajo". Añade, en nota al pie: "Una de las
fallas fundamentales de la Economía Política clásica es que nunca logró
desentrañar, partiendo del análisis de la mercancía y más específicamente del
valor de la misma, la forma del valor, la forma misma que hace de él un valor
de cambio. Precisamente en el caso de sus mejores expositores, como Smith y
Ricardo, trata la forma de valor como cosa completamente indiferente, o incluso
exterior a la naturaleza de la mercancía". Marx, Karl, op. cit. pág. 98 y
Nota 32.
Les
acusa de escamotear la especificidad de la mercancía. Marx aborda este
problema, y, al hacerlo, abre un nuevo horizonte científico, ya que descubre la
clave de las formas del capital en
cuanto formas. No hay que pasar por alto la importancia de este
descubrimiento, que convierte a la Economía Política a la vez en la ciencia de la sociedad en su forma capitalista y en
la fenomenología de la consciencia de clase. Pero nuestra crítica mostrará que
la solución que ofrece Marx es incompleta; pues en el camino recorrido por el
fundador de la crítica de la Economía Política falta una transición necesaria,
se omite un eslabón, una forma del concepto, que llamaremos "valor
mercantil", forma que ya estaba prefigurada en los "errores" de
Smith.[21][1]
*
La
primera parte de este trabajo se compone con los presentes ensayos
introductorios. En la segunda parte extraemos consecuencias necesarias de la
teoría marxiana de la forma del valor, consecuencias que -ellas mismas- nos
llevan, en parte, más allá de Marx. Remiten a la comprobación elemental de que la forma mercantil del valor es la forma
del valor mercantil. Se llega a ese resultado por medio de una crítica
"transformativa" de la teoría marxiana de la forma del valor. En la
exposición interpretativa de la teoría marxiana, el enfoque
"neoclásico" queda incorporado -y superado- como un momento de la
misma. La tercera parte inquiere acerca de las transformaciones verificadas en
las estructuras del capital desde la publicación del Das Kapital. Para ello,
formulamos una hipótesis de trabajo acerca de la naturaleza y el desenlace de
dichas transformaciones, y, en el marco de dicha hipótesis, planteamos y
resolvemos el problema fundamental: ¿qué nuevas determinaciones presenta la
mercancía como forma necesaria, general y abstracta del capital?
*
La
mercancía es, de un lado, la forma más general del capital; de otro lado, una
forma histórica particular del producto social. Es imposible reconocer
cabalmente el carácter histórico de la mercancía y, por tanto, el del capital,
si no se pone en claro en qué difiere el
producto en cuanto mercancía de la mercancía en cuanto producto; no se
puede distinguir lo que la especie
tiene de específico si a la par no se discierne qué tiene de genérico.
Ciertamente,
la especie mercancía no se
deduce del género producto,
ni éste de aquélla. Un análisis comparativo de estructuras históricas de la
producción muestra, primero, la diferencia entre la mercancía y otras formas
del producto en las que éste deviene inmediatamente social, o cobra este
carácter por medio de imposiciones tributarias colectivas o serviles o incluso
el saqueo no institucionalizado; y, segundo, la diferencia entre la mercancía
con formas no mercantiles del producto en las que éste no es directamente
social sino que, como en la mercancía, adquiere ese carácter mediante el
intercambio. Pero, al distinguir los atributos específicos de los genéricos, el
análisis de la mercancía revela la génesis de esta forma y, con ello, despliega
la pluralidad de sus niveles de genericidad, traza el perfil de las formas
suprimidas y de las formas latentes; en definitiva, distingue los atributos
específicos de los genéricos.
*
La
teoría económica de Marx conserva su vigencia a fines del siglo XX, incluso
después de la dramática débâcle de las ortodoxias construidas sobre su legado.
La actualidad de la crítica de la Economía Política no es un hecho de opinión
sino una necesidad teórica; ésta proviene de que la obra de Marx está en un
peldaño por encima del siglo anterior y dos sobre el siguiente. El escalón
anterior, ocupado por las modernas reformulaciones neorricardianas de la
Economía Política clásica, ya había sido alcanzado por ésta cuando criticó las
falacias mercantilistas (término acuñado por Smith), y descubrió que el antiguo
principio del valor era relevante para comprender la sociedad moderna. La
ciencia fundada por Smith penetró en las conexiones internas de la estructura
productiva, elevándose sobre la economía vulgar, la cual, antes y después de
los clásicos, es incapaz de sospechar y, más aún, de comprender, la realidad
subyacente a las formas económicas manifiestas. La línea divisoria entre los
dos primeros escalones, la frontera reiteradamente señalada por Marx entre la
Economía Política científica, "esotérica", y las doctrinas
"exotéricas", superficiales, es la teoría clásica del valor. Pero
Marx no es únicamente un expositor de la teoría del valor-trabajo: es también,
y principalmente, su crítico. Esta diferencia lo eleva a un tercer peldaño,
donde aún hoy permanece sin compañía, en una posición que incluso sus
discípulos han ignorado, [22][2]confundiéndola con la segunda.
Si la
teoría del valor (trabajo) distingue a los "clásicos" de los
economistas "vulgares", entre los cuales deberían comprenderse hoy
globalmente neoclásicos y keynesianos, la segunda -la teoría marxiana de la
forma del valor- distingue a Marx tanto de los antecesores clásicos cuanto de
los sucesores cambridgeanos y ... marxistas.[23][3]
[Mercancía
y Producto]
Las
categorías específicas de la economía mercantil simple (mercancía, dinero) o
capitalista (mercancía capacidad laboral, dinero crédito, capital ficticio) no
pueden deducirse de sus conceptos universales. Se justifica el rechazo de Marx
hacia la reducción de las formas históricas de la Producción a sus momentos
comunes esenciales.[24][4]
Así, "es una tautología decir que la
propiedad (la apropiación) es una condición de la Producción. Pero es ridículo
saltar de ahí a una forma determinada de la propiedad, por ejemplo, la
propiedad privada". (Y a esta última, añade, con su contrafigura
necesaria, la no propiedad). En
definitiva, "las llamadas condiciones
generales de toda Producción no son más que esos momentos abstractos que no
permiten comprender ningún nivel histórico concreto de la Producción".
Más
aún, la exposición de los momentos más abstractos de la Producción y comunes a
todas sus formas históricas, plasma la intención de escamotear la especificidad
de estas formas. Pero es igualmente
indudable que no puede determinarse su especificidad sino en contraposición a
su concepto genérico; sin el reconocimiento del concepto genérico de producción
como momento necesario de conceptos como mercancía y capital. Ciertamente, toda
la obra de madurez de Marx apunta contra la pretensión ideológica mixtificante
de deducir la mercancía o la sociedad moderna de las determinaciones abstractas
de la producción en general.[25][5]
Los
conceptos más simples de la Economía Política tienden a fundirse
ideológicamente en su lado genérico, alimentando la ilusión de que en la pureza
de la mercancía florece la vida natural del "buen salvaje". La
estólida opinión para la cual las categorías propias de la Producción
capitalista deben encontrarse en toda estructura económica menos evolucionada
-ya que esta posición no concibe una más desarrollada- tiene su momento de
verdad en la doble reducción que la
consciencia fetichizada efectúa, de la categoría específica (mercancía) a la
genérica (producto), y de ésta a su soporte o substrato natural (objeto útil).
La Economía Política clásica (esotérica) lleva a cabo la primera reducción y
procura encarar los conceptos generales como objetos de una teoría autónoma,
igualmente general; por su parte, la Economía Política vulgar (exotérica)
desdeña los conceptos y permanece en esa certeza ingenua que toma por esencias
las nociones abstractas e inmediatas de la empiria mercantil. Ambas confunden
los rasgos específicos y los genéricos, y así escamotean la especificidad histórica
de las categorías económicas. Los conceptos elementales y las categorías
empíricas conviven sin salir de la abstración, y, en verdad, sin tocarse.
Es
indudable que Marx dedicó empeñosas y profundas reflexiones, como lo atestiguan
los pasajes recién citados, a resolver el problema de cuál debe ser el comienzo
de la Economía Política y cuál la estructura de su exposición; si ella debe
partir de conceptos generales como el de Producción o de las formas específicas
propias de la moderna "sociedad burguesa". Finalmente, su
investigación del capital comienza por la forma
de mercancía:
"La forma de valor asumida por el producto
del trabajo es la forma más abstracta, pero también la más general, del modo de
Producción burgués, que de tal manera queda caracterizado como tipo particular
de Producción social y con esto, a la vez, como algo histórico. Si nos
confundimos y la tomamos por la forma natural eterna de la Producción social,
pasaremos también por alto, necesariamente, lo que hay de específico en la
forma de valor, y por tanto en la forma de mercancía, desarrollada luego en la
forma de dinero, la de capital, etc..". ("El Capital..", págs
98/9).
En su
obra de madurez (desde los "Grundrisse..", en los que asomamos a la
laboriosa gestación intelectual de este período en el que escribe la
Contribución y El Capital, hasta las "Glosas a Wagner", su último
escrito económico), Marx expone reiteradamente las razones y las consecuencias
de su solución al problema del comienzo de la crítica de la Economía Política.
Para
comprender cómo logra elevarse sobre este comienzo (y, a la par, por encima de
la Economía Política), es preciso advertir que la mercancía que Marx toma como
punto de partida es distinta de la que luego dirá en su propio lenguaje
mercantil los secretos de la forma del valor, ya develados, por entonces, por
el autor. Para nosotros, la génesis del dinero es esencialmente la génesis de
la mercancía que, al sumirse en la experiencia de su propia concepción
("experiencia" que comparamos con la de la primera consciencia en la
Fenomenología), pasa necesariamente a su figura desarrollada y, en verdad, a
"la forma más general del capital". En este nuevo comienzo, la Economía Política ya está superada. No se
produce únicamente una crítica (inmanente), sino también, y principalmente, un
saber que se entrega a la ley del objeto.
"El
Capital…" -lo mismo que la "Contribución…"- parte de la
mercancía cual "aparece". Pero esta mercancía (tal como se presenta,
o en su noción práctica, intuitiva, inculta, etc.) no es inmediatamente idéntica a la que luego mostrará ser la forma
general del capital (la inmanencia del capital no es una intuición sino una
elaboración teórica). Denominamos "primera mercancía" a la que
corresponde a su noción empírica, "segunda" a la que se reduce a su
contenido de valor, y "tercera" a la que se desdobla en mercancía
común y dineraria, de modo que pertenecen, respectivamente, a la Economía
Política vulgar, a la Economía Política clásica y a la crítica marxiana.
El
rechazo extrínseco de la Economía Política "vulgar" no es compatible
con el método y propósito de la crítica marxiana y no permite completarla.
Tampoco lo es el paso abrupto de una figura a la otra: de la unidad inmediata
entre valor de cambio y valor, al concepto de valor "con prescindencia de
su forma", y de éste a la forma del valor contenida en la relación de
valor. Por el contrario, la primera mercancía -que hoy debemos tomar en la
versión (mal) llamada "neoclásica"-, contiene transiciones necesarias
que llevan a su unidad con la segunda mercancía en la que ambas se
complementan; esta "segunda" (enriquecida) encierra el paso a la
mercancía marxiana, la cual, sin embargo, surge de estas transiciones afectada
a su vez por una transformación múltiple.
La
mercancía en la segunda determinación ha rebasado su noción empírica, y es la
mercancía de Smith y de Ricardo. Lo mismo que en la exposición de estos
autores, en la de Marx esta mercancía muestra de inmediato que contiene dos
"factores": el valor de uso y el valor de cambio. A partir de esta
comprobación, todavía en la huella de sus predecesores, comienza preguntándose,
como éstos, acerca de la naturaleza y la determinación cuantitativa del valor
de cambio, y corrobora la teoría clásica, adoptándola como un segundo punto de
partida.
Dedicaremos
el resto de la presente introducción, primero, a identificar las tres fases que
presenta la mercancía en correspondencia, respectivamente, con su noción
empírica, con la teoría económica (positiva) y con la crítica de esta teoría;
luego, a determinar los rasgos distintivos de estas figuras, a caracterizar el
discurso teórico y doctrinario propio de cada una de ellas; y finalmente a
completar el concepto de estas figuras a través de la secuencia de transiciones
por las que ese concepto pasa de una a la otra.[26][6]
[Tres
mercancías]
Hay,
pues, tres mercancías, tres comienzos. La primera figura pertenece tanto a la
consciencia empírica sumida en la inmediatez del mundo mercantil como a la
Economía Política vulgar, que permanece en esta abstracción. Esta mercancía
posée una estructura indiferenciada y simple: para su presentación no hay más
que señalarla, o basta aludir a ella, pues es evidente. Los elementos que
componen la mercancía inmediata
están en una unidad igualmente inmediata (o, mejor, extrínseca o conjuntiva):
la mercancía es un bien que se
intercambia, su esencia es la utilidad.[27][7]
El
primer paso desde esta noción, extremadamente modesto y sin embargo grávido de
consecuencias, no es más que una reflexión de la consciencia común todavía en
ella misma. La Economía Política debe dar este paso y éste debe necesariamente
transformar su objeto en una segunda mercancía. Y, en efecto, la argumentación
clásica no se detiene en la categoría empírica sino que profundiza en su naturaleza
y contenido mediante la crítica -que no proseguirá consecuentemente- de su
noción fijada en el entendimiento común y su lenguaje cotidiano.[28][8]
Todavía
no ha sido superada la mercancía inmediata. Solamente se advierte en ella su
estructura extrínseca. La consciencia común no reparó en las propiedades de la
(su) mercancía pero ya las venía nombrando, y basta que le sean indicadas para
que las reconozca. Ahora la mercancía no es únicamente un bien que se
intercambia, es un bien que posée dos propiedades, la de ser útil y la de ser
cambiable en determinadas proporciones por otros bienes. Esta diferencia que
parece banal es, por el contrario, trascendente. Que un objeto se cambie por
otro es algo que ocurre, un hecho observable, como lo es que se cambien
determinadas cantidades de una cosa por otra; su cambiabilidad
cuantitativamente determinada, o, simplemente, el que sea cambiable, es una
propiedad de la mercancía. El segundo "factor" de la
mercancía-producto, su valor, debe ser revelado por medio del análisis del
valor de cambio de las mercancías; análisis que reduce el valor de cambio a su
contenido, el valor. La reducción se produce mediante la abstracción de la
utilidad: ésta es "absolutamente esencial" (Ricardo), es una de las
fuentes del valor de cambio, pero no entra en la determinación cuantitativa del
valor. La relación (diferencia y unidad) entre los conceptos de valor y valor
de cambio (el producto "positivo" de la crítica avant la lettre) es rigurosamente establecida, aunque no será
mantenida con firmeza ni quedará fijada en la terminología.
La
reducción del valor de cambio a valor es producida por Ricardo en el comienzo
mismo de "Los Principios" (aunque seguirá usando un tanto
indistintamente las palabras "valor" y "valor de cambio").
Transcribe el pasaje de Smith sobre los dos significados de la palabra
"valor", y le basta la observación que añade Smith (muchas veces las
cosas más útiles son las menos valiosas o carecen por completo de valor, y, al
revés, las menos útiles son las más valiosas) para efectuar la reducción de
valor de cambio a valor. Pero antes:
"Utility then is not the measure of echangeable
value, although it is absolutely essential to it"...
Esta
conclusión es el primer paso decisivo en el concepto de valor, lo arranca de la
ambigüedad letárgica que lo domina en el ejemplo smithiano de los bienes que
son útiles pero no valiosos (agua, aire) o valiosos pero poco útiles (oro,
diamante). Pues ahora es obvio que los bienes no son ni útiles ni valiosos si
no están presentes en cantidades definidas. Ricardo distingue con más precisión
que ambos, su antecesor y su crítico, los dos pasos en la reducción por la que
se revela el valor como contenido del valor de cambio. Por de pronto, la
proposición sobre el valor de uso en cuanto condición "absolutamente
esencial" del valor de cambio se refiere a las cualidades útiles de la
mercancía. Es una condición binaria, que se da o no se da, pero verificándose
no afecta la determinación cuantitativa del valor de cambio. No ocurre lo mismo
con la plétora o la poquedad, la profusión o la penuria:
"Possessing utility, commodities derive their
exchangeable value from two sources: from their scarcity, and from the quantity
of labour required to obtain them".
Aquí
"utilidad" denota propiedades útiles: no afecta a la cosa que posée
tales cualidades sino a éstas. Pero Marx puntualiza que el valor de uso debe
concretarse en una cantidad de la cosa con cualidades útiles (v. infra, nuestra
discusión sobre valor de uso mercantil). Pero ninguno ignora que la cosa útil
puede ser abundante o escasa. El pasaje ricardiano anticipa la noción de
"utilidad" sobre la que fundará su estilizado edificio la doctrina
neoclásica, sin ser ella capaz de dar a su propia exposición el pleno
significado que únicamente cobra en el contexto clásico. "Utilidad"
connota aquí funciones de demanda de determinada clase de mercancías. Dada la
cuantía de éstas, puede coincidir con la cantidad demandada al mismo precio (o
valor de cambio, puesto que "precio" será luego, dirá Marx, el
"nombre en dinero" del valor de cambio) y entonces se dirá de este
precio que despeja o equilibra el mercado; o ser mayor, y se dirá que hay
plétora (el precio es "bajo"); o menor, y se dirá que hay escasez (el
precio es "alto"). La misma cantidad que ayer era escasa puede
trocarse hoy en abundante, o viceversa, según cambie la cantidad demandada; o,
lo que es lo mismo, conforme cambien las formas de las funciones de demanda
individuales y/o sus parámetros respectivos. Pero apréciese cuán insensato es
afirmar que ese cambio ocurre porque
cambia la función. Los precios -nadie lo ignora- tienden generalmente al alza
cuando la mercancía es escasa y al estiaje cuando redunda, pero a quien cree
decir algo cuando explica el movimiento del valor de cambio por la escasez hay
que preguntarle qué entiende por copia o mengua (riqueza o probreza,
prodigalidad o avaricia) en el marco específico de la producción mercantil.
Según Ricardo, el valor de cambio de las mercancías reconoce también una
segunda fuente, el valor.
En este
punto todavía no está superada la primera mercancía. Ella habla un lenguaje que
oculta su sentido en la tautología, pero no carece de él: ante la proposición
sobre "las dos fuentes" arguye que, dados los datos y especificadas
las funciones de demanda relevantes (inferidas à la Pareto de las funciones
"de utilidad"), lo que concretamente
determina el valor de cambio de una mercancía es su escasez. Adoptemos tal
punto de vista: dejemos que el regateo entre compradores y vendedores haga lo
suyo (y, si se lo encuentra conveniente, según el llamado supuesto de
Edgeworth, que no se cierre transacción alguna fuera de los valores de cambio
que igualan las cantidades ofrecidas y las cantidades demandadas de cada bien,
de tal modo que ninguna persona verá frustrado su deseo de comprar o vender a
las tasas de cambio vigentes). Mas hé aquí que tales valores de cambio, que
resuelven el "equilibrio" del mercado, no satisfacen, en general, las
condiciones del sistema. El problema del valor se plantea cuando el problema
del valor de cambio ya está solucionado; donde la doctrina neoclásica concluye,
la Economía Política clásica comienza... ¡dos siglos antes!
El
concepto clásico de valor no pertenece al de producción -en sentido lato- sino,
más determinadamente, al de reproducción. La Economía Política ingenua (que
Marx llama "vulgar", en contraposición a la Economía Política
científica) no sabe distinguir entre valor de cambio y valor. Para ella las
mercancías poséen valor de cambio porque -y sólo porque- son escasas. ¿Qué
decir de una teoría del valor que en lugar de explicar la relación entre el
valor de cambio y el valor toma el primero como independiente del segundo? Como
toda doctrina falsa, posée su momento de verdad; la ilusión proviene del corte
arbitrario del objeto, pues analiza la mercancía tomándola unilateralmente en
un plazo en el cual el movimiento de su valor de cambio no cae en el campo
gravitatorio del valor. También tendría razón si aludiera -más allá de este
ámbito circunscripto- a un tipo particular de mercancías; precisamente a
aquellas no susceptibles de reposición ni multiplicación; en suma, a las
mercancías no reproducibles.[29][9]
Pues
cabe en el marco de la producción mercantil que un bien no reproducible revista
la forma mercantil; tal mercancía particular carecerá de valor, y su valor de
cambio estará determinado únicamente por su "escasez". Si los bienes
mercancía o productos-mercancía son multiplicables pero no en la cantidad
necesaria para eliminar la "escasez", seguirá operando ésta como
única fuente del valor de cambio; estos productos no carecerán de valor, pero
éste no entrará en la determinación tendencial de su valor de cambio. Si, por
el contrario, considerando un plazo suficientemente prolongado, la reproducción
elimina la "escasez" (las funciones de oferta son elásticas), los
valores de cambio tienden a ser proporcionales a las relaciones de valor; sólo en este caso el movimiento
del valor de cambio de una
mercancía está determinado por el valor
de la misma, pero éste, tanto como aquél, es independientemente del trabajo
promedialmente utilizado para su obtención (y únicamente depende del social
promedial necesario para su reproducción).
La
teoría que desconoce el valor no es una teoría del valor; no merece ese nombre
ni la dignidad que conlleva. La distinción entre valor y valor de cambio
sencillamente carece de sentido para ella. La teoría vulgar del valor -propiamente dicha-, es la que
sostiene que el valor de un producto es proporcional a la cantidad de trabajo
que se aplicó para obtenerlo. Esta versión grosera de la teoría del
"valor-trabajo" es falsa, y por ende lo es también ésta su distinción
entre valor y valor de cambio. Pues así como el valor de cambio de una
mercancía es independiente de que el trabajo aplicado en ella haya sido mucho,
poco o ninguno, lo es también el valor.
Lamentablemente, la polémica sobre el valor fue entablada entre dos doctrinas
vulgares: una rechazaba el concepto falso de valor sin distinguirlo del
verdadero, la otra afirmaba el principio falso. La polémica, hoy olvidada,
revivirá como un campo de fuerza inusitadamente poderoso, porque está en el
fundamento de la consciencia de la época. Hoy puede ayudar que observemos la
frontera entre la doctrina vulgar y la ciencia. Las obras de los principales
expositores del principio clásico no están enteramente de un lado de esta
frontera, sino que ella, en parte, las penetra. De allí el cometido de su
crítico. Pero, como argumentaremos luego, la misma frontera que debió quedar
inequívocamente fuera de la obra crítica más importante, penetra también en
ella. Por ahora, volvamos a Ricardo, y comprobemos a la par el rigor del
concepto y la imprecisión del léxico que procura exponerlo, dejando sobrado
resquicio para la interpretación regresiva.
"There are some commodities, the [exchangeable,
P.L.] value of which is determined by their scarcity alone. No labour can
increase the quantity of such goods, and therefore their value [sic] cannot be
lowered by an increased supply". Pero, añade,
"These commodities, however, form a very small
part of the mass of commodities daily exchanged in the market. By far the
greatest part of those goods which are the objects of desire are procured by
labour; and they may be multiplied, not in one country alone, but in many, almost
without any assignable limit, if we are disposed to bestow the labour necessary
to obtain them".
La
terminología flaquea, y ni siquiera en Marx se fijará con firmeza. Pero el
distingo (diferencia y relación) entre valor y valor de cambio está sólidamente
establecido: el primero "gobierna" (dice Smith) el movimiento del
segundo. Por esa razón profunda (y no por la circunstancia sólo contingente que
él mismo aduce, su mayor peso en la mezcla de productos) Ricardo considerará únicamente bienes reproducibles.
*
En esta
diferencia surgirá la segunda mercancía: la mercancía producto, la de Smith y
de Ricardo. Ya no será un maná cualitativamente múltiple vertido por una
Providencia extrínseca sobre una economía de intercambio. [30][10]La segunda mercancía no es
únicamente un bien que se intercambia, sino que, ahora, el bien que se
intercambia es un producto.
Pero la
segunda mercancía no ha derrotado aún a la primera (no ha eliminado su
unilateralidad). Por un lado corresponde a un concepto más desplegado, más rico
en relaciones y diferencias, ya que contiene la determinación esencial de ser
relación productiva, producto social. Esta mercancía contiene la anterior y es
un algo dual, la reunión de dos seres: es
un bien, un algo útil, y es un
valor, un producto reproducible. Pero por otro lado es más pobre pues ha
perdido la unidad inmediata y extrínseca de la primera mercancía y no ha
recorrido aún el camino por el que alcanzará la unidad real, concreta y
diferenciada. Y más pobre también porque la especificidad de la mercancía,
presente aunque de manera ingenua (es decir, no contrastada con el género), en
la primera mercancía, se pierde en la segunda: la mercancía producto será, a la
postre, meramente producto (todavía los dos "factores" de la segunda
mercancía están yuxtapuestos, no mediados).
Reducida
a cosa útil y producto del trabajo, la mercancía en su segunda determinación no
es aún una figura histórica específica del Producto social sino apenas su forma
abstracta de Producto en general. Pero la yuxtaposición entre valor y valor de
uso (utilidad) es esencial a la segunda mercancía ya que en la misma existencia
separada de estos dos "factores", que marca la inferioridad de la
nueva mercancía: en la doble pérdida,
de la unidad y de la especificidad, radica también su mayor profundidad
y el progreso decisivo hacia el concepto de la mercancía real. La primera
mercancía sólo será superada cuando lo sea la segunda por la teoría de la forma
del valor. Mientras, la mercancía clásica deja tranquila en su inmediatez a la
primera mercancía, repartiendo con ella un reino escindido (para una es la
coyuntura, el mercado; para la otra el largo plazo, el progreso, el
desarrollo). No, por cierto, porque los dos "factores" subsistan de
suyo en la mutua ajenidad. La mediación recíproca se conserva y, más aún, se
consolida, anticipando que es en realidad más profunda que la relación
meramente conjuntiva que se mostraba como inmediatez en la primera mercancía y
como yuxtaposición (sincretismo) en la segunda. Pues si prescindimos de la
separación de los "factores" regresamos a la unidad simple inicial o
a la primera mercancía.
En
virtud de esa mediación todavía en ciernes la utilidad seguirá perteneciendo a
la esencia de esta mercancía. Puesto que tanto el valor como el valor de uso se
concretan necesariamente en una cosa cualitativa y cuantitativamente
determinada, [31][11]esta cosa poseerá los dos "factores"; será, a la par, un valor de uso, un bien, y un valor.
"El
cuerpo mismo de la mercancía..., dice Marx, es, pues, un valor de uso, o un
bien". El valor de uso está determinado -en un marco histórico cultural-
por las propiedades de esta cosa, y le es indiferente que el objeto posea valor
o no lo posea. [32][12]Por el contrario, el valor no
se sustenta por sí mismo, o tiene en el valor de uso el soporte material
necesario: el primero no es si el segundo no es. Se justifica aquí la
abstracción en la que permanece la «economía»: "El rasgo distintivo (the
distinguishing mark) de una economía de intercambio es la ausencia de
producción". Se convalida la doctrina vulgar; en especial, su tratamiento
de la mercancía considerándola únicamente como un bien, un algo
cuantitativamente limitado y dotado de cualidades útiles. Por su parte, el
punto de vista clásico es insostenible: o recae en la consciencia ingenua donde
se concilia cínicamente con la opinión vulgar, refugiándose en un sincretismo
ambiguo, o bien permanece en las determinaciones genéricas, igualmente abstractas.
Los
economistas clásicos (re)descubren y enuncian el principio del valor. Oculto
tras sus formas dinerarias, el valor "gobierna" (Smith) o
"regula" (Ricardo) los movimientos azarosos de los precios, afectados
incesantemente por circunstancias accidentales. El descubrimiento de la ley,
sin embargo, en vez de abrir para ellos las más amplias avenidas científicas,
los pone en un callejón sin salida. Han reducido el precio a valor de cambio,
el valor de cambio a valor, el valor a trabajo, la mercancía a producto
(reproducible) que se trafica, la especie, en fin, al género. Pero en tanto no
es posible proceder en dirección contraria, la teoría clásica del valor-trabajo
deviene un trasto embarazoso. No únicamente porque cayó tempranamente en manos
de los socialistas, dispuestos a hacer de ella un instrumento non sancto; también porque no podía
desarrollarse para aportar a la mejor orientación práctica para la gestión del
capital y de la (su) cosa pública.[33][13]
La
crítica marxiana de la Economía Política transforma una vez más el objeto de la
Economía Política. La mercancía que prefigura el capital, es su forma más
general, y, por tanto, el comienzo obligado de su exposición, no es la que está
en el comienzo de "Das Kapital": esa mercancía es ya el primer
resultado de la crítica transformativa [34][14] de la Economía Política. En
esta mercancía -que determinamos como "tercera"- se recuperan y
reconcilian la unidad de la primera y la diferencia de la segunda. Esa unidad
es ahora una unidad diferenciada, una diferencia en la unidad, una estructura.
(En tanto la segunda mercancía es la negación de la primera, la tercera
mercancía es la negación de esa negación). Se recuperan los rasgos específicos
de la primera mercancía y los genéricos de la segunda; ahora se reúnen,
distinguiéndose, la especie y el género, y queda determinada la mercancía como
forma histórica específica del producto y del tráfico de productos. La primera
mercancía carecía de estructura, su esencia era la utilidad. Sin embargo, en
ella se presentaba la diferencia entre la utilidad directa y la utilidad indirecta,
entre el valor de uso y el valor de cambio. La segunda mercancía está compuesta
-en principio- de "dos factores". El primero es la utilidad indirecta
de la primera mercancía; no hay nada nuevo aquí. El segundo es el valor, algo
que se presenta como valor de cambio pero es diferente de él.
La
originalidad de Marx reside, pues, en la dialéctica por la que la mercancía
pasa a su tercera figura, la cual se desdobla en mercancía común y mercancía
dineraria, o mercancía y dinero. Si la segunda mercancía era la mercancía-producto, la tercera
es el producto-mercancía. Los
economistas clásicos realizaron la crítica de la primera mercancía mediante el
análisis que distingue el valor del valor de cambio, pero no llegaron a
descubrir y desarrollar la dialéctica de su propia analítica ni en ella la
transición al producto mercancía. La distinción crucial, entre valor y valor de
cambio, no sólo no alcanza a fijarse en una terminología diferenciada y
consistente (como tampoco cabalmente en Marx), sino que además se recae en la
confusión entre valor relativo o relación de valor y valor de cambio. El paso
decisivo lo realiza Marx al descubrir en la relación de valor las expresiones
de valor de dos mercancías. La unidad de la primera mercancía se pierde en la
segunda y se recupera en la tercera, aunque en ésta no es ya unidad inmediata e
indiferenciada ni meramente la totalidad de una estructura relacional; la
diferencia y la identidad de los dos "factores" componentes de la
mercancía-producto reaparecen en el producto-mercancía, como la expresión del
valor relativo de una mercancía en el valor de uso de su mercancía
equivalencial. Marx nos dice que está exponiendo la génesis del dinero. Para
nosotros, ante todo, está concibiendo la génesis de la mercancía, y es sólo la
mercancía así concebida (mercancía común y mercancía dineraria, polarmente
contrapuestas) la que verdaderamente constituye la forma más general de la
sociedad "burguesa". Con la génesis de la mercancía trasponemos el
umbral de la teoría marxiana del capital.
*
¿Le
debemos también a Marx una filosofía
de la historia? Es común entre sus partidarios responder afirmativa y
enfáticamente. Hay sustento para esa interpretación, precisamente en los
conceptos originales de Marx sobre la forma del valor, pero estos conceptos
son, paradójicamente, los que la tradición del "materialismo
histórico" ignora. Sin duda, la comprensión de la especificidad histórica
de las categorías económicas de la época del capital es un aporte fundamental a
la concepción de la historia que no es distinto, sin embargo, de la propia
crítica de la Economía Política. En resumen, Marx no sostiene que la producción
material determina la producción espiritual, como si la primera fuera la causa
y la segunda la consecuencia, sino que la comprensión de la forma histórica
específica de la producción material permite comprender la producción
espiritual de una época. Así, por ejemplo, en la crítica de la teoría de la
civilización, de Storch: "Si la producción material no se concibe por sí
misma en su forma histórica específica,
es imposible comprender qué hay de específico en la producción espiritual
correspondiente a ella, y la influencia recíproca de una sobre la otra".[35][15]
Pero
debemos fijar la atención en el célebre "Prefacio" a la "Contribución.."
de 1959, abrevadero favorito de los partidarios del materialismo histórico
abstracto, doctrina que ellos atribuyen a Marx. Nosotros creemos que Marx no
eligió el Prefacio para exponer esa doctrina, ni otra. El propósito de esas
valiosas páginas es otro; presentar la "Contribución..", poniéndola
en el marco de la trayectoria del autor, pasada y futura. Lo importante es el
anuncio de los grandes lineamientos del plan (como lo concebía entonces) de la
obra a la que había de consagrar el resto de su vida.
El
"fascículo" de 1859 había de ser una entrega anticipada de dos
capítulos del opus mayor (la mercancía, y el dinero "o la circulación
simple"), que, junto con un tercero (el capital en general), debían
componer la primera sección (dedicada a investigar el capital), del libro
primero ("las condiciones económicas de vida de las tres grandes clases en
que se divide la moderna sociedad burguesa"). El libro segundo, compuesto
también por tres capítulos, estaría dedicado al Estado.
"Estudio el sistema de la economía burguesa
por este orden: capital, propiedad de la tierra, trabajo asalariado; Estado,
comercio exterior, mercado mundial".
El plan
-interpretamos- despliega la pista hallada años antes por medio de la juvenil
"Crítica de la Filosofía del Derecho", ahora en versión madura y
decantada: una vez más se apunta al Estado moderno como la forma política
necesaria polarmente contrapuesta a la "sociedad civil", ahora
subsumida por el capital y comprendida la naturaleza de éste. Del estudio del "sistema
de la economía burguesa" se pasa al estudio del Estado (burgués,
capitalista). La crítica transformativa de la Economía Política, al revelar en
su perspectiva histórica "las condiciones económicas de vida de las tres
grandes clases en que se divide la moderna sociedad burguesa", muta en
crítica del Estado. El plan mismo da cuenta del progreso logrado por el autor,
que podemos medir con la Tesis XI sobre Feuerbach. Se anuncia una
interpretación del mundo que será, ella misma, una guía para la acción.[36][16]
"Mis investigaciones me condujeron a la
conclusión de que tanto las relaciones jurídicas como las formas de Estado, no
pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada evolución general del
espíritu humano, sino que, por el contrario, tienen sus raíces en las
condiciones materiales de vida, cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el
ejemplo de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de
"sociedad civil", y que la anatomía de la sociedad civil hay que
buscarla en la economía política...".
Ofrece
a continuación una reseña por demás escueta de estudios anteriores. Hay mucha
tela que cortar en el Prefacio (puesto el texto en su contexto, que es la
teoría de la forma capitalista del plusvalor), pero no encontramos en él, como
se pretende, la comunicación de resultados originales: Marx está dando cuenta
de los principales contenidos heredados por él, [37][17]que reseña en una síntesis por
demás concisa. No expone estos conceptos -ya lo ha hecho en obras más
tempranas, incluso varias que no procuró publicar, y volverá a hacerlo en el
corpus de la obra que está anunciando-; ni explica cómo por medio de la crítica
los arrancó del discurso inacabado o inconsecuente de los predecesores; ni es
el "Prefacio" el lugar para hacerlo. Se limita a señalarlos.
Que el
estado tiene "sus raíces" en la "sociedad civil" es,
obviamente, un resultado que se encuentra en la Filosofía del Derecho. La nueva
obra será la coronación de la crítica de Hegel interrumpida por el autor tres
lustros antes; retomará la crítica desde un ángulo enteramente original que es,
sin embargo, consecuencia de -y consecuente con- esa crítica: si la sociedad
civil proyecta necesariamente su naturaleza específica en el estado, y si la
Economía Política es la ciencia de la sociedad civil, entonces la crítica del
estado debe fundarse en la crítica de la Economía Política. La llave de esta
crítica es la particularidad histórica de la estructura productiva capitalista,
su "forma histórica específica".
En
particular, la determinación del carácter históricamente circunscripto de la
"sociedad civil" formaba parte de la consciencia ya alcanzada por
Hegel, de su concepto del mundo moderno. Asimismo la determinación de la
consciencia por el ser social, y, más concretamente, por la clase social, la
consciencia del campesino, el noble, el burgués, incluso el burócrata. [38][18]Y, ¿qué decir de la
historicidad del pensamiento? El filósofo no puede saltar por encima de su
época, su misión es interpretarla. La filosofía no es, pues, ajena al ideal de
realización del hombre moderno: ser contemporáneo de sí mismo. He aquí cómo
Federico Engels (tres décadas después de la publicación del Prefacio) rinde
tributo a la herencia filosófica recibida por Marx, sintetizando la concepción
de Hegel en la tesis: "todo lo real es racional y todo lo racional es
real". Recuerda la distinción hegeliana entre lo existente y lo real, y
cita: "la realidad, al desplegarse, se revela como necesidad"...
"Y así, prosigue Engels, en el curso del
desarrollo, todo lo que un día fue real se torna irreal, pierde su necesidad,
su razón de ser, su carácter racional, y el puesto de lo real que agoniza es
ocupado por una realidad nueva y vital: pacíficamente, si lo caduco es lo
bastante razonable para resignarse a desaparecer sin lucha; por la fuerza, si
se rebela contra esa necesidad". ENGELS, Friedrich "Ludwig Feuerbach
y el fin de la filosofía clásica alemana" (1888), La Rosa Blindada, Bs.
As., 1975.
*
Marx
reivindica la originalidad de su distinción entre trabajo concreto y trabajo
abstracto. [39][19]Este punto -nos dice sin
ambages- "es el eje en torno del cual gira la inteligencia de la Economía
Política". Esta afirmación, sin apoyar ni desmentir nuestra
interpretación, desplaza el problema fuera del campo de la forma del valor,
circunscribiéndolo, en primera instancia, al concepto de valor en general
("con prescindencia de su forma").
Ahora
bien, Marx hace la crítica de la Economía Política clásica. Para ello debe
exponerla. Esa exposición lleva ya el sello de la crítica transformativa, pero
permanece todavía dentro del horizonte clásico.
*
No se
trata de bienes mediados por el trabajo, sin más. La palabra
"producto" lleva la connotación más lata, la de ser originado o
causado por otro; que comprende sin
duda todas las mercancías, pero junto con ellas todo lo enunciable. Poco gana
"Producto" si se le añade la nota "del trabajo", y a ésta
la de "humano" y "social". Hay que ir más allá de estas
vacuas nociones para concebir el Producto genérico del que la Mercancía es
especie y forma específica.
El
concepto abstracto de valor en general -lo mismo que los de trabajo,
producción, producto, ingreso, ahorro, consumo- se determina para nosotros
únicamente como contrapuesto al de su forma específicamente mercantil, a la que
corresponde necesariamente una forma política igualmente diferenciada y
específica. [40][20]Si decimos, con Marx, que la
forma más desarrollada (la mercancía, el capital) arroja luz sobre las formas
precedentes, debemos añadir en seguida que también proyecta sombras. Pues para
hablar de una correlación entre formas del poder político -o de la religión, la
ciencia, la familia, la propiedad- con las respectivas configuraciones
históricas de la producción, es necesario tener en cuenta que, como categorías
diferenciadas, ellas pertenecen al mundo moderno, a la estructura mercantil. Si
esto es evidente para categorías tan específicas como precios nominales,
acciones preferidas, encaje bancario, también es verdad para las categorías
genéricas como trabajo, producción, intercambio, puesto que su genericidad las
determina como momentos de toda condición humana, necesarios e infaltables,
pero no necesariamente diferenciados como categorías económicas. La frontera
entre producción y consumo se torna borrosa en una comunidad de parientes y
allegados, y la producción misma no corresponde propiamente a su concepto antes
del predominio universal de su forma mercantil. (Pues, recuérdese, "it
is not from the benevolence of the butcher, the brewer, or the baker that we
expect our dinner...").
Las
categorías propias del mundo moderno permiten, ciertamente, distinguir otros
tantos momentos relevantes en sociedades pretéritas, históricas, prehistóricas,
y naturales -como la religión, el arte, la ciencia, la tecnología, el estado-,
y correlacionar su desarrollo con el de los aspectos que podemos aislar
-retrospectivamente- como propios del progreso técnico, pero no se sigue que
las estructuras productivas correspondientes a los grados o fases de ese
desarrollo son la esencia (subsistente en sí y para sí), o la infraestructura
sustancial, no mediada, en tanto que las segundas son la supraestructura, lo no
esencial.
*
Para la
Economía Política vulgar la "frontera de la producción" es o bien
natural o bien artificial y por ende convencional, y en ninguno de los dos
casos está afectada por la forma histórica; para esa consciencia tanto el
momento específico cuanto el genérico de la mercancía permanecen indistintos e
igualmente abstractos. Embarazada de transiciones científicas y liberadoras que
sólo puede capitalizar a medias, esa Economía Política permanece en su
vulgaridad, limitándose a decir con una jerga de inspiración matemática las
nociones no conceptualizadas de esa sabiduría silvestre y petulante que Kenneth
Gailbraith denunció colgándole el mote que mejor le cuadra: "conventional
wisdom", tan íntimamente familiarizada con las propiedades cotidianas de
la mercancía. Pues si la naturaleza personificada pertenece al mito mágico
religioso, la persona natural es el mito secular del hombre unilateralmente
mercantil, que ha visto objetivarse, de modo fantasmal, su propia humanidad y,
representándosela como enteramente natural, la añora. Y esa representación se
junta con las nociones espontáneas de la consciencia empírica, pero en un
sincretismo sin unidad ni contraste, porque en ella se confunden y borran las
diferencias que serán relevantes para la Economía Política. En esa perspectiva
el trabajo es la actividad natural del hombre, el producto es la naturaleza materialmente
modificada por esa actividad; se desvanece toda distinción históricamente
específica.
Tal es
la limitación que Paul Sweezy achaca a Adam Smith apoyándose en que éste
considera el intercambio como atributo genérico del hombre. (Es Sweezy, no Smith,
quien por "intercambio" entiende la especie y no el género). Es
verdad, Smith sostiene que la inclinación al tráfico de objetos ("the
propensity to truck, barter and exchange one thing for another") es
expresión de la naturaleza humana (de una cierta inclinación, "of a
certain propensity in human nature"). Lo corrobora la cita
escogida por Sweezy: "nobody ever saw a dog make a fair and deliberate
exchange of one bone for another with another dog".
Pero a
la indistinción entre intercambio y mercancía no se le puede contraponer el
desconocimiento de la universalidad del intercambio sin recaer en el mismo
naturalismo -en la misma indistinción- que se quiere rechazar. Por de pronto
tomemos en cuenta que Smith está hablando precisamente de los rasgos genéricos
del comportamiento humano; no distingue, es verdad, lo genérico como genérico.
Sweezy, en cambio, pretende determinar la especificidad de las formas modernas
sin contrastarlas con los rasgos genéricos, y sin reconocerlos.[41][21]
Sólo si
se comprende, en la perspectiva inaugurada por Marx, hasta qué punto el
movimiento la consciencia que capta la naturaleza específica de la mercancía
desencadena la fuerza emancipadora más potente, pueden admirarse en todo su
esplendor los aportes de Adam Smith y David Ricardo a la especificación del
género relevante. Smith quiere conciliar el principio de la división social del
trabajo (en labores especializadas y complementarias) con el principio del
valor. No lo logra, pero en su empeño deja planteado el problema fundamental de
la Economía Política. Ricardo encuentra la clave para ir más allá de su maestro
al circunscribir el género de producto humano relevante para determinar la
especificidad de la mercancía, al producto social reproducible o
"multiplicable".
*
Apréciese
por lo siguiente cuán poco comprende Paul M. Sweezy a Smith (a quien ataca) y a
Marx (a quien defiende). El hombre, hubiera podido decir Smith, parodiando a su
contemporáneo americano Benjamin Franklin, y con tanta o más razón que él, es
un animal que intercambia objetos. Pero, puesto que atribuye al hombre esta
"propensión a traficar, trocar y cambiar una cosa por otra",
entonces, evidentemente, razona Sweezy, Smith cae en el error de creer que la
mercancía es inherente a la condición humana. Pero Smith está hablando del
intercambio de objetos, y Sweezy de la mercancía. ¿Quién, entonces, confunde la
forma específicamente mercantil del objeto de intercambio con el intercambio en
general, sin atender a su forma mercantil? ¿Quién se equivoca pensando que la
mercancía es la forma eterna del intercambio de objetos?
"De este modo, arguye Sweezy creyendo razonar
contra Smith, se liga inseparablemente el cambio a la división del trabajo y se
les muestra como las columnas unidas que sostienen la sociedad civilizada. Las
implicaciones de esta posición son claras: la producción de mercancías, que
tiene sus raíces en la naturaleza humana, es la forma universal e inevitable de
la vida económica [¿civilizada?]; la ciencia económica, es la ciencia de la producción
de mercancías. Desde este punto de vista los problemas de la Economía Política
tienen un carácter exclusivamente cuantitativo; empiezan con el valor de
cambio, la relación cuantitativa básica entre las mercancías, que se establece
a través del valor de cambio". SWEEZY, Paul "Teoría del desarrollo
capitalista", Fondo de Cultura Económica, México, 1945. Pág. 34.
(Inserción entre corchetes añadida por P. L.).
Así,
Smith, quien no llegó a sentar la ciencia de la sociedad civil en el análisis
acabado de la mercancía, es acusado
de haberlo logrado, y ¡de reducir la Economía Política a "...la ciencia de
la producción de mercancías"! Que esto sea una acusación es sorprendente
porque el propio Sweezy -pocas páginas antes- compara el objeto genérico de la Economía
Política clásica (la riqueza social, sus condiciones, las leyes de su
producción y distribución), con el objeto específicamente particular de la
investigación de Marx que es "poner al desnudo la ley económica del
movimiento de la sociedad moderna" (pág. 22). El mismo Sweezy encuentra
que "algunos de los resultados más interesantes obtenidos por Marx,
provienen de la forma de considerar las mercancías" y afirma que el
análisis de la mercancía pone la base necesaria para el Das Kapital (pág. 28).
*
Smith
disuelve, es verdad, la forma específicamente mercantil del producto en ese
concepto abstracto de producto intercambiable de trabajos especializados; no
alcanza a comprender la historicidad concreta y formal de las estructuras
económicas y, en ese sentido, capta la relación mercantil únicamente en su
momento ahistórico. Lo mismo ocurre con los principios generales de los que
parte su análisis, la división del trabajo y el intercambio en general. Pero
Smith no afirma que la única relación de producción es el intercambio de
productos, ni la mercancía la única forma de intercambio. En efecto,
"For some time after the discovery of America,
the first inquiry of the Spaniards, when they arrived upon any unknown coast,
used to be, if there was any gold or silver to be found in the neighborhood. By
the information which they received, they judged whether it was worthwhile to
make a settlement there, or if the country was worth the conquering. Plano
Carpino, a monk, sent ambassador from the King of France to one of the sons of
the famous Gengis Khan, says that the Tartars used frequently to ask him if
there was plenty of sheep and oxen in the kingdom of France? Their inquiry had
the same object with that of the Spaniards. They wanted to know if the country
was rich enough to be worth the conquering". SMITH, Adam, SELIGMAN, Edwin
(Introd.) "The wealth of nations [An inquiry into the nature and causes
of..]" (1776), Dent & Sons, London, 1960. Pág. 376.
Es
imposible comprender la originalidad del aporte de Marx si no se reconoce la
herencia recibida por él. Puede apreciarse que para Smith (¿sigue en esto a
Ferguson?) el individuo determinado como propietario de bienes traficables es
una criatura histórica. Si dice que el intercambio es connatural al hombre, no
se sigue que es un rasgo atávico. No concibe la historia como la monótona
reiteración de la naturaleza humana, sino como su revelación y su despliegue.
Marx nos ofrece una interpretación de la tesis de Hegel sobre la identidad
entre lo racional y lo real, al decir que la forma históricamente desarrollada
ilumina la verdad de la forma más incipiente.
Y si
Sweezy (como en el pasaje transcripto) objeta que la Economía Política comience
con el análisis del valor de cambio mercantil, adviértase que también escogen
ese comienzo Ricardo y, mucho más decididamente, Marx; éste porque se propone
determinar la especificidad histórica de esta configuración productiva. Es
Sweezy, y no Smith ni Marx, quien, al confundir la mercancía con el
"cambio", toma la mercancía como la forma eterna del
"cambio". Asimismo, debido a que no distingue claramente entre el
valor y su forma mercantil, se le escapa la impronta específicamente mercantil
en el valor de uso de la mercancía, y únicamente lo reconoce como "rasgo
universal de la existencia humana, presente en cada una y en todas las formas
de sociedad" (pág. 38). Como tampoco distingue claramente entre valor y
valor mercantil, ni acabadamente, al parecer, entre valor y valor de cambio,
cree que "como valor, una mercancía es un rasgo de una forma histórica
específica de sociedad". En definitiva, al no distinguir entre los
momentos genérico y específico en la mercancía y, más determinadamente, entre
valor de uso y valor de uso mercantil, valor y valor mercantil, Sweezy
se cierra
el camino para nuevos aportes y, de hecho, retrocede
de la comprensión ya alcanzada por Marx.
*
Es
indudable que la forma del valor expuesta en la Primera Sección de "El
Capital.." tiene como premisa la disolución de todo otro vínculo productivo
distinto del que entablan entre sí los propietarios de mercancías al realizar
sus productos. Así, el carácter necesariamente exclusivo y excluyente del nexo
mercantil es el supuesto necesario para investigar el capital en general.
"Si
los objetos para el uso se convierten en mercancías, ello se debe únicamente a
que son productos de trabajos privados ejercidos independientemente los unos de
los otros... Como los productores no entran en contacto social hasta que
intercambian los productos de sus trabajos, los atributos específicamente
sociales de esos trabajos privados no se manifiestan sino en el marco de dicho
intercambio" (pág. 89).
"Aquí, las personas sólo existen unas para
otras como representantes de la mercancía, y por ende como poseedores de mercancías." (págs. 103/4).
"Para que la enajenación sea recíproca, los
hombres no necesitan más que enfrentarse implícitamente como propietarios
privados de cosas enajenables, enfrentándose, precisamente por eso, como personas independientes entre sí.
Tal relación de ajenidad recíproca, sin embargo, no existe entre los miembros
de una entidad comunitaria de origen natural, ya tenga la forma de una familia
patriarcal, de una comunidad índica antigua, de un estado inca, etc. El
intercambio de mercancías comienza donde terminan las entidades comunitarias,
en sus puntos de contacto con otras entidades comunitarias o con miembros de
éstas. Pero no bien las cosas devienen mercancías en la vida exterior, también
se vuelven tales, por reacción, en la vida interna de la comunidad" (pg.
107).
"Sea como fuere, en el mercado únicamente se
enfrenta el poseedor de mercancías al poseedor de mercancías, y el poder que
ejercen estas personas, una sobre la otra, no es más que el poder de sus
mercancías" (pág. 195).
Pero lo
que es verdadero y necesario para el capital como configuración total de una
estructura productiva no se ofrece a la observación y la experiencia local del
capital empírico, por impetuosa e invariablemente que éste propenda a su
concepto. El capital conforma su sistema productivo, sólo después de dominar
implacablemente las formas de explotación precapitalistas subsumiéndolas, como
hace en Sudamérica con las instituciones tributarias precolombinas (la mita, el
yanaconazgo). Todavía en pleno siglo XIX la escala y la intensidad de la
explotación capitalista de la
esclavitud en América y de la servidumbre en Europa oriental arrancan a grandes
masas humanas de la inmediatez de sus vínculos milenarios y atestiguan la
fuerza desgarradora y voraginosamente constrictiva del capital. Pero una vez
que el capital ha puesto su primera cabecera de puente en Europa (primero en el
sudeste y luego en el noroeste), su poder se proyecta hacia el resto del mundo
de dos maneras complementarias, una por el efecto deletéreo que posée la
relación mercantil-dineraria sobre las estructuras de producción directa; otra
mediante la intensificación de estas estructuras hasta agotar su eficacia como
sistemas de explotación capitalista, imprimiendo la impronta de la acumulación
compulsiva de capital a las formas de "despotismo asiático"
(denominación que Marx toma de Hegel), conformando los sistemas coloniales (el
"viejo", o ibérico, o la administración en gran escala de una
explotación no reproductiva, que abre el camino del "nuevo", u
holando-franco-británico). La era de las luces es también la de las sombras;
pero, finalmente, el mundo de los seres ctónicos, los dioses, los sacerdotes y
los brujos es alcanzado por las luces, y -desde entonces- prevalecen los
objetos embrujados.
[Noción
de valor económico, con prescindencia de su forma: producto general versus producto en general]
Tan
equivocado estaba, entonces, Smith al desconocer la especificidad de la
mercancía, como sus críticos al desconocer la genericidad del intercambio de
bienes. Si alguien duda acerca del carácter genérico del intercambio humano, no
tiene más que preguntarse porqué el hombre es el único primate no especiado, a
pesar de que su habitat es el más extenso. (Los lemúridos, por el contrario,
primates que vivieron su historia natural en Madagascar, un habitat insular, se
han dividido en cuatro o más especies). La arqueología reciente corrige la
visión de que la primera ventaja adaptativa de la estación bípeda es la de
facilitar la confección de herramientas. Incluso antes de estar anatómicamente
preparados para el lenguaje articulado, nuestros remotos antepasados dejan
pruebas de un proceso de intercambio sorprendente por su universalidad y
extensión geográfica.[42][22]
La
primera mercancía es un bien que se intercambia, carece de estructura (o su
unidad es inmediata; su relación con el dinero - aquí sólo un medio que
facilita convenientemente la circulación de estos bienes- es extrínseca). Si la
primera mercancía tiene unidad pero carece de estructura, la segunda posée
estructura pero carece de unidad. En ésta también se pierde todo rasgo
específico, de modo que la especie aparece reducida al género. Si la primera es
un fenómeno sin esencia, la segunda es un contenido yuxtapuesto a una forma:
hay una estructura, pero más bien es una composición, porque la segunda
mercancía contiene dos "factores": el valor de uso y el valor. Su
mediación es extrínseca y se reduce a lo siguiente: la relación entre el valor
de dos mercancías se presenta como la igualdad cuantitativa entre dos
colecciones de objetos, tales que cada una de ellas puede ser homogénea u
heterogénea, pero debe necesariamente ser cualitativamente distinta de la otra.
La segunda mercancía surge del análisis de la primera, y la síntesis da lugar a
una tercera mercancía, la cual contiene todas las determinaciones de las
anteriores, subsumidas en su estructura real. Ahora la mercancía es el par mercancía-dinero (m-d), o la
mercancía se desdobla en mercancía común y mercancía dineraria. El par m-d es
una forma especiada de la Producción (estructura universal propia de toda
sociedad humana); el mismo par m-d, con determinaciones únicamente adicionales,
es el género o la forma general del capital: la mercancía es ahora
capital-mercancía y el dinero es capital-dinero. Esta mercancía, y no otra, es
la forma general del capital.
*
Ahora
bien -y hé aquí un punto central de nuestra Tesis-, el proceso de especiación o
diferenciación del capital (que es idéntico al desarrollo de las formas del
plusvalor), conforma una nueva estructura de la que la mercancía sigue siendo
la forma más general, pero donde, a la vez que el carácter mercantil del
capital se exacerba hasta el límite, la mercancía misma presenta nuevas determinaciones
que anuncian su agotamiento y extinción.
Tal y
como el desarrollo de la forma del valor es idéntico al proceso por el que la
mercancía se escinde en mercancía común y mercancía dineraria, así también el
desarrollo de la forma del plusvalor (desarrollo capitalista) es,
esencialmente, un proceso de diferenciación del capital: la transformación del
capital en capital diferenciado, su desdoblamiento en capital simple y capital
potenciado (o tecnológico).
Tal es
el fundamento real de las nuevas leyes de la economía (que ya no reposan en la
"tendencia a la igualación de las tasas de ganancia"); de las nuevas
leyes de la política (dado que la sociedad "moderna" -civil,
política- queda subsumida por el nuevo modo de poder que desborda de la empresa
gigante de capital potenciado), y, por consiguiente, de los nuevos alcances del
reclamo de representación y mandato populares (la democracia queda vacía de
contenido al circunscribirse a un poder negativo o meramente local), que deben
a la vez concretarse en la apropiación mediada
de las propias fuerzas o capacidades o virtudes productivas y desbordar de los
límites mezquinamente estrechos de los viejos estados nacionales, y,
principalmente, de la inédita estructura de la clase trabajadora y sus nuevas miserias
y potencias, materiales y espirituales.
*
Marx
expone las determinaciones específicas y genéricas de la mercancía, aunque sin
distinguir firmemente unas de otras. "La
igualdad de trabajos toto coelo diversos sólo puede consistir en una abstracción de su desigualdad real,
en la reducción al carácter común que poséen en cuanto gasto de fuerza humana de trabajo, trabajo abstractamente humano" (pág. 90). Pero no se
limita a decirnos que el valor representa trabajo abstracto, nos dice también
que el valor de la mercancía cobra en ella existencia objetiva y se expresa (en
un equivalente) como "propiedad
natural de carácter social". Dice también -y aquí se subraya la forma
específicamente mercantil del producto- que los creadores de mercancías son productores
mediatos, o trabajadores privados e independientes; que, en consecuencia, sus
trabajos deben adquirir el carácter de trabajos sociales mediante un proceso
diferente de su ejecución (id. est., del propio proceso de trabajo); que esta
transformación cobra realidad por medio de la realización de la mercancía,
etcétera.
En la
crítica de la economía política realizada por Marx debemos identificar dos
pasos: la reducción de las formas mercantiles (específicas) a sus contenidos
(genéricos), y la reconstrucción conceptual de la génesis de esas formas en su
"transformación" o "transfiguración" (especiación del
contenido). Tanto la teoría de la forma del valor cuanto la teoría de la forma
del plusvalor deben realizar esas dos fases. "Das Kapital" es una obra
inconclusa: en la Primera Sección del Primer Tomo (crítica de la mercancía) el
procedimiento -los dos pasos- es acabado y completo. En el resto de la obra
escrita (crítica del capital) se completa el primer paso, la indicación del
contenido: la mercancía se convierte en capital cuando la "fuerza de
trabajo" se transforma en mercancía (Sección II del Tomo I, id. est., cap.
IV). En el resto de la obra se desarrolla el segundo paso, que el autor,
empero, no alcanza a completar (puede interpretarse el plan de la obra, que
debía llegar hasta la Concurrencia, el Comercio Exterior y el Estado, como
prueba del propósito de realizarlo).
*
Pero,
¿qué significado tiene la investigación realizada por Marx sobre la
"transformación de valores en precios de producción"? ¿No es éste,
precisamente, el paso a la forma? Hay que observar que la primera transición a
la forma del valor es la génesis del dinero; que, de suyo, los "precios de
producción" no son precios empíricos; que, tanto en la forma del valor
cuanto en la forma del plusvalor, más notoriamente en esta última, si los
precios son valores, los valores no son precios empíricos, ¡ni siquiera
precios!
No son
precios empíricos porque, sencillamente, su determinación es apenas una de las
improntas del capital sobre la relación entre el valor y el valor mercantil:
los "precios de producción" muestran uno de los aspectos en que la
relación capital modifica el "gobierno" del valor de las mercancías
sobre el movimiento de los precios. En virtud de las determinaciones propias y
específicas del capital, cuando la ley (clásica) del valor (trabajo) deja de
operar sobre el movimiento de los precios, éstos no serán, en general,
equiproporcionales respecto de los valores de las mercancías respectivas. La
ley general del valor sufre una transformación al pasar de ley del valor de cambio de la mercancía simple a ley
del valor de cambio de la mercancía
capital o capital mercancía. La diferencia entre los precios (relativos) de
producción de las mercancías y sus correspondientes relaciones de valor
únicamente refleja una de las determinaciones propias de la estructura del
capital, a saber, la discrepancia entre las composiciones orgánicas
sectoriales. La exposición habitual de los "precios de producción"
hace abstracción de otras determinaciones, no menos sustanciales (diferencias
en las velocidades de rotación del capital, etc.).
Se ha
objetado la transformación expuesta por Marx aduciendo (Borkiewics,
neomarxistas, neorricardianos) que -en tal exposición- los "precios de producción"
no entran, a su vez, en las composiciones orgánicas. Esa objeción es injusta o
irrelevante, porque el propósito principal de la "transformación"
expuesta por Marx no es "resolver" la transformación, mostrando su
resultado final, sino, en primer lugar, "exponer" su naturaleza:
mostrar cómo resulta refractada la ley clásica en el medium del capital, cómo la igualación de las tasas de ganancia
conserva y a la vez modifica la determinación del valor de cambio por el valor.
Lo único que se logra, si se reemplaza esa exposición por un procedimiento
distinto, consistente en plantear y resolver un sistema de ecuaciones de cambio
(suprimiendo un "precio" para igualar el número de incognitas al
número de ecuaciones), es una "transformación" que no es más completa
sino menos, porque no es transformación: es otra respuesta a otra pregunta, la
determinación de los valores de cambio de equilibrio; no muestra la relación
entre valor y valor de cambio.
En
segundo lugar, aunque no en importancia, la solución de Marx al llamado
"problema de la transformación" habilita, ni más ni menos, el
concepto de una economía política científica. Aunque, en verdad, el fundamento
de esta posibilidad está sentado ya en la teoría de la forma del valor. Esto es
claramente así, si se reconoce que la ciencia social permanecerá en pañales
mientras no pueda superar la dicotomía entre doctrinas exotéricas (Say, Carey,
Bastiat, Senior, y asimismo Jevons, Menger, Walras, Marshall, Hicks, Fisher,
etc.) y doctrinas esotéricas (Ricardo, Sraffa, Robinson, los
"marxistas" canónicos). [43][1]Pero esta misión del concepto
de la transformación de valores en precios es inseparable de la génesis del
dinero.
Empero,
por razones que están fuera del alcance de quienes realizan esa ipugnación, y,
en rigor, en un sentido inmanente al enfoque merxiano, la
"transformación" ofrecida por Marx es, en efecto, incompleta, porque,
como él mismo aclara, hace abstracción de la rotación del capital;
recíprocamente, también es incompleta la exposición de Marx de esta última
transformación, porque cuando analiza las diferencias en el valor de cambio
resultantes de la disparidad de períodos de rotación, vuelve a hacer una
abstracción, esta vez de las composiciones orgánicas del capital. Si optáramos
por tomar en cuenta simultáneamente estas dos determinaciones, llegaríamos a
que su efecto conjunto en los precios de producción de una rama queda
determinado cualitativamente en dos casos: cuando a la vez se dan las
composiciones orgánicas más altas y las velocidades más reducidas (entonces las
mercancías se venden por encima de su valor) o en el caso opuesto, cuando las
composiciones orgánicas son menores que las medias y las velocidades de
rotación mayores. En estos dos casos, el efecto de las dos transformaciones es
concurrente y el resultado, cualitativamente (con prescindencia de los datos
numéricos) inequívoco. En los dos casos opuestos el efecto conjunto de ambas
determinaciones dependerá de los valores particulares pertinentes. Pero la
transformación sigue siendo "incompleta" en el sentido indicado,
porque todavía omite otras determinaciones que entran en la transformación: las
diferentes proporciones sectoriales de las formas del capital (según envuelvan
o no procesos de valorización, como el capital industrial vis-à-vis capital
comercial o bancario), las diferencias sectoriales en la marcha del
"progreso técnico": el ritmo de innovación, el cambiante grado de
complementariedad de las técnicas y las tecnologías, la velocidad de difusión
de las nuevas técnicas, las -igualmente variables- restricciones naturales al
grado en que las distintas mercancías son reproducibles, las rentas
territoriales diferenciales, la incidencia de los impuestos...
Los
"precios transformados" no son ni pueden ser los nombres dinerarios
de los valores de las mercancías, como tampoco de sus valores transformados, o
valores de cambio acordes a la ley del valor transformada, porque esta
"transformación" transcurre en el marco de los esquemas de
reproducción del capital y, más sustancialmente, está contenida en la
investigación del proceso de valorización del capital. Precisaremos el alcance
de esta observación si retornamos por un instante a la forma del valor en
general, y, más particularmente, a su comienzo en el análisis de la mercancía.
Encontramos allí, en un tramo perfectamente delimitado de ese análisis, la
exposición del valor "con prescindencia de su forma". Ocupa unas
pocas páginas, al cabo de las cuales, con el aviso explícito de que "ahora
no tenemos más remedio que retornar a esa forma", es presentada la forma
(mercantil) del valor. Pues bien, el proceso de reproducción del capital es a
la teoría (especial) de la forma del capital lo que el proceso de creación del
valor a la teoría (general) de la forma del valor. Y es evidente que, ni en uno
ni en otro, tiene cabida todavía la forma dineraria del valor. Los
"precios" de producción no son, pues, el nombre dinerario del valor
del capital mercancía, sino únicamente el primer pasaje a la forma (mercantil)
del capital.
*
En
cuanto a la unidad de la funciones del dinero, o el dinero concebido en la
totalidad de sus determinaciones esenciales, tal como es presentado en la
Primera Sección del Capital, no vuelve a ser expuesto en el resto de la obra
escrita (ni siquiera en la Sección V del Tomo III), aunque apunta a ella
claramente la parte del plan de la obra que acabamos de recordar (Concurrencia,
Comercio Exterior, Estado). Allí debería restablecerse la unidad del concepto,
perdida durante el análisis del capital. El abundante añadido de nuevas
determinaciones dinerarias (dinero-crédito, capital accionario) únicamente nos
anticipa que la unidad a la que debe retornarse no es, sin embargo, la de la
Primera Sección, sino una más compleja. En el resto de la obra (escrita) la
teoría de la forma del plusvalor no llega a la unidad de forma y contenido
alcanzada en (por) la teoría general de la forma del valor. Es indudable que el
estado inconcluso de Das Kapital contribuyó a la regresión ricardiana sufrida
por la obra de Marx en sus discípulos y, en particular, al abandono de la
teoría dineraria de Marx.
[Brevísima
reseña de los aportes de Marx]
Los
economistas clásicos analizaron la mercancía pero no llegaron a descubrir la
dialéctica involucrada en su propio análisis. Marx descubre y libera esa
dialéctica. Mientras su exposición no ha traspuesto aún el horizonte de sus
predecesores, realiza contribuciones a la teoría clásica del valor trabajo, y,
sin detenerse en esto, valiéndose de esos aportes, la supera. Su contribución
en el propio marco de la teoría clásica se centra en la caracterización del
trabajo que crea valor. Los dos "factores" que contiene la mercancía,
el valor de uso y el valor, son producto de momentos distintos y contrapuestos
del mismo trabajo; el trabajo que produce mercancías es la unidad de ambos, el
momento material y el social. El valor de uso es el resultado de su
determinación material; y el valor, por su parte, es el fruto de su
determinación social. El trabajo que produce mercancías no es un trabajo
directamente social, y únicamente se eleva a este carácter por un proceso que
lo despoja de toda determinidad material, borrando las determinaciones técnicas
y las circunstancias individuales de todo trabajo, fundiéndolo por medio de
esta negación en un universal absolutamente homogéneo. Pero este proceso de
desmaterialización del trabajo que lo despoja de toda singularidad y de toda
particularidad, reduciéndolo a trabajo en general, es a la vez una consecuencia
y una condición, ambas necesarias, de la naturaleza de la mercancía. En efecto,
las mercancías, en cuanto productos, deben medirse como piezas o alícuotas del
producto social y, en cuanto productos que se intercambian como equivalentes,
deben compararse como cantidades de producto social; por ende, como productos del
trabajo social. No de trabajos cualitativamente distintos, sino de cantidades
de trabajo social general.
Sólo
como productos (objetivaciones) de este trabajo las mercancías devienen
cualitativamente idénticas y, por tanto, conmensurables. En el concepto de
valor Marx camina sobre las pisadas de una larga serie de predecesores, que él
remonta a Aristóteles. La mayor originalidad de la contribución de Marx
consiste en el pasaje a la forma del valor y el desarrollo de ésta. Los
elementos de la transición, los necesarios para concebir este pasaje son
recibidos. (Sabido es que él declara enfáticamente lo contrario, llegando a
sostener que "la inteligencia de la economía política" gira en torno
a la distinción entre trabajo concreto y trabajo abstracto). En efecto, la
mercancía (en su figura segunda, o clásica) es, a la vez, un producto útil y un
producto valioso. El valor de cambio es la relación extrínseca entre los dos
"factores" de la mercancía: el valor relativo se presenta como un par
de cantidades de dos objetos materialmente distintos que, sin embargo, son
manifestaciones de una misma cualidad social y portadores de una cantidad igual
(o comparable) de sustancia social, o valor. La relación de valor no está
ausente, ni mucho menos, en la exposición de Smith o de Ricardo. (Ricardo llega
a analizar la insensibilidad de esta relación ante variaciones de igual signo y
proporción en los valores respectivos). Pero Marx descubre que la relación de
valor de dos mercancías contiene las expresiones de los valores de éstas. De
las dos expresiones de valor contenidas en una relación de valor toma una, y en
ella realiza el descubrimiento de una nueva estructura: la mercancía que
expresa su valor relativo lo hace proyectando su propio valor en el valor de
uso de la otra mercancía. Lo inédito de este avance no está en la novedad del
descubrimiento mismo de la expresión del valor -"descubrimiento" que
los clásicos tuvieron siempre, literalmente, al alcance de la mano, e incluso
ocasionalmente llegan a mencionar de modo explícito-, sino en la comprensión de
que este descubrimiento está preñado de consecuencias.
Pues la
expresión del valor de una mercancía configura una relación polar, en la que
dos mercancías desempeñan respectivamente las funciones relativa y equivalencial.
Los que antes eran "factores" (extrínsecos) de una mercancía son
ahora los momentos esenciales y recíprocamente necesarios de una estructura
relacional. A la vez, en esta nueva relación se revela por primera vez la
naturaleza del dinero. En efecto, la relación dineraria, que, fuera del marco
marxiano (es decir, tanto en clásicos cuanto en neoclásicos, neorricardianos,
neomarxistas y, a fortiori,
keynesianos) nunca dejó ni dejará de ser meramente extrínseca, aparece aquí
propiamente en su génesis, como inmanente a la mercancía. Esa cosa revestida de
un aura refulgente ante la cual ninguna mercancía se resiste, todo el poder
social que de ella emana y se comunica a cualquier persona que llegue a
poseerla, tiene el más humilde, terrenal y cotidiano de todos los orígenes, es
concebida y vuelta a concebir en la misma entraña de donde sale hasta la más
miserable de todas las mercancías. El dinero es, sin duda, un fetiche, pero el
secreto de su fetichismo se guarda en la naturaleza de la mercancía. El desarrollo
de la forma equivalencial, desde el equivalente simple hasta el equivalente
general ungido como dinero, no es sino una consecuencia del desarrollo de la
forma relativa del valor.
Por su
parte, el equivalente dinerario es dinero en su primera función, la de ser
medida general de los valores de las
mercancías; pero el dinero en ésta su primera función no es aún dinero. Tampoco
es dinero el medio de circulación, que, por el contrario, incluso si es el
dinero mismo el que circula, no es más que un medio de circulación del dinero.
Como medida de los valores el dinero es ideal; como medio de circulación es
dinero que se idealiza, sea porque la suya es apenas una figura evanescente,
sea porque otra figura lo representa. Por eso, el dinero en cuanto dinero no es
el que circula como moneda sino el que en los límites de la circulación
mercantil cobra autonomía como riqueza social general en su figura suprema y
autónoma sustraída de la circulación (tesoro), o como poder cancelatorio final
(medio de pago), o, finalmente, como dinero que recupera la unidad inmediata de
todas sus determinaciones esenciales (dinero mundial).
De esta
breve reseña de la forma del valor debemos retener que su desarrollo es
resultado del desarrollo de la forma relativa del valor. Con esto transponemos
el umbral de la forma del plusvalor: el dinero se transforma en capital porque
y en tanto la fuerza de trabajo se transforma en mercancía.
*
Las
limitaciones de la crítica a la segunda mercancía permanecerán como defectos de
la tercera. Recordemos que Marx llama trabajo "concreto" al que
produce valores de uso, y trabajo "abstracto" al que produce valor.
En efecto, el trabajo que produce mercancías, considerado en su momento técnico
o material, posée todas las determinaciones que hacen de él un trabajo
cualitativamente distinto de cualquier otro, un eslabón en la división social
del trabajo; y, en su momento social, pierde todas las determinaciones que lo
diferencian, para conservar únicamente aquellas que lo igualan a cualquier otro
trabajo en cuanto trabajo idénticamente social. Pero esta terminología es
unilateral, ya que ambos predicados, "concreto" y
"abstracto", aluden únicamente a la materialidad del proceso laboral.
Pero si
nos referimos al momento social del trabajo por el que éste se transforma en
producción, los mismos términos, "concreto" y "abstracto",
se invierten: el trabajo que produce mercancías, en tanto lo consideramos en su
aspecto técnico material, no es aún producción, es el proceso de un trabajador
aislado que no ha entablado aún el vínculo productivo; así, pues, el trabajo
que produce valores de uso inmediatos
es trabajo abstracto. Por el contrario, en esta misma estructura productiva, el
vínculo social de la producción consiste precisamente en la producción de valor,
de modo que es específicamente en la producción de sustancia social general,
riqueza general absoluta, o valor, que el trabajo deviene producción, o trabajo
concretamente social.
Consideremos
el "doble carácter" del trabajo en la producción, pero no ahora en el
sentido de Marx, sino en su determinación transpuesta, igualmente unilateral,
ya que ella ayudará a comprender el aporte de Marx al concepto fundamental de
"sustancia social". En cuanto el trabajo que crea valor es trabajo
social ejecutado por un individuo, es trabajo concreto considerado en esa
plenitud de relaciones por las que el trabajo individual constituye una parte
de la producción social, y es trabajo abstracto en cuanto proceso laboral
inmediato del individuo considerado aisladamente, con prescindencia de sus
lazos productivos. Ahora el trabajo abstracto produce valores de uso inmediatos
y el trabajo concreto produce valor, riqueza pura o absoluta, pero no por ser
trabajo en general sino porque es trabajo general.
Esta distinción es esencial, porque lo que convierte a dos productos
materialmente distintos en cantidades comparables de una misma sustancia social
y, por tanto, en valores, no es la igualdad de los trabajos que ellos
representan sino la unidad de esos trabajos en una totalidad diferenciada; no
es por la negación de sus determinaciones sino por medio de la plenitud de sus
atributos y propiedades que esos trabajos conforman una estructura productiva.
Los trabajos representados en el valor son a la par abstractos y concretos; son,
si se quiere, materialmente abstractos porque se igualan, socialmente concretos
porque se articulan en un todo. Precisamente en esa relación el trabajo deviene
trabajo general, trabajo que crea valor.
Establecer
que hay relación entre valor y trabajo es el paso primero y fundamental para la
comprensión de la naturaleza del valor. Algo más se avanza al aclarar que la
relación no consiste en una unidad inmediata sino en una mediación, tal que el
valor se reduce a trabajo y representa trabajo, en tanto que el trabajo crea
valor. En efecto, como puntualiza reiteradamente Marx, el trabajo crea valor
pero no es valor, y el valor producido por el trabajo no es trabajo. El trabajo
queda así como la esencia del valor, indiferente a si éste es o no es, en tanto
que el valor (reductible a..., representación de... trabajo), sólo es si el
trabajo es. Pero la relación queda únicamente indicada como contingente y
extrínseca. No se alcanza a comprender la relación entre trabajo y valor, de la
que capta la identidad mas no aún la diferencia. (La relación
"positiva" es la que recibe toda la atención en la exposición clásica
y en la crítica clásica, en desmedro de la contraposición entre valor y
trabajo; la atención es solicitada hacia los problemas de la exposición del trabajo
como "sustancia" del valor, tales como distinguir qué trabajo es
relevante, o corregir la confusión en que incurre Smith entre el valor del
"trabajo" y el valor creado por el trabajo). Es preciso que demos el
paso que falta.
[Notas adicionales. Sir William Petty, o la
ley del valor como principio praxiológico]
William
Petty no ofrece referencias que ayuden a reconstruir el linaje de sus
opiniones. (Su idea del valor, sugiere Pierre Lantz, pudo haber sido recibida
de Hobbes). En Petty encontramos un compendio anticipado de desarrollos,
virtudes y falencias que tendrá la teoría en los cuatro siglos subsiguientes,
incluso hoy. Petty apela al concepto de valor para solucionar problemas
admirablemente diversos: desde una fórmula práctica para establecer con
precisión cómo y cuánto debe castigarse a un ladrón callejero (rechaza la pena
capital y otros castigos improductivos, pero se declara partidario del trabajo
penal y, con una fórmula que dos siglos después debió lucir como un preanuncio
sorprendente de la situación del proletariado industrial, determina con
exactitud la cantidad de años de trabajo forzado suficiente para resarcir a la
sociedad del delito y desalentar al delincuente; que será igual a tantos años o
meses como resulten del cociente entre los necesarios para reproducir los
productos robados y la esperanza estadística que tiene el ladrón en la práctica
corriente de su oficio, de ser aprehendido), hasta la fundamentación de esta y
cualquier otra aplicación particular del principio según el cual todos los
ingresos de la sociedad provienen del trabajo.
Su
tesis es que las diversas categorías de ingreso de la sociedad se originan en
el trabajo. Arguye que este principio es válido para aquéllas que, como el
interés y la renta, no tienen en el trabajo su causa evidente. La renta en
trigo de una tierra agrícola es el exceso de su producto anual sobre los
gastos, pagados en trigo; en tanto que la medida del valor dinerario de ese
excedente es igual al ingreso en plata, deducidos los gastos en este metal, de
un minero que dedicó a este trabajo el mismo tiempo que el agricultor al suyo.
(Aquí no sólo hay un anticipo de Quesnay, también una superación).
La
noción misma de valor en tanto y en cuanto reducido a cantidad de trabajo -como
de una misma persona- es presentada con un ejemplo (que recuerda la explicación
simplificada de Ricardo a su corresponsal el señor Trower: si un hombre en una
semana puede hacer cuatro sombreros o una chaqueta, y un ladrón le roba la
chaqueta, se verá exactamente cuatro veces más perjudicado que si le hubiera
robado un sombrero):
"Si un hombre puede traer a Londres una onza
de plata extraída de las minas del Potosí, y en el mismo tiempo puede producir
un bushel de cereal, luego uno es el precio natural del otro; si, en minas
nuevas o más accesibles, un hombre puede obtener dos onzas de plata tan
fácilmente como antes una, caeteris
paribus, el trigo estará tan barato a diez chelines ahora como a cinco
otrora". ("If a man
can bring to London an ounce of Silver out of the earth in Peru, in the same
time that he can produce a bushel of Corn, then one is the natural price of the
other; now if by reason of new and more easie Mines a man can get two ounces of
Silver as easily as formerly he did one, then Corn will be as cheap at ten
shillings the bushel, as it was before at five shillings caeteris paribus").
Un
producto local dado requiere, amén del trabajo corriente, una cierta cantidad
de gastos y mejoras que también pueden computarse en cantidades de trabajo.
"Ahora bien, la piedra de toque para probar si es mejor usar esas mejoras
o no, es examinar si no es menos trabajo traer estas cosas desde lugares donde
las brinda la naturaleza, o se logran con menos cultivo."
Petty
sale al paso de una objeción, según la cual estas computaciones son difíciles
cuando no imposibles; a lo que responde concediendo que lo son; pero, arguye,
hasta tanto alguien se tome el trabajo de hacerlas o encargarlas, el comercio
será -lo mismo que el sacudir y tirar los dados-, un arte por demás conjetural
para merecer meditación, a la vez que demasiado abusivo y pecaminoso para
mejorar el comercio y traer ventaja al Estado. (Veremos en seguida en el aporte
de Smith, cómo y porqué se supera el momento accidental, aleatorio, o, en
definitiva, "conjetural", del arte comercial, alcanzándose el
resultado ya conocido por Petty).
Como
sus mejores sucesores, Petty diferencia el valor del valor de cambio. Debe
distinguirse, nos dice, cuándo un producto tórnase más caro o más barato en su
valor natural, de cuándo lo que varía es su valor artificial o su precio
político, este último porque "la comparación se hace entre un bien
naturalmente útil con algo que es, de suyo, innecesario" (la plata). Pero
esa distinción versa limitadamente sobre la medida estimativa del valor, y no
sobre su determinación cuantitativa como una sustancia social objetivada y
autónoma.
Empero,
en la "anticipación juiciosa y computación precisa" que hacen a la
excelencia en el arte de comerciar, al conocimiento de las causas permanentes del
valor verdadero o natural, debe añadirse el de las causas extrínsecas o
contingentes, que operan directamente sobre cada mercancía y sobre sus
sustitutos y sucedáneos. Se vislumbra en su edición precoz el problema que
abordará Smith: el de la medida real del valor de cambio y el principio que
regula sus altibajos. Pero el aporte sustancial de Smith reside más en la nueva
profundidad de su formulación del problema que en la solución desmañada e
incompleta que alcanzó.
[Smith
o la determinación histórica del trabajo generador de valor]
"El
trabajo anual de cada nación es el fondo original que la provée de cuanto es
necesario y conveniente para la vida; los bienes que consume anualmente
consisten siempre o en el producto directo de ese trabajo o en el adquirido a
cambio de él a otras naciones". ("The annual labour of every nation is
the fund which originally supplies it with all the necessaries and conveniences
of life which it annually consumes, and which consist allways either in the
immediate produce of that labour, or in what is purchased with that produce
from other nations") [SMITH, Adam: "Wealth..", pág. 1]
Las
objeciones que despierta este pasaje deben matizarse en el contexto de la obra.
Sacudida la rama para descargarla de los frutos falsos, lo que queda de verdad
es apenas un truismo: que los hombres se proveen de cuanto les resulta
necesario y conveniente por medio de su propio trabajo -comprendido el
efectuado por sus semejantes-. Es falso que estén constreñidos a los frutos del
trabajo del año en curso, o impedidos de dedicar esfuerzos y esmeros hoy a la
subsistencia futura. Inclúyase en el bien material del presente la certeza de
tenerlo mañana, y seguirá siendo falso que sólo proviene del trabajo corriente
o reciente. Tampoco es verdad que el hombre pueda vivir humanamente del
producto inmediato de su trabajo (que, en su inmediatez, sería el efecto
directo de su cuerpo); mas, según el pasaje que comentamos, en el agregado de
las naciones no quedaría otro que ese producto directo, animal. Hallaremos
luego que este momento etológico va de polizonte en el concepto de valor
expuesto por Marx, donde aparece como coseidad muda y nuda, reducción a proceso
material sin otro predicado, actividad fisiológica, intercambio energético
("desgaste de músculos y nervios").
El
texto transcripto es el párrafo inicial de "La riqueza...". Trata de
la Nación, ese ámbito todavía (siglo XVIII) grandioso, resultado de la
irrupción irresistible del comercio en las rivalidades políticas "y"
militares (o político-militares, ya que la locución conjuntiva presupone el
estado moderno, entonces todavía nonato), desencadenadas por la prolongada
agonía del antiguo imperio; las consiguientes alianzas absolutistas de las
burguesías nacientes con la corona, en sus pleitos con la nobleza terrateniente
feudal; la consecuente expansión de libertades civiles e igualdad social desde
la ciudad comercial al hinterland agrario; y, de rebote, la libertad de
contratar implacablemente impuesta a los gremios urbanos por la competencia de los
incontrolables sistemas rurales de confección domiciliaria -"putting
out" system-, los cuales, al explotar mano de obra todavía servil,
carcomían insidiosamente la base de la pirámide feudal y realimentaban el elan
igualitario y emancipador emanante de las ciudades libres. A la sazón, el
capital -que medraba hasta entonces mediando extrínsecamente entre sistemas de
producción particulares- apenas comenzaba a engullirse las capacidades
productivas de la humanidad.[44][2]
Pero
para Smith y su siglo la Nación (y no ya, como en sus predecesores
mercantilistas, el Estado, según apunta Lantz) debe desempeñar en la economía
el papel de sujeto trascendente. Pero Smith presupone siempre la Nación
"bien gobernada". Puesto que las naciones se proveen por medio de su
trabajo, la disponibilidad de bienes por habitante o, lo que es lo mismo, la
abundancia o escasez de su producto, depende de la "habilidad, destreza y
buen juicio" ("skill, dexterity and judgement") con que en
general se aplica el trabajo y, también, de la proporción entre los que están
empleados productivamente y los que no trabajan. La mayor diferencia entre las
naciones en cuanto a la escasez o la abundancia de su producto por habitante
depende principalmente de la primera de esas razones. En las naciones más
civilizadas e industriosas hay muchos habitantes que no trabajan y sin embargo
consumen diez y hasta cien veces más que los trabajadores, pero, aún así, el
producto es tan cuantioso que todos, hasta los trabajadores - "incluso los
de rango inferior y más pobres"- disponen de más bienes necesarios y
convenientes (creemos que aquí "greater share" vale como
"ración" y no como "porción") que los que puede adquirir
"cualquier salvaje", aunque fuera un rey.
Todos
estos beneficios "parecen" provenir y ser efecto de la división del
trabajo, de la subdivisión (reducción) y combinación de diversas operaciones
simples. Pero, argumentará, la división del trabajo no es tanto la causa de los
mayores poderes productivos del trabajo, como su efecto; la propensión natural
de los hombres al intercambio recíproco se manifiesta gradual pero
incesantemente en una expansión de los confines de la reciprocidad y por ende
en el aumento del poder de cambio; id est, en un crecimiento del mercado, en
una multiplicación de las relaciones sociales y de las ocasiones, oportunidades
y conveniencias para la subdivisión social del trabajo, la cual a su vez
redunda en la mayor capacidad productiva de los trabajos; éstos,
especializados, simplificados, resultan auxiliados -cada vez más y mejor- por
máquinas y herramientas. (Igualmente adecuadas y especializadas, en ellas se
prolonga la subdivisión del trabajo social).
El
trabajo productivo posée determinaciones materiales y sociales. En el análisis
de Smith se hace presente la distinción entre trabajo material
("work") y trabajo social ("labour"), que luego Marx
designará, respectivamente, como "concreto" y "abstracto".
Podemos desentrañarla fácilmente en el siguiente pasaje: "The great increase
of the quantity of work which, in consequence of the division of labour, the
same number of people are capable of performing, [45][3]is owing to three different
circumstances...", a saber, mayor destreza de cada trabajador, eliminación
de tiempos perdidos al pasar de una tarea a otra, invención de máquinas que
acortan el trabajo.
Estos
efectos se entrelazan. Pasar de una tarea a otra lleva menos tiempo porque las
tareas se separan en operaciones simples y el trabajador realiza siempre la
misma. Logra la mayor destreza al concentrar atención y empeño en la repetición
de una única tarea simplificada, desarrollando en ella toda su capacidad
laboral. Se consuma de este modo el refuerzo recíproco entre las tres
"circunstancias": en naciones civilizadas y laboriosas los
trabajadores son más especializados, efectúan labores más simples y, por ende,
tienen mayores oportunidades de idear nuevos ingenios -mecánicos o de otra
índole- para potenciar aún más los poderes productivos del trabajo, en su doble
dimensión, cuantitativa y cualitativa. Smith quiere indagar en la naturaleza de
las capacidades productivas del hombre y no lo logra tanto cuando describe
magistralmente cómo la división del trabajo produce la exaltación de esos
poderes, como cuando muestra cómo redunda en su menoscabo. Pues la repetición maníaca
de una única operación es, en verdad, un lecho de Procusto para el desarrollo
del trabajador. Surge la paradoja espantosa de que el incremento de los poderes
productivos del trabajo se apoya en la mutilación de las capacidades laborales.
En el Libro V de la "Riqueza..." Smith volverá sobre el efecto
mutilante de la fragmentación del proceso laboral por la que el trabajador se
ve maníacamente constreñido a repetir una misma operación parcial.
En el
párrafo siguiente se anticipan las denuncias estremecedoras que un siglo
después aparecerán en capítulos como el VIII o el XIII del Tomo I de "Das
Kapital":
"In the progress of the division of labour, the
employment of the far greater part of those who live by labour, that is, of the
great body of the people, comes to be confined to a few very simple operations,
frequently to one or two. But the understandigs of the greater part of men are
necessarily formed by their ordinary employments. The man whose whole life is
spent in performing a few simple operations, of which the effects are perhaps
always the same, or very nearly the same, has no occasion to exert his
understanding or to exercise his invention in finding out expedients for
removing difficulties which never occur. He naturally loses, therefore, the
habit of such exertion, and generally becomes as stupid and ignorant as it is
possible for a human creature to become. The torpor of his mind renders him not
only incapable of relishing or bearing a part in any rational conversation, but
of conceiving any generous, noble, or tender sentiment, and consequently of
forming any just judgement concerning many even of the ordinary duties of
private life. Of the great and extensive interests of his country he is
altogether incapable of judging, and unless very particular pains have been
taken to render him otherwise, he is equally incapable of defending his country
in war. The uniformity of his stationary life naturally corrupts the courage of
his mind, and makes him regard with abhorrence the irregular, uncertain and
adventurous life of a soldier. It corrupts even the activity of his body, and
renders him incapable of exerting his strength with vigour and perseverance in
any other employment than that to which he has been bred. His dexterity at his
own particular trade seems, in this manner, to be acquired at the expense of
his intellectual, social, and martial virtues. But in every improved and
civilized society this is the state into which the labouring poor, that is, the
great body of the people, must necessarily fall unless...". ¿Y qué más puede decir? Unless... "government takes some (?) pains to
prevent it". ["Riqueza...",
vol. II, pág. 265].
Smith
alude al "grande aumento de trabajo que las mismas personas pueden llevar
a cabo, también como consecuencia de la división del trabajo". Pero unos
países se adelantan y otros quedan rezagados en este progreso: el trabajador de
la nación "adelantada" ha ganado capacidad productiva pero perdió la
habilidad para resolver innumerables problemas. El trabajador de la nación
"atrasada" conserva esas habilidades pero su capacidad productiva es
inferior. En las primeras, un hombre
hace el trabajo que en naciones atrasadas hacen muchos, en tanto que
en las segundas un hombre hace el
trabajo que en naciones avanzadas hacen muchos. No hace falta que
nos detengamos en la ambigüedad de la palabra "trabajo". En unas
naciones, argumenta Smith, se ha producido una mayor subdivisión en las artes y
en los oficios. Ella ayudó al mayor incremento de los poderes productivos del trabajo.
Como consecuencia y expresión de estas ventajas, un hombre realiza los trabajos
(las obras, los productos) para los cuales se requieren muchos hombres en una
nación más atrasada. ("This great increase of the quantity of work
which, in consequence of the division of labour, the same number of people are
capable of performing..."). Como consecuencia de la misma
especialización, son necesarios muchos hombres de la nación avanzada para
llevar a cabo las tareas que realiza uno solo en la nación atrasada. ("This
separation, too, is generally carried furthest in those countries which enjoy
the highest degree of industry and improvement; what is the work of one man in
a rude state of society being generally that of several in an improved
one"). En la nación adelantada el trabajador tiene una sola
habilidad y por lo demás es torpe y hasta estúpido, mientras en la nación
atrasada el trabajador posée habilidades múltiples y proteicas; pero el
trabajador especializado, carente de aptitudes en lo que no sea su especialidad,
tiene una capacidad productiva superior. Así, mientras el intercambio es acorde
con la naturaleza humana y el hombre civilizado se desarrolla en la plenitud de
sus potencialidades universales con la expansión del mercado y el progreso de
las artes, en cambio, este mismo progreso redunda en desmedro de la naturaleza
humana de los trabajadores: "of those who live by labour, that is, of the
great body of the people". Aquí el defecto mismo de Smith, la indistinción
de la forma específica de las categorías mercantiles, lo salva de encerrar las
contradicciones mismas de la sociedad en un horizonte burgués, como la
distribución, la igualdad de oportunidades, y lo pone en contacto con la
genericidad comprometida... "unless...", añade con embarazo
"government takes some pains to prevent it".
Si,
aproximadamente, "labour" equivale a "trabajo", y
"work" a "tarea" o "labor", al vertirse la
expresión smithiana: "division of labour" como "división del
trabajo", no solamente se traduce, sino que también se corrige.
(Reivindiquemos, pues, junto a otros, el idioma de Jovellanos, Ustariz,
Campomanes). Es el trabajo particular o materialmente determinado el que puede
escindirse en dos o más labores cualitativamente distintas y complementarias;
en cambio, el trabajo social tal como se representa en el valor y en el valor
mercantil sólo puede dividirse en tiempos de trabajo cualitativamente
idénticos. Pero hay una ambigüedad en este concepto. [46][4]Smith encuentra en la división
social del trabajo el fundamento económico de la civilización moderna, pero no
acierta a distinguir en aquélla los momentos específicos de los genéricos. La
ecuménica división del trabajo que articula en una misma estructura productiva
a los hombres de todos los rincones del universo puede observarse
inmediatamente en el mundo diminuto del galpón manufacturero. Tampoco hay
diferencia esencial entre las relaciones laborales directas en que entran los
trabajadores con sus compañeros y sus patronos, con las que estos últimos, en
tanto hombres mercantiles, entablan entre sí. Por un lado, la misma división
social del trabajo que diferencia y articula el mundo se verifica en el taller;
por otro lado el propietario de mercancías "comanda" directamente una
cierta porción del trabajo social encarnado en productos materiales. De donde
resulta que la insistencia de Smith en la correlación entre división de trabajo
y mercado, en vez de servir para determinar la especificidad mercantil de ésta,
borra la de aquél. La división social del trabajo y la división del trabajo
social son correlativas pero distintas, y no hay una correspondencia acabada
entre la división técnica del trabajo privado y la estructura de la producción.
(Ilustra esta diferencia el caso de empresas que se "desintegran
verticalmente", y sus anteriores departamentos cobran autonomía como
nuevas empresas que comercian entre ellas, todo en ausencia de otros cambios).
En la
agricultura, de acuerdo con Smith, la división y subdivisión de las tareas
tropieza con obstáculos naturales y progresa apenas, por eso hay mayor atraso
aquí que en las manufacturas.. Las naciones más avanzadas lo son tanto en la
agricultura cuanto en la manufactura, pero más.
(Las ventajas comparativas "ricardianas" deben, en justicia, llamarse
"smithianas", aunque, en abono de esto, pueden citarse pasajes más
concluyentes). Este menor progreso es resultado de los obstáculos que se
interponen en la agricultura a la subdivisión de labores, debidos, a su vez, a
la naturaleza estacional de las tareas culturales. La ocasión para realizar las
labores especializadas se repite todos los años, mas no se presenta de modo
continuo. "The nature of agriculture, indeed, does not admit of so many
subdivisions of labour, nor of so complete a separation of one business from
another, as manufactures. It is impossible to separate so entirely the business
of the grazier from that of the corn-farmer as the trade of the carpenter is
commonly separated from that of the smith. The spinner is almost always a
distinct person from the weaver; but the ploughman, the harrower, the sower of
the seed, and the reaper of the corn, are often the same. The occasions for
those different sorts of labour returning with the different seasons of the
year, it is impossible that one man should be constantly employed in any of
them. This impossibility of making so complete and entire a separation of all
the different branches of labour employed in agriculture is perhaps the reason
why the improvement of the productive powers of labour in this art does not
always keep pace with their improvement in manufactures".
Grandes
son las ventajas, concluye Smith, que obtiene la humanidad de la división de
las labores productivas. El animal que quiere obtener de otro, o de su amo, un
servicio, procura llamar su atención, ganar su favor. Pero ¡cuán brutalmente
limitado se vería el mundo de un hombre que pudiera contar sólo con la ayuda
que otros le dispensan sin otro motivo que el de otorgarle favores! Cierto, en
ocasiones el hombre recurre también a esas artes, acude a la lisonja, etc. "He has no
time, however, to do this upon every occasion. In civilized societies he stands
at all times in need of the cooperation and assistance of great multitudes,
while his whole life is scarce sufficient to gain the friendship of a few
persons". Y sigue:
"But man has
almost constant occasion for the help of his brethren, and it is in vain for
him to expect it from their benevolence only. He will be more likely to prevail
if he can interest their self-love in his favour, and show them that it is for their
own advantage to do for him what he requires of them...Give me that which I
want, and you shall have this which you want. .. and it is in this manner that
we obtain from one another the far greater part of those good offices which we
stand in need of".
"We adress
ourselves, not to their humanity, but to their self-love, and never talk to
them of our necessities but of their advantages. Nobody but a beggar chooses to
depend chiefly upon the benevolence of his fellow citizens. Even a beggar does
not depend upon it entirely". Puesto que por medio del cambio
logramos la mayor parte de los buenos oficios mutuos de los que hemos menester,
es esta disposición al intercambio la que ocasiona la división del trabajo.
(Smith no concibe la producción fundada en el trabajo directamente social, que
confunde con el intercambio de mercancías).
Entre
cazadores o pastores, prosigue Smith, un determinado trabajador es el más
diestro en la confección de arcos y flechas. Los cambia por ganado y venados, y
obtiene más de éstos que si él los apresara o criara. Se convierte en una
especie de armero. En pos de esta ventaja, todo hombre se ve impulsado a
aplicarse a una ocupación particular, y a cultivar unilateralmente su talento
comparativamente descollante. No es tan grande la diferencia en los talentos
individuales naturales, sí en los cultivados. Las diferencias, concluye, no son
sólo la causa sino, más aún, la consecuencia, de la división del trabajo. En
contraste con los animales, los hombres son mutuamente útiles porque cultivan
habilidades diversas y complementarias.
Cuando
prevalece plenamente la división del trabajo, es apenas una porción diminuta de
las necesidades las que un hombre satisface con su propio trabajo. Obtiene sus
restantes provisiones cambiando el excedente de su producto sobre su propio
consumo. Cada hombre deviene (en cierto modo) un comerciante; y, en
consecuencia, la sociedad, una sociedad comercial. En sus remotos orígenes este
intercambio se ve seguramente entorpecido y trabado por una situación triangular:
el carnicero, el cervecero y el panadero tienen más carne, cerveza y pan,
respectivamente, que la que pueden consumir, pero el carnicero quiere cerveza,
el cervecero pan, el panadero carne. El dinero acrecienta más aún el círculo
virtuoso de la acción recíproca entre la división de las labores productivas y
el intercambio de los productos. Todo hombre prudente habrá procurado no caer
en esa situación embarazosa, manteniendo para ello en sus activos una mercancía
que probablemente ningún hombre habría de rehusar. Su aceptación generalizada
la convierte en instrumento de comercio: ganado, sal, conchas, cuero y pieles,
metales nobles, éstos primero en barras sin acuñar, luego en unidades con peso
y pureza establecidos. Smith encuentra ejemplos ilustrativos en Homero: el
escudo de Diomedes valía 9 bueyes, el de Glauco cien. (Nótese que confunde
medio de cambio con medida de los valores, moneda con dinero). Pero si el
intercambio generalizado, tan conveniente, es consecuencia de la división de
las labores productivas, el origen y desarrollo de éstas no se explica por sí
mismo, ni como el logro de humana sabiduría empeñada en lograrla. Es la
consecuencia necesaria, aunque muy lenta y gradual, de una cierta inclinación
propia de la naturaleza humana que no tiene como finalidad deliberada tan
extendido beneficio; la propensión a trocar e intercambiar una cosa por otra:
"It is the necessary, though very slow and
gradual consequence of a certain propensity in human nature which has in view
no such extense utility; the propensity to truck, barter and exchange one thing
for another".
Smith
no es Marx, y no hay en él más que un atisbo de comprensión sobre la
historicidad de las formas económicas. Pero no hay en él un burdo naturalismo
en el que quedan borradas las determinaciones históricas. Sweezy es injusto con
Smith y, lo que es peor, compromete el éxito de la crítica, cuando le atribuye
tal posición. El pasaje que cita parece, sin embargo, corroborar esta
interpretación equivocada. "Nadie jamás ha visto un perro en trato
deliberado y equitativo con un semejante para trocar un hueso a cambio de
otro", ni decir esto es mío, esto tuyo, estoy dispuesto a dar esto a
cambio de aquello: "Nobody ever saw a dog make a fair and deliberate
exchange of one bone for another with another dog".
Mucho
más recupera de Smith la interpretación de Pierre Lantz
("Valeur..."). Reconoce mayor profundidad en el concepto smithiano,
al subrayar que él distingue y, en verdad, contrapone, naturaleza humana y
hombre en estado natural. En el estadio social "más rudo", dice
Smith, la naturaleza humana no se ha manifestado aún; permanece incipiente. La
naturaleza humana se expresa cada vez más acabadamente con el progreso hacia la
civilización. Gracias a la división social de las labores se multiplican las
artes y se ponen de manifiesto las potencias creadoras del hombre. Pero, a la
par de ese mismo desarrollo, junto al creciente despliegue de las capacidades
que fructifican en una profusión de riquezas, el trabajo humano se empobrece y la
naturaleza del hombre sufre una degradación. (Para corroborar esta dimensión
negativa de Smith hay que pasar al libro V de la "Riqueza", donde
resonancias rousseaunianas desembocan en una vigorosa anticipación del capítulo
VIII, Tomo I, de "Das Kapital").
[Marx.
Desarrollo formal de la mercancía. El valor de cambio y la expresión del valor
contenida en la relación de cambio.]
"What are the rules which men naturally observe
in exchanging them [goods of all kinds] either for money or for one another, I
shall now proceed to examine. These rules determine what may be called the
relative or exchangeable value of goods". "The Wealth..", pág.
24.
"The word value, it is to be observed, has two
different meanings, and sometimes expresses the utility of some particular
object, and sometimes the power of purchasing other goods which the possesion
of that object conveys. The one may be called value in use, the other, value in exchange". Ibid. pág. 25.
La
dialéctica de la forma del valor o "la forma que hace de él un valor de
cambio", fundamento y a la vez
remate de su crítica de la economía política, germina y madura en los escritos
de juventud de Marx, pero recién es expuesto en los estadios tardíos de su
carrera, primero en la "Contribución a la crítica de la Economía
Política" (l859) y recién tres lustros más tarde en "El Capital.
Crítica de la Economía Política".
Aquí
nos limitaremos a recordar los pasos principales de esa exposición. Marx
analiza la mercancía y distingue en ella dos aspectos, el valor de uso y el
valor de cambio, luego verifica que el valor de cambio no es sino la forma en
que se manifiesta el valor. A partir de esto concluye que la mercancía es, en
verdad, valor de uso y valor, y
procede al estudio de éste. Pasa a exponerlo, y lo hace, en un tramo del texto
nítidamente delimitado, con prescindencia de la forma en que se manifiesta. Sólo luego de esta exposición retoma la
investigación de la forma del valor, y funda en ella su tesis sobre la
génesis del dinero.
El
estudio de la mercancía no es sino el comienzo de la crítica del capital, pero
es un comienzo que contiene el principio: en los umbrales de la crítica, la
economía política es superada desde el vamos al disiparse el secreto de la
expresión del valor contenida en la relación de cambio: queda develada la
génesis del dinero, y explicado por qué este problema estaba fuera del alcance
de la economía política, tanto que hasta sus mejores representantes científicos
fracasaron al abordarlo. Según Marx, ni siquiera se lo plantearon.
Marx no
reclama primacía por haber "efectuado la derivación del valor", ni
por haber explicado que los movimientos del valor de cambio son gobernados por
la ley del valor, méritos que atribuye sin salvedad ni reticencia a la economía
clásica. Tampoco es ni cree ser el primero en haber estudiado las
"vicisitudes" de la forma del valor. ¿Cuál es, entonces, su aporte,
cuál la fuente de su originalidad?
"La
ortodoxia en el marxismo está en el método", sostiene Lukács. ¿Atribuye a
Marx un método distinto del científico? ¿O acaso la pretensión absurda de
anteponer a la ciencia un dogma? Marx abraza, ciertamente, con pasión, la causa
del proletariado, el partido del socialismo, pero esto sólo tiene interés y
vigencia en cuanto es ya el resultado
de la ciencia; no es un punto de vista particular sino la victoriosa superación
de todo punto de vista particular, de modo que no hallamos otra cosa que
recíproca implicación entre los predicados polares de su socialismo,
"científico" y "revolucionario". El método de Marx, dice
Lukács, es la dialéctica. Pero la dialéctica -el pensamiento y la praxis
conformes a ella- excluye la necesidad (y la posibilidad) de un método externo
a su propio movimiento y anterior a él. No exige otra ortodoxia que la
heterodoxia más radical.
Sweezy
concuerda con el aserto de Lukács, y añade otras notas al método de Marx:
además de dialéctico y materialista, es histórico y, como el de los economistas
clásicos, abstracto-deductivo, y procede por aproximaciones sucesivas. Pero
falta decir que no es la ortodoxia de esos métodos ni la reunión de esas
ortodoxias, sino su crítica. La obra de Marx es a la vez una crítica a Hegel y
a Ricardo, y por tanto, ineludiblemente, lleva la impronta de los métodos de
estos autores, mucho más profundamente que lo que el propio Marx reconoce
cuando los hace aparecer como concesiones terminológicas circunstanciales,
caprichos estilísticos. [47][5]Pero Marx advierte al lector
que se engaña si cree observar en su obra alguna "construcción
apriorística". Su método renuncia a todo elemento especulativo, y este
rechazo es a la par condición y resultado de su entrega sin condiciones al
objeto del que "debe apropiarse pormenorizadamente". Su dialéctica es
la de Hegel pero al revés, "su antítesis". También es la antítesis
del método de la escuela clásica, pero no su antítesis extrínseca, sino su
crítica inmanente. En el epílogo a la segunda edición, Marx cita con aprobación
al economista ruso Nikolái Sieber: "El método de Marx es el método
deductivo de toda la escuela inglesa, cuyos defectos y ventajas son comunes a
los mejores economistas teóricos", y añade que las teorías de "El
Capital" son, fundamentalmente, el "desenvolvimiento necesario de la
doctrina de Smith-Ricardo". La crítica de la filosofía y de la ciencia se
apodera de éstas, de sus objetos, problemas, métodos, vocabularios, toma como
propias sus exigencias, etc., pero no puede ante ellas más -ni menos- que
conservarlas, transformarlas y -finalmente- trascenderlas, pero eso a fuerza de
entregarse por entero a esos métodos, de modo que lo nuevo producido es un
resultado de la crítica y no un elemento introducido, anterior a ella. No puede
tener entonces más alta virtud que la de ser consecuente: la crítica se semeja a la teoría criticada y se
diferencia de ella, lo primero porque su método es igual, ¡lo segundo porque es
más igual!
He aquí
la respuesta que se desprende de nuestra tesis: el fundamento de la crítica
marxiana y, lo que es más importante, del camino por ella abierto, no reside en
un método general de investigación sino en una teoría particular sobre la forma
específica del valor que toma cuerpo en la mercancía. La economía crítica
(científica) supera desde el vamos a la economía apologética (ideológica) en y
por su capacidad de mantenerse a la vez en la diferencia y la unidad entre
valor y valor de cambio.[48][6]
Esta
inequívoca frontera se borra sin dejar casi huellas en la versión exotérica
administrada por la ortodoxia. [49][7]Otra consecuencia de la tesis
es que si ese empobrecimiento de la razón revolucionaria marca a los discípulos
como indignos del maestro, coge también a éste en cortedad o falencia; o que la
tergiversación se remonta a la exposición original de la crítica; o que el
verdadero reproche a los epígonos no es el de haber retrocedido sino primero -y
principalmente- el de no haber avanzado; o que sólo merece ser discípulo del
maestro de la crítica el crítico del maestro. Sin esa crítica el post-marxismo
está condenado a ser lo que es, pre-marxismo. La clase obrera paga un alto
precio por no haber realizado en su momento la tarea intelectual que aún tiene
por delante, cobrar el legado teórico del autor de El Capital. Sería nefasto si
no acertara con el modo de apropiarse de este patrimonio: a la herencia de la
crítica se accede por la crítica de la herencia.
La
expresión "sociedad civil" cayó en desuso y se recuerda apenas como
una voz arcaica que designaba un ámbito diferenciado de la sociedad escindida,
el reino del interés particular. La opinión contemporánea ha dejado de mentar
la sociedad civil y en efecto hoy no se la percibe como ámbito separado ni, por
tanto, en forma alguna; ciertamente no porque la sociedad haya superado su
escisión sino porque, por el contrario, ésta se ahondó al punto de trasponerse
el umbral de la unidad. La verdad de la época se trasluce en una falacia del
tipo "pars pro toto", la sociedad civil pasa por la sociedad misma y
en el mundo social no hay más: únicamente su diferenciación interna carga con
la unidad de la sociedad escindida.
¿Qué
fue del Estado? Ora denunciado por sus abusos, ora acusado por su deserción,
presenta cada vez más la forma de un divorcio entre su existencia
"pervertida" y su idealidad abstracta. Cuando el secuestro de la
universalidad por un interés particular deja de ser un escándalo el Estado
pierde también su poder de legitimizar el poder. El desencanto no libera las
fuerzas políticas sino que las sume en un profundo hastío, causa y consecuencia
a la par de que la lucha de clases se ha dirimido abrumadoramente a favor del
capital. Señal de que el aura que antes revestía de majestad el gesto
autoritario se ha disipado por la omnipresencia del poder que mana, ahora
directamente (sin revestirse de la forma de la universalidad) de la sociedad
civil sumida en la ajenidad más pavorosa, la interior. Se anuncia la barbarie
específica propia y peculiar de la época de la culminación del proceso de
diferenciación del capital.
En un
mundo cosificado y desespiritualizado la reducción de la vida social al logos
objetivo de la acumulación del capital se ha consumado en la vida práctica. Hoy
nadie puede dudar que el poder irrestricto del capital domina la nueva escena.
Enhorabuena, si en su seno y por medio de su desarrollo prosigue el proceso de transformación
oculta que culminará en su mismo apogeo. Pero, ¿qué hay de verdad en ello?
¿Existió verdaderamente el mentado Viejo Topo y, en tal caso, sobrevive?
Es
sabido que Marx planteó este problema y buscó la clave en la crítica de la
Economía Política. Que concibió el plan de su obra como un camino al cabo del
cual debía encontrarse nuevamente con el Estado, concepto cuyo desarrollo había
retomado, desplazándolo hacia la crítica de la Economía Política que debía ser,
en su culminación, una crítica del Estado.
No es
tan sabido -ya que las enseñanzas de Isaak Rubin fueron víctimas de la
conspiración del silencio- que la teoría de la forma del valor, que Marx esboza
en los Grundrisse y expone en la Contribución y en El Capital, supera
radicalmente todos los escritos económicos previos tanto de sus predecesores
clásicos cuanto -añadimos- del
propio Marx. Poco o nada se ha reflexionado sobre la validez de la obra de Marx
en sus propios términos, de acuerdo con sus propias exigencias y con arreglo a
su propio programa. Mas he aquí que debido precisamente al carácter inconcluso
de la crítica de la Economía Política hasta donde la expone Marx, la teoría de
la "sociedad civil" permanece incompleta e irrealizada. Pues mientras
se limite a la mercancía, el dinero y, el capital, y, en suma, a la sociedad
"civil", y, por ende, al quedar omitida de su concepto la relación
esencial de la sociedad "civil" con el Estado moderno, la Economía
Política es incapaz de determinar su objeto y de comprenderse a sí misma. Finalmente,
la pregunta acerca de las transiciones ocultas en el capital se vuelca
nuevamente sobre los desarrollos verificados en la estructura del capital desde
la publicación del primer tomo de El Capital y de la consiguiente
transformación de la sociedad.
Y lo
primero que se replantea es el comienzo: la mercancía considerada como forma
general del capital diferenciado no
es la misma que Marx estudia como la forma simple del capital en general o del
capital no diferenciado. También
aquí el secreto de la relación más simple está en su forma más desarrollada.
La
mercancía es una estructura compleja en la que el análisis desentraña las
determinaciones de sus órdenes simples. (Esa instancia analítica coincide con
un doble movimiento que parte de una representación en la que nada falta para
llegar a otra en la que se ha cancelado todo un mundo pletórico de
determinaciones, la vida en su plenitud, de modo que el saber perdió su
esencial riqueza para caer en la abstracción. Pero el saber debe mudar y ahora
lo que para el primer saber era real y verdadero es la máxima abstracción y aún
la abstracción misma; los datos de la primera verdad eran un sueño insustancial
de determinaciones yuxtapuestas, entreveradas y, en verdad, recíprocamente
ajenas, una conjunción extrínseca y accidental, un falso concreto. Por el
contrario, en este tramo o segmento del camino del saber las abstracciones a
las que se llega son momentos sintéticos en los que primero se prefigura el
saber más verdadero).
La
Economía Política clásica alcanza la dignidad de una ciencia cuando descubre y
formula los principios simples y universales de la sociedad moderna por medio
de su reducción a un orden
genérico. Lo hace al centrar su interés en la producción por medio del
intercambio, haciendo abstracción de toda otra actividad o relación social.
Pero cuando la teoría delimita este campo que ella tiene como su objeto, lo
encuentra ya recortado en el mundo empírico como resultado de un proceso
histórico. Ese orden universal, el económico, es, pues, idéntico a la sociedad
civil, uno de los ámbitos en que se escinde la sociedad moderna. Universal y,
sin embargo, específico.
"El proceso
de trabajo, tal como lo hemos presentado en sus elementos más simples y abstractos, es una actividad orientada
a un fin, el de la producción de valores de uso, apropiación de lo natural para
las necesidades humanas, condición general del metabolismo entre el hombre y la
naturaleza, eterna condición natural de la vida humana y por tanto
independiente de toda forma de esa vida y común, por el contrario, a todas sus
formas de sociedad". MARX, K., "El Capital.." Siglo XXI, pág.
223. Asimismo:
"El capital no ha inventado el plustrabajo. Dondequiera que una parte
de la sociedad ejerce el monopolio de los medios de producción, el trabajador,
libre o no, se ve obligado a añadir al tiempo de trabajo necesario para su
propia subsistencia, tiempo de trabajo excedentario, y producir así los medios
de subsistencia para el propietario de los medios de producción...".
Ibidem, pág. 282.
Al
exponer la ley del movimiento
autónomo que anima al sistema productivo y garantiza su ajuste armonioso, los
economistas fundan en ella su apología del ethos del capital, justifican en el intêret
de tous la legitimidad del egoísmo
individual, establecen la identidad entre la razón en general y toda conducta
individual guiada unilateralmente por el afán de incrementar sin límites la
riqueza privada, y dan pábulo a una visión optimista del progreso humano. La
felicidad humana deja de ser un espejismo inalcanzable pues no depende, al fin
y al cabo, del amor por el prójimo, la solidaridad, el valor cívico, el cultivo
del espíritu y la individualidad universal -virtudes todas ellas tan
desmerecidas en la sociedad civil-, sino, por el contrario, del afán implacable
del individuo en pos de su riqueza personal. ¡Sea el burgués como es, que bien
está!
Hegel
expresa su admiración por la Economía Política al reconocerle la hazaña de
comprender la plenitud de un universo innumerable de experiencias y
observaciones en unas pocas leyes simples y universales. Por eso ve en ella el
surgimiento de una nueva ciencia, criatura propiamente de la edad moderna ya
que toma por objeto la sociedad "civil". Sin retacear ese
reconocimiento y aquella admiración, reprocha a la Economía Política, empero,
el permanecer en el nivel del entendimiento y mostrarse incapaz de superarlo.
Ofrece así un anticipo insólito -y esencialmente completo- de la crítica de la
Economía Política marxiana. Crítica que será la continuación necesaria de la
dirigida contra el mismo Hegel por el joven Marx, porque, en definitiva, la
"Crítica de la Filosofía del Derecho", si bien confirma el
descubrimiento hegeliano de que la especificidad del Estado moderno proviene de
la naturaleza de la sociedad civil, confronta ese descubrimiento con la
pasividad con la que el filósofo toma -y deja- la "teoría de la sociedad
civil", y denuncia la consecuencia de esa inconsecuencia en la teoría
política y en la filosofía del derecho: el recurso a la "sofistería",
la elevación mixtificante del espíritu social al concepto hipostasiado de
Concepto.
El
joven Marx avisora una nueva perspectiva, y no se da tiempo para completar la
recién emprendida crítica de la Filosofía del Derecho, que debía serlo también,
en su proyecto, de la Filosofía y de las instituciones, y se entrega al estudio
de la Economía Política. En los escritos económicos de Marx debemos hacer una
distinción (malgré Shlomo Avineri)
entre la obra de juventud y la de madurez. La intención de interpretar a
Ricardo en clave vigorosamente radical está presente desde los comienzos, pero
recién en la "Contribución.." del año 1859, la crítica de la Economía
Política se eleva de la teoría de la sociedad "civil" a la teoría que
trata de la superación del capital mediante la investigación de su desarrollo,
transformándose de ciencia de la burguesía en ciencia del proletariado. El principio del socialismo científico,
idéntico a la teoría crítica del capital, se halla en la Contribución y El
Capital, y no antes.[50][1]
Marx inicia
su obra de madurez cuando resuelve exponer la crítica de la Economía Política a
partir del análisis de la mercancía, análisis que, subraya, presupone siempre
el predominio del capital; en otras palabras, se trata del análisis de la
mercancía del capital. Encontramos dos justificaciones de este comienzo (más
allá de la prueba mayor de su acierto, que es la estructura de la obra mayor y,
en definitiva, la teoría misma del capital): primera, que la mercancía es la
forma más general y abstracta del capital; segunda, que el hombre moderno es,
ante todo, homo mercator, y la mercancía es la forma necesaria y universal de
su experiencia social inmediata (o no mediada por la reflexión). Las dos
explicaciones son concurrentes y complementarias, pero "mercancía" en
la segunda es la mercancía "como aparece", mientras que en la primera
es la mercancía que, acorde con su concepto, se desdobla en mercancía común o
relativa y mercancía dineraria.
La
teoría del capital remite la escisión entre las esferas social y política a la
naturaleza de la mercancía, e investiga las transiciones al socialismo ocultas
en el desarrollo de las formas del capital. La línea divisoria entre Marx y los
economistas está en el reconocimiento del carácter específico del capital como
configuración histórica de la estructura productiva y, más sustancialmente, de
la naturaleza histórica de la mercancía, la figura más simple, abstracta y
general del capital pero a la vez la forma más concreta hasta el presente del
producto económico en tanto producto humano universal. Pero esta mercancía
desarrollada, desdoblada en la forma m-d, ya no es la del punto de partida;
ésta está en el comienzo y aquélla es un resultado. No se parte del principio
sino que se llega a él.
*
El
joven Marx llegó a quejarse jocosamente de que sus esfuerzos por alejarse de
Hegel lo unían más entrañablemente a su filosofía. El mismo duelo irresuelto
marca todavía la obra de madurez. Por un lado, encontramos testimonios
inequívocos del rechazo, expresado con singular énfasis en épocas alejadas,
desde los Grundrisse hasta las Glosas a Wagner, pasando por el Prólogo a la
primera edición alemana de El Capital. Por otro lado, encontramos pruebas
implícitas pero no por eso menos elocuentes de la filosofía hegeliana en la teoría
de la forma del valor y en la trabajada estructura del plan proyectado para
toda la obra. Podríamos equivocarnos y sostener que Marx usa a Hegel contra
Ricardo y a Ricardo contra Hegel, sin superar realmente a uno ni a otro. Si así
fuera, cuando Marx acusa a Proudhon de posar como filósofo ante los economistas
y como economista ante los filósofos estaría revelando el secreto de su propia
obra.[51][2]
También
nos equivocaríamos si contra esta acusación de superchería opusiéramos el
reparo de que hay una diferencia entre ambas críticas marxianas, la de la
filosofía especulativa y la de la Economía Política clásica. La dirigida contra
Hegel es la denuncia de una mixtificación; consiste en pretender que el
concepto simple y abstracto extrae de sí mismo la concepción de un todo
concreto desarrollado (como el barón von Münchausen, el mamarracho hipostático
que sale del pantano halando de sus propias barbas). La dirigida contra
Ricardo, por el contrario, advierte acerca del carácter inconcluso de una obra
que reconoce científica. Marx fustiga a los economistas clásicos porque éstos,
al estudiar la mercancía y el dinero, no supieron comprender el fenómeno en
cuanto fenómeno, no fueron capaces de remontarse desde el contenido hasta su
forma necesaria. Pero lo hace a partir de la exposición y la adopción de los
resultados alcanzados por estos mismos autores. Su crítica es severa pero
intrínseca y transformativa. Les reconoce el mérito de haber reducido la forma
del valor a su contenido, revelando así la articulación interna y la ley
general del sistema económico en la sociedad moderna, y sólo les reprocha no
haberse atenido rigurosamente a los principios descubiertos y expuestos por
ellos mismos. En un caso, el rechazo extrínseco, lapidario y sin atenuantes,
apenas matizado con una aceptación reticente y circunstancial de la jerga. En
el otro, la minuciosa recensión, la aceptación plena y sin reparo del
contenido, consecuente a tal punto que lo desborda.
Erramos,
en efecto, si permanecemos en esa interpretación. Basta para salir de ella
recordar que en la aceptación del contenido fundamental de la Economía Política
Marx permanece fiel a la sustancia y a la letra de la Filosofía del Derecho, en
la que Hegel realiza la misma celebración de esa ciencia que califica como la
más propia de la época moderna y a la que consagra como la "teoría de la
sociedad civil". Pero pasa de esta fidelidad, si se quiere, pasiva, a una
adhesión activa cuando (décadas más tarde) emprende El Capital como una
investigación que (por medio de una sucesión de transiciones eslabonadas: del
valor a su expresión, del equivalente simple al dinero, del dinero al capital,
del en sí del valor a su para sí, etc.) ha de elevarse de esa "sociedad
civil" al Estado, para rematar en una concepción científica de las
condiciones históricas en que la superación del capital mediada por
transiciones que, sostiene, pertenecen al desarrollo necesario del propio
capital, tórnase real. El autor no sabe de antemano cuáles son esas
condiciones, porque si así fuera se limitaría a anunciarlas y el intrincado
desarrollo de su obra sería superfluo. Pero tampoco las ignora, ni se limita a
entreverlas en barruntos intuitivos, sino que el principio que se obtendrá como
resultado está claramente anticipado y expuesto en el comienzo, y da cuenta
precisamente de la elaboración de este comienzo y del plan de la obra en su
conjunto y en su detalle. El concepto envuelve el objeto y capta sus relaciones
antes de apropiarse de él. Este autor, que durante toda su carrera tanto
denuesto ha lanzado contra el método especulativo, no se ha limitado a
rechazarlo sino que lo ha superado, desplegándolo en el todo y el detalle de su
investigación del capital.
El
momento genético especulativo resalta de entrada en la Primera Sección: la
transición de la mercancía primera o inmediata a la mercancía diferenciada se
realiza por medio de la génesis del dinero, la cual es, a la par, la
consecuencia necesaria de la naturaleza de la mercancía y la condición de su
desarrollo.
Hay dos
ubicaciones desde las que resulta inalcanzable el aporte original de Marx. Una,
la que rechaza lisa y llanamente ese momento especulativo; otra la que
-llamándolo dialéctico- lo "eleva" (degrada) a método, vaciándolo del
contenido particular distinto que exige la dialéctica. Dos lectores que
respectivamente adoptan estos puntos de vista advertirán, ambos, que Marx
adhiere a la teoría clásica del valor trabajo, y podrán apreciar el trayecto de
la exposición de lo simple a lo desarrollado, de lo abstracto a lo concreto.
Pero al segundo se le escapará (como a Wagner) la diferencia entre este paso de
Marx y un método especulativo abstracto, y al primero se le esfumará (como a
Paul Sweezy, a Maurice Dobb, a Ronald Meek, a Ernest Mandel) la diferencia
esencial entre la teoría marxiana de la forma del valor y la teoría clásica del
valor trabajo.[52][3]
*
Debemos
interpretar que arranca de la noción intuitiva de mercancía y procede a la
crítica o al desarrollo de su concepto; pero su análisis sigue los pasos de
Smith y de Ricardo, identifica los "factores" de la mercancía, el
valor de uso y el valor de cambio, y penetra en la naturaleza y determinación
cuantitativa del valor, que resulta representar cantidades determinadas de
trabajo social. Si esto fuera todo, podría afirmarse, como lo hace Sweezy, que
el método de Marx es el abstracto deductivo de los economistas clásicos
ingleses, que procede por aproximaciones sucesivas. Añádase a esto que también
es materialista, histórico y dialéctico, y se concluirá con Lukács y con Sweezy
que el sello distintivo de Marx -por tanto, de la ortodoxia- está en el método.
(A lo que se podría todavía añadir calificativos como riguroso, científico,
filosófico, etc.). No es que no se diga nada, pero es demasiado y demasiado
poco; porque la dialéctica es dialéctica del concepto (cfr. VÁSQUEZ, Eduardo
"Ensayos sobre dialéctica") y la esencia del concepto es su
determinidad. El movimiento que importa es el que esos autores omiten, ora
porque lo ignoran, ora porque creen comprenderlo en la calificación de dialéctico.
Movimiento que no es otro que el de una
de las dos expresiones de valor contenidas en la relación de valor.
Dos
seres inmediatos y recíprocamente externos no son por un lado el fruto y por
otro la semilla. Ni el género, verdadero sujeto, se objetiva en el individuo,
ni es éste el ser real y aquél una sombra en su pensamiento y nada fuera de él.
La forma mercantil del valor revela la naturaleza del dinero como consecuencia
de la naturaleza de la mercancía. Se trata ni más ni menos que de la génesis
del concepto de mercancía, y en ningún momento se confunde la serie que va de
las formas inmaduras a las diferenciadas con una secuencia cronológica natural
ni histórica.[53][4] (La forma simple del valor
presupone la mercancía como relación productiva excluyente, la forma total o
desarrollada es la expresión del valor de la mercancía dineraria, la forma de
equivalente general es la propia de la comunidad de las mercancías comunes). El
todo desarrollado no se deduce de sus elementos, de sus estructuras más simples.
La elaboración de su concepto tiene a la par como condición y como resultado la
comprensión de cómo y porqué a cada fase del desarrollo corresponde una forma
que al alcanzar su perfección ha de desmoronarse realizándose en otra.
"La
anatomía del hombre es una clave para la anatomía del mono. Por el contrario,
[?] los indicios de las formas superiores en las especies animales inferiores
pueden ser comprendidos sólo cuando se conoce la forma superior. La economía
burguesa suministra así la clave de la economía antigua, etc. Pero no
ciertamente al modo de los economistas, que cancelan todas las diferencias
históricas y ven la forma burguesa en todas las formas de la sociedad. Se puede
comprender el tributo, el diezmo, etc., cuando se conoce la renta [capitalista]
del suelo. Pero no hay por qué identificarlos... En consecuencia, si es verdad
que las categorías de la economía burguesa poseen cierto grado de validez para
todas las otras formas de sociedad, esto debe ser tomado cum grano salis". No como el coronel Torrens, quien
"descubre en la piedra del salvaje ... el origen del capital". El Capital, pág. 223. "La
definición de Aristóteles [el hombre, animal político] es, en realidad, la de
que el hombre es por naturaleza un miembro de la ciudad [griega clásica]. Esa
definición es tan característica de la Antigüedad clásica como lo es de la
yanquidad la definición de [Benjamin] Franklin, según la cual el hombre es por
naturaleza un fabricante de instrumentos". "El Capital", pág.
397. (Los añadidos entre corchetes son nuestros, P.L.)[54][5]
[El
momento biológico en abstracto]
El
primer término del falso silogismo de las categorías económicas es la sociedad
animal. Ella presenta una profusión de conductas "«altruistas»" y de
relaciones de "«reciprocidad»". Los etólogos trabajan en la
dilucidación del significado biológico de los comportamientos
"«altruistas»". Adoptemos su punto de vista y consideremos un animal
que se alimenta con el cuerpo de su víctima. Obviamente, el depredador sobrevive
y la presa sucumbe, pero este desenlace no da cuenta del éxito adaptativo de
uno y otro individuo, [55][6]que se cifra y dirime en la
supervivencia de sus respectivos descendientes y otros conespecíficos
portadores de una parte de su misma dotación genética.
En ciertas
circunstancias (v. gr. un rebaño huyendo de una jauría), la muerte de un
individuo adulto puede brindarles a sus hijos o a congéneres de linaje próximo,
la oportunidad de evitar el acoso de un depredador (en el mismo ejemplo, al
demorar a los perseguidores). El altruista o el héroe sacrifican su vida y al
hacerlo optimizan su egoísmo genético ("variable objetivo", en
sentido figurado). Los etólogos inquieren acerca del valor adaptativo de una
conducta heroica o altruista y descubren la vara con que ha de medirse el éxito
biológico en general. Los rasgos hereditarios del individuo exitoso le
sobreviven en su prole pero también -y éste es el punto- en la de sus
"«parientes»" consanguíneos.[56][7]
Así,
pues, en un comienzo era el sexo, el vínculo primordial, entrañablemente
estrecho y eternamente renovado, la relación productiva en ciernes. Un
individuo favorece sistemáticamente, por medio de una actividad determinada, la
supervivencia de otro individuo y mantiene esta conducta en ausencia de retribución,
es decir, sin que para su continuación o repetición de actos con probabilidad
significativa de tener igual efecto esta conducta requiera ser realimentada por
una actividad del segundo individuo favorable a la supervivencia individual del
primero. Así, pues, la relación productiva primordial no es todavía producción
porque no es recíproca. Pero en esa unilateralidad en la que es menos que
producción, es también más, porque en su actividad dirigida a otro el individuo
realiza inmediatamente su finalidad: al llevarla a cabo para otro el agente
activo la realiza para sí. Comprende una gran diversidad de conductas en todo
el reino animal. Los peldaños de esta relación en la escala zoológica
comprenden la inseminación y la concepción, la cópula, el cortejo, el
"«regalo nupcial»" de arañas e insectos machos a su pareja sexual, el
desove y el cuidado de los huevos inseminados de padres ovíparos, la parición
en madres vivíparas, la alimentación y protección de las crías de pichones y
cachorros, el amamantamiento ... A esta escala que llega a los mamíferos
pertenecen el altruismo y la heroicidad de centinelas y "«kamikases»"
que se arriesgan o sacrifican para proteger su grupo (cardumen, bandada, horda,
majada, piara, jauría) con probabilidad de estar compuesto con descendientes,
hermanos o primos, portadores de igual simiente e incluso especímenes no
consanguíneos pero "«inversores»" comprometidos en el mismo linaje.
Tales muestras de "«altruismo»" heroico serían entonces la expresión
de un egoísmo genético consecuente.
Que, sin menoscabo de la valía del valeroso, perpetúa su figura.
El
egoísmo genético es altruismo particular.[57][8] Este ser viviente abstracto,
un organismo biológico sin más determinación que la de ser multicelular y
sexuado, alcanzará aún más plenamente la finalidad de su egoísmo genético
individual mediante la conducta opuesta al altruismo particular, a saber, el
altruismo incondicionado universal. Pero el altruismo incondicionado tendría
sentido adaptativo para un individuo únicamente si todos sus conespecíficos lo
practicaran. (Si el imperativo de la razón kantiana garantizara la observación
del precepto moral). Para alcanzar el beneficio infinito de esa virtualidad una
epecie biológica deberá emprender el largo camino evolutivo que en la nuestra
desembocó en la antropogénesis para encontrar en ella un nuevo punto de
partida; larga secuencia de pasos intermedios consistentes cada uno en una
compleja interacción entre nuevas transformaciones biológicas, ambientales y
sociales.
La
adopción de la vía sexual y consiguientemente del altruismo particular es, en
retrospectiva, la superación del egoísmo absoluto o inmediato. Ahora, el
desarrollo de este nuevo principio tiende también a su superación.[58][9]
La
extensión del altruismo particular a conespecíficos no emparentados se ve
facilitada por ciertas transformaciones anatómicas necesarias para la
perfección del egoísmo genético exclusivo, el principio trascendido. Son las
que permiten el reconocimiento de hijos, pareja sexual, "«parientes»"
directos (hermanos, primos, sobrinos, nietos); de conespecíficos asociados al
individuo por haber "«invertido»" en la misma prole (la pareja
identificada, consuegros, yernos, nueras, abuelos, "«tíos
políticos»", etc.) y, finalmente, de individuos aliados o subordinados. En
suma, de "«parientes»", "«familiares»",
"«amigos»" y "«servidores»" (VI, Hobbes); palabras que, en
este contexto, se despojan de su connotación antropomórfica y se toman en su
acepción más abstracta. El reconocimiento primordial, el de especímenes
"«familiares»" y "«parientes»", tiene como contraparte la
sistemática agresión contra rivales y extraños en general, y, en particular,
toda la gama de la discriminación contra crías ajenas: desde el rechazo y la
negación de alimento (focas hembras) hasta el filicidio (leones machos). Cada
individuo trabaja para otro especimen no "«pariente»" y al hacerlo
niega su egoísmo genético pero lo afirma (niega esa primera negación) porque y
en tanto el otro trabaja para él. El egoismo genético, que se había desarrollado
como altruismo particular (aves, mamíferos), sufre una nueva transformación
hacia la reciprocidad (egoismo mediado por el altruismo condicional). La nueva
extensión de la actividad dirigida a un otro no "«pariente»" se
fijará como conducta específica en función de la probabilidad de que el
individuo favorezca con ella la supervivencia de sus propios
"«parientes»". Esta probabilidad puede verse favorecida en ciertos
comportamientos colectivos en los que la reunión y la acción conjunta de un
número umbral de individuos favorece la probabilidad de supervivencia de ellos
y sus descendientes. Una jauría de hienas puede sitiar a una leona y arrancarle
la presa, poniéndola en fuga (cooperación). Un cardumen puede ofrecer a los
peces más próximos a un depredador posibilidades de ocultamiento mediante
rápidas maniobras de permuta y transposición con otros individuos que navegan
en cursos algo más alejados, complicando y eventualmente frustrando al cazador
en la delicada maniobra de la persecución y ataque. La simple reunión y mera
proximidad o contigüidad de numerosos individuos en determinadas circunstancias
puede mejorar la probabilidad de reproducción (inseminación, apareamiento,
cortejo), alimentación o defensa. Este condicionamiento recíproco, todavía extrínseco
y fortuito, constituye el campo en el que por medio de nuevas adaptaciones
orgánicas se desarrollará la reciprocidad (v. infra). Para ello es necesario
que el especimen singular desarrolle una escala de aptitudes que se elevan en
complejidad desde la capacidad de identificar otros individuos, llevar un
registro de sus acciones, evaluar sus conductas, distinguir y anticipar sus
reacciones ante la propia acción, intuir sus intenciones, sopesar su lealtad...
Su
"«lealtad»"... Estos conceptos presentan dificultades debidas a que
el lenguaje está cargado de connotaciones antropomórficas en general y propias
del capital en particular, así como la terminología económica incluye vocablos
que retienen significados biológicos ("circulación", etc.). Indicamos
con comillas dobles algunas de las palabras que correponden a categorías
sociales o económicas tomadas en su acepción etológica. En el caso del
comportamiento de un animal hacia sus "«parientes»", reteníamos la
identidad de esta estructura con la familia humana a la vez que recordábamos -o
anticipábamos- la diferencia. Ahora bien, si el animal se conduce como un pater familias burgués, ¿porqué no ha
de cavilar propiamente como un homo
oeconomicus a la hora de sopesar los términos de sus dilemas evolutivos?
Pues incluso aunque carezca de la facultad de aplicar las tan aceptadas
técnicas de la ingeniería de proyectos (la tasa interna de retorno, el valor
actual neto, la relación beneficio-costo), y si, en cambio de ello, sus
apuestas evolutivas son ciegas y aleatorias, cada adaptación o
"«inversión»" que realiza una especie en una opción evolutiva
determinada será "«castigada»" con un "«costo»" energético
y de especialización u oportunidad y "«premiada»" con un "«beneficio»"
evolutivo. O bien, la convalidación evolutiva de esta conducta requiere y
confirma su ventaja individual en términos promediales y probabilísticos.
Parece inevitable añadir que el éxito de una adaptación exige -y demuestra- un
aumento proporcionalmente mayor, o una disminución proporcionalmente menor, de
los beneficios que de los costos, una relación entre los primeros y los
segundos más que unitaria, pero de inmediato surge que ese corolario es o una
tautología o un sinsentido. Lo primero si el beneficio es la supervivencia y el
costo la extinción, lo segundo si la referencia a un coeficiente unitario
implica a) que por un lado los costos y por el otro los beneficios anteriores y
posteriores a la adaptación y al cambio ambiental son directamente comparables,
y b) que costos y beneficios son idénticos en sus cualidades y conmensurables
(como cuantos de trabajo mecánico, energía, ajustados por probabilidad), y/o c)
que los costos, por su lado, y los beneficios, por el suyo, son magnitudes
cardinales.
Esta
cuestión evoca las cavilaciones Edgeworth, Slutzky, etc. sobre el carácter
cardinal u ordinal de las utilidades. Independientemente del (negado) acierto
de las soluciones que estos autores ofrecen y otros muchos acogen como
verdaderas, cabe preguntar si pertenecen a la ciencia que estudia las formas
históricas modernas de la producción humana. La pregunta no merece respuesta,
pues es retórica.
[El don o la reciprocidad personal
diferida]
En la
obra de Marx la naturaleza de la mercancía se centra en el carácter indirecto
de su producción. Su especificidad la contrapone, como forma de producto que es
objeto de intercambio, a las formas de producción directa y no como mercancía a
otras formas de intercambio de productos. Empero, esta afirmación debe
matizarse recordando que Marx hace referencia a formas de intercambio no
mercantiles. En el Capítulo II de El Capital advierte contra el error de
confundir el intercambio de mercancías con el intercambio directo de productos.
En el mismo contexto alude al intercambio de productos entre comunidades.
Comencemos, pues, por seguir a Marx en la caracterización de la mercancía
considerada como producción indirecta. Luego presentaremos la noción de don (en el sentido de Marcel Mauss), y
mostraremos que este concepto, al contraponerse al de Mercancía, lo
complementa.
Los
Grundrisse ofrecen una exposición de las configuraciones históricas de la
producción tal como las concebía Marx poco antes de 1959, año en que publicó la
Contribución, que contiene la primera exposición de su teoría de la forma del valor,
donde anticipa sus principales descubrimientos sobre la naturaleza específica
de la mercancía, que expondrá años después en la Primera Sección de su Das
Kapital. Encontramos tres grandes estructuras de la producción humana. La Forma I es la producción basada en la
dependencia personal, que ha sobrepasado ya el círculo más estrecho de la
comunidad primordial fundada en la relación biológica. La esfera de la
producción permanece restringida al ámbito del poder personal y extendida por
medio del dominio indirecto. La Forma II
prescinde de la dependencia personal y la reemplaza por la dependencia de las
personas respecto de las cosas. La esfera de la producción se torna universal,
desbordando los límites de toda sociedad particular. Esta forma es la que prevalece
en la presente época histórica. La Forma
III es la asociación de personas libres, y pertenece al futuro, ya que se
tornará posible y a la par necesaria como consecuencia del desarrollo de la Forma II.
La Forma II es la relación mercantil. Se
contrapone a la Forma I pues en esta
última el trabajo es directamente social y en aquélla sólo lo es de modo
indirecto. Este carácter es allí incondicionado y ex ante, aquí condicionado y ex
post. La producción es directa donde coincide de inmediato con la ejecución
del trabajo y éste es, por tanto, inmediatamente social. En la producción
mercantil, por el contrario, no basta que la labor productiva se lleve a cabo
materialmente para que el trabajo cobre realidad en cuanto social.
*
A
partir de cierta fase evolutiva en una población de animales la reciprocidad
involucra reconocimientos biunívocos entre grupos e individuos. La reciprocidad
es compatible con la igualdad pero no
la presupone ni excluye la dominación. Una forma elemental de
reciprocidad entre individuos emparentados y no emparentados es el harén de un
macho dominante con varios machos serviles de jerarquías inferiores que esperan
su oportunidad de reemplazarlo o de copular oportunísticamente; otra estructura
se caracteriza por la formación de bandas de individuos del mismo sexo que
favorecen las actividades sexuales de sus miembros defendiéndolos de la
agresión de patotas rivales (mandriles); otra es la cooperación, eventualmente
estacional para la caza y la defensa de presas mayores contra rivales
conespecíficos o no (leonas), o la integración de patrullas para la defensa
territorial (hembras gorila).[59][10]
Lo
distintivo de esta conducta no se cifra única ni principalmente en la
cooperación grupal ni en la solidaridad activa de un individuo con otros a los
que alimenta, protege, defiende, desparasita o ayuda de modos diversos; tampoco
en que el individuo puede llegar a favorecer a especímenes conespecíficos no
emparentados y por tanto la supervivencia de linajes distintos del propio. En
ausencia de reciprocidad, esa extensión es aleatoria e indiscrimindada (como
cuando el defensor "heroico" salva del ataque de depredadores a un
grupo de conespecíficos con el que la probabilidad de parentesco genético es
signficativa). En la reciprocidad la conducta solidaria pierde ambos
caracteres, deja de ser accidental o fortuita y se torna discriminada. No
presupone una solidaridad universal: el individuo ayudará a determinados
congéneres y rehusará ponerse en trabajos y riesgos en favor de otros. Discriminará
de acuerdo con su esperanza en obtener de su favorecido una contraprestación
retributiva oportuna y adecuada, preservando la finalidad biológica primigenia.
Pero esta diferenciación requiere una inteligencia evolucionada. Las
adaptaciones biológicas que pusieron el sello del género humano en nuestros
antepasados remotos nos especializan biológicamente para la reciprocidad y por
tanto para el intercambio. Las mismas aptitudes que perfeccionan la solidaridad
genética particular (identificar las crías propias y los parientes) permiten
trascender la solidaridad genética particular.
*
Marx
encuentra en la figura histórica más desarrollada el secreto de la más
incipiente. [60][11]El análisis de la mercancía
revela en ella su significado adaptativo: es
la primera forma evolutiva de la condición humana en la que la producción es
objetivamente universal. En este desborde de todo localismo insiste
elocuentemente Smith y, vigorosamente, Marx. Si contraponemos, empero, la
mercancía con el intercambio de productos no mercantil, como el don,
vislumbramos la huella que viene desde el mundo animal, a través de la
evolución de la reciprocidad entre conespecíficos no emparentados
genéticamente. Debemos celebrar el éxito adaptativo de nuestros antepasados,
pero también algunos de sus fracasos inmediatos: nuestra peculiar evolución se
vio favorecida por nuestra relativa incapacidad (propia de los primates pero
no, p. ej., de los ratones) para distinguir el propio linaje, y por la
habilidad de aquellas hembras primigenias que aprendieron a engañar al dueño
del harén ocultándole la filiación de los cachorros de otros padres.
Una
facultad de los individuos necesaria para la reciprocidad es la de distinguir
la identidad de sus conespecíficos, evaluar sus acciones y reacciones... ¡y
recordarlas! Para ello hace falta un talento sutil y siempre raro. El macho
dominante en una sociedad de primates, lo mismo que el jefe político o militar
en una sociedad humana, cifra su éxito en la aptitud para distinguir entre sus
subordinados los amigos de los enemigos. Nuestras capacidades adaptadas para la
relación productiva primigenia nos hacen propensos al agradecimiento y a la
venganza, nos mueven a procurar la lealtad de otros y a precavernos de sus
ofensas. Hobbes habla del hombre rico que mediante dádivas y favores logra
amigos leales y servidores fieles.
Tiene
que haber a la vez proximidad y distancia entre individuos que entran en una
relación de reciprocidad. En el don,
el donatario se compromete a una prestación adecuada, pero la difiere; en
prenda de su compromiso debe ponerse en manos del donante (o pone en sus manos
una prenda), pero es él quien se queda con el bien que lo obliga. La tensión se
resuelve transfiriendo al objeto la identidad y el poder del donante, reforzado
y asistido por la protección de individuos superiores y poderosos, vivos o
muertos; en virtud de esta protección, la identidad y el poder del donante se
revisten del carácter de lo mágico.
En la
relación de reciprocidad de prestaciones humanas
que conocemos como don, los objetos
del intercambio no son seres inertes y meramente materiales sino
corporizaciones diversas del alma de los participantes y de los espíritus de
sus parientes fallecidos y de ciertas fuerzas (naturales) de carácter más
general en cuanto su personalidad es más difusa (deidades ctónicas). El
intercambio entre los hombres forma parte de sus respectivas transacciones con
espíritus y poderes que se tienen y son tenidos como partes interesadas. El
regateo entre los participantes vivos se entrevera con el rito que apunta a
fuerzas propicias o maléficas. La contraprestación por la que el donatario se
libera no es la cancelación de una deuda sino más, el libramiento de un
hechizo. En la trama de obligaciones mutuas que se concreta en el otorgamiento
del don y su posterior anulación,
opera la eficacia mágica.
La
unidad natural-social se transforma en social-natural. El principio de
reciprocidad, que niega y conserva el del parentesco biológico, está a su vez
superado en la unificación difusa del mundo que se produce en el elemento
mágico. La circunstancia que concita la necesidad del elemento mágico es que,
en cuanto a su concepto, el don se
entabla entre individuos no emparentados. El horror ante el extranjero se
atempera incorporándolo y tocándolo, convirtiéndole en una especie de pariente
mediante un pacto solemne, incluyéndole en un ritual, intercambiando prendas
que los aliados llevarán sobre sus cuerpos, armas, herramientas, animales,
talismanes, hijos, mujeres y otros bienes propicios para sellar el vínculo
fraterno. El pensamiento sobrenatural tiene todavía el sello del pensamiento
natural. La magia es un barrunto de la unidad del mundo como actividad humana.
Esta totalidad es difusa, directa, indiferenciada. Propios y extraños traban
vínculos de lealtad recíproca, y los parientes más poderosos de los aliados,
principalmente los muertos, se corporizan en los objetos entregados para velar
por los intereses familiares y supervisar los actos y acaso las intenciones del
donatario. En una sola trama se entreveran propios y ajenos, muertos y vivos,
animales, cosas y personas, poderes humanos, fuerzas naturales, poderes y
fuerzas sobrenaturales. A la vez, pertenece a la esencia del rito mágico -y del
mágico religioso- el que los participantes no lo distingan de las artes
prácticas, como las relativas a la medicina y a la caza (hacer, hecho,
hechizo). En un comienzo era el verbo. [61][12]La magia tiene su elemento en
esta confusión y en ella florece "el espíritu del don".
"La
magia es el campo de la producción pura, ex
nihilo... El arte de los magos sugiere los medios, amplía las virtudes de
las cosas, anticipa los efectos... La historia de las técnicas nos enseña que
entre ellas y la magia hay unos lazos genealógicos". MAUSS, M.
"Historia y fuente de la magia", pág. 149. La magia, añade, ha
brindado sostén a la técnica "prestando su autoridad y eficacia en los
ensayos prácticos pero tímidos que hubieran sido un fracaso sin ella". El
rito mágico es a su vez una técnica para fijar y transmitir las artes prácticas
y encierra un reservorio de experiencias y principios, "un tesoro de
ideas". En particular, "algunas técnicas de objetivo complejo, de
acción insegura y de método delicado como son la farmacia, la medicina, la
cirugía, la metalurgia y la esmaltación (estas dos últimas, herederas de la
alquimia) no hubieran podido sobrevivir sin el apoyo de la magia".
En las
instituciones propias del don, la
contraprestación se demora y, con ello, el nexo social se prolonga en el tiempo
y se extiende en el espacio, pero siempre en los límites biológicos del
reconocimiento entre donante y donatario. Estos límites fueron ampliándose por
medio de adaptaciones biológicas y culturales, hasta que una forma de
intercambio radicalmente opuesta al don
los hizo estallar definitivamente, tornando inútiles y superfluos sus
elaborados perfeccionamientos milenarios (biológicos y culturales). La
mercancía pone y presupone (premisa y resultado) la eliminación de todo otro
nexo social, de toda relación directa de producción o de dominación, de todo
fetichismo que no sea objetivo.
Como
forma específica del intercambio, la mercancía es, en todo, lo contrario del don; éste es una relación particular y
personal, aquélla universal e impersonal; mientras la esencia del don es la prolongación en el tiempo del
nexo social, la mercancía es una relación productiva evanescente; en tanto en
el don se exige una prolongada
demora en la devolución, la mercancía requiere una contraprestación instantánea
o -en su defecto, con igual inmediatez- la documentación formal de la
obligación contraída. En la estructura del don
la riqueza es poder, a condición que se provea con liberalidad. La mercancía es
"purchasing power", y ésto únicamente en su contrafigura dineraria.[62][13]
Smith
tiene razón contra Hobbes si se trata de la mercancía, de la sociedad civil,
desencantada y contrapuesta al Estado; y Hobbes contra Smith si se trata del
intercambio de dones, donde tal contraposición es incipiente o nula. Smith
confunde en un masacote indistinto el trabajo general, productor de valor
mercantil, con el trabajo humano en general, la mercancía con el producto, el
intercambio de bienes con el mercado, la gestión del empresario de la
manufactura capitalista escocesa dieciochesca con pulsiones inherentes a la naturaleza
humana, el comportamiento social del propietario de mercancías con la
propensión a trocar una cosa por otra que supone esencial a nuestra especie
biológica. Mas a la vez este naturalismo es desbordado por un atisbo de
comprensión sobre el salto adaptativo (discontinuidad en la continuidad) que el
intercambio de productos generalizado representa en la historia natural. La
división universal del trabajo social es la sociedad universal, que ha roto los
estrechos límites naturales del parentesco y el don.[63][14]
*
En
efecto, para comprender acabadamente la historicidad de las categorías
mercantiles hay que tomar la mercancía en su figura más desarrollada, como
mercancía del capital. Y no del capital en general, sino del capital, a su vez,
histórico, sometido por su propia ley a un desarrollo transformativo.
La
Economía Política ordinaria (sea en su forma "vulgar" o neoclásica),
que desconoce esa estructura y ese desarrollo, y capta la mercancía apenas como
bien que se intercambia, no alcanza a comprender esa historicidad, ni siquiera
reducida al aspecto desvanecidamente lógico (abstracto) de
"especificidad". Sin embargo, la mercancía, incluso para el punto de
vista ingenuo que la toma en su primera determinación, muestra su diferencia
específica, en contraste con otras formas de intercambio de bienes, por simple
comparación extrínseca. Mientras, v. gr. el don (en el sentido de Marcel Mauss) obliga al donatario a una
contraprestación futura e indeterminada, entablándose por consiguiente un
vínculo de lealtad o gratitud que perdura en el tiempo, la mercancía al contado es un nexo impersonal,
evanescente. "Lealtad", en el contexto de la mercancía, no tiene el
sentido de comunión o fidelidad a una persona sino de respeto a una norma
supuestamente universal, no de honor sino de honorabilidad u honradez. Al igual
que en la mercancía, en el don, el
"potlach", la dote (en el marco de las instituciones regulatorias de
la exogamia), y otras formas de intercambio, se sobrentiende que toda
transferencia de bienes entra en una malla de relaciones quid pro quo entre
individuos no consanguíneos que prolongan las relaciones más arcaicas de ayuda
incondicional (como el cuidado parental de cachorros y pichones); las cuales,
en el desarrollo mercantil, corresponderán respectivamente a las esferas
circunscriptas de la producción y el consumo. (El ámbito del "altruismo
particular", la familia, contrapuesto al "egoísmo universal", la
sociedad civil). Incluso en su primera determinación la mercancía se destaca de
todas las formaciones económicas anteriores porque su esencia es la
universalidad basada en la ajenidad e indiferencia recíprocas entre los hombres
mercantiles. Se ha extinguido el maná mágico que antes conectaba el don con el mundo de los espíritus de
los vivos y especialmente de los muertos (SAHLINS, M. op. cit.). Pero la
materialidad de la relación mercantil se acentúa en la condición de que la
contraprestación debe ser instantánea y estipulada con precisión
contractualmente, ex ante. La mercancía deviene, dice Marx, un jeroglífico
social, pero en esta determinación es, todavía, algo completamente natural,
práctico, simplificado. La relación con extraños -cuando no con extranjeros-,
que era excepcional, deviene la norma, y ello requiere que el individuo se
revista de una identidad jurídica, igualmente universal, de una personalidad impersonal. Surge el
hombre escindido de la sociedad moderna, doblemente unilateral (bourgeois,
citoyen), el "individuo dieciochesco" ("Grundrisse.."): los
lazos que implican dependencia personal o incluso la vida común entre
individuos no emparentados que se reconocen y guardan memoria de sus relaciones
particulares deben desvanecerse para que predomine la relación mercantil. (El
desarrollo del capital tomará a su cargo la disolución de las relaciones
precapitalistas, aunque antes de eliminar la servidumbre y la esclavitud deba
valerse de ellas con crueldad feroz y en una escala sin precedentes).
La
mercancía en su primera determinación tiene, pues, cierta estructura, posee
características que la distinguen inequívocamente de otros arreglos históricos
de la circulación de bienes. Tiene precondiciones, antecedentes, diferencias,
estructuras, etc., pero no encierra su propia génesis: ella es, tal cual se nos
da, un hecho de la vida empírica. No ha devenido, es. Y tal es su noción: no se
llegó a ella por un camino mediado por la razón, sólo se la "sabe". Y
esto que se sabe es lo que está en el comienzo.
Retomamos
el problema de la especificidad de la mercancía, pero, ahora, desde otro
ángulo: mientras antes contraponíamos la mercancía con otras formas de
intercambio del producto social -como el don
maussiano-, aquí la especificidad de la forma mercantil surgirá del análisis de
esta forma. Las premisas de la estructura mercantil que estaban en discusión,
ahora se presuponen; el abordaje es intrínseco y progresivo tanto vis à vis conceptos y categorías
elementales de la Economía Política cuanto en su relación con la única
investigación original conocida hasta hoy sobre las formas capitalistas del valor y el plusvalor en tanto que formas. Es evidente que aludimos al "Das
Kapital"; las pocas obras posteriores que tratan de la forma del valor no
sobrepasan el horizonte de esa exposición (como en el caso de los
"Ensayos..." de Isaak Rubin) o, mucho más frecuentemente, no vuelven
a alcanzarlo.
Esa
obra ofrece la comprensión acabada de cómo y porqué el dinero es una
consecuencia necesaria de la naturaleza específica de la mercancía, al explicar
que la génesis del dinero coincide con la forma del valor mercantil y el
desarrollo de esta forma y, en verdad, es idéntica al desdoblamiento necesario
que sufre la mercancía en la expresión de su valor. En virtud de su génesis, el
dinero no se presenta como una cosa (Gegenstand) sino también como un
desarrollo procesual y un algo resultante (Enstandenes). No es, pues,
"dinero" clásico o neoclásico, que se confunde con moneda. Antes de
abordar las metamorfosis del capital, es decir, la mercancía y el dinero en cuanto
capital, Marx estudia el capital en cuanto mercancía, o la mercancía "como
la forma más general y más abstracta del régimen burgués de producción".
Desde el comienzo, en la teoría de la forma del valor (la cual tiene su
significado en una fenomenología que se levanta de la experiencia de la
consciencia del valor mercantil a la del plusvalor capital, y a la par progresa
de la economía política como "teoría de la sociedad civil" y de la
consciencia de clase meramente social a la consciencia de la acción histórica),
la obra de Marx se eleva sobre la de sus predecesores más destacados, Ricardo y
Hegel.
Marx
ofrece una exposición elaborada y explícita de los aportes de Ricardo; esa
exposición le lleva "más allá de Ricardo" y abre una nueva
perspectiva teórica en la que la Economía Política es virtualmente superada. En contraste, el tratamiento de Hegel
permanece fragmentario e incompleto. Pero la crítica a Ricardo únicamente podía
completarse a través de una crítica a Hegel, de modo que -para nosotros- el
carácter inconcluso de ésta dejó abierta la brecha por donde se produjo la
regresión ricardiana en la escuela fundada por Marx.
A lo
dicho se objetará que Marx salda sus cuentas con Ricardo ya desde el primer
capítulo del Das Kapital. Y debemos conceder que el propio autor lo proclama
así, de modo explícito y hasta contundente: reconoce a los economistas clásicos
el mérito de haber descubierto la naturaleza y la determinación cuantitativa
del valor de las mercancías, y, por ende, el contenido de las formas
mercantiles del valor, pero les critica que no fueron capaces de explicar cómo
y porqué ese contenido encuentra expresión necesaria en esas formas
específicamente históricas (mercantil y dineraria). En efecto, la teoría de la
forma del valor -expuesta en la Contribución y en la Primera Sección del Das
Kapital-, anticipa la esencia de la crítica de la economía política. Pero,
primero, Marx no se detiene allí sino que -como es evidente- dedica gran parte
del resto de la obra a consolidar la crítica a Ricardo, incluso a replantear y
resolver problemas encarados -y sólo en parte resueltos- por éste (como los más
célebres: el valor de la mercancía "fuerza de trabajo", la
"transformación de valores en precios de producción", la renta capitalista
de la tierra); y, segundo, esa crítica retorna a un terreno todavía ricardiano
(el análisis del plusvalor con prescindencia de su forma, como en el caso de
los ejemplos recién mencionados). En la economía política limitadamente
burguesa no está la forma en cuanto forma: las mercancías, en tanto y en cuanto
son reproducibles por medio del trabajo, poseen valor, y el valor de las
mercancías "gobierna" el valor de las mismas. Pero la forma mercantil
misma que el producto posee es inherente a la naturaleza genérica del producto
y no a su naturaleza mercantil específica. Esta limitación no alcanza a ser
superada por Marx.
El gran
aporte de la crítica marxiana consiste en haber descubierto la especificidad de
la forma mercantil. Su falla es que, habiendo determinado la historicidad de la
forma mercantil del valor, no alcanzó a comprender que esa historicidad
compromete radicalmente la estructura del valor mercantil. La limitación se
traslada, inevitablemente, a su exposición de la "forma o expresión"
del valor, donde procura -infructuosamente- poner en relación directa el valor
genérico de la mercancía con la forma específicamente mercantil de ese valor, y
frustra la principal consecución de la teoría del capital: descubrir en la ley
del desarrollo del capitalismo -y, por ende, del Estado Moderno-, las
condiciones de la extinción del capital y del Estado. Tal es, para nosotros, la
misión de la crítica de la economía política, y es idéntica a la finalidad
perseguida por Marx a lo largo de su carrera intelectual. En nuestra interpretación,
equivale a fundar una fenomenología de la consciencia social, en la que lo
relevante no es el enfoque de clases sino que el desarrollo de la consciencia
del proletariado encuentra un fundamento y una guía en la crítica de la
economía política. En tanto la forma específicamente mercantil del valor remite
a la forma específicamente capitalista del poder político, y recíprocamente:
guarda con ella una relación polar; la primera, empero, encierra el principio
de la segunda.
Lo
cierto es que en el centro de la compleja relación entre las obras de Marx y de
Hegel está el Estado Moderno. Sabemos que Marx se había propuesto encararlo
sistemáticamente en sus trabajos de madurez, pues en el plan trazado por él
para su obra mayor le reservaba un libro completo. Hubiera resurgido, entonces,
en el contexto de la teoría del desarrollo del capital, la Crítica de la
Filosofía del Derecho iniciada en los comienzos de su carrera. Cuando
reconocemos hasta qué punto es profunda la discontinuidad
entre el Marx incipiente y el Marx maduro, se pone cabalmente de manifiesto la unidad de su desarrollo;
únicamente teniendo en cuenta esa diferencia y esa transformación (Avineri
enfatiza la continuidad y no parece advertir el "breakthrough" que
significa la teoría de la forma del valor), las partes se iluminan
recíprocamente para nosotros. En ese marco la porción reducida pero fundamental
de esa gran concepción que el autor alcanzó a plasmar, en gran parte como una
imponente y abigarrada colección de apuntes de trabajo, nos ofrece un vislumbre
de lo que, con arreglo a ella misma, debió ser esa obra, que quedó inconclusa.
En
nuestra interpretación, el resultado principal al que arriba el joven Marx es
la necesidad de realizar la (profundización y superación crítica de la) Economía
Política para completar la crítica de la Filosofía del Derecho -y de la
Filosofía misma-; pues de otro modo sería imposible desmitificar la figura del Estado y "liberar al hombre de
ese monstruo". Es un rasgo de la personalidad de Marx el que, una vez
bosquejada la estrategia, se entregara a ella en cuerpo y alma. La medida de
sus realizaciones en el campo de la Crítica de la Economía Política debe ser
buscada en el descubrimiento del principio mismo de esta crítica, el cual parte
de un resultado que no fue alcanzado por el discipulo (Marx) sino por el
maestro (Hegel), pero que sólo aquél supo transformar en un verdadero
descubrimiento.
En
efecto, según la Filosofía del Derecho, el Estado Moderno es la realización del
altruismo universal
únicamente porque y en tanto expresión necesaria de la "sociedad
civil", concebida ésta como el imperio del egoísmo universal. (En el seno mismo de la sociedad
escindida, se conserva la Familia, reducida al ámbito estrecho y separado en el
que medra el altruismo particular,
a la par contraponiéndose a esa escisión y completándola). Así, en tanto el
Estado Moderno no se explica por sí mismo sino por la naturaleza de su figura
contrapuesta, la sociedad civil, la comprensión cabal de ésta remite a su
contrafigura necesaria e inmanente en
cuanto tal contrafigura. Ahora bien, cábele a la Economía Política el
reclamo de no haber alcanzado sus propias consecuencias: el de no haber logrado
captar la unidad esencial propia de la sociedad moderna como totalidad
escindida.
Y tal
es precisamente el reproche de Hegel a la Economía Política; reclamo presidido
por la admiración que profesa el filósofo ante la obra de Adam Smith y sus
colegas, en quienes reconoce a los fundadores de la novísima ciencia propia del
mundo moderno. Ellos han realizado -sostiene- la proeza intelectual de reducir
la innumerable diversidad empírica de la vida moderna a un principio universal
y sencillo. Alude a la ley clásica del valor trabajo. La Economía Política,
dice, es la ciencia de la sociedad civil:
he aquí su grandeza, pero a la vez su miseria, porque ninguno de los extremos
de la sociedad moderna se comprende por sí mismo. La Economía Política no puede
apropiarse del objeto que sin embargo tiene por propio -uno de esos polos- si
se limita a su figura abstracta (desentendiéndose de las relaciones esenciales
de este objeto); o, lo que es lo mismo, no alcanzarían un saber científico.
Aquí se esboza un anticipo de la crítica marxiana de la Economía Política,
todavía en una forma incipiente y abstracta que, sin embargo, abarca
globalmente el campo completo al que apunta pero no alcanza la obra inconclusa
de Marx.
Pero a
su vez la Filosofía del Derecho moderno no puede prescindir de esa ciencia sino
que tiene que encontrar en ella la causa misma del Estado Moderno. Le cabe a la
propia Filosofía del Derecho el reclamo de no haberla emprendido, habiéndola
comprendido: en definitiva, el de no haber sido consecuente con el descubrimiento realizado por Hegel de
esta tarea a la que Marx dará luego el nombre de Crítica de la Economía
Política, a cuyo desarrollo
consagrará su propia obra.
Ya lo
dijimos, se trata de una interpretación. Reconocer ese descubrimiento realizado
a medias por Hegel y hacerse cargo de él, tomándole la posta, es -sostenemos-
el resultado principal de la Crítica de la Filosofía del Derecho, y, más aún,
el de toda la obra de juventud de Marx. Mantenemos esta interpretación no
obstante reconocer que la conclusión explícita en la Crítica de la Filosofía
del Derecho es otra: el joven Marx le echa en cara a Hegel el haber inventado
un Estado ideal, supraterreno, que nada tiene que ver con el Estado empírico.
No es el de Hegel un descubrimiento sino un invento nefario, un artificio
tramposo al servicio de una mixtificación, porque el filósofo pretende hacer
pasar lo imaginado por lo verdadero, encubrir la grosera realidad del Estado
material -fuente de opresión,
desamparo e injusticia- con la adormecedora y alucinada fantasía del ente
idealizado que se tiene por la quintaesencia del Espíritu. O, ¿acaso no resulta
palmario que, lejos de ser la encarnación del interés general, el Estado
existente es casi siempre el instrumento del interés particular más mezquino?
Tal es,
en efecto, la reiterada comprobación de la experiencia: un interés particular
logra apoderarse del Estado para arrogarse legitimidad invistiéndose de la
forma del interés general. Esa comprobación y la denuncia de la falsa
representación -la mayor estafa que pueda concebirse-, empero, no refuta
nuestra interpretación sino que la corrobora. Pues el interés particular no podría invocar esa fementida representación,
bañándose en santidad una vez y otra, ni podría esa ilusión sobrevivir al
mentís invariable, contundente y recurrente de la experiencia, si el encarnar
la forma misma del altruismo universal no fuera inmanente a la forma misma del
Estado Moderno e inherente a su naturaleza; si este Estado no fuera la
encarnación de una ínsita promesa que renace de su monótono y reiterado
incumplimiento. Ello indica que ambos momentos procesuales y recíprocamente
necesarios, por un lado la forma propiamente específica del Estado Moderno por
la que éste necesariamente se
presenta como la encarnación del interés universal, por otro el secuestro
práctico de esa forma por el interés egoista, provienen igualmente de la
naturaleza específica de la sociedad civil.
Así,
pues, para nosotros, el libro titulado "El Capital.." tiene de suyo
el significado de una investigación sobre la sociedad civil que no se detiene
en ella y es, más determinadamente, una
fenomenología de la consciencia social del desarrollo y la historicidad del
capital. Una señal de este carácter, fortuita pero elocuente, es la que ya
apuntamos: según el plan concebido por el autor, la obra debía culminar en un
libro sobre el Estado y en otro sobre el comercio internacional. (Desde la
primera sección del primer tomo, el dinero es ya dinero mundial, pero el Estado
Moderno es Estado nacional, todavía un contrasentido en su propio concepto).
Se
comprende así tanto el porqué de la omisión del Estado en la teoría de la forma
del valor como su relevancia en la teoría de la forma del plusvalor.
Ciertamente en el comienzo del Das Kapital las formas dinerarias apuntan al
marco estatal, conditio sine qua non de esas formas (piénsese en la fijación de
un equivalente general como dinero, en la acuñación de la moneda, en la emisión
de moneda estatal, en la imposición del curso legal del dinero y del curso
forzoso de la moneda, etcétera). Pero las funciones diferenciadas del dinero se
despliegan en el ámbito estrecho del subsistema capitalista nacional, mientras
que en el mercado mundial prevalece, todavía, el dinero como dinero en su
unidad inmediata. (Bretton Woods, el hito que marca la separación de las
funciones del dinero mundial, anuncia que, pari passu, el Estado Moderno pierde
su carácter nacional; nos preguntamos si no pierde con él su carácter de
Moderno; o, lo que es lo mismo, si el contrasentido del Estado nacional no
tiene como sucesor un nuevo contrasentido, el de la sociedad civil "global").
No es, entonces, el Estado Moderno
la causa del dinero. Al revés, tanto el aura refulgente del poder monetario
como la forma de la universalidad con la que se atavía la majestad del poder
político en el Estado Moderno, tienen su génesis en la mercancía pedestre,
humilde, opaca y cotidiana.
*
Queda,
pues, marcado el camino por una doble pista: a) la génesis del Estado debe
buscarse en la naturaleza de la sociedad civil, b) la sociedad civil está
esencialmente constituida por la estructura mercantil. Ahora bien, el análisis
de la mercancía que lleva a cabo Marx no conduce directamente a la sociedad política sino que desemboca -antes- en
otro resultado: el dinero. Quedará a cargo de la teoría dineraria de Marx el
pasaje de la génesis del dinero a la génesis del Estado Moderno. Se trata de un
largo camino, sólo en parte recorrido en el Das Kapital, la porción escrita de
la obra proyectada. Si la totalidad se prefigura en cada una de las partes,
esto se verifica en el caso de la Primera Sección del Primer Tomo, dedicada
precisamente a La Mercancía. La teoría de la mercancía alcanza allí un
desarrollo que es a la vez exhaustivo e incompleto. Completo porque la
mercancía aparece desde un comienzo como la forma más general del capital, de
modo que su estudio es a la par el del capital en abstracto. Incompleto por una
razón fortuita y otra esencial: porque el autor no alcanzó a exponer toda su
obra y debido a que la mercancía que él investiga corresponde al desarrollo
alcanzado por el capital en la época. En nuestra terminología, que
justificaremos oportunamente, investigó la
mercancía del capital no diferenciado. Pero su resultado principal, el
descubrimiento de la forma del valor (con la que venían tropezando los
economistas sin comprenderla como forma fenoménica) inaugura la comprensión del
capital en su campo histórico completo. La teoría de la forma del valor, o de
la especificidad de la mercancía en su tránsito hacia sus estructuras más
concretas, es el momento clave de una novísima fenomenología de la consciencia
social de una clase que sólo reconoce su propia naturaleza, su desarrollo y su
potencia, proyectadas en el capital, como figura alucinante, transfigurada.
El
capital es, en general, mercancía. De suyo la mercancía es un ser inestable, lábil
y contradictorio; su realidad remite siempre fuera de ella. Asimismo es su
propietario un individuo abstractamente singular; libre de libertad (o
abstractamente libre), sin otro nexo de solidaridad, responsabilidad u
obediencia, o sin otra vinculación con el interés general, como no sea su
desvinculación, la negación de toda lealtad o finalidad que sobrepase en
nobleza y elevación al interés más unilateralmente egoísta. Pero, mediante esa
negación y debido a su carácter absoluto e incondicional y a su misma
universalidad, nace el interés común como concretamente general, cobra
objetividad y universalidad. (El individuo abstractamente singular cesa de ser
él mismo, tiene su verdad y su realidad fuera de él, en su relación; es
inmediatamente un ser aislado, un ser que no es; pero es únicamente en su
relación y por medio de ella; es unilateralmente individual, particular y
privado; es, en fin, la negación del interés común y general, pero en virtud de
esa negación, que es su medio, es existente, y es su vínculo objetivo,
universal).
Hé
aquí, entonces, la mercancía. Constituye la esencia de la "sociedad
civil"; a su vez la esencia de la mercancía es la negación universal de
todo altruismo y es esta naturaleza fundamental de la "sociedad
civil" la que proyecta en el otro polo de la sociedad escindida -el Estado
Moderno- la figura objetiva del altruismo universal. El hombre sumido en la
particularidad tiene una realidad que trasciende su existencia inmediata, pero
su realidad es virtual, y es ilusoria en tanto no se comprende como
virtualidad. El hombre escindido no se realiza: el citoyen puesto en contraposición al bourgeois, es un sueño; no un ideal sino una idealización,
que brota como necesidad verdaderamente material de la reproducción de las
relaciones mercantiles. Por eso la comprobación de que el Estado, y con él la
forma del interés común y general, son secuestradas una y otra vez por
intereses particulares, no desmiente la objetividad de esa forma sino que la
confirma y demuestra su carácter necesario.
Marx
descubre en la mercancía la clave para comprender la naturaleza del capital. No
menoscaba la originalidad de este descubrimiento el hecho de que tanto Smith
como Ricardo comienzan su exposición de la Economía Política analizando la
mercancía. Pues ambos malogran las posibilidades de este hallazgo, sin
sospecharlas. Una cosa es saber usar la llave de una puerta, y otra es
descubrir que se trata de una llave maestra que las abre todas. Smith, de
hecho, no tarda en confundir la mercancía con el capital. Ricardo retrocede
ante las determinaciones impuestas a la mercancía por el capital. El primero no
comprende la diferencia, al segundo se le escapa la unidad. Uno no sospecha, el
otro no resuelve, el problema de la transformación de los valores de la mercancía
capital en precios de producción. Pues ni siquiera Ricardo sabe detenerse en la
diferencia entre valor y expresión del valor, ni barrunta -por tanto- el
desarrollo de la forma del valor y la génesis del dinero. El dinero aparece en
los clásicos, lo mismo que en sus sucesores desposeídos, los neoclásicos,
meramente como un medio de circulación extrínseco, un invento práctico, un arbitrio técnico que facilita el intercambio
de las mercancías. La función esencial del dinero como medida general de los valores
mercantiles no es del todo desconocida para ellos, pero lo es el fundamento de
la unidad de las funciones del dinero. En síntesis: únicamente en Marx se
desarrolla el concepto de génesis del dinero y, consiguientemente, de
"dinero en cuanto dinero".
El
dinero es la medida de los valores de las mercancías, dice Smith, pero,
puntualiza, la "verdadera"
medida de los valores ("the true measure of value") es el trabajo. A
Smith se le reprocha, desde Ricardo y Marx, el uso de expresiones sincréticas,
ambiguas. Con el tiempo, esta impugnación cobra entidad, azuzada por la
"cultura de masas", favorable a un enfoque unilateralmente analítico.
De suyo, el efecto de esta presión sobre el concepto en la instancia de su unidad es devastador. En la época de
la guerra fría, el "prejuicio antiespeculativo" (Adorno) hace sus
mayores estragos entre los marxistas occidentales empeñados en lograr
honorabilidad académica entre colegas del mainstream ideológico.
Ese
empeño da cuenta de la regresión ricardiana sufrida por la economía marxista, y
compromete los aportes de sus mejores representantes. Ronald Meek (op.cit. pág.
51) encuentra una cierta ambigüedad en la expresión smithiana "medida de
los valores", que unas veces alude a la conmensurabilidad de las
mercancías y otras al valor en cuanto substancia social objetivada. Pero no
advierte que esta "dualidad" de denotación corresponde a los momentos
genérico y específico del valor mercantil.
*
Das
Kapital comienza, pues, por el estudio de la Mercancía porque ella es la forma
más general del capital. El resto de la obra confirmará cuán acertada fue la
elección del punto de partida. Para el autor, la mercancía del comienzo apunta
más allá de sí misma, es capital en potencia, o la investigación de su
naturaleza alcanza los umbrales del estudio del capital, y los traspone . Pero
en el análisis de la mercancía esto es así, todavía, para el autor y únicamente
para él.[64][1]
La
mercancía misma, tal como ella "aparece", vale decir, tomada cual
corresponde a su modo de existencia inmediato, como experiencia de la vida
práctica, es sencillamente un objeto que se intercambia o, si se quiere, un
objeto de intercambio. En tanto nos atenemos a la mercancía en ésta su primera determinación y sin otra
nota que la de bien cambiable,
su comprensión se agota en el análisis de una economía "pura" de
cambio. Hé aquí una ciencia desencaminada: hace abstracción de su propio objeto
para concentrarse en aspectos limitados que, como las sombras platónicas, se
tornan ininteligibles mientras se mantienen abstraídos de sus relaciones
relevantes. En tan estrecha perspectiva la esencia de una economía de cambio no
es la Producción y su forma históricamente determinada sino, sorprendentemente,
¡la ausencia de producción! ¿Qué les cabe intercambiar entonces a los
"individuos" de este mundo enrarecido? Respuesta: el maná milagroso.
"The distinguishing mark of an exchange economy
is the absence of production. That is, the goods available in this economy are
produced in fixed quantities by extraneous forces which then arbitrarily and
gratuitously distribute them among the individuals of the economy.
Correspondingly, the sole economic problem of an exchange economy is the
optimal redistribution of these goods among the various individuals. This is
not quite as restrictive as it first sounds; for included among these goods are
the personal services of the individuals themselves, and -in view of the
possibility of leisure- the amount of these services can vary.
For
simplicity, it is assumed that time in this economy is divided onto discrete,
uniform intervals called the «week». Each individual begins Monday morning of
any given week with an initial collection of goods which, like the manna of the
Children of Israel, has descended upon him «from the heavens» during the
preceeding night." Patinkin, Don: "Money, Interest and Prices. An
Integration of Monetary and Value Theory", 2nd. Ed. Harper & Row,
Pub., New York, 1965.
Esta
es, pues, la perspectiva que debemos trascender, no por cierto negándola extrínsecamente
sino, para empezar, adoptándola; porque, como veremos, será "útil" a
pesar de su carácter abstracto y en virtud de él, aunque únicamente en un marco
que el economista ingenuo ignora. Pasamos, pues, al análisis de la mercancía en
su primera determinación, la
de un bien que se intercambia en ciertas proporciones por otros bienes
cualitativamente diferentes. En esta abstracción la relación de intercambio de
productos no se comprende como momento de la relación productiva, apenas como
un puro intercambio.
*
La
mercancía en su modo de existencia inmediato, en cuanto cosa útil que es objeto
de intercambio, es la mercancía inmediata de la experiencia incauta. No es,
empero, propiamente inmediata, porque en esta mercancía fue eliminada la ciega
contingencia del mundo empírico al que ella pertenece y donde se comporta como
un ser siempre aleatorio y singular. Es la mercancía de la economía neoclásica,
mercancía, por tanto, ya mediada no solamente por una negación primordial que
atañe al lenguaje mismo, sino también por una abstracción necesaria o
científica, la que la economía política lleva a cabo a su manera mediante
oportunos supuestos ad hoc. El análisis vulgar no es vulgar porque procede
mediante abstracciones sino porque permanece presa de ellas. Porque no
solamente es abstracta su teoría; también lo es su aplicación.
*
Las
mercancías se intercambian -obviamente- en proporciones determinadas; oferentes
y demandantes deben ponerse de acuerdo sobre las razones de cambio, que
llamaremos "precios relativos" y hemos de suponer uniformes para cada
par de (clases de) bienes. Tomaremos el supuesto de uniformidad en su sentido
fuerte, que excluye operaciones de bienes iguales a precios diferentes no
solamente en forma simultánea sino también sucesiva en el lapso de una misma
rueda de mercado. Se supone asimismo que hay por lo menos un conjunto de
precios relativos que satisface las condiciones de equilibrio del mercado, vale
decir, tales que si ellos están vigentes se igualan las cantidades ofrecida y
demandada de cada tipo de bien. Ciertamente, los compradores demandarían
cantidades no mayores (y en general menores) a precios más altos y viceversa
(supuesto de "no inferioridad") pero, por hipótesis, únicamente se
cierran operaciones a precios relativos de equilibrio.
Aquí
tales precios dependen únicamente de las preferencias de todos los individuos y
de sus respectivas colecciones iniciales. No es así en el mundo práctico, donde
el equilibrio del mercado está supeditado, además, a circunstancias aleatorias
como la realización de operaciones aisladas a precios relativos diferentes de
los que satisfacen el equilibrio de conjunto; el mercado empírico tiende a
vaciarse a través de aproximaciones por prueba y error, pero cada
"tanteo" altera los datos iniciales y, en consecuencia, los precios
de equilibrio; esto es así debido a que antes de alcanzar la igualación hubo
transacciones y por ende alguna redistribución material de los bienes
iniciales. Para eliminar esta "distorsión", los economistas neoclásicos
acuden al artificio de suponer que un operador externo al sistema toma a su
cargo la función de presidir el proceso de prueba y error proponiendo a gritos
listas de precios ("prix criés au hasard") hasta comprobar que uno de
esos conjuntos despeja los mercados. Al concluir este "tatônnement",
sólo entonces, el"jefe de registro" declara vinculantes los contratos
de compraventa pactados, y se cierran todas las operaciones.
Esos
economistas encaran sus obstáculos con rudeza: para comprender la mercancía y
el mercado eliminan su carácter mercantil; para explicar la riqueza inicial,
anterior a la apertura del mercado, apelan a lo sobrenatural; para explicar el
propio sistema de intercambio, dan intervención a un agente ajeno al sistema.
La explicación arroja una figura tan extraña a la mercancía como las
intervenciones suprasociales que se invocan: la de una mercancía que no es
mercancía, sólo un bien cambiable al que se han añadido condiciones no
mercantiles (la libertad abstracta de los contratos privados es reemplazada por
un mecanismo de negociación colectiva, directamente social), quitándole a la
vez todas las determinaciones específicas que convierten a un objeto de
intercambio social en una mercancía (se borra la contingencia azarosa del
producto cuyo carácter social es apenas virtual, de la oferta que tanto puede
ser aceptada como quedar "fría"; en definitiva, la tribulación
esencial de la mercancía en general y de toda mercancía singular).
Esto no
significa que (por hipótesis) los precios relativos de este "modelo de
economía de cambio" puro son tales que las cantidades dadas y fijas de
bienes iniciales se transan en su totalidad: los individuos pueden reservar una
parte de sus inventarios iniciales para destinarla a su propio sostén o
disfrute. Dadas sus existencias iniciales, el homo mercator decide a la vez la cantidad de cada bien que reserva
para su propio disfrute y la cantidad del mismo bien que ofrece en el mercado,
o ambas cantidades se determinan simultáneamente, dados estos parámetros: las
preferencias de cada individuo, y las cantidades totales dadas de cada bien y
su distribución inicial (incluídos los "saldos monetarios" y activos
financieros varios). En otras palabras, los individuos realizan, además de las
operaciones de compraventa bilaterales, o verdaderas, otras que las cuentas
sociales convencionales definen con la expresión absurda de "transacciones
unilaterales", y que en el presente contexto (patinkiniano) sirven para
comprender en un todo único inmediato la circulación y el autoconsumo. Como es
obvio, la proposición sobre la igualdad de las cantidades ofrecidas y las
demandadas alude a las transacciones propiamente dichas, realizadas en el
mercado; las ofertas y demandas a las que se refiere la definición de
equilibrio son "netas", aunque su igualación implica lógicamente la
igualación de las ofertas y demandas "totales". La riqueza social
graciosamente provista por la Providencia se descompone en dos partes, la de
las transacciones unilaterales y la de las transacciones propiamente dichas. En
la primera, la igualdad de las cantidades ofrecidas y demandadas de cada bien
es una identidad absoluta, independiente de los precios relativos que fija el
mercado; en la segunda, la igualdad de las cantidades ofrecidas y demandadas se
cumple por definición, debido a que los precios relativos se suponen de
equilibrio.
El aire
a tautología proviene de la consideración unilateral de la
"mercancía", tomada sólo en una de sus determinaciones, la de cosa
útil que es objeto de intercambio. Dícese de las cantidades ofrecidas y
demandadas que ellas (dadas las colecciones iniciales) "dependen" de
la estructura de los gustos, pero ésta no tiene otra expresión que ese
comportamiento. Dícese de los precios relativos que igualan esas cantidades,
que son de equilibrio, y si éstos están vigentes aquéllas se igualan. Si no hay
demandas u ofertas insatisfechas a los precios relativos dados, luego éstos
verifican las condiciones de equilibrio. En suma, quien quiera comprar o vender
tales cantidades a tales precios relativos puede (¡y debe!) hacerlo... Esta
mercancía inmediata, la más material y, a la par, la más abstracta -mal que le
pese a la economía ingenua, que ya cree ser concreta-, es superada por la
mercancía de los economistas clásicos: por la mercancía en su segunda determinación, mediada por el
trabajo. No trata únicamente de -y con- objetos que se intercambian, sino que
los objetos (relevantes) del intercambio son, además, y en primer término,
productos sociales. (La tercera
mercancía será la negación-mediación del carácter social del producto
mercantil).
*
En la primera mercancía se disipa la
esencia social de los productos humanos y hasta su mismo carácter de productos;
las propiedades específicas de la mercancía se borran y únicamente quedan las
más abstractas. El resultado de esta reducción es la mercancía neoclásica. En
ella las propiedades específicas de la mercancía quedan ocultas por un truco
ideológico tan grosero como osado y contundente. Consiste en arrancar de la
mercancía clásica la condición genérica de ser producto del trabajo,
desbaratando el triunfo de la ciencia ilustrada sobre las doctrinas
mercantilistas. El imperio científico de los economistas clásicos, que no
llegaron a distinguir lo históricamente específico en la estructura productiva
del mundo moderno, ofrecía un flanco sorprendentemente vulnerable. Por eso el
triunfo de la regresión es tan contundente. El discurso se quiebra y reina la
oscuridad.
*
Al
cierre del mercado, el individuo, homo
mercator, sabe que su nexo social se mantendrá en estado latente y su
renovación está condicionada a los azares de la Fortuna que quieran favorecer
su próxima venta. Volverá al aislamiento de su vida privada, pero no para
entregarse a la holganza ni a la desesperación. Ni dedicará su momentánea
reclusión social a la invocación de poderes milagrosos. No sabemos si su
espíritu emprendedor y su alma práctica recibe la inspiración de la fe en lo
sobrenatural, ya que esas cuestiones son exclusivas de su fuero más íntimo,
pero él es un hombre práctico y comprende que si hay milagros éstos son
excepcionales.
Bien
podían decir los economistas que la colección de bienes con los que él se
presentó en el mercado le había caído del cielo. Lo mismo da que lo digan,
puesto que sólo a él incumbe conocer los afanes y desvelos laborales requeridos
para poner en el mercado un producto semanal. [65][2]Ahora el homo mercator debe actuar en el papel de homo laborans, ya sea en
persona, ya por algún astuto arbitrio que le permita apoderarse del trabajo de
otros y de una buena parte del producto de ese trabajo. Porque sigue siendo el
mismo hombre mercantil, pero ya vendió su mercancía, y debe hacerse de otra
para regresar al lugar de sus relaciones (sociales) de producción. De esta
suerte, vuelve a considerar esa colección de bienes que llevó al mercado y se
pregunta si le conviene programar su trabajo semanal para repetirla o para
obtener una distinta. En el lenguaje desprovisto de poesía del economista, ese
punto pertenece al cuadrante NE de un sistema de coordenadas cartesianas y por
él pasan dos líneas relevantes: el segmento de presupuesto y la línea de
transformación material o de rendimientos laborales, que representaremos
también como un segmento. Retrocedemos al Smith anterior a la "Riqueza..":
el homo mercator es un trabajador
que se comporta en respuesta al "encouragement to the labourer".
El
cuidado de nuestro homo mercator al
concluir sus transacciones es comparar su colección final con su colección
inicial. Los supuestos garantizan que la colección final será para él igual o
mejor, pero nunca peor. Pues si las dos colecciones coincidieran, o, lo que es
lo mismo, si, visto los precios fijados por el mercado, hubiera decidido
abstenerse de participar en el intercambio, estaría poniendo de manifiesto con
su conducta que para él el punto de satisfacción más alto al que puede acceder,
desplazándose por su línea de presupuesto, coincide con su situación inicial.
Si las dos colecciones son distintas, es un truismo de perogrullo que el
individuo ha preferido la segunda a la primera. (También se puede decir que las
preferencias del individuo están representadas por innumerables curvas de
utilidad, continuas y convexas al origen, tales que cada una es el lugar
geométrico de todas las colecciones de bienes que ofrecen al individuo idéntico
nivel de utilidad, y que, por tanto, le resultan indiferentes; la línea de
presupuesto corta y sobrepasa sucesivas curvas y alcanza la más alta entre las
asequibles, en un punto de tangencia que representa la colección óptima. En
jerga marginalista la colección favorita está representada por el punto de
tangencia entre el segmento presupuestario y la función de utilidad más alta
entre las asequibles; o es la que el individuo espera le depare la máxima
"ofelimidad", palabra felizmente en desuso, que denotaba algo así
como "cantidad de placer").
Cerró,
pues, el mercado. Ahora el individuo debe desempeñarse como trabajador. Aquí
todavía se supone que es él mismo, el hombre mercantil, quien se afana y fatiga
en su función laboral, y por ello este análisis es extremadamente abstracto, ya
que su objeto es la producción de mercancías simples, sin las determinaciones
del capital. Pero la verdad de la mercancía no se pierde con el paso al
capital. El productor mercantil individual es siempre la identidad entre el homo mercator y el homo laborans, y esa verdad se mantiene aunque uno y otro sean
personas distintas e incluso socialmente contrapuestas. Ahora bien, aplicando
trabajo (suyo o dirigido por él) durante una semana a diversas actividades,
puede obtener una de las diversas colecciones de productos representadas en una
función de transformación. Podría suponérsela continua y cóncava al origen
aunque no pronunciadamente curva, esto último con el propósito de enfatizar la tendencia
a la especialización; pero, para nuestro propósito, consideramos únicamente dos
tipos de bienes producidos, y tomamos la línea de rendimientos en la forma
particular de una recta que denota rendimientos constantes. Si participa en el
mercado para convertirse en productor, alcanzará un segmento de presupuesto que
tiene la inclinación de los precios relativos de cierre. El segmento de las
colecciones asequibles por intercambio pasa por el segmento de las asequibles
por trabajo directo; por un único punto de éste si tiene una inclinación
distinta o por todas si tiene la misma. El productor de mercancías escogerá el
punto de su línea de rendimientos que pertenezca al segmento de presupuesto más
elevado (el cual, a su vez, para la doctrina, le permitirá tocar la curva de
"satisfacción", "utilidad", etc., más alta).
Recapitulando,
suponemos rendimiento físicos constantes para ambos productos, en el rango de
opciones que el individuo en cuanto trabajador posee durante el lapso dado, una
"semana". Esto equivale a trazar el tramo relevante de la línea de
rendimiento como un segmento de recta; si ésta posee la misma pendiente que los
precios relativos, o, en otras palabras, si la línea de rendimiento coincide
con el segmento presupuestario, podrá alcanzar mayor el nivel de satisfacción
obteniendo para autoconsumo la colección exacta de bienes que le resulta
directamente más útil (o apetecible), sin participar en el intercambio y en
rigor, por tanto, sin producir, o bien produciendo cualquier otra mezcla y recomponiéndola
mediante el intercambio. Para los precios relativos dados, tanto le dará
alcanzar su colección favorita al modo de Robinsón, directamente, por medio de
un trabajo consuntivo diversificado, o bien adoptar cualquier otro grado de
diversificación, incluso la especialización exclusiva, y luego componer esa
misma colección mediante el intercambio.
Pero,
en general las inclinaciones de ambas rectas son significativamente diferentes.
Debido a esta discrepancia, si la pendiente de los precios es menor (mayor) que
la de la línea de rendimiento, luego el trabajador se va a especializar en el
producto representado en la ordenada (abscisa). El segmento presupuestario que
representa las combinaciones de ambos bienes a la que puede acceder por medio
del intercambio, tendrá un punto común con la línea de rendimiento y los
restantes estarán por encima de esta línea, de modo que el individuo podrá
elevarse a un nivel de satisfacción que le sería inalcanzable en ausencia de
intercambio. La diferencia entre las pendientes de ambas rectas significa que,
por medio del intercambio (como explica Smith), el individuo logra un aumento
en su ingreso real: sin trabajar más ni reducir el consumo de uno de los dos
bienes, puede aumentar el consumo del otro. El resultado alcanzado está en el
campo de la experiencia individual inmediata donde es fácilmente
"verificable". Por eso el argumento de las ventajas del intercambio
ha dado pábulo a una de las más persistentes fantasías económicas: ¡el
intercambio es fuente directa de riquezas! Los bienes manados del cielo dados
están, y -por hipótesis- el trabajo productivo no puede aumentarlos. Mas hete
aquí que tan pronto como los individuos intercambian los dones que
respectivamente les tocaron en gracia, se acrece la riqueza de todos y cada
uno.
El que
las ventajas absolutas no jueguen aquí ningún papel no significa que para el
individuo es indiferente poseer ventajas absolutas o carecer de ellas. Pues
independientemente de las ventajas comparativas, con intercambio o sin él, siempre
tendrá acceso a niveles de satisfacción más altos (bajos) cuando es mayor
(menor) el rendimiento de su trabajo.
La
ventaja de especialización del trabajador ante una configuración dada de
precios relativos concuerda con la noción clásica de ventaja comparativa. Su
principio es independiente de la relación de intercambio. Podemos dar el paso
decisivo hacia el concepto clásico de "valor-trabajo" sin perder este
talante neoclásico. Más aún, sin transgredir las premisas del análisis
marginalista, porque éste se atiene al modo de existencia inmediato de la
mercancía y es acorde con la primera consciencia práctica de la propia
mercancía. El individuo espera con certeza (aunque puede equivocarse) que en la
próxima rueda de mercado regirán los mismos precios que en la pasada,
representados en la inclinación de la última línea de presupuesto. Si
coinciden, la situación óptima alcanzada mediante el intercambio hubiera sido
también asequible para él manteniéndose aislado, sin participar en el
intercambio, y le resultará indiferente procurar nuevamente ese óptimo mediante
el intercambio, partiendo de cualquier otra situación inicial sobre su línea de
rendimientos, o bien directamente mediante una reprogramación adecuada de su
trabajo. Pero, en general, los dos segmentos tendrían pendientes
significativamente diferentes y se cortarán en el punto que representaba la
situación inicial en la última rueda del mercado. Si es necesario, el homo mercator programará su trabajo
para alcanzar la línea de presupuesto más alta y luego desplazarse por ella
para alcanzar la colección óptima. Alcanzará la línea de presupuesto más alta
mediante una especialización completa, como homo laborans, en el bien que representamos en las ordenadas si la
pendiente de los precios es menor que la del segmento de transformación, o en
el bien representado en las abscisas si la pendiente es mayor. Para decidir
acerca de mantener su especialización o cambiarla, el individuo compara las
pendientes de los precios relativos y sus respectivas líneas de rendimiento.
Había
programado su trabajo la semana anterior suponiendo que se repetirían los
precios históricos. Si no fue así, esperará, por ejemplo, que se repitan en la
próxima rueda los nuevos precios. Pero estos precios fueron distintos de los
esperados y acaso deba reconsiderar su orientación laboral. Lo relevante para
decidir acerca de una nueva programación de su trabajo no es la magnitud de las
variaciones de los precios. Si las pendientes esperadas fueron mayores (o
menores) que las pendientes de las respectivas líneas de rendimiento, y, a
pesar de haber cambiado, siguen siendo mayores (o menores), esas variaciones no
tendrán ninguna consecuencia en su conducta laboral, aunque sí la tuvieron en
su comportamiento en el mercado. Si, en cambio, la inclinación de los precios
era mayor (menor) que la inclinación de su línea de rendimientos, y pasa a ser
menor (mayor), el individuo que antes se había especializado en la producción
de un bien, se especializará en la producción de otro. La transición de la primera mercancía a la segunda está precisamente
en esta conducta del individuo.[66][3]
Ahora
consideremos el conjunto de los individuos. El mercado cerró completamente
despejado, y dadas las estructuras de los gustos, los precios que aseguran este
resultado dependieron exclusivamente de las colecciones iniciales de los
individuos (es decir, en ausencia de inventarios anteriores y activos
financieros, de uno solo de los infinitos puntos de cada uno de sus respectivos
segmentos de rendimientos). Para decirlo más enfáticamente, fueron
completamente independientes de las inclinaciones de esos segmentos. Pero esa
independencia es una ilusión que proviene de que la observación, restringida a
una única rueda de mercado, es incompleta. Tomemos varias ruedas sucesivas, y
comprobaremos que cuando la inclinación de los precios relativos se aleja de la
inclinación media de los segmentos de transformación, aumenta la oferta de los
productos encarecidos y merma la de los abaratados. Es parte de la "ley de
la oferta y la demanda", enunciada en la Edad Media, que, incluso en el
punto de vista estrechamente limitado de la primera mercancía, no se puede
ignorar.
Hemos
encontrado los principios elementales de la economía política clásica ocultos
en la formulación neoclásica más ingenua: los individuos tienden a
especializarse de acuerdo con los precios de mercado, y, en tanto éstos están
gobernados por los valores, esa especialización es acorde con las ventajas
comparativas individuales. Estas ventajas en general tienden a acentuarse
debido a que la especialización, dice Smith, favorece el perfeccionamiento de
las técnicas laborales. Así, a la par que cada individuo se esmera en alcanzar
la más alta línea de presupuesto y en ella el nivel de mayor satisfacción, y
como consecuencia del comportamiento egoísta individual, todos y cada uno se
benefician de la división social del trabajo acorde con esa especialización.
La
abstracción neoclásica circunscribe estrechamente la conducta humana a un
aspecto que no sobrepasa el orden puramente natural. ¡Ni, en verdad, lo
alcanza! El hombre económico es equiparado a un organismo que procura la
satisfacción máxima asequible de sus necesidades multiples, dada la variedad
cualitativa y la restricción cuantitativa de los medios disponibles. La
estructura de sus preferencias está fija y ya no depende de la vida social y la
acción recíproca entre los individuos. Desde este punto de vista, también
podría decirse de un animal, que maximiza con constricciones. (Alcanza diaria o
semanalmente un óptimo nutritivo escogiendo entre diversas colecciones de
bienes, con la restricción temporal de las horas diurnas, tomando en cuenta,
inter alia, que la apropiación de una unidad de cada tipo de alimento requiere
un tiempo medio no nulo). Tal conducta es, dícese, racional, de modo que la
racionalidad humana, aquí del todo extrínseca, no se distingue de la atribuible
a una lombriz. El hombre natural imaginario que se mueve sin sobrepasar la
curva de obtención de productos de su trabajo inmediato, propia todavía de la
animalidad, es esencialmente idéntico al homo
mercator, quien no sólo conserva la curva de transformación heredada de su
antecesor el sapiens sapiens, ni se ha limitado a empujarla alejándola del
origen, merced a su progresiva habilidad laboral, sino que desde ella aprendió
a desplazarse por una línea de presupuesto que le permite elevarse por encima
de la curva de transformación ancestral mejorada, y alcanzar niveles de
satisfacción que esa curva no tocaría. El individuo "dieciochesco"
procurará correr su línea de rendimiento pero no podrá sobrepasarla de otro
modo que por medio del mercado, y únicamente participa en el mercado para
subrepasar su línea de rendimiento.
Para
acentuar el toque smithiano, la diferencia de pendientes impulsa a la especialización,
la cual a su vez (al facilitar el perfeccionamiento de las labores) tendería a
acentuar la diferencia de pendientes por desplazamiento de su línea de
rendimiento en el sentido de uno de los ejes y, de mantenerse constante la
tangente de los precios, permitiría alcanzar un segmento de presupuesto aún más
alto. Ahora bien, si al aludir a ese comportamiento usamos la palabra
"ventaja", y le acoplamos la nota de "comparativa", y
decimos que el individuo posee ventaja
comparativa, la nota añadida parece completamente superflua ya que una
ventaja es siempre comparativa. La expresión clásica contrapone
"comparativas" a "absolutas", distinción que únicamente
cobra sentido al comparar valores relativos individuales (pendiente del
segmento de rendimientos) con valores relativos sociales. El resultado de sus
ventajas relativas será la especialización, y el resultado de sus ventajas
absolutas es que su trabajo individual producirá más valor por unidad de tiempo
que la media social. Cada individo es un tomador de precios y lo es dos veces,
una como trabajador que opta entre especializaciones alternativas (o grados de
diversificación) para alcanzar el segmento de presupuesto más alto entre los
asequibles, y otra como consumidor que con la restricción de su presupuesto
escoge su colección de bienes preferida. Dadas sus cantidades iniciales, sus
capacidades laborales y sus preferencias, el homo mercator guía su conducta únicamente en función de los
precios. En cuanto productor, no se especializa directamente según su ventaja
comparativa real: la diferencia de inclinación entre su segmento de
rendimientos individual y el segmento de transformación promedial social, sino
por una ventaja comparativa falsa: la diferencia de inclinación entre su
segmento de rendimientos y la línea de precios. En otras palabras, sólo
reacciona ante la variación de los precios de mercado, y su especialización lo
orienta hacia el aprovechamiento de sus ventajas comparativas únicamente como
consecuencia de que los precios de mercado tienden a ser equiproporcionales
respecto de los valores relativos.
El
ajuste clásico requiere que cuando los precios de mercado se alejan de esa
equiproporcionalidad, los individuos para quienes cambió el signo de la
diferencia entre las tangentes de los dos segmentos relevantes, el de
presupuesto y el de rendimientos, cambien de especialidad, volcándose a la
producción del bien que se encarece. Pero requiere también una cierta
dispersión en las ventajas comparativas, y que los individuos para quienes las
diferencias de tangente no cambian de signo permanezcan indiferentes a la
variación de precios, para evitar una reacción exagerada y desestabilizadora,
como la de la tripulación que procura vanamente equilibrar un barco escorado
desplazándose masivamente de banda en banda, de estribor a babor, y viceversa,
en vez de distribuirse equilibradamente.
Los
productores mercantiles tienden a migrar hacia las especialidades en productos
que se cambian por encima de su valor, y a abandonar los productos que se venden
por debajo de su valor. Pero no es lo mismo sostener que como consecuencia de
este ajuste los precios relativos se igualan a los valores relativos, que decir
que cuando los precios se alejan de la equiproporcionalidad el ajuste evita un
mayor alejamiento. La primera proposición implica la segunda, pero sólo ésta se
verifica en nuestro ejemplo; pues en las proximidades de la configuración en
que los precios concuerdan con los valores, puede haber individuos para quienes
la variación adicional que debieran sufrir los precios para alcanzar esa
igualdad no alcanza el umbral de un cambio de signo en sus diferencias de
inclinación. En este caso el ajuste clásico asegura la estabilidad global del
sistema productivo, con excepción de la local. Una disparidad pequeña entre
valores y precios es insuficiente para desencadenar un ajuste correctivo.
El
individuo dedica la totalidad de su jornada de trabajo a la obtención de alguna
de las combinaciones de productos que indica la línea de rendimiento, y
cualquier otra posibilidad (que no la alcance o que la sobrepase) está fuera
del campo del análisis. Se atiene a una jornada de duración e intensidad
convencionales (como que este trabajador es ya, todavía en secreto, un obrero
asalariado). El significado de esta línea es, entonces, el de numerosas
colecciones -en la representación, en número infinito- heterogéneas,
materialmente distintas, que constituyen una misma cuantía de producto
individual; o son las diversas formas materiales que puede presentar el
producto de una jornada de trabajo de este individuo, de modo que todas y cada
una representan la misma cantidad de su trabajo. Cada componente de una
colección puede aumentar únicamente a expensas de otros, pero si la capacidad
productiva del trabajo varía pueden cambiar unas en el mismo sentido sin que
otras lo hagan en sentido contrario. La jornada (en general, su tiempo) de
trabajo es, por consiguiente, para el mismo individuo, la medida común a la que
se reducen todos sus productos posibles, cualquiera sea su composición
material. En virtud de esa reducción poseen valor individual.
Hemos
deslizado un supuesto que conviene hacer explícito: el individuo no reacciona
si la inclinación de los precios pasa a ser igual a la inclinación de los
rendimientos, moviéndose a partir de una situación en la que eran distintos.
Este supuesto ad hoc elimina la indeterminación en el caso de indiferencia
debida a la igualdad entre la pendiente de los trabajos y la pendiente de los
precios; basta que haya habido un día en el pasado en el que esa igualdad no se
verificaba. Este supuesto, que podemos llamar de inercia, nos permite subrayar
dos umbrales de respuesta que operan en distintos tramos de la variación de los
precios. Para fijar la distinción podemos llamarlos "binario" e
"inercial". El individuo no reaccionará ante un cambio, por
importante que sea, de la pendiente diferencial (umbral binario), a menos que
cambie de signo. Tampoco reaccionará si la nueva diferencia, cambiada de signo,
no sobrepasa un mínimo (umbral inercial). El primer umbral queda determinado
con toda precisión por las pendientes de las dos líneas. El segundo puede tener
varios componentes (paramétricos) tales como el friccional (la mayor o menor
dificultad para cambiar de trabajo) o las expectativas (el trabajador cree que
cambios pequeños no persistirán en el tiempo). Para nuestro propósito no
interesa qué es el umbral inercial sino qué NO es. Y bien, NO es una
preferencia por una determinada modalidad técnica del trabajo. En otras
palabras, al trabajador cuyos productos están determinados como bienes para el
intercambio tanto le da hacer una labor u otra; para él es subjetivamente
indistinto aplicar su trabajo en una u otra línea, de manera que al formular su
plan de producción no pesarán en su decisión apegos ni rechazos hacia
determinadas tareas, sino que se guiará únicamente por la diferencia
(suficiente) entre las inclinaciones de las líneas de trabajos y precios.
*
La
primera mercancía es limitada y defectuosa, y así debe ser también la doctrina
que, encerrada en esta figura, negándose con terquedad a trascenderla, se
empecina sin embargo en construir una Economía Política con este fundamento tan
endeble. No es difícil, ni importante, descubrir sus defectos; antes bien hay
que admirar la precisión y el ingenio, ya que no el rigor, ni el concepto, de
su construcción. Y antes que cuestionar sus fundamentos (utilitaristas), hay
que preguntar, aceptándolos, si hace mella en la Economía Política iniciada por
los autores llamados clásicos. La misma mercancía en su primera forma nos ha
dado la respuesta, al mostrarnos que ella encierra necesariamente el pasaje a
una figura más acorde con ella misma.
La segunda mercancía es la
mercancía mediada por el trabajo, o el valor mercantil con prescindencia de su
forma. En su relación con la teoría clásica, la doctrina neoclásica es a la vez
predecesora y sucesora, posterior en la cronología oficial y anterior en el
orden de las ideas. En tanto por esta doble relación es apenas un anacronismo,
por su desdén auténticamente bárbaro hacia el concepto clásico de valor es una
regresión. Pero mantengamos firme la noción de la primera mercancía en el marco clásico donde pone y presupone
un significado, y el análisis neoclásico tendrá a la vez su legitimidad y su
anulación como momento de la Economía Política o, al menos, surgirá el carácter
complementario de ambos enfoques. Pues la noción clásica de que los productos
tienen valor porque son reproducibles deja un espacio bien definido en el que
tiene confirmación, exclusividad, y pleno imperio, la ley neoclásica, la cual
hace caso omiso de la reproducción de las mercancías en la determinación de sus
"precios" de equilibrio y las toma unilateralmente en el horizonte
restringido de la rueda del mercado, donde son por cierto sólo bienes dados, no
reproducibles. Y si la reproducción de los productos no es la condición de su
valor, omitir el trabajo es una abstracción válida y hasta necesaria. La
doctrina neoclásica tiene la solución de un problema que no conoce como
problema, al comprobar que en el mercado mismo está excluida la producción de
valor aunque no la determinación de los precios, que sin embargo son la
expresión dineraria del valor. Mas le reconoceríamos una profundidad que no
tiene si le atribuyéramos una reflexión en sus propios conceptos elementales,
como valor y expresión del valor, moneda y dinero.
Claramente,
el equilibrio del mercado es necesario pero insuficiente para
"asegurar" el equilibrio del sistema. Donde la teoría vulgar se ufana
y queda exhausta, la ciencia encuentra un punto de partida. Vemos recortarse
los dos momentos tan distintos como recíprocamente necesarios del automatismo
mercantil: el equilibrio de los mercados y el equilibrio del sistema. Ahora
bien, si el primero (comprendido en el segundo) se presupone, el equilibrio del
sistema productivo queda reducido a la llamada ley clásica del valor-trabajo.
En tanto este punto de vista excluye el anterior, es igualmente unilateral: lo
que antes se ignoraba, la unidad de los trabajos individuales en el sistema
productivo como un todo articulado, ahora se conoce, y se sabe cómo se
reproduce el todo articulado -la producción-, mediante sus partes constitutivas
-los trabajos individuales-. La unilateralidad clásica no es igual a la
unilateralidad neoclásica; en tanto ésta es regresiva (rechaza fuera de sí lo
abstraído y lo pierde), aquélla es progresiva (incorpora lo anulado como
abstracción determinada); mientras para el análisis neoclásico el valor
mercantil se agota en el valor de cambio unívocamente determinado por la
"ley de la oferta y la demanda", la teoría clásica no prescinde de
los precios de mercado pero pregunta -y responde- cuál es el principio que los
gobierna. La primera
mercancía está en la segunda,
meramente conciliada: ora eliminada, ora conservada, pero no acabadamente superada. No ha
desaparecido la primera
mercancía, tampoco ha sido superada, simplemente subsiste junto a la segunda; el intercambio de
productos también es un intercambio
de bienes. Pero los bienes ofrecidos a cambio de otros cualitativamente
distintos no son ahora una milagrosa emanación del divino arbitrio
providencial: son los frutos (esenciales) del humano quehacer.
La
mercancía anterior tenía su verdad en la divina providencia que era, ella
misma, indescifrable. La mercancía en su primera
determinación era de suyo incompleta, no porque estuviera ausente en ella la
noción práctica de que las mercancías son, en general, productos del trabajo,
sino porque esta circunstancia no era relevante
para comprender la naturaleza del valor y su determinación cuantitativa.
Tampoco estaba ausente ni inactiva la intuición de que la relación mercantil es
una relación de intercambio, pero no se comprendía que por medio del cambio los
hombres, determinados como poseedores de mercancías, entablan una relación
productiva. Encontramos en la primera
mercancía la transición a la segunda
al comprobar que los individuos se especializan según sus ventajas comparativas
únicamente debido a la simpatía entre los precios
relativos y los valores relativos correspondientes,
tal que aquéllos tienden a conformarse a éstos. Las dos proposiciones, que los
individuos toman como señales únicamente los precios empíricos, y que sus
relaciones económicas responden a la ley clásica, se concilian fácilmente en el
enunciado general de esta ley, puesto que, según ella, el valor relativo de las
mercancías gobierna sus precios relativos y el valor de una mercancía está
determinado por la cantidad de trabajo promedialmente necesaria para
reproducirla. Si el precio de un bien con relación a otro -su valor de cambio-
fuera mayor que la relación entre el valor del primero y el valor del segundo
-su valor relativo-, se activaría un proceso de ajuste que reduciría -y
eventualmente anularía- esa diferencia.
*
Imaginemos
el diálogo entre dos doctrinarios, un neoclásico y un clásico; éste último
lleva la peor parte y sufre lo que él debe sentir como una injusticia, porque
sabe que su razón es superior pero no puede valerse de ella, acaso por las
limitaciones de su interlocutor, acaso porque él mismo no ha avanzado en la
labor que transforma intuiciones en conceptos y, en definitiva, no es capaz de
un desarrollo consecuente con sus propios postulados. «Las mercancías tienen precio porque son escasas», dice el primero, y el segundo
responde: «Al contrario, son escasas
porque tienen precio.»
Cada
uno tacha al otro de metafísico. El neoclásico dirá que el valor-trabajo es una
entidad semejante al flogisto, un artificio pre-científico. El sobreviviente de
la escuela clásica retrucará que es su contrincante, y no él, quien pretende
aferrarse a una alquimia oscurantista, ya que adhiere a la ilusión que la
utilidad de los bienes constituye la medida universal del valor. Argüirá que
los neoclásicos procuran en vano ocultar su fundamento utilitarista, que, sin
embargo, compromete la coherencia conceptual e incluso lógica y hasta
matemática de sus modelos. [67][4]Ambos tienen razón desde su
punto de vista limitado, y ambos ignoran que la solución de la controversia
entre la primera mercancía y la segunda mercancía está en la tercera.
*
CLASICO:
«Nuestra discrepancia proviene de
que tú no distingues entre valor y precio, entre valor relativo y valor de
cambio, entre relación de valor y precio relativo, entre equilibrio del mercado
y equilibrio del sistema productivo. Ahora bien, si lo que quieres decir es que
las mercancías tienen precio porque
son escasas, te equivocas, ya que la proposición verdadera es la
contraria: son escasas porque tienen
precio. Pues tanto tú como yo entendemos que una mercancía es escasa
cuando -¡y sólo cuando!- dado su precio, la cantidad demandada es mayor que la
cantidad ofrecida de la misma mercancía; y que es abundante cuando, siempre a
un precio dado, la cantidad ofrecida es mayor que la cantidad demandada. No veo
en qué otro sentido puedes aludir a la escasez de mercancías en general. Se da
el caso particular de algunos productos, como ciertas materias primas, cuya
escasez o abundancia naturales en las zonas de explotación determina mayores o
menores requerimientos de trabajo para obtenerlas y entonces podemos decir que
"tienen (más) valor porque son escasos"; pero aquí el sentido es
claramente distinto y hasta opuesto al de tu proposición.»
NEOCLASICO:
«Comenzaste con una lista de
distinciones conceptuales que, evidentemente, no vienen al caso, y luego me
demostraste exactamente lo contrario de lo que te proponías. Pues, en efecto,
decir que un bien es escaso cuando la demanda no se satisface a un precio dado,
equivale a afirmar que los compradores estarán dispuestos a pagar más por un
bien cuando éste es escaso, y empujarán el precio al alza, de modo que el
precio resultante estará determinado por la escasez.»
CLASICO:
«Tienes razón cuando sostienes que
la escasez (abundancia) de una mercancía impulsa su precio al alza (a la baja),
pero no la tienes cuando crees que esta observación corrobora tu doctrina. Mi
tesis es que la escasez (abundancia) presupone el precio, y tú me ayudaste a
completarla, señalando una consecuencia de esta tesis, de la que se sigue que
el precio no presupone la escasez o la abundancia. Acabas de confirmarlo al
sostener que tanto puede haber abundancia como escasez, pero si el precio es de
equilibrio no habrá ni una ni otra. Reafirmo entonces que la escasez o la
abundancia de una mercancía presuponen su precio, y que, por el contrario, el
que una mercancía posea precio, no depende de su abundancia o escasez.»
NEOCLASICO:
«Reconozco en lo que dices un hábil
juego de palabras. Fuera del punto de equilibrio el precio se mueve de acuerdo
con el principio de escasez, y de esto se sigue que el precio responde a ese
principio; pero tú llegas a la conclusión contraria puesto que, dices, ¡cuando
esa causa operó deja de operar! Si levanto esta silla la fuerza de gravedad la
volvería a atraer al piso, pero tú dirías que mientras está apoyada queda libre
de la atracción de la Tierra. Y nada me has aclarado con tus distinciones
metafísicas, como valor y valor de cambio.»
CLASICO:
«Esa distinción es central. Tu
escuela identifica el despeje del mercado con el equilibrio del sistema, y por
tanto tiene que explicar cómo el precio tiende a eliminar las "demandas
netas", mientras que la mía incluye ese problema en otro más fundamental,
el de cómo sucesivos precios de equilibrio del mercado satisfacen la ley del
valor. Mucho antes que tus maestros, David Ricardo sostenía que el valor de
cambio de las mercancías tiene dos fuentes, y una de ellas es la escasez.
Algunas mercancías son bienes no reproducibles, de modo que únicamente su
escasez determina su valor de cambio. Tu doctrina sólo conoce, y ello
imperfectamente, la teoría particular del valor de cambio de estos bienes no
reproducibles (como la obra de arte original) o no multiplicables más allá de
cierta escala (como un vino muy especial), o, sencillamente, de bienes que no
lo son en el (corto) plazo considerado. Pero la ciencia económica no se limita
a estos casos particulares, y la mayor parte de las mercancías son productos
reproducibles, de modo que su valor de cambio tiende a escapar a la influencia
de la escasez, para depender de la cantidad de trabajo necesaria para
reproducirlas.»
NEOCLASICO:
«Conozco ese argumento. Dirás que si
al cambiarse las mercancías de un género por mercancías de otro género no se
cambian en promedio cantidades iguales de trabajo social, habrá una
reasignación de trabajo hacia aquellas ramas que entregaban productos que
requieren una cantidad de trabajo mayor, por otros que requieren una cantidad
de trabajo menor, hasta que esas diferencias desaparezcan. Aquí yo podría
valerme de tu argumento anterior: al igualarse las cantidades de trabajo, los
precios relativos serían idénticos a los valores relativos, y entonces la ley
del valor dejaría de operar. Pero no llego a eso, porque esa igualdad es
impertinente, y no conozco fuerza alguna en la economía que tienda a ese
resultado. El precio de equilibrio ya está explicado, y si luego se añade que
al intercambiar las mercancías se cambian productos distintos de un mismo
trabajo social, debiera haber alguna razón, y no la hay, para reconocer al
trabajo un privilegio exclusivo en cuanto circunstancia o esencia común a los
productos por ser factor de
la producción, pues cabe el mismo honor a otros factores (como la tierra, la energía, el conocimiento, el
capital), y con mayor derecho puede reclamarlo la esencia común a todas las
cosas, la coseidad (el Ser indeterminado que, como demuestra Hegel, es lo mismo
que la Nada). El trabajo, lejos de ofrecer la homogeneidad necesaria para que
opere como medida general y común a todos los productos, presenta una
diversidad por lo menos tan grande como ellos. Veo claramente que no has
solucionado el problema, lo que has hecho fue trasladarlo de la mercancía al
trabajo, que es lo mismo que esconder los residuos debajo de la alfombra.»
CLASICO:
«Comprendo tu punto de vista, y me
admira que puedas resumir el mío con tanta solvencia. Lo repites, pero no lo
comprendes. Acepto tu parábola de la aceleración de la gravedad y te respondo
con un ejemplo muy semejante. Imagínate un astro suficientemente próximo al
nuestro para sea visible a simple vista. Si observamos una pequeña parte de su
trayectoria puede parecernos que ella es recta, pero considerada en su
totalidad es elíptica. Lo mismo pasa con nuestras observaciones sobre el
movimiento de los precios. Tu doctrina se refiere al movimiento de los precios
que tiende a igualar las cantidades ofrecidas y demandadas de un producto dado,
y para esto es pertinente tomar la órbita como recta; la mía pone el énfasis en
el movimiento de esos precios de equilibrio de mercado hacia un equilibrio que
también es estructural. Yo no discrepo con los resultados generales de tu
análisis que, a veces, me parecen estimulantes y hasta enriquecedores, e
incluso puedo incorporar todo lo esencial de tu doctrina en la mía, pero no
creo que tú puedas hacer lo mismo. Para tí el concepto clásico del valor es
artificial y arbitrario, lo primero porque crea una entidad imaginaria que es
el trabajo social homogéneo, lo segundo porque confiere al "factor"
trabajo un privilegio que niega a los otros "factores". Creo ver en
esto el obstáculo que te impide comprender el concepto de valor, porque para tí
el trabajo no es sino un "factor" de la producción. Pero la noción de
"factores de la producción" extrínsecos sí es un artificio (que
proviene de Jean Baptiste Say y la disolución de la escuela clásica). También
esto es un abandono de los progresos de la teoría del valor y un retroceso a la
doctrina de los costos de producción mercantilista. ¿Acaso, por ejemplo, el
capital, está determinado ex ante?»
NEOCLASICO
«Sin embargo precisamente la
dificultad con la cual tropieza la teoría de Ricardo y que él mismo plantea es
que la relación de cambio de equilibrio en una economía desarrollada no iguala
cantidades de trabajo sino cantidades de capital. Los marxistas pretenden que
sólo Marx resolvió ese problema con lo que ellos llaman "la transformación
de valores en precios de producción". Evidentemente, cada vez son
necesarios mayores artilugios para defender contra viento y marea la
insostenible doctrina del flogisto económico, y ni los mismos clásicos y
neorricardianos, como el propio Piero Sraffa, que tu mencionas, mantienen las
distinciones metafísicas, que unos abandonan antes (como Smith), otros después
(como Ricardo), y renuncian prudentemente a la pretensión de fundar toda la
ciencia económica en la teoría del valor trabajo. Un refugio es la búsqueda
empecinada de una mercancía de valor invariable que opere de patrón de valor.
Se llega a tal mercancía con un cúmulo de supuestos tan enrarecidos que
demuestran lo contrario de lo que se quiere, y es que el sistema funciona sin
un patrón semejante. Otra estratagema para salvar el dogma es, desde Smith,
remitir la vigencia de la ley del valor a un estadio remoto y primitivo del desarrollo
económico en el que todas las técnicas productivas principales permanecen sin
mayores cambios durante largo tiempo, y están al acceso de cada individuo, ya
que no requieren considerables inversiones ni esfuerzos de aprendizaje. Además,
todos los individuos se conocían y cada uno sabía lo que hacía el otro. Es
fácil comprobar que tal estadio es, nuevamente, un invento, un artificio
analítico. Pero, en todo caso, si así fuera, nos interesaría tan poco la teoría
del valor para comprender el capitalismo moderno como puede interesarnos el
arte de los brujos convocadores de lluvia para desarrollar la meteorología y la
bioclimatología. Incluso si el principio es pertinente para comprender el
sistema económico como un todo (supuesto no concedido), pero es únicamente
relevante para ese todo, y no para las partes, tal que no se presta a la
evidencia ni atañe a la experiencia, entonces podemos y debemos prescindir de
él, no nos sirve a los economistas, y menos aún a nuestros clientes y
comitentes, aunque puede ser interesante para personas que se ocupan de
filosofía o cosas así. Mientras vuestra teoría se refugia en la ruda y
primitiva sociedad de los comienzos, vosotros mismos debéis refugiaros en los
ámbitos académicos.»
(... Al
llegar a este punto, resuenan en este diálogo los ecos de otro no menos triste,
pero merecidamente más célebre, y más espiritual, entre el jamelgo del Quijote
y el corcel del Cid Campeador. Metafísico estáis, dice Babieca. Y responde
Rocinante: es que no como).
Lo que
escapa a la comprensión de ambas doctrinas es el proceso específicamente
mercantil de la objetivación social del trabajo productivo, por el cual el
carácter social del trabajo que produce mercancías cobra una forma material que
es específicamente mercantil. Ese proceso será investigado por la teoría de la
forma del valor, desarrollada por Marx como crítica de la Economía Política
clásica.
*
Las
transiciones contenidas en la mercancía nos llevan a los umbrales del dinero o
la negación de la mercancía: la mercancía en su tercera determinación.
Recapitulemos las progresiones por las que la primera mercancía, bien objeto de intercambio, pasa a la segunda, producto del trabajo y
objeto de intercambio, y ésta a la tercera
mercancía, la cual se desdobla en mercancía y dinero. La dos mercancías
anteriores reunían los elementos de su transformación sin contenerlos en su
concepto, de modo que meramente coexistían el trabajo y el intercambio sociales
en la primera y el trabajo individual y el trabajo social en la segunda como otras
tantas conexiones meramente extrínsecas en las cuales hay, empero, una
necesidad interior que será la transición de la segunda a la tercera mercancía,
pues la distinción clásica entre valor y valor de cambio no es solamente una
diferencia sino una unidad diferenciada. Marx descubre el paso del valor a la forma de valor en las dos expresiones de valor encerradas en
una relación de valor, donde
la expresión de valor de una de ambas mercancías convierte a la otra en
equivalente, confiriéndole la representación de su valor. Llega a ese
descubrimiento por un atajo, en el que luego criticaremos la omisión de
mediaciones necesarias. Pero el resultado (que esa crítica corrobora y
completa) es una negación parcial del carácter mercantil de determinada mercancía
a la que otra convierte en expresión de su valor, pues la forma de equivalente
es idéntica a la forma de la cambiabilidad absoluta. La negación proviene de la
propia naturaleza de la mercancía y la confirma, de donde la mercancía es
mercancía por medio de su propia negación.
La
mercancía singular es afectada por la negación de su misma naturaleza
mercantil, a saber, del carácter condicional y aleatorio de su realización.
Pues no obstante ser producto social del trabajo y producto del trabajo social,
tanto el carácter social de una mercancía en cuanto producto cuanto la
transformación del trabajo privado del que es producto directo en trabajo
social, todo ello es virtual, azaroso, tanto puede darse como no darse. Para
que una mercancía se realice es necesaria la concurrencia de dos voluntades,
pero una, la del propietario de la mercancía ya está expresada y confirmada en
la misma forma mercantil de su producto, de modo que el carácter esencialmente
aleatorio y contingente de la realización de la mercancía queda por completo
acaparado por la forma relativa y negado de plano en el otro polo de la
expresión del valor, donde por medio de esta negación se ha consumado la
génesis del dinero. El resultado de tal proyección no es dinero real o general,
el cual no brota de inmediato de la forma del valor sino de su desarrollo; es
dinero germinal, "equivalente simple, sencillo o eventual". La
tercera mercancía, la mercancía real
es, pues, la primera negación de la mercancía.
Es
también una crítica de las formas anteriores y, en primera instancia, su
refutación. Pues las transiciones que expusimos meramente reunían las figuras
sucesivas, dejándolas intactas, sin transformación. Ahora, retrospectivamente
desde la mercancía que se desdobla en dos figuras tales que una es portadora de
la negación, resulta que la primera mercancía era ajena a esa negación. (Más
precisamente: ajena a la determinidad de esa negación. La virtualidad no
estaba, como en la tercera mercancía, a la vez puesta y negada, sino únicamente
omitida; la negación indeterminada de la especificidad de la relación mercantil
acudía en auxilio de la determinidad calculística del equilibrio del sistema).
En la necesidad analítica de anular el carácter mercantil de la mercancía para
comprenderla, balbuceaba confusa la verdad más profunda de que la mercancía
conlleva su negación. Desde la perspectiva anterior ya su figura era inestable
y debía pasar a otra por necesidad interna, era una abstracción abstracta, pero ahora se muestra en
ella tan incompleta la mercancía como producto, cuanto el producto como
mercancía.
La
incomprensión de la mercancía como producto es palmaria en la primera
transición, donde el salto es a la par que un avance un retroceso, o donde lo
que se añade para conformar una nueva unidad diferenciada había sido
previamente abstraído o sustraído de una unidad primordial, aún más elemental e
inmediata como consciencia que la primera mercancía. La economía neoclásica
desbarata los avances de la Economía Política en la comprensión de la mercancía
en esta segunda determinación. En cambio, el producto como mercancía es la
tercera mercancía, y no pertenece a las figuras anteriores. (Recuérdese que
para Marx la Economía Política clásica había logrado desentrañar el contenido
de la forma del valor, mas no había logrado remontarse de este contenido a esa
forma en cuanto forma necesaria). La primera mercancía proviene, entonces, a la
par, de dos abstracciones indeterminadas, del ofuscamiento de su carácter de
producto, y de la obnubilación de su forma esencialmente mercantil. En
contraste con la mercancía ingenua, la mercancía en su primera determinación
debía refirmar su diferencia mediante una verdad limitada: las condiciones de
equilibrio del mercado se agotan en las funciones de utilidad de individuos sin
historia o recaídos en la historia natural (con sus inventarios de bienes
"iniciales"). Para sostenerla fue menester a modo de suposición una
petición de principio: dado por lo menos un conjunto de "precios" que
satisface la condición del equilibrio, no se cierra ningún trato a un precio
distinto; pues, evidentemente, en este contexto, si se verificaran operaciones
"erróneas" cambiarían los parámetros aleatoriamente, una vez y otra,
y el sistema resultaría indeterminado. Mediante este artificio el "tatônnement"
del mercado empírico se traslada a un mecanismo imaginario en el que los
contratos de compraventa únicamente son vinculantes si se pactan a precios de
equilibrio global. Pero si las mercancías se negociaran con tal condición, no
serían mercancías, o toda mercancía revestiría unilateralmente la forma equivalencial, lo cual es absurdo. El
"jefe de registro" suprasocial, lo mismo que el supuesto de un
equilibrio único y fuertemente estable, cumplieron su cometido, y, como el
andador de los primeros pasos, llegó el instante de desecharlos. Asimismo
debemos prescindir de las funciones de utilidad representables en "mapas
de indiferencia", determinadas de una manera exógena, supuesto éste más
acorde con la representación de una conducta biológica -hereditaria o
aprendida- que con la interacción espiritual propia de una cultura humana,
funciones por otra parte especulativas e intrascendentes ya que no tienen otra
manifestación que la conducta observable de los individuos. (Y, evidentemente,
tampoco tenemos porqué restringirnos a premisas francamente enrarecidas, como
la de que esas funciones son suaves, continuas, convexas al origen, doblemente
derivables, y sobre todo juiciosas, "well behaved").
La
primera mercancía quedará cabalmente trascendida -conservada pero esta vez con
una transformación-, y apenas como momento analítico subsistirá en la génesis
de la forma mercantil del valor. Antes el precio estaba condicionado y
precedido por la escasez, ahora, por el contrario, la escasez presupone un
precio. La noción general de escasez o abundancia relacionada con una necesidad
social pierde su vaguedad y cobra un sentido económico preciso y específico en
el mercado, donde únicamente para un conjunto de precios dados hay (plétora o)
escasez. Decir que, dado un conjunto de todos los precios, hay abundancia en un
mercado, es lo mismo que afirmar que hay individuos deseosos de comprar tal
mercancía a tal precio y no encuentran vendedor. La escasez o abundancia que
empuja un precio al alza o a la baja presupone este precio. Para la primera
mercancía, empero, esto únicamente significa que a la afirmación de que los
precios provienen de la escasez se añade que, si luego la escasez (el exceso o
el defecto) subsiste, el precio seguirá moviéndose. La segunda mercancía sobrepasa
desde el vamos ese horizonte estrecho en el que no cabe otra influencia sobre
el valor de cambio que la oferta y la demanda.
Dada la
utilidad de las mercancías, dice Ricardo, su valor de cambio tiene dos fuentes:
su escasez y la cantidad de trabajo necesaria para producirlas. La conjunción
copulativa "y" ("and") deja subsistir la ambigüedad. Pero
Ricardo zafa de la varadura teórica con un argumento eminentemente práctico. Es
verdad que hay mercancías no reproducibles, cuyo valor de cambio proviene únicamente
de su escasez. Pero esas mercancías, arguye, son excepcionales, y la inmensa
mayoría de las mercancías son reproducibles, de modo que, prosigue, debemos
(olvidarlas y) concentrar nuestra atención en las restantes. Se ha pasado a la
mercancía determinada como producto reproducible, y el valor de cambio entre
dos mercancías cualesquiera tiende en el tiempo, conforme con la ley clásica, a
su valor recíproco o relación de valor. La transición a la tercera figura de la
mercancía estará contenida precisamente, según
Marx, en esta relación de valor, en la que ha sido desestimado el
desvío del valor de cambio, de modo que éste coincide con aquélla. Sólo en esta
nueva abstracción cada una de ambas expresiones de valor contenidas en la
relación de valor es precisamente expresión de algo que en su doble
determinación, cualitativa y cuantitativa, no es más ni menos que su valor.
En
general, la igualdad cuantitativa entre las dos relaciones (de cambio y de
valor) no se verifica. La ley clásica predice el movimiento del valor de cambio
cuando éste difiere de la relación de valor. Ello implica, primero, que, si
coinciden no opera ningún proceso de reasignación de trabajo; y, segundo, que
este equilibrio es globalmente estable: si las relaciones de precios no son
equiproporcionales respecto de las respectivas relaciones de valor, las
anteriores tenderán a éstas o los valores "gobiernan" (Smith) el
movimiento de los precios. (Este concepto no implica una estabilidad
"fuerte" en las proximidades del punto de equilibrio; ni excluye su
incesante mudanza, como la de un blanco móvil. No discutimos aquí el problema
de la transformación de la ley del valor en ley del plusvalor, pero podemos
referirnos a él valiéndonos de la misma representación de un blanco, sólo que
la puntería no se corrige por la movilidad sino también por la balística y por
la refracción de la luz al penetrar en un medio de mayor densidad).
Al
intercambiarse dos mercancías y verificarse su tasa de cambio, ésta en general
difiere de su relación de valor. Esta observación elemental pone de manifiesto
que la expresión de valor no
está contenida en una relación
de valor (ni esta última contiene dos expresiones de valor), puesto que el
valor de una mercancía expresado en una "equivalente" no coincide
generalmente con él en su cuantía, aunque es cualitativamente idéntico.
Llegamos a dos resultados distintos y excluyentes: el valor de la mercancía es
condicional; es incondicional, absoluto.
*
El
carácter condicional de su cambiabilidad pertenece a la propia naturaleza
específica de la mercancía, producto social que ha cobrado una forma histórica
singular tal que la mercancía individual, en cuanto producto social, es
virtual. La venta de la mercancía es la confirmación y la consagración de su
carácter social como producto. Asimismo, el trabajo que realiza el individuo
productor de mercancías es sólo virtualmente social. Así como cada sociedad
histórica desarrolla una estructura productiva específica en la que los hombres
unen sus trabajos, en una sociedad donde los productos sólo cobran carácter
social al intercambiarse, el proceso de producción no puede ser sino la unidad
diferenciada de dos procesos, el del trabajo material que da a los bienes su
forma material y el de circulación donde los productos cobran su forma social
específica. Esa unidad se consuma por medio de la realización de las
mercancías, que es -a la vez que la consagración como producto social del bien
material que la encarna-, la transformación (ex post) del trabajo privado de su
productor en trabajo social. Cada mercancía individual es, por así decirlo, una
postulación, un reclamo de reconocimiento como producto social. Su forma de
producto realizado es la de su negación y únicamente es social por medio de la
negación determinada de esta negación.
*
La
mercancía posee valor únicamente porque y en tanto ella representa la cantidad
de trabajo social general promedialmente necesaria para reproducirla, y ese
valor, en consecuencia, tanto en su cualidad como en su cantidad, es por completo
independiente del hecho o el grado en que se realice.
Pero
también es independiente del trabajo que contiene, si por tal se entiende el
trabajo individual, medido en tiempo, aplicado en su confección; no porque
despreciamos el peso, en general insignificante, de ese trabajo individual
sobre el promedio social, sino porque el promedio social relevante no es del
trabajo ya realizado sino del necesario para producir nuevamente una mercadería
materialmente idéntica a la dada. Tanto los economistas clásicos como Marx
confunden reiteradamente su propio concepto de valor con expresiones como
trabajo "contenido" o, de modo más explícito y más impropio, como
trabajo "pretérito". En algunos pasajes estos términos pueden tomarse
como un nombre propio abreviado, casi un sobrenombre para un concepto que ya
fue desarrollado y no es posible exponer cada vez que es mentado. Pero este
quid pro quo nubla tanto la comprensión del valor como de su forma mercantil en
general y de la valorización del capital en particular.
El
trabajo que produce mercancías crea valor y "conserva" el valor de
sus condiciones o medios (instrumentos y objetos), y el valor del producto
mercancía se descompone en un producto de valor y un valor conservado. El
primero, creado ab ovo, suele designarse como valor añadido (value added). Marx
posterga el tratamiento de este efecto conservador del trabajo y no lo
considera al exponer la forma del valor y su desarrollo. Lo hace en el marco
del proceso de valorización del capital, donde cobra relevancia la distinción
entre capital constante y capital variable; recuérdese que el trabajador
asalariado conserva el valor del primero, recrea el valor del segundo y crea un
plusvalor. Así, el proceso de trabajo capitalista es, dice Marx, una
combinación de trabajo "pretérito" o muerto y trabajo vivo, ambos
representados en el valor del producto, pero el segundo únicamente en una parte
de él, el producto de valor. Pero estas dos partes no son propias de la mercancía como capital sino del capital como
mercancía; su lugar está -por ende- en el estudio general de la
mercancía. No como capital constante y variable, ni como capital; pero es
indudable que no se trata aquí (tampoco allí) de contraponer trabajo vivo y trabajo muerto, ni trabajo "presente" y "pretérito",
porque el trabajo que el valor representa no es el empleado hoy ni ayer en la
producción sino el necesario para la reproducción, y la misma condición atañe
tanto al trabajo que crea valor como al valor conservado por este mismo
trabajo.
No es
verdad que el productor de mercancías utiliza insumos que a su vez son
mercancías; en esta hipótesis (sintetizada en el célebre título de Sraffa,
"Production of Commodities by Means of Commodities") hay una verdad y
un error, porque la mercancía es la forma social general de los bienes que se
adquieren, pero los medios de trabajo que se adquieren como mercancías no son
utilizados como mercancías sino que deben perder esa forma para ser utilizados.
Una nueva mercancía surge del proceso de trabajo, portadora de los dos
componentes de su valor, ambos por completo independientes de las condiciones
particulares de su producción. Esta mercancía fue producto de un trabajo
aplicado, a su vez, a uno o más productos de trabajos previos de otros
productores, o, lo que para este punto tanto da, es producto de trabajos
sucesivos de un mismo hombre, mas si así no fuese, y si esta mercancía singular
hubiera manado del cielo como la mercancía en su primera determinación, sin que
su forma útil hubiera costado el más mínimo esfuerzo, o si, como en el cuento
fantástico de la hilandera prodigiosa, fuera el regalo de un duende que
gratuitamente accionó los telares durante toda la noche (fuera del tiempo
laboral), el resultado sería el mismo, y su valor representaría (estaría
determinado por) la cantidad de trabajo promedialmente necesaria para su
reproducción en las condiciones sociales vigentes. Sraffa aporta al estudio de
la mercancía en cuanto producto (genérico), pero ignora las determinaciones
(específicas) del producto en cuanto mercancía.
Tanto
Ricardo como Marx confunden la naturaleza del valor mercantil al tratar el caso
de mercancías sin valor. Ricardo opta por ignorar los productos no
reproducibles que -cree- representan una porción insignificante de los
productos de una sociedad moderna. No había alcanzado, como alcanzaría Marx, la
comprensión de la forma de valor por la que productos carentes de valor pueden
presentarse en forma de mercancías y tener un precio. Pero Marx retrocede en
este punto con respecto a Ricardo cuando identifica el caso de productos que no
tienen valor porque son irreproducibles, con la opinión de que esos bienes no
son productos del trabajo. No logra superar por completo el concepto clásico
porque no lo ha comprendido por completo. Los bienes que poseen valor son
productos, pero de esto no se sigue que los bienes que son productos del
trabajo poseen valor. El ejemplo ricardiano de la obra de arte, producto del
trabajo humano que, sin embargo, carece de valor porque es irreproducible,
ilustra esta posibilidad, pero sugiere que se trata de un caso excepcional.
En este
punto el concepto ricardiano no es captado por Marx en el Tomo I de "El
Capital..", aunque sí, y con
creces, en el Tomo III; para él, precisamente en la parte de su obra que
trata del valor y su forma, carecen de valor las mercancías que toman cuerpo en
bienes materiales que no son fruto
del trabajo humano. "Una cosa puede ser valor de uso y no ser
valor. Es éste el caso cuando su utilidad para el hombre no ha sido mediada por
el trabajo. Ocurre con el aire, la tierra virgen, las praderas y los bosques
naturales, etc...".[68][5]
Es
indudable que el individuo humano marcha sobre los hombros de sus antepasados y
su riqueza se nutre de los frutos omnipresentes de la acumulación milenaria de
los trabajos de generaciones. La tierra libre de mejoras es útil para la
agricultura porque hay una acumulación previa de conocimientos, estructuras
productivas, germoplasma mejorado, técnicas de cultivo o crianza, aperos e
implementos. La utilidad de un bien, dice Marx, es un hecho histórico. El
trabajo del género humano, y también el que específicamente produce mercancías,
se vale de instrumentos y se aplica a objetos en los que realiza el propósito
de modificar su forma útil. Para convertir el objeto del trabajo en un bien
útil no siempre es necesaria su transformación material. Milenios antes de que
la humanidad aprendiera a programar el curso de un vehículo con instrumentos
magnéticos, ópticos o electrónicos, algunos de nuestros antecesores realizaban
prolongados viajes afinando su instinto natural de orientación con un cúmulo de
observaciones sobre el sol, la dirección de los vientos, la topografía, el
cielo, proyectando significados y mensajes en las figuras de animales y dioses
imaginadas en el firmamento, y transformando constelaciones de estrellas en
instrumentos de predicción y navegación. Cualquiera sea su soporte material,
los contenidos de una cultura son productos del trabajo humano, que a su vez
son objeto de transformaciones constantes y requieren un trabajo incesantemente
renovado para su mantenimiento y su apropiación. Un invento o un descubrimiento
no son reproducibles, o únicamente pueden serlo si se pierden; pero, a
diferencia de los productos portadores de valor, su pérdida no es una consecuencia
de la apropiación final de sus cualidades útiles sino que es -nada más, nada
menos- una catástrofe.
Entre
los productos o servicios del trabajo el economista ingenuo incluye el ocio. Lo
que de este modo pierde en sentido lo gana en "generalidad" y en
elegancia. (Representado en dos dimensiones, el segmento de transformación
material es reemplazado por el triángulo que él forma con los ejes de
coordenadas; la función de producción no dará únicamente una línea sino que su
campo de determinación abarcará además las superficies que están debajo de la
frontera de transformación). El trabajador en su trabajo renuncia a la
felicidad y a la libertad, de donde el ocio, idéntico a estos elevados bienes,
debe tenerse como el producto útil de un trabajo particular, el no trabajo.
Admiremos en este concepto la intuición metateórica del trabajo en su
determinación capitalista, la cual impone al trabajador esa renuncia a cambio
de su supervivencia, o de conservar, negándola, su esencia social. Pero la
Economía Política vulgar ignora la distinción entre las funciones de trabajo de
un robinsón partenogenético y las funciones de producción o de trabajo para otros. Adoptemos su punto de vista y
representemos con supuestos habituales unas funciones individuales de
rendimiento laboral semanal para la obtención de productos que devienen
sociales por medio del intercambio específicamente mercantil. Admitamos que un
trabajador cultiva esta particular especialidad, respondiendo a una vocación
que despierta cuando se han anulado otras facultades, pero, ¿quién demandaría
tan peregrino producto? En general, el trabajador mercantil no se comporta ante
su propio trabajo como si éste fuera el sacrificio del ocio y la libertad, sino
que lo considera como condición o, más propiamente, como un medio, para acceder
a ellos. También es para él un medio el producto inmediato de su trabajo, y lo
es su trabajo y es, para él, él mismo un instrumento. La naturaleza de la
mercancía exige del productor en cuanto trabajador la indiferencia subjetiva
ante la modalidad técnica de su trabajo, y del trabajador en cuanto productor
la misma indiferencia ante la particularidad material de su producto que, dice
Marx, debe ser para él un no valor de uso.
«La indiferencia
frente a un género determinado de trabajo [69][1] supone una totalidad muy
desarrollada de géneros reales de trabajos, ninguno de los cuales predomina
sobre los demás... Por otra parte, esta abstracción del trabajo en general no
es solamente el resultado intelectual de una totalidad concreta de trabajos. La
indiferencia por un trabajo particular corresponde a una forma de sociedad en
la cual los individuos pueden pasar fácilmente de un trabajo a otro y en la que
el género determinado de trabajo es para ellos fortuito y, por lo tanto,
indiferente» MARX, Karl, "Grundrisse..", cit. por ROSDOLSKY, Roman,
op. cit. pág. 208, quien añade: "Pero solamente en la sociedad capitalista
desarrollada puede encontrarse un estado semejante ... Lo que dice aquí Marx acerca
de la categoría del trabajo también vale, naturalmente, para la categoría del
valor... También esta categoría posee una «existencia antediluviana», también
ella ha existido históricamente antes de la producción capitalista, aunque en
una forma sólo inmadura, embrionaria...". Rosdolsky reseña a Marx y, como
él, destaca un aspecto de la historicidad de las categorías económicas, en el
que las formas más desarrolladas revelan la realidad de formas anteriores más
abstractas. Así, "la categoría de capital no puede desarrollarse sin la de
la mercancía, la del valor y la del dinero; pero ... esas categorías generales
sólo pueden formarse del todo basándose en el capital y en su modo de
producción" (ROSDOLSKY, op. cit., pág. 203). Nuestro argumento va más allá,
y, por de pronto, distingue en las categorías económicas grados de genericidad
que corresponden a otros tantos estadios en el desarrollo de la estructura
productiva, desde una economía etológica o praxiológica, de energía laboral,
hasta una economía de tiempos de trabajo, de allí a una economía del valor y
sus formas mercantiles y capitalistas. Y distingue también grados de
especificidad, puesto que la mercancía del capital no es sólo mercancía y la
mercancía del capital diferenciado no es sólo la mercancía del capital. La
mercancía es, pues, una forma económica específicamente particular del producto
social general del capital; a la vez, encontramos que la forma históricamente
desarrollada no contiene el momento de su especificidad directamente contrapuesto
al momento abstractamente genérico, sino que éste ha sido afectado también por
la diferenciación: valor mercantil representa trabajo humano, pero el valor, en
cuanto representación de trabajo humano, no es valor mercantil.
El
productor de mercancías se comporta ante su propio trabajo tomándolo como un
instrumento de suyo externo e indiferente, sin otro requisito que su
adecuación, un puro medio. Si la subordinación a un fin es (tautológicamente)
el predicado de todo medio, la calificación enfática de éste como
"puro" puntualiza que la subsunción es aquí el resultado de una
reducción subjetiva que borra en la consciencia del individuo las
determinaciones particulares de toda modalidad materialmente determinada, de
los diversos modos de aplicación técnicamente eficiente de su trabajo para la
obtención de productos materialmente diversos, agotándolos en sus
determinaciones comunes. Pero esa indiferencia es únicamente
"subjetiva"; para decirlo metafóricamente, no son las funciones
individuales de utilidad sino las de producción las que encaminan al trabajador
hacia una rama u otra de la actividad productiva. Aunque tanto le dé aplicar su
trabajo a tal o cual operación o proceso, el individuo no deja librado a la
inercia o al azar su entrada a una u otra rama de producción. Podemos
representarnos su decisión como una secuencia en la que considera alternativas
en pares sucesivos. Para escoger entre dos aplicaciones de su trabajo compara
la relación entre los precios que él espera tendrán vigencia en el mercado de
sus productos, con la inclinación de su correspondiente segmento de
transformación material (si la línea de transformación es curva, con la
tangente en un punto); si la pendiente de la relación de precios es menor que
la relación entre los precios del mismo par de bienes, tenderá a especializarse
en el producto representado en el eje de las ordenadas.
*
La
primera mercancía encerraba ella misma la transición: de inmediato se presentan
todas las figuras analíticas propias de la Economía Política
("clásica"): la división social del trabajo, las ventajas
comparativas, la especialización, el valor de uso, el valor de cambio, el
valor, la estabilidad del equilibrio del sistema. Así como Cristo anunciaba el
fin del mundo, Adam Smith proclamaba su comienzo; no instaba a sus
contemporáneos a preparar sus almas para comparecer ante el Juez Supremo, sino
que les enseñaba a guiarse por su propio juicio para comprender las ventajas de
la sociedad moderna y observar el comportamiento moral que, con certeza, les
permitiría gozar de los arreglos y principios ventajosos que brindaba este
nuevo mundo. La nueva ciencia, la Economía Política, debía exponer tales
ventajas partiendo del principio fundamental, la división social del trabajo.
La comprensión de sus consecuencias ayudaría al hombre moderno a actuar del
modo más conducente en pos de su propia felicidad y prosperidad. Al trabajar
unos para otros los hombres responden a la naturaleza humana y progresan hasta
alcanzar la cvilización; en la sociedad moderna, el hombre deja de ser natural
al conciliarse con su propia naturaleza. Esa naturaleza es para Smith la de la
sociedad civil, en la cual la violencia arbitraria se torna intolerable, y la
solidaridad altruista superflua, cuando no prácticamente contraproducente. El
hombre moderno debe vivir conforme a su esencia, desprendiéndose de las
muletillas y artificios a los que acudieron sus antepasados para configurar y
mantener una estructura productiva: la cooperación solidaria, la dominación y
la dependencia personales, la usurpación de posiciones, riquezas y privilegios
(por nobles y cortesanos parásitos). Merced a la división del trabajo
mercantil, el individuo trabaja para los otros naturalmente, sin amo y sin
amor. Pues así como no necesita de un señor que le imponga trabajos o tributos,
tampoco es menester que ame al prójimo para quien produce, ni siquiera que lo
identifique y pueda distinguirlo. Tan indiferente como son la materialidad de
su trabajo y su producto, es la persona del prójimo para quien trabaja, quien a
su vez disfrutará del producto ignorando igualmente la singularidad y la
circunstancia de su productor. No habrá entre ellos otro contacto que el que
entablan como hombres mercantiles, vendedor y comprador, relación en la que,
para cada uno, su contraparte es un congénere genérico de rasgos tan cambiantes
como ignotos. Pero aunque trabaja para un otro indistinto y abstractamente
universal, el productor mercantil pondrá cuidado y diligencia en su labor
productiva. En compensación, sin que sus proveedores le teman, lo amen, le
deban gratitud, abriguen hacia él impulsos compasivos, obedezcan sus órdenes,
respondan a máximas morales, a deberes éticos, ni a sentimientos de solidaridad
fraternal, etc., el individuo mercantil podrá gozar de la colaboración de
multitudes de trabajadores que en los ámbitos geográficos más propicios han
cultivado con el mayor esmero y aplicado con el mismo tesón las más diversas
artes. ¡Ningún rey salvaje tuvo ese poder!
*
Al
desarrollo del poder adquisitivo corresponde el de los poderes productivos del
trabajo. Smith atribuye los mayores aumentos de este poder a la división del
trabajo, de la que parecen ser un efecto o consecuencia. Luego mostrará que ese
efecto no es inmediato ni simple, ni es, esa causa, originaria, ya que todo
remite a un principio más fundamental.
Comienza
con la descripción de las manifestaciones y modos de operar de la división del
trabajo. Ella conjuga dos procesos opuestos y complementarios, la división de
tareas y la composición de operaciones.
Consiste
el primero en que las labores complejas se subdividen reduciéndose cada una a
numerosas operaciones simples. Las artes y los oficios se multiplican y
simplifican en consecuencia. Este primer lado de la división del trabajo
explica por sí mismo el efecto señalado sobre los poderes productivos del
trabajo. Consideremos el trabajador individual, dedicado acaso de por vida
-como consecuencia de la división de tareas- a la repetición de una única
operación sencilla; aplicándose con ahínco, puede desarrollar una destreza
especializada y acercarse a la perfección de su habilidad unilateral,
obteniendo la mayor cantidad posible de productos por unidad de trabajo.
Ese
efecto sobre el poder productivo del trabajo es triple, o se ejerce por medio
de tres circunstancias que favorecen el gran incremento de esa capacidad:
obliga a cada trabajador particular a concentrar su atención y energía en la
operación que ejecuta, permitiéndole cultivar su talento en esa única
dirección, perfeccionándose hasta el límite de las posibilidades; elimina o
reduce el cambio de tareas y así también las consiguientes interrumpciones,
vacilaciones, discontinuidades y pérdidas de tiempo propias de la sucesión de
labores; y facilita la invención de máquinas que facilitan y abrevian las
tareas propias de cada labor.
Evidentemente,
como el trabajador individual puede multiplicar repetidas veces su
productividad en una tarea parcial si se limita a ella, también puede
multiplicar la suya un conjunto numeroso de obreros entre los cuales se ha
establecido una división y reducción de tareas complejas. Pero es necesario que
estos numerosos trabajadores junten sus artes y combinen adecuadamente sus
trabajos especializados para lograr la composición de sus productos parciales.
La división del trabajo implica a la vez la subdivisión de las tareas y la
combinación de las operaciones.
Pero
una vez disuelta -en virtud de la división de las tareas- la unidad primaria
del trabajo social, hasta entonces de carácter inmediato y local, propia del
estado incipiente y rudimentario del desarrollo histórico, ¿cómo reúnen sus
artes multitudes de trabajadores especializados que laboran en los más remotos
rincones del mundo, cómo entablan la necesaria relación productiva, de
cooperación y asistencia recíproca, en definitiva, cómo se logra esta doble
recomposición, a la vez de los trabajos y de los productos?
Dos
condiciones deben verificarse para evitar que la división del trabajo
desemboque en la disolución del vínculo social: que los productores trabajen
unos para otros y que conserven o incrementen la variedad de sus consumos, es
decir, que, a la par que se reducen a la especialización laboral unilateral,
tiendan a ampliar y enriquecer la multilateralidad de su consumo. Las dos
condiciones se logran, nos dice Smith, por medio del intercambio de bienes.
En
efecto, mediante el cambio cada hombre logra la asistencia permanente de sus
congéneres sin necesidad de arriesgarse ni gastar sus energías forzándolos o
concitando su benevolencia o solidaridad, y accede a un cúmulo de riquezas que
de otro modo estaría fuera de su alcance. Así, por medio de la división de
trabajo, el poder de cambio o adquisición es la fuente originaria del
incremento de los poderes productivos.
El
intercambio de bienes redunda, pues, en infinitos beneficios para la especie
humana. Ningún animal incurre en esta práctica, que distingue con exclusividad
a los seres humanos; éstos, empero, cuando intercambian sus productos, no lo
hacen debido a que sabiamente prevéen, comprenden y por tanto deliberadamente
promueven esas ventajas para ellos y sus semejantes. Por el contrario, el
intercambio de bienes es "la consecuencia necesaria, aunque muy lenta y
gradual, de una cierta inclinación en la naturaleza humana, la propensión a trocar
una cosa por otra, que no apunta a un beneficio de tan grandes alcances".
*
He aquí
la división smithiana del trabajo, que conjuga la división privada del trabajo,
la división social del trabajo y la división del trabajo social. Smith no hace
esta triple distinción de modo explícito, pero alude ora a la división del
trabajo privado en el taller o el mismo ramo (para confeccionar abrigos de
lana, alfileres, etc., trabajadores especializados en oficios diversos unen sus
artes, "join their different arts"); ora a la articulación de
procesos productivos que, desde los rincones más remotos, "from the
remotest corners of the world", vuelcan sus frutos en el mercado mundial,
ofreciendo a todo trabajador individual, hasta al más modesto, el disfrute de
bienes y riquezas que no podría reproducir con su trabajo directo. "If we
examine, I say, all these things [all those different conveniences], and
consider what a variety of labor is employed about each of them, we shall be
sensible that, without the assistance and cooperation of many thousands, the
very meanest person in a civilized country could not be provided, even
accordingly to what we very falsely imagine the easy and simple manner in which
he is commonly accomodated".
El
desarrollo de la división del trabajo smithiana reconoce dos condiciones. Una
es la propia división del trabajo, que, al reducir los procesos laborales
complejos a tareas y operaciones simples y repetitivas, favorece el
perfeccionamiento del trabajo especializado. Otra es el intercambio de
productos, en el cual la especialización del trabajo y la diversificación de
los objetos de disfrute individual se concilian y median recíprocamente. Pues
si la división del trabajo es su propia causa, lo es por medio del intercambio
de productos, que permite y estimula el perfeccionamiento del trabajador
especializado. El individuo será entonces tanto más rico y más poderoso cuanto
mayor es el ámbito del intercambio, a mayor amplitud del mercado corresponde
una acrecentada división del trabajo. "As it is the power of exchanging that
gives occasion to the division of labour, so the extent of this division must
always be limited by the extent of the market." A su
vez, el poder de intercambio permite y estimula la especialización del
trabajador. "And thus the certainty of being able to echange all that surplus
part of the produce of his own labour, which is over and above his own
consumption, for that part of the produce of other men's labour as he has
occasion for, encourages every man to apply himself to a particular occupation,
and to cultivate and bring to perfection whatever talent or genius he may
possess for that particular species of business". Así,
según Smith, las divisiones del trabajo, que tantos beneficios y tantas
ventajas brindan a la civilización, son consecuencia del intercambio de
productos.
"This division of labour, from which so many
advantages are derived, is not originally the effect of any human wisdom, which
foresees and intends that general oppulence to which it gives occasion. It is
the necessary, though very slow and gradual consequence of a certain propensity
in human nature which has in view no such extensive utility; the propensity to
truck, barter and exchange one thing for another" ("The Wealth of
Nations", ed. cit., pág. 10).
*
El
productor individual es ahora un trabajador especializado. Entre las opciones
que le presenta su dominio técnico, ha escogido una, guiado por un criterio
unilateral: compara la inclinación de sus segmentos de transformación material
con la de los correspondientes precios relativos. [70][2]Ateniéndose a esta única
consideración, su comportamiento laboral se subordina a la razón productiva (la
simple mercancía es la prefiguración todavía abstracta de la subsunción del
trabajo por el capital). Puesto que todos los productos de su dominio técnico
representan el mismo tiempo de trabajo -una semana-, tienen el mismo valor
individual o subjetivo. (Nótese que
no usamos "valor subjetivo" en el sentido vulgar de un valor que se
cree determinado cualitativa y cuantivativamente por el deseo o la apetencia
hedonística). Son, dice Marx, valores de uso, pero valores de uso para otros, o
no valores de uso (directo) para su propietario. "Comandan", dice
Smith, trabajo de terceros. Sólo se distinguen para su propietario por la
cuantía de trabajo de otros, de trabajo social, que representan. Para nosotros,
la expresión smithiana "trabajo comandado" lleva aquí esta
connotación: el productor especializado que cambia su mercancía en su valor
social, la cambia por encima de su valor individual. El beneficio que ofrece al
individuo el intercambio de bienes producidos en el marco de la división social
del trabajo, prosigue Smith, es que obtiene a cambio de su producto de una
semana de trabajo un producto o conjunto de productos que no podría reproducir
en una semana. Pero la subjetividad anulada en el producto material toma
venganza reivindicándose en su naturaleza social. El individuo mide el valor
social de los bienes que adquiere (demanda) con la vara del valor individual
del producto que vende (ofrece) y cada uno parece beneficiarse en beneficio de
los demás, cada individuo traza (el tramo significativo de) su segmento de
balance o presupuesto por encima de su segmento de transformación material.
Así,
mientras para el hombre determinado como trabajador las diversas modalidades
técnicas de su propio trabajo son subjetivamente indiferentes, el trabajador en
cuanto productor es igualmente insensible ante la materialidad de su producto;
los frutos asequibles en su dominio técnico son para él indistintos. Para el
trabajador, en su unilateralidad robinsoniana, la identidad de los trabajos
deja subsistir la utilidad de los productos, materialmente determinados en
calidad y cantidad como única distinción relevante; para el productor, la
diversidad cualitativa de sus productos se anula en cuanto valen para él sólo
como otras tantas representaciones de su propio trabajo, y reaparece en tanto
representan cantidades distintas de su propio trabajo según las relaciones de
cambio que oberva o espera en el mercado. Sus productos salen de esa
indistinción como encarnaciones de cantidades diferentes de su propio trabajo.
En tanto para el productor en cuanto
trabajador el trabajo mismo era un puro medio para obtener un producto
inmediato, y éste era el fin, para el
trabajador en cuanto productor el producto inmediato, que representa su
trabajo de una semana, es un puro medio para obtener otro producto,
materialmente distinto, que representa para él una cantidad significativamente
mayor de su mismo trabajo; o, lo que es lo mismo, con el trabajo de una semana
adquiere un bien que no podría reproducir en una semana. Tal es la ventaja de
la división smithiana del trabajo social cum
intercambio entre trabajadores especializados. Ventaja verdaderamente insólita,
que dará pábulo a las más pertinaces y descabelladas ilusiones, pues cada
producto individual es mayor que él mismo. ¡La riqueza brota del intercambio!
Esta
ilusión pertenece a la forma necesaria de la consciencia mercantil. El productor
individual, que comparó la inclinación de su segmento de transformación
material con el precio relativo de los productos correspondientes, sabe algo, puesto que considera
relevante la diferencia entre las pendientes de una y otra función, pero no
alcanza a comprender el significado de su diferencia e ignora el de su
identidad cualitativa. No se reconoce a sí mismo en su propio nexo social. No
sabe que la relación entre los precios de dos productos es la expresión
necesaria del correspondiente segmento de transformación técnica promedial
social. Los precios relativos son para él un hecho externo, manifestación de
fuerzas del todo extrañas.
Al
compararlos resolvió un cúmulo de problemas, aunque sin haber llegado a
plantearlos. Su producto, en cuanto valor, es, con relación a cualquier otro
producto propio o ajeno, a la par cualitativamente idéntico y cuantitativamente
comparable: dados dos productos particulares, sólo cabe que uno de ellos sea
menor, mayor o igual que el otro. Ahora bien, para captar la identidad
cualitativa de todos los productos debió primero representárselos habitualmente como cantidades ciertas
de trabajo para luego considerarlos como otras tantas representaciones de
ciertas cantidades de trabajo. Mas la reducción de los productos materialmente
distintos a trabajos cualitativamente idénticos, que sólo se distinguen por su
cantidad, no resuelve el problema de la homogeneidad -y conmensurabilidad- de
los productos; no hace sino trasladarlo al de la igualdad cualitativa de los
trabajos. Y no son éstos menos heterogéneos que aquéllos.
El
problema es entonces la reducción de trabajos singulares a particulares y de
trabajos particulares a trabajo universal. No es la "abstracción
mental", la operación del lenguaje que fija la representación de los
trabajos en un signo universal y sin embargo arbitrario, arbitrario y sin
embargo universal, como el sustantivo "trabajo", o cualquier otro. En
tanto se trata de una reducción en la consciencia, es ésta una consciencia
cognitiva pero también perceptiva, volitiva, emotiva, práctica; y el resultado
no debe ser únicamente una abstracción mental ni un trabajo espectral,
determinado como no determinado, sino, por el contrario, un proceso puramente
laboral, trabajo directamente general o, si todo trabajo en general es una
actividad encaminada a un fin y, por tanto, la condición de un resultado, aquí
el fin, lo condicionado, se vuelve incondicionado y condicionante. El homo
mercator en tanto productor, debe,
en suma, transformar su necesidad contingente y extrínseca en vida conceptual
(sus trabajos innumerables y circunstanciales en una actividad genérica,
trascendente, incondicionada, absoluta), no porque en sus relaciones más
elementales reposa el germen de su desarrollo (ni porque el desarrollo es
inmanente a su forma e igualmente necesario, ni siquiera porque podemos
descubrir esa necesidad en la serie de transiciones en que se expresa, se
despliega, se transforma el ser indiferenciado del comienzo y se eleva hacia la
plenitud de su realidad, etc.), sino simplemente porque debe hacerlo en
retrospectiva, para él o para nosotros que procuramos comprender ese resultado
como resultado.
Sabemos
que el productor empírico ha solucionado el problema; no es, pues, nuestro
cometido el hallarle respuesta sino también y principalmente explicar cómo dió
con ella. Y bien, el individuo conoce el resultado de la objetivación del
trabajo en la expresión valor, pero al revés, no propiamente como resultado
sino tomándolo (puesto que,
en efecto, es "tomador" de precios) como ser irreductible, no
condicionado sino condicionante; incapaz de reconocer en la forma universal de
su relación productiva la objetivación de su esencia social, sólo encuentra en
ella un significado subjetivo particular. Al comportarse de acuerdo con sus ventajas
"comparativas", compara sus capacidades laborales con las
productividades sociales, erigiendo las primeras en el patrón de las segundas;
y escoge la especialización que le permite alcanzar el segmento de presupuesto
más elevado, donde un punto toca su segmento (en general, una línea) de
transformación y todos los otros representan colecciones de bienes que él no
podría reproducir en una semana y que sin embargo puede cambiar, para su mayor
beneficio, por el producto de sólo una semana de trabajo. Va al mercado con su
producto individual, y regresa del mercado con un producto que tiene para él un
valor individual incrementado. ¡La ilusión se confirma!
*
Recordemos
-excusándonos de la reiteración- algunas referencias clásicas al valor individual
de los productos de un individuo aislado. Si un hombre, dice Petty, necesita un
cierto tiempo de trabajo para cultivar un bushel de trigo en las proximidades
de Londres, y el mismo trabajo para arrancar una onza de plata de las entrañas
de la tierra en el lejano Potosí, y transportarla hasta Londres, luego, un
bushel de trigo debería valer lo mismo que una onza de plata. Y un ladrón
debería ser obligado a trabajar lo necesario para la restitución de los bienes
sustraídos por él. La misma explicación es la que ofrecía David Ricardo a su
corresponsal, Mr. Trower, aclarándole de una manera accesible la noción de
valor (v. supra). Marx lanzó pullas hirientes contra las
"robinsonadas", mofándose de los infructuosos devaneos de los
economistas que creen deducir las relaciones del mundo moderno de sus
elucubraciones sobre el individuo aislado. El individuo aislado no es el prius de la relación productiva sino,
antes bien, un resultado ("dieciochesco") del desarrollo de su forma
mercantil. Dada tal premisa histórica el individuo aislado es, en definitiva,
un artificio analítico, una abstracción determinada que, sin embargo, tiene
sentido, porque, por sencillas que sean las relaciones de Robinsón con los
productos de su trabajo "quedan contenidas en ellas todas las determinaciones
esenciales del valor". Y porque, añadimos, el valor subjetivo es un
momento necesario del comportamiento del productor social.
El
hombre específicamente mercantil debe subjetivar el valor (social) de los
productos que pueblan el mundo de las mercancías, proyectando en ellos la
escala de sus valores individuales. Su dominio técnico es siempre flexible pero
hay productos que no tienen cabida en él. Con relación a estos productos su
etología será la del "consumidor" de la economía ordinaria y, en lo
que a él respecta, la determinidad cuantitativa del valor de cambio social brotará con dogmática y
unilateral exclusividad de la primera fuente ricardiana. ("Possessing
utility, commodities derive their exchangeable value from two sources, from their
scarcity and from the quantity of labour required to obtain them".). Si su
dominio técnico comprende varios productos y se conduce como
"productor" (clásico), con arreglo a su ventaja comparativa, aportará
mediante este comportamiento a la estabilidad del sistema productivo,
participando en el ajuste clásico; cuando los precios relativos satisfacen las
condiciones de equilibrio del mercado pero no coinciden con las respectivas
relaciones de valor, algunos productores encontrarán que cambia para ellos el
orden de sus ventajas comparativas y reprogramarán su trabajo en consecuencia.
El productor individual es insensible en tanto trabajador a toda variación subliminal de la diferencia entre, por
un lado, los precios relativos esperados y, por otro, las correspondientes
relaciones de valor individual. La estabilidad del equilibrio mercantil se
vería comprometida si en la sociedad no hubiera dispersión en las inclinaciones
de los segmentos de transformación individuales, o si la población fuera
excesivamente heterogénea, porque en el primer caso la reacción ante una
discrepancia entre relaciones de valor y de precio podría ser exagerada (como
en un barco en el que toda la tripulación corre de una borda a la otra, de
babor a estribor), y en el segundo caso la reacción podría ser insuficiente (el
barco no zozobra pero navega escorado).
*
Al
comportarse con arreglo a su ventaja comparativa, el productor individual ha
encontrado solución a un cúmulo de problemas que ni siquiera se ha planteado y
que sólo pudo resolver siguiendo un orden particular. En promedio, una unidad
material de su producto requiere para su reproducción una cantidad de trabajo
social determinada, cantidad igual, mayor o menor que la requerida por nuestro
individuo. Ahora bien, debido a que requiere
de una cierta cantidad de trabajo, también representa
una cierta cantidad de trabajo. Pero no es lo mismo "requerir" que
"representar", y los dos trabajos representados, respectivamente, en
el valor y en el valor individual, llegan a revestirse de una forma adecuada a
su significación por caminos distintos y como consecuencia de procesos a la vez
distintos y complementarios. Si atendemos a su diferencia, observamos que
proviene de la naturaleza histórica específica de la mercancía en cuanto producto,
tal como la concibe Marx: del carácter privado (sólo condicional e
indirectamente productivo) del trabajo que produce mercancías.
La
relación productiva entre los hombres mercantiles es una relación de ajenidad e
indiferencia personal. La producción de mercancías es la acción recíproca entre
la totalidad de los productores de mercancías que se entabla por medio de sus
relaciones biunívocas en el mercado. La totalidad de las relaciones entre
todos, tomados de a dos, cobra la forma de una inmensa población de contratos
privados en la que cada uno de ellos se pacta libremente, pero donde a cada
parte, a través de la otra, como nexo impersonal entre personas jurídicas, se
le imponen las determinaciones del todo.
La
dependencia personal no está superada pero sí anulada por el carácter
impersonal e intermitente de la relación mercantil, que, como argumenta Smith
contra Hobbes, excluye todo poder personal que no sea poder de compra,
"purchasing power"; el poder hobbessiano, el poder político fundado
en la riqueza, se proyecta fuera de la sociedad civil y se encarna en el Estado
capitalista. Creer que, por el contrario, la mercancía es la encarnación de la
violencia, es olvidar la especificidad de la mercancía y desconocer la
violencia en su forma peculiarmente mercantil.
*
El
trabajador individual es su propia
medida del mundo. [71][3]El trabajo deviene substancia
en el valor. En el valor individual,
porque el trabajo es sujeto, no (sólo) como actividad y representación, sino
también y fundamentalmente como objetivación. En el valor mercantil, porque el trabajo, que ya devino en él un algo
materializado, es acogido como objeto subjetivizado en el nexo productivo y en
la conducta económica del individuo mercantil. El trabajo es en el valor -tanto
en el valor individual cuanto en el valor mercantil-, como es (genéricamente)
en sí mismo: "en el trabajo el sujeto se objetiva y el objeto se
subjetiva" (Grundrisse). Pero es propio del valor mercantil que en él los dos momentos, subjetivo y objetivo, del trabajo
que deviene substancia en el valor, caen, el primero, enteramente en el trabajo
individual y, el segundo, en el social.
El
programador del trabajo mercantil no es, pues, un yo social, general, "de
tous", sino únicamente un yo particular, privado (individual o colectivo).
Para el individuo mercantil su propio nexo social es un hecho exterior, su
vínculo productivo una apuesta azarosa. En su consciencia la naturaleza del
valor se presenta invertida; si primero comprendemos (siguiendo la "Contribución.."
y el "Das Kapital") la génesis de la forma del valor mercantil, y
luego nos ubicamos en la perspectiva de la consciencia empírica del hombre
mercantil y reflexionamos sobre esta experiencia, recorremos en orden inverso
la serie de las mediaciones entre el valor y su forma mercantil, sólo que en
ese orden invertido las mediaciones no son tales sino niveles o instancias, la
razón no encuentra una ilación sino que se fragmenta. El representante teórico
de la consciencia mercantil distingue diferencias en la secuencia de
transiciones, y se las representa como niveles del ser social. Para él, el
agente individual de la producción mercantil es un "tomador" de
precios, y éstos encuentran su determinación cuantitativa en el mercado. Por
otro lado, es un "formador" de precios al actuar de dos maneras: en
el mercado mismo cuando invariablemente regatea con empecinamiento y por
principio; en el trabajo cuando se comporta de acuerdo con sus ventajas
comparativas. Pero el hombre mercantil vive en una comunidad cosificada, en una
religión donde la comunidad de los espíritus anima a los productos, seres
inanimados; su vida social y su mundo privado, sus actividades productivas y
consuntivas, su trabajo y su nexo productivo, están escindidos y contrapuestos,
su re-ligere ocurre para él de modo
extrínseco y objetivo; su actividad tiene un impacto indirecto, impersonal e
insensible, y es sólo a partir de su papel pasivo como "tomador" de
precios que actúa como hombre que lleva a cabo una práctica que es la realización
de su voluntad. Hay, pues, dos verdades complementarias pero separadas que
resultan, una de los "experimentos individuales", otra de los
"experimentos de mercado" (Patinkin, op. cit.): los precios son, en
los últimos, las variables dependientes, en los primeros son las variables
independientes. Esta consciencia es ideológica, no porque no corresponde
adecuadamente a un objeto supuesto fuera de toda representación, ni únicamente
porque resulta "falsa" o "limitada" al compararse con otro
saber que se reputa verdadero; sino también y principalmente porque en tanto
"falsa" o "limitada", forma parte necesaria e inseparable
de esta relación productiva.
*
El
trabajo representado en el valor individual
tiene como premisa el valor, y el trabajo social representado en el valor tiene
como premisa el valor individual del producto. O el valor individual y el valor
son recíprocamente necesarios. El productor individual espera un precio y tal
es el carácter peculiar de su azaroso nexo productivo, que apuesta su ser social
a cara o cruz cada vez que realiza un producto. Cuando el productor mercantil
acude con su mercancía al mercado, el valor social de cada pieza de su producto
encuentra una forma objetiva consolidada y consagrada.
Es el
precio, que, empero, debe ser retrotraído a su significación en un precio
relativo. La consciencia individual debe procesar esta relación sin
comprenderla, debe desandar el paso decisivo de la génesis del dinero sin que
esto le ayude a desentrañar el significado social de la forma del valor; no
llegará a reconocerse en su propia esencia social que aparece para él como un
algo proveniente del exterior que debe interpretar según las pautas interiores
provenientes de su propio dominio técnico; debe ubicar el dato -que tiene la
forma de una categoría económica específica que ha "tomado" una
determinación cuantitativa-, en el marco de su significación praxiológica, para
aparecer en ella como un ser inmediato, obvio, irreductible, prácticamente
significativo. Para ello debe desandar en sentido contrario la génesis de esa
forma que, por esa rememoración que sería -y es, de suyo- el primer paso hacia
la crítica, en lugar de tornársele transparente, se opaca para él. El productor
individual debe, pues, limitarse a subjetivar
el trabajo social representado en la forma general del valor para regular su
propio comportamiento laboral; a reprogramar sus tareas en el marco de la
división social del trabajo, ya fuera diversificándose, ya especializándose en
esta o aquella rama u oficio.
*
Para
comparar cantidades de su propio trabajo con cantidades del trabajo de otros,
el individuo tiene que representárselas primero como reducidas a una misma
magnitud. [72][4]Pero esa magnitud no es el
valor ni es el valor mercantil, ni es la cantidad de trabajo social
representada en uno y otro, puesto que no los conoce. Tampoco compara
directamente el tiempo de trabajo que él necesita para obtener su producto
individual con el trabajo socialmente promedial necesario para reproducir el
mismo resultado. Pero resuelve su problema del modo más sencillo, sin dejarse
ganar por la quimera especulativa que ha extraviado a grandes economistas en la
búsqueda infructuosa de un patrón de valor invariable. El hombre mercantil se
vale de su experiencia pedestre en la porción del mundo sensible para él, donde
compara las pendientes de su segmento de balance y del segmento de
transformación, que, o bien coinciden en un punto, y son distintas, o en todos,
y son iguales. Si su diferencia no sobrepasara un umbral friccional, la mejor combinación
de productos que podría adquirir el individuo sería igualmente asequible para
él mediante su propio trabajo, y sería para él indiferente participar en el
mercado o convertirse en Robinsón. En virtud de la diferencia, la mercancía
neoclásica -intercambio de bienes entre propietarios privados- debe de acuerdo con ella misma pasar, vía la
especialización del trabajador, a la división smithiana del trabajo social y,
en definitiva, a la mercancía genuina y plenamente clásica -intercambio de
productos socialmente reproducibles de trabajos independientes y privados,
entre propietarios privados-.
Valor y
valor mercantil son determinaciones de una misma magnitud, el tiempo de trabajo
social. El valor mercantil de una
mercancía se expresa como una cierta cantidad de otra mercancía materialmente
distinta o de dinero. La expresión del valor mercantil no es, pues, expresión directa del valor. El valor individual,
por último, representa también trabajo, pero únicamente trabajo individual. En
tanto portadora de valor y de valor individual, la mercancía no es
conmensurable consigo misma, pero el productor mercantil compara las razones
entre los valores individuales de sus mercancías (las relaciones de valor
individuales) con las razones entre sus correspondientes valores mercantiles
(expresadas como precios relativos), y conforme a su comportamiento ante esa
comparación, los precios relativos y las relaciones de valor tienden a ser
equiproporcionales y, por consiguiente, los valores mercantiles a coincidir con
los valores respectivos. Tal es la ley del valor mercantil o ley fundamental de
la Economía Política, que dice que el movimiento de los precios se rige por el
principio del valor.
Para el
productor de una mercancía el cociente entre el valor individual -en su dominio
técnico- de la mercancía que espera adquirir y el valor individual de su
mercancía debe ser mayor que el cociente entre el precio de la mercancía que
compra y el precio de la que vende. De inmediato se pone de manifiesto la
diferencia estructural entre la mercancía en general y la mercancía en tanto
forma general del capital. Con arreglo a la ley del valor mercantil, la
división social del trabajo se conforma según las ventajas comparativas de los productores de mercancías. Pero por la misma ley,
los productores de capital mercancía, o de mercancías portadoras de las
determinaciones del capital, deberán conducirse con arreglo a sus ventajas absolutas. Esta diferencia es la más
elemental, es decir, proviene de las determinaciones del capital en cuanto
capital, más generales que las dependientes de estructuras particulares del
capital (como las involucradas en las "transformaciones" provenientes
de diferencias en las estructuras sectoriales del capital); en otras palabras,
subsiste incluso en ausencia de las circunstancias por las que las relación
entre los "precios de producción" de las mercancías es distinta de
las respectivas relaciones de valor. (Esta diferencia entre la mercancía y la
mercancía del capital no se pone palmariamente de manifiesto sino en el sistema
capitalista maduro, cuando la diferenciación del capital disuelve los
subsistemas capitalistas nacionales y crea una gigantesca masa de desocupados
permanentes al margen del "ejército industrial de reserva"). En un
caso como en otro, al cambiarse las mercancías conforme a la ley del valor
mercantil, se cambian en sus valores.
En la
expresión dineraria del valor mercantil, el trabajo social se reviste de una
forma objetiva, y, con la condición de la realización de la mercancía, deviene "substancia" social
objetivada, no aún del valor sino, sin otra mediación, del valor mercantil. En
primera instancia (con prescindencia de aquellas discrepancias entre valores
mercantiles y valores que provienen de la estructura particular del capital), el
dueño de la mercancía no "comanda" más que su propia mercancía,
llevándola al mercado; pero una vez realizada, la mercancía es dinero y su
dueño "comanda" valor mercantil, cualitativamente idéntico al valor,
y, por tanto, representación de trabajo social. Y sólo por la interacción del
conjunto de los hombres mercantiles y la reconfiguración permanente de la
división social del trabajo, la cantidad de trabajo social
"comandado" por la mercancía realizada, como "substancia"
social objetivada, coincidirá tendencialmente con la cantidad de trabajo social
representada en el valor de la mercancía. La discrepancia entre valor y valor
mercantil está mediada por dos procesos complementarios pero distintos: el
ajuste de los precios a la condición de los mercados y el ajuste
"clásico" de la estructura productiva. La unidad de ambos está
mediada por la forma mercantil del valor, que no es sino la forma del valor
mercantil. La ley del valor versa sobre la unidad de ambos ajustes, por la que
tendencialmente, sobre la base de la identidad cualitativa entre el valor
mercantil y el valor, se elimina su diferencia cuantitativa.
*
Suzanne
de Brunhoff es uno de los pocos autores que han escrito sobre la teoría
dineraria de Marx ("La monnaie...", op. cit.). Su léxico no fija la
distinción entre dinero y moneda ("monnaie" vale en ciertos contextos
como medio de circulación o medio de compra, en otros casos como dinero). Dos
cuestiones ocupan el centro de esta obra: a) la reiterada y enfática
insistencia en la tesis marxiana de la unidad de las funciones dinerarias,
unidad que reposa en la función del dinero como medida general de los valores,
y b) la discusión acerca de si la teoría dineraria de la primera sección del
primer tomo del Das Kapital (cap. III) es una teoría general del dinero o una
teoría acerca de una estructura dineraria particular. Ambas cuestiones son
clave para la comprensión de la estructura del Das Kapital, problema que acosa
en todo momento a "La monnaie...". Su insistencia en la unidad de las
funciones del dinero ofrece una perspectiva crítica que supera los estudios más
reconocidos sobre la estructura del Das Kapital, como el de Zeleny. op. cit.,
Rosdolsky, op. cit. No obstante, una muestra de lo limitadamente que comprende
la autora tanto el concepto marxiano de dinero como la estructura de la obra
Das Kapital, es que subscribe acríticamente la falsa reconvención que algunos
marxistas (desde Paul Sweezy hasta nada menos que Rosa Luxemburgo) han hecho a
Marx de haber "olvidado" el dinero en sus esquemas de reproducción,
al reducir analíticamente la división capitalista del trabajo a dos sectores,
uno que produce los bienes que componen la canasta salarial, y otro que produce
los elementos materiales que forman parte del capital constante. El dinero, arguye
Brunhoff, no se produce en ninguno de esos dos sectores, ni en el de bienes de
consumo (salariales y suntuarios) ni en el de medios de trabajo. Es necesario,
pues considerar un tercer sector, que produce la mercancía dineraria.
Evidentemente, no se detuvo a reflexionar que tanto la distinción entre capital
"constante" y capital "variable", cuanto los célebres
"esquemas de reproducción" pertenecen al análisis del plusvalor con abstracción de su forma. Sin
dejarse intimidar por la autoridad de sus predecesores, la autora debió
advertir que no se trata de dilucidar si la producción de mercancía dineraria
pertenece a una rama u otra de los esquemas de reproducción (o, como propone,
debe habilitarse una tercera), sino que la forma del valor no tiene cabida en los
esquemas de reproducción ni la tiene, por tanto, el dinero mismo.
La
posición de la autora sobre a) es meritoria en tanto procura rescatar una tesis
marxiana fundamental en la que no repararon los marxistas, pero parte de la
tesis tomándola como comienzo, cual verdad evidente: no llega a ella como
resultado para proseguir; menciona la génesis del dinero (que, indica citando a
Marx, proviene de la propia naturaleza de la mercancía), pero no la expone (id.
est., el desdoblamiento de la mercancía en formas relativa y equivalencial, el
desarrollo de la forma del valor como consecuencia del desarrollo de su forma
relativa), ni, menos aún, la critica; y, en consecuencia, su afirmación
verdadera sobre la unidad de las funciones queda sólo como una afirmación. En
el caso del punto b) debería exponer la teoría de la forma del capital y, en
particular, la estructura del Das Kapital, para discutir la relación entre el
dinero crédito de la sección V del tomo III y el dinero de la sección I del
tomo I; relación que debiera remitir a la "génesis del dinero"; por
ende, a la naturaleza misma de la mercancía.
S. de
B. quiere presentar la teoría marxiana del dinero. Esta teoría no interesa en y
por sí misma, sino "en raison de son articulation avec la théorie du mode
de production capitaliste". Esta articulación, nos dice[73][5], es propia del capital. Las
formas específicas de dinero propias del capital estarán comprendidas en la
forma general. Y lo mismo sucederá con las leyes generales de la circulación monetaria, que comprenderán las formas
particulares de la moneda y tendrán vigencia "dans le mode de production
capitaliste ou` pourtant existe une circulation monnétaire spécifique, celle de la monnaie de crédit" (pág. 15). Sub. por
S. de B.
Si el
capital es "inseparable" del dinero no lo es éste de aquél, pues
sería una étrange manière d' être la
de un género inseparable de una especie suya; pero nada tiene de extraño que
una especie posea los rasgos de su género, ni por tanto que una forma
específica sea idéntica y, a la vez, distinta de una genérica.
Así, el
objeto de la teoría general del dinero que precede al estudio del capital no es
en Marx, ni debe ser, la forma específica de dinero más adecuada al concepto
del capital, o propia del capitalismo desarrollado. Sería un error, insiste,
esperar que el problema del dinero se resuelva en la teoría del capital. [74][6]"Un autre aspect de la
même erreur consiste à exposer de façon partielle, incomplète, les fonctions de
la monnaie analysées par Marx dans le chapitre III de la première section du Capital, alors que seule la totalité de
l' exposé constitue la théorie de la monnaie".
Pero
apenas dos páginas antes nos decía que "le probléme de la monnaie" es
el de su peculiar articulación con el capital, etc. Este problema no puede ser
resuelto fuera de la teoría del capital.
Estos
tropiezos se disiparían si la autora dijera, simplemente, citando a Marx, que
éste comienza su estudio del capital (y "El Capital..") por la forma
más abstracta y general de éste, la mercancía. El análisis de la mercancía
pronto pone de manifiesto que ésta necesariamente se desdobla en mercancía y
dinero. Sin embargo la autora pasa por alto ese desdoblamiento y su libro paga
un precio por ello.
Nuestra
discusión anterior muestra que no se puede comprender la particularidad de las
estructuras del capital y especialmente su desarrollo e historicidad sin
distinguir en las categorías económicas los aspectos específicos de los
genéricos. La indistinción condena los mejores esfuerzos a un embrollo.
*
Marx
critica la teoría clásica en procura del resultado que ella no pudo alcanzar, a
saber, el pasaje del valor a la forma del valor y, por tanto, la comprensión de
la génesis del dinero. Los dos momentos principales de este desarrollo son: la reducción
de valor de cambio a valor, y el descubrimiento de la expresión de valor
contenida en la relación de valor. Son dos pasajes, de la forma al contenido y
del contenido a la forma. Mediante el primero accede a la exposición del valor
que hace caso omiso de su forma ("El desenvolvimiento de la investigación
volverá a conducirnos al valor de cambio como modo de expresión o forma de
manifestación necesaria del valor, al que por de pronto, sin embargo, se ha de
considerar independientemente de esa forma" Das Kapital, pág. 47). Esta
exposición (síntesis de los fundamentos clásicos) prepara el pasaje siguiente,
que es el regreso a la forma ("Habíamos partido, en realidad, del valor de
cambio o de la relación de intercambio entre las mercancías, para descubrir el
valor de las misma, oculto en esa relación. Es menester, ahora, que volvamos a
esa forma en que se manifiesta el valor" Das Kapital, págs. 58/9). Huelga
decir que el "regreso" a la forma no es un mero regreso, sino que se
partió de una unidad indiferente y se arribó al fenómeno comprendido como tal,
a la expresión del valor en tanto expresión necesaria.
La
segunda progresión debería desembocar en la forma del valor. Marx encuentra la
transición de la mercancía determinada como producto al producto determinado
como mercancía en la expresión de valor de una mercancía que se encierra en su
relación de valor con otra mercancía. El valor de una mercancía se expresa como
una cantidad de valor de uso de otra mercancía. Esta transición despega del
suelo clásico y abre todo el nuevo horizonte conquistado por Marx, donde su
primera tarea es "llevar a cabo lo que la economía burguesa ni siquiera
intentó, a saber, dilucidar la génesis de esa forma dineraria siguiendo, para
ello, el desarrollo de la expresión del valor contenida en la relación de valor
existente entre las mercancías; desde su forma más simple y opaca hasta la
deslumbrante forma de dinero. Con lo cual, al mismo tiempo, el enigma del
dinero se desvanece." (Das Kapital, pág. 59).
Lo hace
en tres pasos ("Glosas a Wagner"): primero considera la mercancía en
su noción ingenua, observa que ella se presenta como un ser que encierra una
dualidad de factores, pero en seguida sobrepasa la exterioridad recíproca
aparente de estos momentos determinando la primera mercancía como una unidad
diferenciada; su carácter dual no es la yuxtaposición de seres subsistentes
sino que el valor de cambio tiene en el valor de uso su soporte material
necesario. En este resultado (en el que queda superada la exterioridad recíproca
de los "factores") surge el problema que dará paso a la segunda
mercancía. Las mercancías se entregan unas a cambio de otras porque en su
materialidad son cualitativamente distintas; y al cambiarse en proporciones
determinadas una mercancía por otra, ambas tienen, esto es tautológico, el
mismo valor de cambio (en verdad, el mismo valor mercantil). Pero, ¿se cambian
en esa determinada proporción porque es la relación entre sus respectivos
valores de cambio, o sus valores de cambio quedan determinados al cambiarse las
mercancías en una determinada proporción?
La
pregunta atañe a la forma mercancía del producto social y, por ende, no remite
al valor como representación del trabajo social en general sino, más
concretamente, a la distinción entre su momento genérico y su momento
específicamente mercantil.
Esa
distinción no pertenece al producto y a su forma sino también, y más
esencialmente, al trabajo humano mismo. El trabajador genérico está determinado
como trabajador en tanto es indiferente ante las modalidades técnicas de su
trabajo en diversas aplicaciones, de modo que los diversos conjuntos de
productos asequibles en su dominio técnico en un lapso dado (una jornada, una
luna) son para él otras tantas representaciones de un mismo trabajo (cualitativa
y cuantitativamente idéntico).
*
La
contraposición (por la que su trabajo es para él un medio indiferente) debe ser
tal para el propio trabajador, y para esto es necesario que el resultado del
trabajo sea el propósito de una voluntad consciente. (Necesario, mas no
suficiente, como no lo es, por tanto, la distinción que hace Marx cuando
compara el trabajo del albañil con el trabajo de la abeja y encuentra la
diferencia en el plan que el primero concibe en su cabeza). En el objeto de la
voluntad el organismo se pone como sujeto separándose de sí mismo, por un
desdoblamiento en el que su trabajo es la condición y el medio de su finalidad,
y reencontrándose en esa finalidad alcanzada. Mediante esa abstracción
descubrimos en toda categoría económica, despojándola de su especificidad como
lo hace inconscientemente la economía acrítica que, en la primera mercancía,
elimina la substancia del valor y en la segunda elimina la forma, un contenido
más abstracto, que ya no pertenece a una sociedad humana determinada, sino a
todas; luego uno biológico, una esencia humana que no es humana. El trabajo
humano representado en el valor es trabajo general,
pero él mismo es a la par su propio prius:
trabajo en general, actividad
biológica, "desgaste de músculos y de nervios". Pero de comprobar que
el trabajo humano remite a su contenido elemental, no se sigue que el trabajo
que produce valor no es sino actividad biológica.
Marx
deja subsistir el momento abstractamente natural en su opinión según la cual,
puesto que las mercancías en cuanto productos del trabajo son conmensurables en
trabajo, y a su vez los trabajos son manifestaciones de un intercambio
metabólico esencial, luego, dicho con nuestras palabras pero confirmado en un
cotejo con las suyas, la esencia del valor es la energía biológica (noción que
se conjunga con los afanes y fatigas de la actividad laboral smithiana).
Podemos interpretar que en esta reducción de la diversidad de los trabajos
productivos a una energía cualitativamente idéntica opera el supuesto económico
según el cual la intensidad de los trabajos en sus distintas aplicaciones
técnicas o modalidades "concretas" tiende a igualarse, conforme a un
patrón convencional. Pero si esto resuelve un problema, el de justificar una
reducción que va más allá del contenido común de las mercancías en el igual
carácter social del trabajo
necesario para reproducirlas, al poner de manifiesto en ese contenido uno más
elemental y más abstracto plantea otro problema, el de la abstracción relevante
o el concepto genérico.
Los
Gründrisse atestiguan el descubrimiento de que la Economía Política no puede
partir de conceptos genéricos como Producción, Trabajo, Valor. Las Glosas a
Wagner corroboran hasta qué punto fue decisiva para el autor la escogencia de
la mercancía como comienzo. Ambas obras, una escrita en la juventud y otra
próximo al final de su vida, ninguna escrita o revisada para publicar, exageran
esta posición, que, felizmente, no es desarrollada unilateralmente en el Das
Kapital, donde el momento específico se determina en contraposición al momento
genérico (vgr., en el célebre apartado "El fetichismo de la mercancía y su
secreto"). Se parte de la mercancía; en nuestra exposición, de la
secuencia de las tres mercancías. No se arranca, es verdad, de los conceptos
genéricos. Se los concibe.
Son
abstracciones determinadas, resultado del análisis de las categorías
mercantiles. En ellas el análisis pone de manifiesto un contenido que encierra
contenidos más elementales: la economía mercantil es una economía de valor, la
economía de valor es una economía de trabajo, la economía praxiológica o
laboral es una economía etológica o biológico-energética. Los niveles más
generales son en todos los casos más abstractos y más extensos, de modo que no
toda economía biológica es economía laboral ni toda economía laboral es
economía de valor ni toda economía de valor es mercantil, etc. Hay una economía
energética atinente a las conductas y adaptaciones orgánicas de los especímenes
vivos, que mejoran la probabilidad de supervivencia de su dotación genética.
¡En un principio era el sexo! En la reproducción sexual cada hijo hereda
únicamente la mitad de su ADN cromosómico de cada progenitor (no así el ADN
protoplasmático, que se transmite por vía materna), de modo que el espécimen
singular pierde la paternidad exclusiva propia de la reproducción directa,
asexual; nadie ignora que esa pérdida tiene sus compensaciones, incluso
adaptativas.[75][7]
Hay
también una economía de trabajo que ya no es (sólo) de energía ni (aún) de
producción; no es sólo intercambio energético o metabolismo pues el trabajo y
el producto han salido de la unidad inmediata primordial y el trabajo se
materializa en un protoproducto subsistente. [76][8]Un nuevo trabajo, del mismo
individuo o de otro, puede volver a aplicarse al objeto en el que quedaron
resguardados los efectos útiles del trabajo anterior, ora para cambiar su forma
material y espaciotemporal (también la defensa y el transporte son
transformaciones), ora para que el "trabajador" finalice su unión con
el producto, devorándolo. El protoproducto es un fruto del trabajo que se
distingue del trabajo mismo como efecto materializado subsistente, pero carece
de la universalidad del producto social, y tanto el trabajo como su fruto son
de modo esencial (aun cuando no único) una relación entre especímenes
singulares ("individuos") que en esa relación mejoran la esperanza
(estadística) de propagar sus genes respectivos favoreciendo su progenie y la
de sus consanguíneos próximos probables (incluidas las respectivas parejas
sexuales procedentes de otros linajes).
El
protoproducto es la diferenciación todavía natural en la conducta del ave
predadora que no se apodera directamente de su presa, comiéndosela, sino que la
transporta en su pico (o la deglute y luego la regurgita) para alimentar a sus
crías (y eventualmente al otro miembro de la pareja, que no participa en la
búsqueda de alimentos sino que empolla, abriga o protege la progenie). Por de
pronto, esta economía energética, que se optimiza por medio de conductas
individuales complejas, desde la ponderación entre los riesgos de permanecer en
un refugio sin alimento o exponerse a salir de él, o la fulminante y
circunstanciada evaluación del beneficio y el costo de consumir energía para
huir o atacar, hasta la cooperación circunstancial con potenciales rivales del
mismo sexo (que también es cooperación potencial con rivales circunstanciales),
todo ello es la prolongación y la réplica de la actividad orgánica de los seres
vivos que no tienen esa conducta externa pero realizan la función (que sólo
evaden los virus) de hacer acopio de energía para sus progenies. Aun cuando no
hay una verdadera sociedad natural, hay escalones naturales hacia el mundo
social, y, por de pronto, una economía energética, una economía de trabajo, una
economía de protoproductos. Marx cita con aprobación a Benjamin Franklin, quien
dice que el hombre es un animal que hace herramientas, pero añadamos que un
"toolmaking animal" no es un hombre. (Lo contrario es sostenido por
Feuerbach: "Hacer es un concepto fundamentalmente humano. La naturaleza
procrea, produce, y el hombre hace. Hacer es algo que puedo omitir, es un hacer
intencional, premeditado, exterior, es un hacer en que no participa
directamente mi propio ser intrínseco...").
En el
protoproducto no es posible distinguir el uso directamente consuntivo del uso
indirecto, o productivo, sencillamente porque en las conductas y relaciones
animales no se puede distinguir la producción (trabajo de y para otros o
relación social mediada por el trabajo y trabajo mediado por las relaciones
sociales) del consumo (trabajo de apropiación individual). El protoproducto es
un órgano no somático que media una "sociedad" todavía orgánica, una
comunidad de especímenes que "invierte" en una progenie común (individuos
de un mismo linaje genético y sus parejas sexuales exogámicas). Es un objeto
que tiende a favorecer la prevalencia de los rasgos hereditarios del individuo,
bien aumentando su propia probabilidad de sobrevivencia, bien la de sus
parientes (que comparten algunos de sus genes). Se han descripto diversas
situaciones en las que el espécimen individual puede hacer más por su propia
supervivencia genética mediante la solidaridad e incluso el sacrificio
"altruista" que mediante una conducta que optimiza el egoísmo
individual, entendiéndose por "altruismo" el limitado al linaje
próximo (ALCOCK, John "Animal Hehavior, An Evolutionary Approach").
En consecuencia, a la obvia condición de que el protoproducto debe ser útil,
debemos añadir la de que sea un bien transferible. Ahora bien, ninguna de las
dos condiciones exige un soporte material no somático (fuera del cuerpo del
individuo portador del protoproducto). Un bien útil y transmisible puede tener,
por cierto, la forma de un alimento, pero también la de una atención no sexual
(despiojar, abrigar, proteger), una señal de alerta (este fruto es venenoso,
hay un enemigo en las proximidades, surge una súbita oportunidad de caza); en
este caso es un protoproducto inmaterial, un "servicio" cuyo efecto beneficioso
para otros brota directamente del trabajo que le da su forma útil a la vez que
lo transfiere o lo transmite. Ciertos cambios anatómicos bien definidos brindan
testimonio paleontológico de las transformaciones adaptativas que culminaron en
la atropogénesis: un mayor desarrollo encefálico, una configuración
ósteomuscular adapatada a la marcha bípeda, un notable descenso de la glotis
junto con el agrandamiento de la cavidad laríngea superior (la base de una
especialización en el lenguaje articulado); todos ellos se conjugan con el
desarrollo de la habilidad manual para confeccionar protoproductos materiales,
para portar las crías y transportar bienes, y, por ende, con el desarrollo de
un medio cultural en el que se elaboran y transmiten protoproductos no materiales.
Son
éstos últimos los que tanto prácticamente cuanto por su concepto están
destinados a trasponer primero las fronteras estrechamente animales de la
relación protoproductiva para trascender la relación de linaje genético y
presentar el elemento universal de la producción como relación social y del
producto como mediación genérica. El concepto de Producción es el concepto de
concepto en cuanto su elemento es la universalidad y es él el elemento de la
universalidad; o producción es comunidad de los trabajos, pero la comunidad de
los trabajos tiene su medio en la comunidad de las consciencias, en el discurso
universal de los lenguajes particulares. Este sentido universal ínsito en la
relación humana se desarrolla por su negación, por el intercambio de productos
(producción extendida) y por la guerra, y es tan contrario al estrecho
particularismo todavía telúrico en que se inicia la antropogénesis como al
sentido común que la acompaña, que no es todavía la consciencia de la comunidad
universal sino su aparecer como particularismo, su primera afirmación como
intolerancia. Es el balbuceo primigenio, irrepetible, que jamás debe ser
confundido con el abandono brutal de la universalidad del discurso; la
humanización coincide con la historia y el secreto de la libertad es que el
hombre puede perder su humanidad pero no puede renunciar a ella.[77][9]
No es
propósito ni cometido nuestro presentar una exposición del valor en general,
menos aún de sus determinaciones biológicas elementales, que bosquejamos
"en passant", únicamente para subrayar la especificidad de la forma
mercantil y, en particular, del propio valor mercantil y sus componentes más
abstractos, el valor genérico, la economía de trabajo, la economía energética.
Consideradas retrospectivamente esas categorías biológicas, etológicas,
praxiológicas, antropológicas, son las más abstractas, y pareciera que el
itinerario que une la evolución natural y la historia humana procede también
desde lo más abstracto, elevándose a su desarrollo más concreto; pero esa apariencia
proviene únicamente de que tal es la relación que guardan dentro del propio
concepto de la Economía Política. La crítica de la Economía Política pone de
manifiesto otra secuencia que, también, va de lo abstracto a lo concreto, y
también al cabo de este desarrollo se muestra la instancia primera y más simple
como un momento de la última y más desarrollada; la diferencia entre las dos
series es que en una, la del valor con prescindencia de su forma, la categoría
más abstracta pertenece a lo más universal, en tanto en la segunda, la de la
forma del valor, lo más abstracto y más pobre corresponde a la forma
específica, históricamente determinada, pero únicamente en su manera de
aparecer.[78][10]
Antes
que a la producción mercantil, primera forma histórica objetivamente universal
de producción, el principio clásico del valor trabajo perteneció a la
producción directa premercantil. Su principio es el valor genérico, y cada
porción del producto, en tanto representa la cantidad de trabajo social medio requerida
para reproducirlo, es portadora de un valor genérico y es en su materialidad
útil encarnación directa de valor. (Carece de una expresión proyectada fuera de
su propio cuerpo material y que debe tomar en éste una forma objetiva). Es la
extensión social del principio praxiológico de economía de esfuerzo individual
(en el ejemplo ya recordado de Ricardo, si a un individuo le lleva igual
trabajo confeccionar una chaqueta que cuatro sombreros, la pérdida de una
chaqueta lo perjudicará cuatro veces más que la pérdida de un sombrero). Pero
los trabajos individuales se reúnen en la producción, y el principio de todo
trabajo social se convierte en la ley que preside la totalidad articulada de
los trabajos productivos. Esta articulación, por la que el valor praxiológico
(principio de racionalidad energética en la conducta de un individuo abstracto)
deviene valor en general que es
valor general, valor social, se
concibe fácilmente en un grupo humano reducido que no ha traspuesto la escala
del reconocimiento entre especímenes singulares pero ya ha desbordado la
comunidad biológica centrada en el parentesco genético yen la extensión de esta
comunidad a través del intercambio intercomunitario (donde el que la
circulación de bienes es correlativa a la exogamia instituída).
Argumentábamos
que la mercancía es una forma histórica particular del producto social,
distinta del producto inmediato, y distinta también de la mercancía incipiente
que madura largamente "como los dioses de Epicuro, dice Marx, en los poros
del mundo antiguo". Ahora debemos añadir que bajo esta forma la producción
es, por primera vez, verdaderamente humana, universal. El protoproducto
apuntaba a la producción al transponer la frontera de los linajes genéticos,
pero esa producción era todavía circunscripta y extrínseca (aunque desde un
comienzo el intercambio humano abarca distintas comunidades y territorios de
extensión continental).
*
Las
"sociedades" animales no desbordan del exclusivismo genético.
Colmenas y hormigueros, maravillas para legos y entomólogos, pueden estar
formados por unos pocos individuos fértiles, asistidos por un ejército de
clones estériles, como si todos ellos formaran parte de un único cuerpo con
órganos autónomos. En algunas aves, hermanos y primos cercanos de los padres
cooperan en el cuidado de las crías; éstos, al ayudar a la supervivencia de sus
hermanos y sobrinos, mejoran la esperanza de propagación de sus propios genes.
(Incluso en familias humanas puede ser más cierto el parentesco del tío materno
con su sobrino que el del padre con el hijo). El sacrificio
nupcial
canibalístico en ciertas especies de insectos favorece con la muerte del macho
su propia supervivencia genética, al brindar el sacrificio de su cadaver
inmolado para la alimentación de la pareja y los embriones. Algunas arañas han
puesto en escena una versión moderada de este don extremo: un protoproducto
ofrecido en el cortejo, la "prenda nupcial". El vigía altruista, ave
o mamífero, que salva a sus compañeros de manada o bandada al anunciar con su
huida ostensible o grito de alarma la proximidad de un predador, se expone más
que los otros a ser víctima de éste, pero el sacrificio altruista es su acto
supremo de egoísmo genético si es suficientemente alta la probabilidad de
parentesco entre los especímenes que logran sobrevivir gracias al sacrificio
del vigía. Una población de mamíferos puede prescindir de una porción
importante de sus machos sin menoscabo de su capacidad de crecimiento, y los
machos pueden optimizar su probabilidad de éxito genético exponiéndose a morir
en batalla si de ese modo mejoran la probabilidad de supervivencia de las
hembras y las crías de su mismo linaje. Entre algunos mamíferos las hembras en
celo suelen ser codiciadas por varios rivales; los machos mandriles adultos
forman pandillas belicosas y, para lograr la copulación, el mejor macho
dominante necesita de la ayuda de guardaespaldas dispuestos a mantener a raya a
sus enemigos; todo macho se expone a dos peligros, el de malgastar su apoyo a
un falso amigo sin lograr la reciprocidad debida cuando él, a su vez, necesita
de la ayuda de sus aliados, y el de ser traicionado por el brusco cambio de
bando de algunos de sus acólitos en el momento crítico de la confrontación; en
consecuencia, el éxito genético de un espécimen dependerá de su talento para
inspirar temor a sus rivales y confianza en sus aliados, y especialmente para
distinguir y sopesar en las manifestaciones de lealtad de sus amigos la más
sutil y temprana señal de flaqueza.
La
cooperación en la pareja sexual y entre consanguíneos potencia su capacidad
conjunta para propagar sus genes comunes. El espécimen altruista satisface
directamente su propia "finalidad" biológica al alimentar o defender
a conespecíficos del mismo linaje. La "sociedad" animal -su cohesión,
su duración, su crecimiento- no sobrepasa el límite del reconocimiento entre
los especímenes, la memoria del individuo donante para distinguir a sus
donatarios y su poder para exigir la contraprestación o para someter a un
cierto número de sus congéneres. El hombre rompe ese límite biológico, para
comenzar, mediante adaptaciones que le permiten extender la esfera de la
cooperación, la dominación y el intercambio. Cualquiera sea su grado de
desarrollo histórico, entabla una relación que es entera y exclusivamente
humana, la producción. Esta relación es la reunión y la articulación de los
trabajos que unos individuos realizan para otros con los que no tienen vínculos
de parentesco. Las formas institucionales de la familia humana extienden el
radio de acción de la producción primordial, todavía biológica, brindando
certeza y precisión en las relaciones de parentesco próximo, extendiendo el
nexo familiar mediante la fijación de grados de consanguineidad, y regulando el
enriquecimiento del patrimonio genético a través de instituciones tales como la
exogamia.
El
individuo puja y labora por su propio éxito genético y sirve bien su finalidad
cuando ayuda a su pareja o a sus propios consanguíneos (e individuos que
aportan a la progenie común), pero en ciertas circunstancias puede aún mejorar
la probabilidad de propagación de sus propios genes si también colabora con
conespecíficos no consanguíneos. Estas circunstancias, entre las que se
destacan la dominación, la cooperación y el intercambio de bienes (servicios y
productos materializados), [79][11]tienen su principio común en la reciprocidad. Surge
una nueva totalidad, la producción en germen, como una conjunción de trabajos
en mutua posición, órganos de un todo orgánico, trabajadores que participan en
una relación multitudinaria y virtualmente universal. La producción es acción
recíproca entre todos los trabajadores -individuales o grupales-, pero la
acción recíproca entre todos los especímenes conespecíficos no es producción.
(En efecto, cada individuo biológico entabla con la totalidad de sus
conespecíficos una interacción ambiental, aún únicamente natural o extrínseca,
donde los especímenes no emparentados son, recíprocamente, por un lado,
competidores y rivales por recursos, territorios y oportunidades de
fertilización, pero son, a la vez, para cada uno de ellos, en el caso de
organismos sexuados, el reservorio de variabilidad genética que preservará a su
propio linaje de la extinción).
En la
producción cada trabajador -individual o colectivo- desempeña dos papeles, el
de dador y el de receptor, y al trabajar para otros no consanguíneos los trabajadores devienen productores. La
producción tiene su momento elemental (nace en él, vuelve a él y se recrea en
él), en la reciprocidad bipartita. Una de las partes cede a la otra algo que
para la primera es prescindible o inútil y para la segunda útil o
imprescindible. La reciprocidad se verifica cuando ambas partes permutan sus
papeles de donante y donataria, de modo que cada cual entregó un algo a cambio
de otro algo más favorable a su éxito biológico. Que algo sea superfluo para un
productor y necesario para otro puede deberse, bien a contingencias singulares,
irrepetibles y fortuitas, bien a que para el primero el bien que ofrece es más
fácilmente reproducible que el que demanda.
Pero
que el individuo se conduce de tan distinta manera ante distintos bienes según
los considere más fácil o difícilmente reproducibles es un principio
praxiológico elemental que antes de expresarse en el intercambio de mercancías
o de productos o de la relación productiva en general, en la que cobra vigencia
la reciprocidad en un marco smithiano de división social del trabajo, remite al
comportamiento humano en los más remotos albores de la antropogénesis. Las
adaptaciones orgánicas que permitieron a nuestros remotos antepasados extender
el radio de acción social de su producción incipiente contribuyeron a ese
resultado, al dotarlo de una mayor aptitud para portar sus crías y sus
productos. Pero esa capacidad es limitada (en la migración de recolectores y
cazadores antiguos, según Marshall Sahlins, las bestias de transporte son las
hembras, revividas como "mujeres de carga" en el relato de García
Marquez, puesto que el hombre marcha libre de todo impedimento que no sean las
armas, siempre presto para hacer frente a un enemigo en asecho o aprovechar una
repentina oportunidad de caza) y cada vez que retoma la marcha se vé ante el
dilema de cargar con sus bienes o desprenderse de ellos. Es indudable que esta
opción no se reduce fácilmente a una comparación de los tiempos de trabajo
promediales para la reproducción. Los productos se reproducen en circunstancias
azarosas y cambiantes, y a la hora de elegir la impedimenta "pesarán" en la decisión la
jerarquía de las necesidades y la certeza de su atención oportuna. Algunas
armas son fácilmente reproducibles pero es necesario disponer de ellas en el
momento preciso; puede ser tan laboriosa como incierta la obtención de nuevos
alimentos en las próximas jornadas, pero no es menos difícil la conservación de
los restos de la caza reciente ni menos embarazoso cargar con ellos. De suyo,
las condiciones de la producción cambian con la estacionalidad y con el
territorio que atraviesa el grupo nómade, y la experiencia enseña que lo que
hoy es abundante o fácilmente reproducible mañana será escaso e irreproducible.
Tomenos
un ejemplo opuesto: cuatro mil años antes que el señor Thomas Alva Edison
registrara el célebre invento del filamento incandescente, las tinieblas
nocturnas cedían reluctantes ante la trémula llama de las lámparas de piedra.
Las hubo de diversos tipos y grados de elaboración, pero todas fueron
susceptibles de usarse reiteradamente tantas veces como se quisiera, sin que el
uso las desgastara sensiblemente. Arqueólogos que repitieron las técnicas de elaboración
de las lámparas de piedra arcaicas sugieren que las más simples y fáciles de
confeccionar con materiales que se hallaban en gran abundancia, se descartaban
después de utilizarse apenas unas pocas veces.[80][12]
Ayudar
a un consanguíneo y mejorar sus posibilidades de procreación tiene sentido
adaptativo para un espécimen biológico incluso en ausencia de contraprestación.
Pero, en ausencia de parentesco genético, dar ayuda sirve al individuo si, a
cambio de darla, la recibe. "A cambio" tiene aquí un significato
volitivo, aunque simplemente la circunstancia de proximidad puede favorecer la
probabilidad de beneficio recíproco. Si todos los especímenes de una especie
biológica adhirieran a la moral kantiana, encontrarían en ella el fundamento
racional para aplicar los preceptos cristianos y, en definitiva, dedicarían sus
vidas a hacer el bien al prójimo. Una lectura de Smith no dejaría de ser
edificante, especialmente si enseña las ventajas de la división social del
trabajo. Pero el individuo que aplica unilateralmente esos preceptos corre el
peligro de comprobar su escaso valor adaptativo, al menos mientras no esté
garantizada su vigencia universal. La reciprocidad «individual» biunívoca
libera la protoproducción de los límites de la consanguineidad y favorece la
adaptación evolutiva del espécimen singular: ayuda a otro linaje, pero al
hacerlo mejora las probabiliades de perpetuar el propio. El virtual productor
se expone -lo mismo que el altruista biológico- a malgastar su sacrificio
ayudando a un congénere no consanguíneo, pero ahora el peligro es que la parte
favorecida no cumpla con la contraprestación. Si tal contingencia se presenta,
el individuo no retribuido y desairado habrá perdido su oportunidad o su
energía inútilmente y, para colmo, favorecido a un posible competidor o rival.
Si el otro es un aliado merece confianza y lealtad, si es un traidor debe ser
eliminado o ignorado y rehusársele toda nueva ayuda. Entre conespecíficos no
emparentados desaparece la abstracción del tiempo y el espacio (la contigüidad,
o simultaneidad o yuxtaposición indiferentes),
y el individuo observa, recuerda, interpreta y sopesa astutamente indicios
sutiles que orientan su vida de sociedad incipiente entre los dos extremos de
la identidad activa, el reconocimiento y la lucha. A su vez, permanece al
acecho de la oportunidad y recurre a la simulación para ocultar su propia
intención de beneficiarse sin retribuir, al punto que el afán por cumplir
despierta a la par la confianza y la sospecha. (Mucho antes, en términos evolutivos,
de su papel en la génesis de la sociedad y la producción, la simulación
contribuye a la extensión y continuidad de los grupos de primates
consanguíneos; la historia natural de la simulación en la conformación de
grupos sociales fundados en el harén, se conjuga con la biología de la
antropogénesis; comprende conductas oportunísticas en machos subdominantes y
comportamientos no menos complejos en las hembras, desde el ocultamiento ante
el dueño del harén de la filiación de sus hijos de otros padres hasta la
adaptación biológica social gracias a la cual la atracción que ejerce la hembra
sobre el macho no se limita al período de celo).
La
verdadera esclavitud no puede desarrollarse como vínculo biológico. El amo
puede apetecer a su esclava y disponer de ella como medio de su goce, mas al
preñarla con su simiente la incorpora a su identidad biológica y ella ganará
escalones de reconocimiento o caerá ante su dueño en una sumisión más abyecta,
pero habrá dejado de ser esclava. La familia puede encerrar la dominación más
despótica, incluso la más despiadada, pero la esclavitud rebasa la familia y su
esencia es el trabajo para el amo no emparentado. En el vínculo de dominación
cobra existencia universal la condición humana mediante la negación de la persona.
No a pesar de esa negación, sino en virtud de ella, el hombre subordinado no se
pertenece, es para otro que es verdaderamente otro porque no es consanguíneo,
su abnegación es a la par su nexo social objetivo e inmediatamente la condición
absoluta de su sobrevivencia; en tanto que el amo, persona incompleta pues es
unilateralmente para sí, se vé cercenado en su realidad social porque debe
apropiarse de la esencia social del otro, arrancarle su trabajo. Grillos,
cadenas, látigos y amenazas de castigo y de muerte, sujetan el cuerpo y la
volición del esclavo al deseo del amo. Entre un hombre dotado de un poder de
diposición unilateral sobre otro, y un hombre que al optar por la vida
biológica descubre en la voluntad ajena el germen de su propia libertad únicamente
como negación, no hay intercambio de prestaciones ni reciprocidad en un sentido
recto (el amo tiene el poder de quitar la vida o castigar al esclavo, y le
ofrece la vida a cambio de su sometimiento). Pero esta negación de la
reciprocidad la supone y la conserva. Pues la voluntad del señor debe suplir
inmediatamente la de otro humano reduciéndolo a la condición de bestia domada y
una vigilancia directa sólo puede ser efectiva en un radio de acción
limitadísimo, que no puede extender sino por medio de un tejido de relaciones
de reciprocidad personal, siempre restringido por el alcance de la memoria del
donante y su poder de exigir del donatario la contraprestación adecuada y
oportuna. El intercambio de bienes se desarrolla en esta trama de reciprocidad personal
que es la disolución del límite animal del protoproducto entre consanguíneos
pero que encuentra otro límite todavía biológico en la capacidad de los
individuos de distinguir y recordar la singularidad y las circunstancias de los
conespecíficos.
Este
límite es flexible y se expande por medio de las alianzas políticas. La
reciprocidad personal sigue siendo como la determinábamos, una reciprocidad
entre congéneres singulares próximos que tienen la capacidad de reconocerse
mutuamente, de evaluar sus prestaciones y de exigir las contraprestaciones
correspondientes. Pero los sujetos que se reconocen y se alían son dominantes
en sus respectivas comunidades, la alianza de dos jefes es la alianza entre dos
pueblos; y la reciprocidad entre consanguíneos deja de ser inesencial como lo
era en el grupo primario.
En la
verdadera esclavitud asoma, pues, la universalidad que cobrará forma abstracta
y general en la mercancía; por otro lado, sólo es posible la verdadera
esclavitud, con la mediación de la mercancía o la mercancía desarrollada, el
capital. La humanidad debió ver con horror cómo el capital naciente desarrolló
la esclavitud en una escala hasta entonces desconocida, y suspira con alivio al
comprobar que el logos de la máxima tasa de ganancia asequible a la empresa
singular favorece sistemáticamente la opción en favor del trabajo asalariado.
Esto es así en cierta fase delimitada del desarrollo capitalista, caracterizada
por la forma de civilización que hemos conocido como sociedad moderna. Pero
donde el propio desarrollo del capital deja de ser, a la vez, el desarrollo de
la sociedad civil, y de las consiguientes exigencias formales de la democracia
abstracta, la lógica del capital se revela como la lógica del exterminio.
*
Hegel
descubre la dialéctica de la relación entre el amo y el
esclavo
y es indudable que en ella encontramos una anticipación abarcadora, aunque a la
par la más abstracta, del espíritu del Das Kapital. Pero es preciso advertir, y
Hegel no lo hace, que esa relación es apenas un ejemplo ilustrativo particular
del pasaje a la universalidad en la producción o la antropogénesis. Donde el
amo es un consanguíneo, el esclavo no pasa a la universalidad con su trabajo;
su trabajo es un protoproducto, un producto que no traspasa el ámbito inmediato
de la relación familiar en la cual tanto el altruismo como la esclavitud son
altruismo y esclavitud meramente particulares, y ese altruismo es egoísmo
genético exclusivo, y esa esclavitud inmediata no puede tener más que un
alcance circunstancial y un radio de acción estrecho. Cuando la alianza
política es una reciprocidad entre amos, el radio de acción de la relación
productiva se expande, calzando las botas de las siete leguas. Las personas que
entablan el vínculo de reciprocidad personal son personas generales; su vínculo
es un vínculo entre pueblos enteros que van a la guerra contra el enemigo común
o reúnen sus trabajos en un todo articulado para la caza mayor. La cooperación
entre pueblos puede ser un episodio contingente y no repetirse. O un vínculo
permanente pero discontinuo, vgr. estacional, como en el caso de la transición
de la caza mayor a la ganadería en el ejemplo de los "cometas del
desierto", o continua, como en las civilizaciones "hidráulicas".[81][13]
La
reciprocidad humana comprende el intercambio de productos, y el intercambio de
productos es el paso de una economía energética a una economía laboral, la cual
implica una diferenciación entre trabajo consuntivo y trabajo productivo. En
efecto, la comunidad primordial es un robinsón (por cierto, un robinsón
colectivo, formado por parientes biológicos). Por "Producción"
entendemos siempre producción humana, pero a esto añadimos la nota de
"social", pues al romper los límites de la subsistencia familiar la
producción abandona su unidad indiferente (reunión y articulación de los
trabajos individuales), y el trabajo humano se desdobla en trabajo consuntivo y
trabajo productivo. El deslinde es tanto más nítido cuanto más unilateralmente
especializado es el trabajo productivo ("división social del trabajo"
smithiana) y cuanto más neta es la distinción social entre propios y ajenos en la estructura productiva. El carácter
del trabajo está condicionado por el destino del producto. En consecuencia,
puede permanecer indeterminado durante el proceso laboral e incluso después (si
el producto material durable espera o cambia su destino), o dedicarse una parte
a la producción y otra al consumo, de modo que el trabajo productivo y el
trabajo consuntivo se distinguen únicamente como porciones abstractas del
trabajo realizado. Aunque para el trabajador hay ciertas aplicaciones técnicas
de su capacidad laboral únicamente asociadas con la producción, y otras, sin
duda, con el consumo, también las hay que pueden presentar uno u otro carácter
y ello claramente depende de que trabaje directamente para propios o terceros. En el consumo individual el trabajador
se apodera de las cualidades útiles de algunos bienes, y es indudable que todo
consumo requiere algún trabajo; pero también la apropiación por el individuo de
bienes producidos es un momento necesario y esencial de todo proceso laboral y
de todo trabajo humano. De modo que el carácter de productivo o consuntivo de
la actividad laboral no depende de la naturaleza del bien del que el individuo
se apropia mediante su trabajo, ni importa que en esta determinación se
comporte ante su trabajo mismo como ante un medio. Su producto material
inmediato es para propios o
extraños; en el primer caso su trabajo es consumo; en el segundo, producción.
(En la contabilidad social "standard" -donde los conceptos son
convencionales y las convenciones conceptos- los bienes se distinguen
escatológicamente según el uso al que se los destina, como
"intermedios" o "finales", de donde la finalidad suprema de
la producción es el consumo último, que resulta ser la comulgación de la
Familia, el Estado y... el Activo Fijo).
*
NOTAS
La
"Fenomenología del Espíritu" había sido concebida como la primera
parte del Sistema de la Filosofía. En ella, "el método adoptado" por
Hegel (tal como él mismo lo explica luego en la Enciclopedia) fue comenzar con
la certeza [de lo] sensible, o la consciencia inmediata, la primera y más
simple forma del saber, y mostrar cómo, desde esa figura elemental y con
arreglo a su propia necesidad, la consciencia trabaja en el largo y doloroso
camino que la eleva a la Filosofía.
(La
demostración de la necesidad no es la prueba lógica ni el enunciado de una ley
empírica, porque el pasaje de una figura a otra más desarrollada se aclara
retrospectivamente; la inmanencia de la forma más desarrollada en la forma más
simple se presupone en el comienzo, de modo que si esa necesidad se hace pasar
por predicción o por ley universal su demostración es o un ejercicio inútil o
una estafa; pero aquí la necesidad demostrada es idéntica a la comprensión de
la figura menos diferenciada: como un ser incompleto, en desacuerdo consigo
mismo, que únicamente puede -pudo- alcanzar su realidad en plenitud mediante la
progresión transformativa por la que pasa -pasó- a otra figura; pero en esta
progresión no habrá alcanzado la perfección ni el reposo, sino que con la
transición se pondrá en evidencia una nueva pauta de la nueva figura que ella
no cumple y la torna otra de sí misma, por lo que al pasar a ser ella se
transforma. Pero esta progresión carece de sentido por sí misma, como si
pudiera tratarse de una dialéctica del concepto en general que no sería sino la
hipóstasis ilusoria del concepto general, o como si el desarrollo dependiera de
un "debe" por el que toda figura es imperfecta y ha de pasar a otra).
Hay
algo más que una semejanza formal con la Fenomenología en "el método
adoptado" por Marx (en la "Contribución.." de 1859, luego en
"El Capital.."), consistente en partir de la mercancía y mostrar cómo
la forma más elemental y abstracta (a la vez general y necesaria) de la
producción "burguesa" (que en Marx todavía equivale a capitalista) se
desdobla en mercancía común y mercancía equivalencial que se fija como
equivalente general; cómo el dinero se convierte en capital; cómo el valor se
expresa en el precio y el plusvalor por un lado en la tasa de ganancia, pero
por otro en tasa de interés, margen de comercio y renta fundiaria. La plusvalía
se presenta primero como un resultado insólito y milagroso porque -no en
principio sino al principio- ella presupone su propia imposibilidad; la
explicación de su naturaleza y determinidad cuantitativa debe presuponer la
mercancía en cuanto intercambio de productos de igual valor. Pero ya se nos
había dicho desde el comienzo que la mercancía era, en realidad, capital, o
tenía su realidad en el capital. Así, pues, el capital deberá demostrar,
primero, que es compatible con la mercancía, que no necesita transgredir su
esencia; y corroborar, después, que el capital es, en su forma, mercancía, y
más determinadamente mercancía desdoblada en mercancía relativa y
equivalencial, común y dineraria, y, efectivamente, es así como aparece el
capital cuando se pasa del contenido del plusvalor a su forma; pero es así
también como se presenta en la vida cotidiana, como capital empírico, que cobra
sucesivamente una y otra forma, que es ya dinero, ya mercancía, para retornar a
su forma primigenia, "dinero en cuanto dinero".
En la
Fenomenología, el filósofo, quien ya ha recorrido ese camino, adopta el punto
de vista de la consciencia vulgar, se mueve entre las opciones asequibles a esa
misma consciencia, y, entonces, se produce el milagro: ¡la consciencia finita
hace la experiencia que trasciende su norma sin transgredirla! Ella no llega a
ese desenlace por azar, tampoco por la ayuda del filósofo; el resultado que
alcanza no es contingente sino necesario, pero esa su necesidad (o destino) de
la que surge una nueva verdad, era inmanente a la consciencia del comienzo;
tenía un contenido que, sin embargo, no sabía, luego ella no era cabalmente
ella misma. Pudo haber permanecido plegada en su primera ilusión junto a su no
ser sin tocarlo, no enajenándose sino meramente ajena a sí misma; y en cuanto
consciencia particular -individual o colectiva-, esa ilusión replegada que
logra no progresar ni realizarse, sufriría la desgracia más propiamente humana
cual es la de envejecer sin madurar.
El
filósofo puede "mostrar" esta experiencia no solamente porque su
propia consciencia particular ya salió de su singularidad y su particularidad
sino también porque procede de ellas y las conserva (como momentos de una
totalidad y es en ese sentido "absoluta"); porque ya sabe el
resultado pero a la par también el camino que lleva o, mejor, conduce a él; y porque puede adoptar
sin perderse en la finitud un punto de vista, una opinión, y mantener a la vez
la relación y la diferencia entre la consciencia limitada y esa misma
consciencia plenamente realizada. Pero la "experiencia de la
consciencia" se "muestra" en la exposición del filósofo, y en
esa exposición se suceden contenidos asincrónicos con esa consciencia: ora la
anticipación del resultado, ora la comprensión retrospectiva de la figura
limitada de la consciencia que todavía ha de ser superada. Es entonces cuando
el filósofo, dirigiéndose al público, representado por el lector (¿el Emilio?),
y actuando él en el papel del saber consumado, toma la palabra en primera
persona del plural, y dice
"para nosotros y solamente para nosotros". El lector es ya una
consciencia comprometida con el concepto, en lucha con su finitud. El filósofo
representa ante él un saber incondicionado en mayor grado que el alcanzado aún
por su consciencia fenomenológica en pleno trabajo; que ella ya barrunta pero
desconocerá hasta que recorra un camino. Finalmente esa consciencia será otra
únicamente por haberse mantenido fiel a sí misma, sufrirá la pérdida de su
verdad primitiva a la que tan tenazmente se aferró; y gozará de un saber más
maduro, que deberá también sobrepasar, elevándose en su propio medio, irrenunciable:
la comunidad de las consciencias.
Desde
el comienzo la consciencia fenomenológica es, entanto individual, a la par
social; esto se tornará evidente cuando, a poco andar, se encontrará ante otra
consciencia, reclamará el reconocimiento
y alcanzará la autoconsciencia, pero, antes aún, incluso en su primer berrido
filosófico (la figura de la certeza de lo sensorial), está ya más allá de sí
misma como consciencia aislada porque procura decir el esto, y decir
es pasar al elemento universal del lenguaje. Pero esta consciencia social es
sólo abstractamente social, desde el principio hasta el fin, o esta historia de
la consciencia no llega a ser cabalmente consciencia de la historia.
(El
autoproducto completo, final y supremo del concepto en cuanto totalidad
autocontenida del mundo concebido en cuanto concebible, el conocimiento que
elimina todas las ilusiones de las figuras limitadas del saber, tiene su verdad
en esas formas incipientes y limitadas. Asimismo el secreto del propio concepto
de concepto en cuanto espíritu se encuentra en la obra de juventud del mismo
autor como religión, sentimiento de unidad, espíritu de la época; en una
palabra, lo incondicionado -absoluto, infinito, etc.- es únicamente por medio
de lo condicionado, pero resulta también él mismo condicionado, no ha perdido
la potencia de la negación. El filósofo que se había propuesto el salvataje de
la verdad en la ilusión, sucumbe en la ilusión suprema del espíritu absoluto;
pero se vale de este Dios secular para exponer la esencia del espíritu en
cuanto totalidad. No hay que recordar en contra suyo sino a la vez en su
homenaje que él mismo sostuvo que un filósofo no puede saltar sobre su época, y
él mismo formuló el lema que hoy todavía es la aspiración más elevada que
podemos concebir: ser contemporáneos de nosotros mismos.)
En El
Capital la consciencia fenomenológica tiene un contenido; ya no es la
consciencia de una relación social sino también la de su historicidad, que se
eleva desde las categorías económicas a la consciencia del proletariado,
trabajando su progreso a través de transiciones tales como: noción empírica de
la mercancía; descubrimiento de su contenido, exposición del mismo (el valor
con omisión de la forma); pasaje a la expresión del valor o regreso a la forma que
es ahora forma en cuanto forma necesaria; desarrollo de la expresión del valor
o génesis del dinero; fetichismo de la mercancía o descubrimiento-encubrimiento
de la mercancía en su propio lenguaje; dinero o diferenciación de la mercancía
y funciones del dinero o diferenciación del dinero; dinero en cuanto dinero y
dinero que se convierte en capital; forma general del capital, contenido de la
forma general del capital o fuente y determinación cuantitativa del plusvalor
capitalista...[82][14]
El
sujeto mismo es más determinado, ya que El Capital no trata de la experiencia
de la consciencia en general sino que apunta al espíritu de una clase histórica
determinada, el proletariado. La diferencia específica está en la cuidadosa y
articulada demostración -que atraviesa toda la obra- de la historicidad de las
categorías económicas. Pero esas categorías viven una doble existencia, teórica
y empírica; y comprender su historicidad es lo mismo que captar en el concepto
las categorías empíricas.
Adviértase
hasta qué punto es distinto sostener que las categorías económicas en cuanto
categorías empíricas son un momento necesario de las relaciones de
producción,de creer que éstas pertenecen al mundo de los hechos absolutamente
no pensados e indiferentes a ser pensados. Si dijéramos que hay una economía en
sí en el mundo de los hechos, y una economía para sí en el mundo de las ideas,
que éstas son universales y por tanto eternas pero que los hechos fluyen en la
historia, y si en base a esta dicotomía acusáramos a los economistas de reducir
los hechos a las ideas, de inmediato se pondría en evidencia lo absurdo de esa
acusación que no dice lo que cree decir.
*
Enzo
Paci cita extensamente y con aprobación a Antonio Labriola quien, dice, «ve con
absoluta claridad el error categorial de la economía como ciencia». El pecado
"categorial" denunciado consistiría en desconocer que la
"economía misma" es un "ordenamiento precategorial", que es
un "ordenamiento de hecho,
temporal, material, histórico", en tanto que las categorías económicas
pasan por ser eternas y ahistóricas. He aquí una parte de la cita:
«Como
doctrina [la economía categorial, P.L.] separó, distinguió, analizó los
elementos y las formas del proceso de la producción, circulación y
distribución, reduciéndolo todo a categorías; dinero, dinero-capital, interés,
utilidad, renta de la tierra, salario y así sucesivamente. Corrió segura...:
trabajó sobre dos supuestos que poco o nada se preocupó por defender, tan
evidentes parecían ser: es decir, que el orden social que ilustraba era el
orden natural; que la propiedad privada de los medios de producción era sólo lo
mismo que la libertad humana...»...
«Aquí
estamos en la concepción orgánica de la historia. Aquí están la unidad y la
totalidad de la vida social que se tiene ante la mente. Está aquí la economía misma (pretendo decir el ordenamiento de hecho y no de la
ciencia en torno al mismo) que se resuelve en el fluir de un proceso, para
aparecer después en tantos estadios morfológicos...».
«No se
trata, en resumen, de extender el llamado factor económico, abstractamente
aislado, a todo el resto, como se imaginan los adversarios; se trata, en lugar
de ello y antes que nada, de concebir históricamente la economía, o de explicar
el resto de las mutaciones históricas por sus mutaciones».
«Antes
que la ciencia, resume Enzo Paci, está el ordenamiento
de hecho temporal, material, histórico. Este ordenamiento de hecho es precategorial respecto a la economía
que es categorial. La Economía
[Política] como ciencia está condicionada por el ordenamiento de hecho y no
viceversa».
En
abono de su tesis, transcribe también la siguiente frase de Merleau Ponti:
«La
historia nunca trasciende, por principio, de la economía»,
Prosigue
Paci: «Se trata, como se ha visto también en Labriola, de la estructura
precategorial de la economía y no de una Economía Política como ciencia que
pretenda ser independiente de la situación temporal e histórica precategorial:
por esta razón Marx critica la Economía Política burguesa.» Marx, según este
autor, coge en falta a los economistas porque éstos pretenden conocer por medio
de categorías, y no advierten que la economía categorial es ahistórica y no
puede captar el carácter histórico de la economía misma, que es precategorial.
«Evidentemente, aclara (?) Paci, también en cuanto a la Economía [Política, P.
L.] es necesario volver a la raíz y ver cómo, de esta raíz, que es el hombre
entero, nacen relaciones económicas diversas en diversas situaciones».[83][15]
Nada
tiene esto que ver con la crítica de la Economía Política excepto que ésta
consiste, precisamente, en elogiar lo que Paci rechaza y rechazar lo que Paci
propone. La crítica se inició reconociendo que los economistas clásicos habían
realizado la proeza de reducir la multiplicidad de las observaciones y las
experiencias de la sociedad civil a un reducido número de principios simples.
Los mismos fueron formulados y articulados mediante conceptos que provienen de
las categorías prácticas de la vida económica (ley del valor). Pero la crítica
les echó en cara que en ese concepto que ellos descubren y exponen como el
contenido de la relación económica con abstracción de su expresión, se borra la
impronta específicamente histórica de esas categorías, de las que supieron
partir pero a las que no supieron regresar. Más determinadamente, Marx mismo
resume su crítica diciendo que los economistas no han sabido plantear, ni menos
aún resolver, la génesis del dinero; ni, habiendo reducido los precios a
valores, han sabido explicar porqué ese contenido presenta necesariamente esa
forma específica.
Pero
Paci cita a favor de su interpretación la posición de Marx contra Proudhon de
1846/7. La Miseria de la Filosofía, dice Paci, es la crítica a la
"metafísica de la Economía Política"; por esto debe entenderse, dice
Paci, «la crítica a las categorías de la Economía [¿Política?], necesariamente
abstractas, transformadas en falsa concreción. Las categorías no son razón pura
y no son independientes de las relaciones reales sino que las relaciones
reales, a su vez, son relaciones humanas y precategoriales o, para expresarnos
con los términos marxistas, son el movimiento mismo de la vida en cuanto
movimiente y movida: das bewegte und
dasbewegende Leben. En esta vida tienen origen, con operaciones humanas,
las categorías. La Economía [Política] debe volver a encontrar la fundación de
las categorías en los hombres: sus verdaderos "materiales" no son los
dogmas de los economistas, sino el operar de los hombres».
Paci no
advierte que Marx, precisamente donde lo cita, está reivindicando contra
Proudhon la Economía Política que él -Paci- llama categorial: «El material de
los economistas es la vida moviente y movida, los materiales de Proudhon son
los dogmas de los economistas». Marx no dice que la vida humana es precategorial
si por esto se entiende un puro ser y hacer no mediado en el que hubiera que
buscar las raíces de la relación humana. Pero la Miseria está escrita tres
lustros antes de que su autor acertara finalmente con la clave definitiva de la
crítica de la Economía Política que es, precisamente, la adopción del punto de
vista "categorial" para ponerlo críticamente ante su propia pauta.
Tal es, precisamente, el procedimiento desarrollado por Marx en su teoría de
las formas del valor y es, en este sentido, una fenomenología de cuño
hegeliano, y no una fenomenología en el sentido "ante litteram" que
le atribuye Paci. [84][16]En cambio, la pretendida
crítica que toma como su cometido el de desgarrar el velo ideológico que
recubre el contenido de las formas sociales sucumbe, si cree arrancarlo
mediante la sola indicación de su contenido antropológico, en una nueva ilusión
y, sin duda, en una ideología contrapuesta y complementaria: la de una
infraestructura económica abstractamente material.
Cuando,
en verdad, se trataría de explicar cómo y porqué esta configuración histórica
específica de la producción, el capital, luce necesariamente ora como puro
espiritualidad, ora como pura materialidad; como un conjunto de objetos
inertes, desprovistos de voluntad, o como una sociedad en la que esos mismos
objetos entablan entre sí los más intrincados diálogos y se traban en
implacables duelos o se asocian para acometer empresas desorbitadas y
grandiosas.
En la
involución que sufre la obra de Marx en manos de sus apóstatas, se destaca la
regresión ricardiana que sufre la Economía Política marxista. La confusión
(señalada por Rodolfo Banfi, op. cit.) entre el problema marxiano de la
transformación de los valores en precios de producción y la reducción
ricardiana de los precios empíricos a valores obnubila los aportes de Marx.
Como el nuevo rico que viajó por el mundo y sólo captó que la gente habla
idiomas extraños, el apólogo despistado por una interpretación empobrecedora
nos dirá que el contenido fundamental del denso apartado del primer capítulo de
El Capital titulado "El Fetichismo de la Mercancía y su Secreto" es
la demostación de que en el fondo trata de relaciones sociales, y asignará a la
crítica de la Economía Política la misión ya realizada por la misma Economía
Política (clásica). En efecto,
«La
crítica de la Economía Política tiene la tarea de descubrir lo que se esconde tras el carácter
enigmático de ese fetichismo». (Paci, op. cit., pág. 336).
*
La
Fenomenología del proletariado comienza con la experiencia de la consciencia
mercantil. La trama de la exposición deberá ser tal que cuando la mercancía
dice su verdad en su propio lenguaje, el lector puede decodificar su discurso
porque conoce su significado y comprende en su necesidad tanto su contenido de
verdad como su ilusión. El Emilio es, nuevamente, la consciencia empírica, pero
ha desaparecido el filósofo omnisciente.
Volvamos
a la explicación que ofreció David Ricardo al señor Trower (v. supra). Si el
trabajador espera que en la próxima rueda de mercado los sombreros y las
chaquetas se van a cambiar a razón de 5 a 1, o más, optará por especializarse
en la confección de chaquetas. En este contexto, la distinción patinkiana
(Patinkin, Don, op. cit.) entre "experimentos individuales" y "experimentos
de mercado", donde los precios de equilibrio de mercado pasan de ser
parámetros a variables dependientes, tiene sentido y vigencia como una
distinción adicional entre el análisis de las opciones laborales del productor
individual y la determinación del sistema productivo. Ahora bien, el
comportamiento del trabajador, acorde con el análisis neoclásico, es congruente
también con la pauta smithiana (lo cual no implica que, recíprocamente, la
teoría clásica convalida los supuestos y conceptos neoclásicos, tema ajeno a
nuestra presente discusión): la división social del trabajo permite a cada
individuo, en su doble condición de trabajador y consumidor, procurar su máximo
"bienestar" [85][17] desplazándose por una recta de
presupuesto que lógicamente no estará por debajo de su línea de transformación
o de rendimientos laborales y, en general, estará por encima. Bastará para ello
una diferencia umbral entre la pendiente de su línea de rendimientos -en en el
tramo relevante- y la relación entre los precios esperados. Ahora bien, podemos
licenciar los supuestos walrasiano-paretianos; no solamente son innecesarios,
son también embarazosos según las propias pautas de esa doctrina, para las
cuales la intervención de un árbitro suprasocial, equivale a un arbitrio
"artificial" -de suyo un menoscabo para la teoría-, y expone toda la
construcción doctrinaria a la descalificación dado que sus mercancías (que sólo
se cambian a precios de equilibrio) no son ni siquiera mercancías. (Es el
reproche que dirige Marx a Owen, mutatis mutandi, cfr. "El Capital",
Tomo I, sección primera, cap. III, primera nota al pie). El individuo,
"tomador" de precios, se comportará laboralmente según sus ventajas
comparativas (como una pequeña nación robinsoniana para la doctrina neoclásica,
que únicamente capta el concepto clásico en el ejemplo ricardiano del comercio
entre Gran Bretaña y Portugal).
Con
arreglo a su propósito el Das Kapital contiene el paso teórico decisivo que
hubo de abrir la época histórica de la transición al socialismo; en él los
puntos de vista limitados de la clase que había transformado el mundo y creado
las condiciones de la liberación humana, debían ser conjugados en una nueva
síntesis y puestos a disposición de otra nueva clase, la destinada a realizar
esa liberación emancipándose ella misma; síntesis superadora de teoría y
praxis, de filosofía y ciencia, de ilustración y romanticismo, de pasión y
razón, de claridad y profundidad, de idealismo y realismo, capaz de infundir la
consciencia revolucionaria del proletariado en el espíritu de la época.
La
fuerza inédita de la crítica de la Economía Política, destinada a desencadenar
tales efectos, no podía residir sino en la totalidad de la obra misma, en el
despliegue completo de su discurso. Pero a su vez esa unidad reposa en unos
pocos pasajes donde el autor zafa del horizonte de sus predecesores. De hecho,
estos trozos singulares ocupan un lugar notablemente reducido en la exposición
del argumento de la obra, al punto que su aspecto engañosamente modesto, unido
a la mayor brillantez de otros movimientos y los reclamos de reconocimiento del
propio autor por hallazgos indudablemente de menor significación, han ayudado a
que pasara desapercibido.
*
La
crítica que procura partir del Das Kapital e ir más allá ha de ser ante todo
inmanente. Debe comprobar hasta qué punto esta gran obra es acorde con ella
misma o con su objeto. Nuestro cometido, que se limita a la teoría marxiana de
la mercancía y el dinero, no se desentiende, sin embargo, de la pauta propia, a
la que ella debe conformarse en su totalidad. Ahora bien, el propósito del Das
Kapital, interpretamos, es descubrir la transición al socialismo oculta en el
desarrollo del capital. [86][1]Adoptamos este objeto,
tomándolo como propio, y preguntamos: ¿en
qué y cómo sirve al mismo la teoría de la forma del valor?
Hay
textos marxianos ricos en definiciones y sugerencias sobre la idea de que el
propósito de Das Kapital es descubrir las transiciones al socialismo ocultas en
el desarrollo del capital. Entre ellos se destaca el importante pasaje, que
citaremos extensamente, sobre los grandes estadios histórico sociales de la
producción. Así,
"El carácter social de la actividad, así como
la forma social del producto y la participación del individuo en la producción,
se presentan aquí [en la mercancía en cuanto nexo social, P.L.] como algo ajeno
y con carácter de cosa frente a los individuos; no como su estar recíprocamente
relacionados, sino como su estar subordinados a relaciones que subsisten
independientemente de ellos y nacen del choque de los individuos recíprocamente
indiferentes. El intercambio general de las actividades y de los productos, que
se ha convertido en condición de vida para cada individuo particular y su
conexión recíproca ... se presenta ante ellos mismos como algo ajeno,
independiente, como una cosa... Cuanto menor es la fuerza social del medio de
cambio, cuanto más está ligado todavía a la naturaleza del producto inmediato
del trabajo y a las necesidades de aquellos que intercambian, tanto mayor debe
ser la fuerza de la comunidad que vincula a los individuos, la relación
patriarcal, la comunidad antigua, el feudalismo y la corporación... Cada
individuo posee el poder social bajo la forma [dineraria, P.L.] de una cosa. Arránquese
a la cosa este poder social y habrá que otorgárselo a las personas sobre las
personas. Las relaciones de dependencia personal (al comienzo sobre una base
del todo natural) son las primeras formas sociales en las que la productividad
humana se desarrolla solamente en un ámbito restringido y en lugares aislados.
La independencia personal fundada en la dependencia respecto a las cosas es la
segunda forma importante en la que llega a constituirse un sistema de
metabolismo social general, un sistema de relaciones universales, de
necesidades universales y de capacidades universales. La libre individualidad,
fundada en el desarrollo universal de los individuos y en la subordinación de
su productividad colectiva, social, como patrimonio social, constituye el tercer
estadio. El segundo crea las
condiciones del tercero. Tanto las condiciones patriarcales como las
antiguas (y también las feudales) se disgregan con el desarrollo del comercio,
del lujo, del dinero, del valor de cambio, en la misma medida en
que a la par va creciendo la sociedad moderna." "Grundrisse..",
págs 84/5.
"Pero en el ámbito de la sociedad burguesa
fundada en el valor de cambio se generan tanto relaciones de producción como
(sic) comerciales que son otras
tantas minas para hacerlas estallar"...
"Por otra parte, si la sociedad tal cual es no contuviera, ocultas, las condiciones
materiales de producción y de circulación para una sociedad sin clases, todas
las tentativas de hacerla estallar serían otras tantas quijotadas".
MARX, K., "Grundrisse..", págs. 84 y sgtes. Sub. Nos.
¡¡"El segundo crea las
condiciones del tercero"!!
El
"segundo estadio" es, indudablemente, el capital, que tiene su forma
más general y más abstracta en la mercancía, el sistema de la
"independencia personal fundada en la dependencia respecto a las
cosas". Tomamos "forma" en el sentido de "expresión" o
manifestación sensible o "modo de existencia", que coincide con el
uso que encontramos en "El Capital". Pero precisamos que esa
"forma" es fenoménica, o corresponde a un grado de desarrollo de la
consciencia, en el que una forma (se) sigue a (de) otra. Cada estadio o forma
tiene su "ley" que, para ella, es lo eterno e invariante; que es ya
su "contenido", ya el principio que la gobierna. Este uso terminológico
es adecuado a nuestro objeto y se presta a la "conmensurabilidad"
teórica requerida por la crítica. ero advertimos que contrasta diametralmente
con el uso clásico donde "Forma" no es la expresión sensible (mediada
por una consciencia) de un contenido "suprasensible", sino que es,
por el contrario, este mismo contenido: el mundo del Ser, el dominio de las
Formas, tiene su proyección en los fenómenos sensibles de la experiencia
cotidiana, que son como las sombras proyectadas sobre el fondo de la caverna en
la parábola platónica. Las Formas pertenecen al mundo del Ser que es real
porque es inalterable y eterno. "And this idea -that reality does not change-
has reigned supreme throughout Philosophy, from the very first philosophers in
Greece to modern times". SOLOMON, Robert C. "In the Spirit of
Hegel", Oxford University Press, New York, 1983. Acaso
no se ha invertido el mundo mismo, ni siquiera la filosofía, pero el uso
terminológico es otro.
La
propia exposición marxiana del desarrollo de la forma mercantil del valor
muestra en ella una negatividad tan potente, universal y necesaria, que ofrece
una anticipación abstracta del elemento superador ínsito en el desarrollo del
capital. El ciclo de las metamorfosis de la mercancía simple (simbolizado en
M-D-M), ilustra la forma de la circulación mercantil así como también la
posibilidad -aquí, todavía, subraya Marx, sólo es posibilidad- de la crisis de
realización. También en las funciones del "dinero en cuanto dinero"
señala otras tantas incipientes negaciones parciales de la mercancía que brotan
por imperio de su propia naturaleza. [87][2]La forma necesaria del valor
mercantil -como se subrayará en la exposición que ofreceremos más adelante-,
envuelve ya la primera negación de la esencia de la mercancía. Indudablemente
no basta la forma mercantil del valor (que culmina en el dinero y el despliegue
de las funciones dinerarias) para dar cuenta de las condiciones concretas de la
anulación y superación del capital; es inútil buscar la limitación del capital
y la necesidad de su superación en esas categorías liminales aún abstractas,
que sólo conllevan la transición de la forma del valor a la del plusvalor,
"la transformación del dinero en capital", pero no su figura
concreta, su desarrollo y las condiciones de su superación.
*
¿Cuál
es -cuál debe ser- la contribución de la teoría general de la forma del valor a
la finalidad del Das Kapital? ¿Cuál la relación entre la teoría de la forma del
valor y la teoría de la forma del plusvalor, entre la mercancía y el capital?
Repetidamente
hemos recordado un lado de esta relación: la mercancía es la forma abstracta
del capital; es, en ese sentido, capital en general. He aquí el otro: el
capital es (en virtud de la transformación mediada por el dinero) la forma
concreta de la mercancía. La mercancía misma es, en su concepto, una
abstracción del capital; ella es hasta hoy o capital en germen cuando es apenas
incipiente, fronterizo, precapitalista, no predominante, o bien un aspecto de
la relación capital, pero nunca un sistema productivo mercantil no capitalista.
Así
como la mercancía precede al capital, así también -por un tiempo- ha de
sucederlo (como la huella de nacimiento de una relación humana más
desarrollada); empero, en virtud de las transformaciones que hoy se operan en el capital que determinaremos como
diferenciado, la mercancía supérstite no será capital incipiente, no
cargará ya con la negatividad universal y arrasadora del capital; la estructura
mercantil estará (totalmente) aliviada de (la totalidad del) peso y la tensión
de las transfiguraciones que hoy todavía debe sufrir el trabajo mercantil para
devenir universalmente social; la elevada dignidad de su carácter humano no
será ya producto del tránsito sórdido fetichizado constitutivo del mundo social
en su forma capitalista, sino que será la premisa de todo trabajo individual.
No es solamente, como puede verlo un economista de hoy, que lo que en el
capital es ex post, mediado por el
cambio, devendrá incondicionado, absoluto, ex
ante; sino que el significado mismo de la necesidad individual habrá
retornado propiamente a su concepto, elevándose, y el trabajo no estará ya
subordinado a la necesidad como un medio para satisfacerla, sino que el
individuo plenamente maduro no reconocerá otra necesidad que la de realizar sus
capacidades humanas.
Fichte
había sostenido que el Estado, una vez cumplida su misión, esencialmente
educativa, se extinguiría gradualmente. Marx, después de seguir de cerca las
dramáticas alternativas de la historia de (y en) la comuna de París, evocó el
mismo destino para el Estado transicional que surgiría de la necesaria
destrucción revolucionaria del Estado burgués; a su vez, "el triunfo del
socialismo, dice Rosa Luxemburgo, es la derrota de la economía", la
anulación del automatismo de la "ley natural social" capitalista.
Ambas "extinciones", la de la economía y la de la política, serán los
dos lados de una misma moneda. Cuando la sociedad, surgida de la época del
capital como una plenitud múltiple y universal, "retorne" a su
unidad, ambos resultarán superfluos, languidecerá el Estado, se desvanecerá el
capital. Alucinaciones ideológicas que tiranizaron el espíritu de la época y
fueron denunciadas por la crítica, volveránse de pronto a la par objetivas y
triviales. Pues distingamos entre mercancía vulgar y mercancía común; entonces
la mercancía del capital agónico será meramente mercancía vulgar, nexo
conveniente y práctico, particular, local.
La
posibilidad teórica de reservar un papel a la mercancía para simplificar la
administración de "la cosa" social en el marco del capital agónico,
cuando el proletariado surgido de la diferenciación del capital haya tomado
firmemente el control de sus propias fuerzas productivas, no tiene nada que ver
con una reivindicación del "socialismo proudhoniano, de moda ahora [a la
sazón] en Francia, que pretende dejar en pie la producción privada,
organizando, sin embargo, el cambio de los productos privados; que se queda con
la mercancía pero rechaza el dinero. El comunismo debe, ante todo, deshacerse
de este «hermano postizo»".[88][3]
*
Hemos
argumentado antes y subrayamos aquí que, considerada como capital en general,
la mercancía está en su tercera figura, que envuelve la génesis del dinero. En
esta determinación -y únicamente en ella- la
mercancía es capital en general, y el capital es mercancía general.
La vara
para medir la teoría marxiana de la forma del valor debe ser el patrón propio
de la obra, la mediación de su finalidad, su estructura y, por tanto, sus fases
o secuencias necesarias. La dialéctica de la mercancía debe poner en marcha esa
secuencia de objetivos mediante el suyo propio, a saber, el de poner de relieve
la naturaleza histórica de la mercancía. Tal dialéctica diferencia y articula
los momentos necesarios de la forma mercantil, pone en movimiento las
contraposiciones que la tornan a la postre un ser incompleto y lábil, que debe
pasar a otro; su dualismo de más próxima relevancia para el presente problema
es el doble y contrapuesto grado de genericidad de la mercancía en tanto que
categoría económica puesto que ella es género del capital y especie particular
del producto social. Ambas articulaciones de la mercancía, con la categoría más
abstractamente antropológica y con la más propia de la economía política, con
el producto humano en general y con su forma específicamente capitalista,
fueron descubiertas y expuestas por Marx. El cometido de la teoría de la forma
del valor es el de comprender la mercancía por ambos lados, el de su
especificidad y el de su universalidad; como forma histórica particular de
producto, como forma general del capital; su
misión es unir ambos aspectos, su cometido es la mediación (articulaciones,
transiciones, transformaciones) entre el valor de la mercancía y las formas
fenoménicas del capital. El proyecto del Das Kapital traza el camino
formado con tales mediaciones.
Ese
camino es poderosamente parecido -no
sólo ni principalmente por su forma- al "camino de la desesperación"
(que es el de la Fenomenología); en él, el papel de la teoría de la forma es
brindar la unidad mediada de toda la obra (el dinero se transforma en capital,
el valor en precios de producción, los precios de producción en precios
empíricos); más determinadamente, su función en todo ese desarrollo es tomar a
su cargo la remisión iterativa a los conceptos fundamentales, a los que nunca
deja "tranquilos", sea haciéndolos comparecer ante las renovadas
exigencias de una forma concreta desarrollada que clama por la conciliación con
su propio concepto, sea enriqueciéndose con relaciones, aclaraciones, y, en
definitiva, nuevos desarrollos, que
son siempre los suyos.
De un
lado producto, del otro capital, la mercancía es portadora de una doble
genericidad, negativa (superada) y positiva (virtual). La primera debe
exponerse en la teoría de la forma del valor: la mercancía es producto por la
negación de su carácter específico, pero precisamente mediante esa negación que
determina su género se distinguen sus caracteres específicos. En cuanto a la
genericidad positiva, ésta sólo ha de enunciarse, y diferirse su justificación
y fundamentación para desarrollarla al pasar de la forma del valor a la forma
del plusvalor, y a la figura más concreta del capital y sus formas.
*
Es indudable que la teoría
marxiana de la forma del valor determina de modo concluyente la especificidad
(y, en este sentido restringido, la historicidad) de la forma misma del valor.
El
autor del Das Kapital destaca que es precisamente en la comprensión de la forma
del valor donde la crítica de la Economía Política se torna netamente superadora.
Ofrece prueba contundente de este logro al "llevar a cabo una tarea que la
Economía [Política] burguesa ni siquiera intentó, a saber, la de dilucidar la
génesis de esa forma dineraria, siguiendo, para ello, el desarrollo de la
expresión del valor contenida en la relación de valor existente entre las
mercancías: desde su forma más simple y opaca hasta la deslumbrante forma del
dinero" (op. cit. pág. 59). Con la develación del secreto del dinero la
crítica marxiana debió dar licencia definitiva a los predecesores burgueses.
Marx reconoce que la Economía Política clásica ha logrado analizar -aunque,
puntualiza, de manera incompleta, aludiendo a que no llegó a su propio concepto
del doble carácter del trabajo- el contenido y la determinidad cuantitativa del
valor "pero nunca logró desentrañar, partiendo del análisis de la
mercancía y más específicamente del valor de la misma, la forma del valor, la
forma misma que hace de él un valor de cambio" (op. cit., pág. 98).
*
Pero lo
que hasta aquí era indudable, que la teoría marxiana de la forma del valor
determina de modo concluyente la especificidad de la mercancía, se torna
problemático tan pronto tomamos en cuenta que (como ya hemos argüído), el
carácter histórico específico de la forma del valor:
a) no
queda completamente determinado sino por contraste con su concepto más genérico
y abstracto, el de valor sans phrase;
más determinadamente, mediante la identificación de formas diversas y grados de
genericidad en el principio del valor; y,
b) no
agota la particularidad de esta estructura histórica, la cual compromete
todos sus momentos esenciales.
La
enumeración de éstos comprende categorías particulares tomadas en sentido
amplio, [89][4]pero más propiamente categorías
económicas genéricas (valor, y asimimsmo producción, trabajo, diversificación,
especialización, ventajas absolutas y comparativas, producto, riqueza,
utilidad, intercambio) en las que también -como en la categoría producto
social- se contraponen la forma mercantil a la genérica, la histórica a la
ahistórica, la particular a la abstractamente universal, tal que su diferencia
específica se determina en su elemento, la contraposición.
*
Marx ha
formulado la teoría de la forma del valor, por medio del desarrollo superador
(crítica) de la teoría clásica del valor trabajo. Parte de su contribución
original comprende el desarrollo interno de esa teoría, y permanece en su
horizonte; tal acontece con el concepto del doble carácter del trabajo
(concreto, abstracto) y su correspondencia con el doble ser de la mercancía
(utilidad, valor). Pero no se detiene allí: la dilucidación de la génesis del
dinero y, consiguientemente, la exposición del fetichismo de la mercancía,
trascienden el dominio clásico precisamente en el punto en que pasa de la
relación de valor a su expresión específicamente mercantil.
Hé aquí
el fragmento de la exposición marxiana donde se efectúa el paso de la relación
de valor a la expresión del valor:
"La
más simple relación de valor es, obviamente (sic), la que existe entre una
mercancía y otra mercancía determinada de especie diferente, sea cual
fuere." Añade:
"La
relación de valor entre dos mercancías, pues, proporciona la expresión más simple del valor de una
mercancía". ("Das Wertverhältnis zweier Waren liefert daher dein einfaschten Wertausdruck für eine Ware.") Marx,
Carlos, op. cit., pág. 59 (28). Sub. nos.
*
Pero
confrontados con ésta su propia exigencia, los conceptos marxianos muestran
ambigüedades subsistentes, incongruencias; en ellas la crítica de la Economía
Política aguarda consumarse. La mayor se verifica precisamente en el punto
donde parece lograr el despegue del horizonte clásico; y lo logra, pero de modo
incompleto.
En
efecto, tanto Smith como Ricardo estudiaron la relación de valor, y para
ninguno de ellos era ajena la afinidad tendencial de los precios relativos y
los valores relativos correspondientes, tal que éstos "gobiernan",
dice Smith, el (sentido del) movimiento de aquéllos. No lograron, sin embargo,
pasar del contenido del valor a su forma, ni comprender, por ende, la identidad
y la diferencia entre el valor y sus manifestaciones, o la forma en cuanto
forma. Les estaba vedado alcanzar el mundo aportado más tarde por la crítica
marxiana, el universo teórico que se abre con la comprensión de la génesis y la
naturaleza del dinero, del valor mismo como sustancia social, del fetichismo de
las formas mercantiles, de la unidad de las funciones del dinero, de la
transformación del dinero en capital y, esencialmente, del capital mismo. Donde
los fundadores no vieron más que los conceptos abstractos valor absoluto y
relativo, Carlos Marx descubre y desarrolla la dialéctica de la forma del
valor.
Para
ello debe remontarse del "valor con prescindencia de su forma" a la
expresión del valor. Lo hace partiendo de la relación de valor entre dos
mercancías, observando que una relación de valor "proporciona" dos
expresiones de valor, de las que Marx comprende que hay que considerar
exclusivamente una; pues hé aquí que, en tanto la relación de valor no se
altera por la permutación de sus términos, los cuales son tan idénticos como lo
son las funciones que desempeñan, en la expresión del valor de una mercancía -por el contrario- se
expresa mucho más que la identidad cuali y cuantitativa entre dos mercancías
tomadas unilateralmente como valores. La identidad funcional de ambos términos
desaparece, la permutabilidad se trueca en polaridad,
las dos mercancías aparecen desempeñando funciones complementarias pero
diferentes, opuestas aunque recíprocamente necesarias, y, finalmente, el valor
de uso sale de la indiferente abstracción a la que estaba relegado en la
relación de valor (donde, sin embargo, la identidad entre las dos mercancías en
tanto valores no se afirma como algo pura e inequívocamente social sólo por medio de la negación de su
materialidad sino también por la afirmación de su diferencia material en tanto
valores de uso).
*
Pero si
reflexionamos sobre la transición del valor en general a la forma particular
del valor mercantil debemos reconocer que esa transición no es lógicamente
necesaria, ¡ni siquiera posible!
Marx
argumenta reiteradamente, en épocas y obras que abarcan desde los
"Grundrisse.." hasta las "Glosas..", que del género no se
puede deducir la especie, de la fisiología del mono la del hombre, del hombre
negro la esclavitud, del judío la usura, del metal áureo el dinero, de la
máquina de coser el capital, del concepto de valor su forma mercantil, etc.
(Vgr.: "pues es tan imposible pasar directamente del trabajo al capital
como pasar directamente de las diversas razas humanas al banquero o de la
naturaleza a la máquina de vapor", cit. por ROSDOLSKY, Roman, op. cit.,
pág. 219). Esta misma imposibilidad cierra el pasaje especulativo del producto
a la mercancía. ¿Cómo entonces Marx encuentra en la relación de valor, momento
genérico del valor de cambio mercantil, la transición a la expresión del valor,
forma eminentemente mercantil? Si el valor de la mercancía no es sino
representación del trabajo abstractamente humano, medido en tiempo (o incluso
reducido a mero "desgaste de músculos y nervios"), luego la relación
de valor entre dos mercancías no
"proporciona" una expresión de valor específicamente mercantil.
De
acuerdo con esto, así como era extrínseca la primera transición, lo es también
la segunda. En consecuencia, la teoría de la forma del valor, incluso si es esencialmente verdadera, ¡es infundada!
*
La
mercancía producida por una transición incompleta tiene una figura igualmente
incompleta; o pasaron a ella sin salir de su crudeza, o bien simplemente se
extraviaron, las nociones que por medio de ese pasaje deben proseguir hacia sus
conceptos elementales. Ejemplo de lo primero, en los hechos, es que la
distinción esencial entre valor y valor de cambio no llega a fijarse de modo
firme, conceptual y terminológico, ni siquiera en el texto de Marx, donde esta
distinción es la premisa principal de su teoría de la forma del valor; ejemplo
de lo segundo, la noción smithiana de "labour commanded" es desdeñada
por Ricardo y por Marx, para su mal.
Interpretamos
que "commanded" (literalmente, comandado) tiene aquí la connotación
de "logrado a pedido o solicitud", etc., o, más específicamente, de
un requerimiento mediado por la libre
voluntad de las partes. Como lo explica Smith repetidamente (vgr. en su
argumento contra Hobbes, que comentamos más arriba), no se trata de un poder de
mando sobre trabajadores y/o de un derecho de disposición sobre productos o
bienes de terceros, [90][5]sino que a los propietarios de
mercancías, éstas les confieren "poder" en un sentido distinto, en
verdad opuesto; es un poder recíproco, indirecto, voluntario, igualitario. No
es, propiamente, "power", como el basado en una jerarquía de mando,
en la amenaza, la imposición, el dominio o la dependencia personal: es
"purchasing power", poder de compra.
*
Mutatis mutandi, encontramos el síntoma
en Marx de la misma enfermedad que Ricardo denuncia en Smith y el mismo Marx en
Ricardo: las distinciones conceptuales más críticas, no son fijadas con firmeza
ni desarrolladas consecuentemente. [91][6]Tal ocurre con la distinción
entre valor de cambio y valor. La gran víctima es el concepto fundamental de
que el trabajo representado en el valor de las mercancías es el necesario para
reproducirlas. La verdad del valor se confunde permanentemente con la falsa
noción de que el trabajo representado en el valor de las mercancías es el que
se aplicó en su producción. Una vez perdida la distinción cualitativa, y a
falta de diferenciación terminológica, queda instalada la confusión entre la
"cantidad de trabajo incorporado" en la producción de la mercancía en
tanto producción material y la "cantidad de trabajo incorporado" en
la misma producción en tanto ésta es producción de valor. En el texto del Das Kapital
hay expresiones desafortunadas que, faltas de aclaración oportuna, refuerzan la
doctrina vicaria. Se dice, por ejemplo, que el tejedor "teje" valor,
y el hilandero "hila" el mismo valor, y es verdad, y está bien dicho,
pero queda por aclarar que el "trabajo incorporado" en el valor de
una cantidad dada de hilado o de tela no es igual al trabajo que se aplicó en
su confección.
Locuciones
como "trabajo pretérito", "muerto", incluso
"aplicado", etc., utilizadas profusamente por Marx, refuerzan la
falsa noción, y comprometen la comprensión de que el trabajo productivo no crea
valor en proporción a la cantidad en que se aplicó en ella sino en razón de la
cantidad necesaria para reproducirla. La comparación cuantitativa presupone la
reducción de todos los trabajos a trabajo homogéneo, simple, promedial, de modo
que el trabajo social constituye una magnitud. Pero la diferencia no es
únicamente cuantitativa, y la insistencia de Marx en el carácter abstracto del
trabajo que crea valor obnubila la comprensión de que el trabajo "pretérito"
y el trabajo "necesario", ambos considerados con abstracción de sus
modalidades materiales y de las diferencias individuales, son también
cualitativamente distintos. El primero es una entidad teórica, un artificio
estadístico, en tanto el segundo es el que, dice Marx, "ha cobrado forma
objetiva" y constituye, en la sociedad capitalista, "la substancia
social".
En toda
la importante Primera Sección del Tomo I la noción vicaria invade el discurso
del valor. V. gr., el valor de una chaqueta se duplica "si el tiempo de
trabajo necesario para la producción de la chaqueta se duplica, por ejemplo,
debido a una mala zafra lanera" (pág. 66). Asimismo: "Una cosa puede
ser valor de uso y no ser valor. Es ésta el caso cuando su utilidad para el
hombre no ha sido mediada por el trabajo. Ocurre ello con el aire, la tierra
virgen, las praderas y bosques naturales, etc." (pág. 50).
El
concepto verdadero de que el valor de un producto está determinado por las
condiciones de su reproducción
es (casi, ya que hay una referencia "en passant" en el Capítulo III,
que comentaremos más abajo) ignorado por Marx en su exposición general de la
teoría de la forma del valor, sin justificación alguna, y formulado por él con toda claridad recién en la importante
Sección V del Tomo III. Una implicación, sin duda, en el marco general del
capital, es la desvalorización del capital fijo por impacto de la innovación
técnica sobre su reproducción. [92][7]Volveremos sobre este problema
fundamental en la sección siguiente.
*
En la
exposición marxiana de la forma del valor hemos identificado tres estadios:
comienza por la mercancía que "aparece", donde la forma mercantil no
está determinada como forma de un contenido sino únicamente como unidad
inmediata, cual nos es dada; esta primera mercancía recibe una atención
extremadamente somera, y se pasa sin más a la mercancía clásica, la que Smith y
luego Ricardo distinguen como un ser dual; es valor de uso y es valor de
cambio, facetas que Marx inicialmente denomina "factores" de la mercancía
(die swei Faktoren der Ware). La primera transición es exotérica y, por ende,
incompleta; lo es hoy para nosotros, retrospectivamente, a la luz de un siglo
de análisis neoclásico, cuyos frutos -magros de suyo- cobran sentido en el
marco clásico, al que enriquecen.[93][8]
Marx -a
quien obviamente no cabe achacar el no haber entrevisto el impulso que todavía
encerraba la economía "vulgar"- clausura de modo concluyente el
exoterismo de la primera mercancía (vulgar) para pasar a la segunda (clásica): los
dos aspectos de la mercancía no son, como en el primer comienzo, propiamente
"factores", esencias subsistentes, no mediadas, sino que uno, el
valor de uso, es el cuerpo material del otro, el valor de cambio: su condición
material necesaria.
La
mercancía, ser escindido, bifacético, pasa a ser unidad de sus dos aspectos
contrapuestos. Para aludir a esa unidad que luego explicará su teoría de la
forma del valor, Marx apela por de pronto a una metáfora que toma de la filosofía alemana del siglo (precedente).
Debió escoger entre el talante ilustrado y el romántico, entre expresiones
vinculadas al principio de la negación [94][9] y palabras convocadas desde
los reinos oscuros del espiritualismo y la magia: el valor, alma social de la
mercancía, cobra materialidad, toma
cuerpo, en su valor de uso. Con la realización de la mercancía, el
"espíritu" que lleva oculto "transmigra", se
"reencarna", sufre una "metamorfosis". Esa "masa
espectral" que no tiene sino una estancia provisoria en el cuerpo
material, valor de uso, de una mercancía singular, es su valor.
Pero en
cuanto valor, de acuerdo con el concepto clásico interpretado por Marx, la
mercancía representa una determinada cantidad de trabajo social. Marx subraya
el carácter abstracto de este trabajo: así como en el valor mismo han quedado
borradas todas las diferencias materiales entre las mercancías, también en los
trabajos representados en él se han desvanecido determinaciones y diferencias
materiales. Sea cual fuere su sustancia común, las mercancías se igualan de
hecho, y expresan su identidad sustancial al cambiarse unas por otras como
valores idénticos. Esta identidad se afirma a despecho de su diversidad
material y, en verdad, por medio de ésta.
*
El
cambio implica la igualdad, y ésta la conmensurabilidad; las mercancías, al
cambiarse, revelan su esencia común. Marx recuerda y celebra esta afirmación de
Aristóteles, y adhiere a ella. Pero es imposible, prosigue Aristóteles, que
cosas diversas sean idénticas, de donde la igualación de las mercancías
violenta su naturaleza y no puede ser sino un arbitrio práctico.
"Pero
que bajo la forma de los valores mercantiles todos los trabajos se expresan
como trabajo humano igual, y por tanto como equivalentes (sic), era un
resultado que no podía alcanzar Aristóteles partiendo de la forma misma del
valor, porque la sociedad griega se fundaba en el trabajo esclavo y por
consiguiente su base natural en la desigualdad de los hombres y de sus fuerzas
de trabajo (sic). El secreto de la expresión de valor, la igualdad y la validez
igual (sic) de todos los trabajos por el ser humano en general, y en la medida
en que lo son, sólo podía ser descifrado cuando el concepto de la igualdad
humana poseyera ya la firmeza de un prejuicio popular... El genio de
Aristóteles brilla precisamente por descubrir en la expresión del valor de las
mercancías una relación de igualdad...". Marx, Karl, op. cit., págs. 73/4.
Añade: "Sólo la limitación histórica de la sociedad en que vivía le
impidió averiguar en qué consistía, «en verdad», esta relación de
igualdad".
La
igualdad que se expresa en la relación de cambio entre dos mercancías revela
que ellas participan de una esencia común, que Aristóteles no alcanza a
determinar, aunque sí a reconocer su inmanencia o necesidad. Según Marx tal
esencia no puede ser otra que la cualidad de las mercancías en cuanto valores,
fundamento de su conmensurabilidad. Sin embargo, sólo una época como la del
capitalismo histórico, que ha conocido la relación mercantil plenamente
desarrollada, puede captar ese concepto y, en retrospectiva, admirar la proeza
intelectual del estagirita que dos milenios antes, cuando aún no era posible
captar el concepto de valor, había anticipado admirablemente la teoría de la forma del valor, que lo implica.
Pues Aristóteles llega a enunciar "con claridad que la forma dineraria de
la mercancía no es más que la figura ulteriormente desarrollada de la forma
simple del valor, esto es, de la expresión que adopta el valor de una mercancía
en otra mercancía cualquiera" (op. cit. pág. 72/3). Rige el valor como
principio práctico del intercambio mercantil (incipiente o simple, id. est., no
capitalista), pero la consciencia teórica de la época no alcanza a su concepto
debido a que la producción (¿mercantil?) se apoya sobre la esclavitud...
Una
sociedad que tiene su "base natural en la desigualdad de los hombres"
no alcanza a comprender "que bajo la forma de los valores mercantiles
todos los trabajos se expresan como trabajo humano igual". Casi
sobrepasando la restricción insalvable que a todo hombre le impone su
contemporaneidad, Aristóteles pudo remontarse a la expresión del contenido
ignoto y comprender la identidad entre los dos estadios extremos de su
desarrollo, desde su forma más simple hasta su forma dineraria.
Parécenos,
empero, que si en la observación de que la relación de valor: 5 lechos = una casa "no
difiere" de la relación de valor 5
lechos = suma determinada de dinero, Marx atribuye a Aristóteles un atisbo
esotérico de su propia teoría de la forma del valor, entonces debiera reconocer
el mismo mérito a la economía "vulgar" e incluso al slang propio de la vida empírica de la
relación mercantil, puesto que la reflexión acerca de la identidad implícita en
la relación de cambio pertenece a las circunstancias prácticas y cotidianas del
comercio. Bien entendido, y en un todo de acuerdo con la principal conclusión
de la Sección Primera de "Das Kapital", no es lo mismo a)
"descubrir en la expresión del valor de las mercancías una relación de
igualdad", y averiguar luego el contenido encerrado en esta expresión, a
saber, el valor propio o intrínseco de ambas mercancías, determinar su
naturaleza y su cuantía como lo realmente idéntico en ambas, y comprender que
ese valor representa trabajo y qué trabajo, que b) descubrir que la relación de
valor entre dos mercancías "proporciona" o "encierra" la
expresión (simple) de valor de una de ellas.
Esta
distinción -entre reducir (analíticamente) la expresión del valor a su
contenido para explicar su naturaleza y remontarse desde ese contenido para
comprender (sintéticamente) su expresión como forma necesaria- encierra toda la
distancia lograda por Marx respecto de sus predecesores clásicos; pero él mismo
parece olvidarla en su admiración por el remoto antecesor, "el gran
investigador que analizó por vez primera la forma del valor". Lo más
sorprendente -y arbitrario- de esta referencia a Aristóteles, es que Marx
remite a él para aclarar las propiedades segunda y tercera de la forma
equivalencial.[95][10]
Hay una
verdad en estos anacronismos. Cuando Marx cree que Aristóteles está exponiendo
una versión de la teoría de la forma de valor (avant la lettre), cae en
desacuerdo con su propia teoría, según la cual -recordemos- "la relación
de valor entre dos mercancías, ... proporciona
la expresión más simple del valor de una mercancía". Pero a través de la
discordancia contenida en el interludio aristotélico atisba más allá de su
propia concepción limitada, cuando, luego de repetir una vez más que la forma
simple del valor de una mercancía está contenida en la relación de valor entre
esa mercancía y una materialmente distinta, añade: "...o en la relación de cambio con la misma".
[96][11] Pero si hemos de atenernos a
la propia teoría marxiana, lo mismo que a la ricardiana, nunca es lo mismo
"relación de valor" que "relación de intercambio"; ni
siquiera cuando coinciden cuantitativamente, sea por efecto de la ley clásica,
sea por una circunstancia del todo fortuita; por causalidad, o por casualidad.
*
Surgen
los dilemas que tienen respuesta en la figura de la tercera mercancía,
descubierta por Marx pero expuesta por él de manera incompleta. Podemos
descomponer el pasaje que acabamos de transcribir en dos asertos. Primero: «la
expresión de valor de una mercancía está contenida en la relación de valor con
otra mercancía», y segundo: «la expresión de valor de una mercancía está
contenida en la relación de intercambio con otra mercancía de diferente clase».
Ninguno de ambos tiene el significado de una proposición teórica, uno porque es
falso, el otro porque es trivial. La falsedad de la primera proposición surge
-lo hemos argumentado ya- del carácter no mediado de la relación de valor (el
género abstracto no "contiene" ni "proporciona" los
caracteres determinados específicos). En cuanto a la segunda es, desde luego,
huera tautología afirmar que las mercancías tienen la propiedad de cambiarse
con arreglo a su valor de cambio, o que el valor de cambio, que no es sino la
proporción en que se cambian unas mercancías por otras, expresa o encierra
dicha proporción. (Si la relación de cambio de una mercancía con otra es la
expresión de valor de la primera, no tiene sentido alguno decir que la
expresión de valor está contenida en la relación de cambio, en ella misma).
Marx no
afirma, ni mucho menos, que el valor, es decir, que el contenido que se expresa en la forma del valor, contiene esta forma; dice que la
relación entre los contenidos (idénticos) de valor de dos mercancías
"proporciona" o "contiene" la expresión de valor de una mercancía. Pero esta afirmación
es desmentida por el mismo Marx cuando caracteriza el papel de la mercancía que
expresa su valor en otra mercancía como un papel activo. Esto se pone de
relieve en la forma más simple del valor: la mercancía activa expresa su valor
en una otra mercancía que queda por completo separada del resto del universo de
las mercancías. Pertenece a la naturaleza de la mercancía la necesidad de
expresar su valor de modo proyectivo, en un equivalente; pero una vez que el
carácter mercantil de su valor ha satisfecho el requisito de designar un
equivalente -en este caso, un equivalente singular-, este nexo particular la
liga exclusivamente con la mercancía equivalencial. Si una tercera mercancía
posee el mismo valor que la primera, la relación de valor entre ambas es una
relación de igualdad que podría expresarse de modo transitivo en un equivalente
común a ellas, pero no
"proporciona" ninguna expresión de valor.
*
Consideremos
ahora este otro par de proposiciones:
a) el
valor de una mercancía depende de su realización; y b) el valor de una
mercancía es por completo independiente de su realización.
La
primera es falsa y la segunda verdadera. Empero, hay argumentos en favor de la
proposición falsa. La mercancía,
producto social que se intercambia, es también producto del intercambio, dado
que únicamente en virtud del cambio y como consecuencia de él cobra realidad su
carácter social. Asimismo, hace a la esencia de la mercancía el carácter
fortuito y aleatorio de la realización de la mercancía individual. Su valor de
uso es pregonado por el vendedor, pero en tanto valor de uso social es todavía
meramente hipotético, sujeto a convalidación. Su valor mismo está igualmente
supeditado a la venta, el cambio de forma o forma necesaria de consagración de
este producto, de confirmación de su carácter social que, en correspondencia
con su forma mercantil, es meramente virtual. La mercancía posee valor en
cuanto y por cuanto representa trabajo social, pero el trabajo que produce
mercancías es trabajo privado, y únicamente por medio de la realización de la
mercancía, y como consecuencia de ella se transforma en trabajo social. La
mercancía es una forma histórica particular del producto social, y de la
relación productiva, pero cada mercancía deviene plenamente un producto social
en el momento mismo en que pierde esa forma, que es el momento de su
realización, no antes. Si el valor de la mercancía no se realiza, en ese caso
la mercancía no poseía valor alguno. O bien se consagra como producto de valor,
ex post. En definitiva, ¡L.Q.Q.D.!
Así
como hay argumentos en favor de la proposición falsa, los hay en contra de la
verdadera. Son semejantes en su contenido a los anteriores, pero surgen de las
dificultades que presenta el razonamiento verdadero, que es este: el valor de una
mercancía depende únicamente de las condiciones sociales promediales de su
reproducción. La mercancía toma cuerpo en un valor de uso determinado
cualitativa y cuantitativamente. La cantidad de trabajo que representa en tanto
que valor, es la necesaria para reproducir una cantidad igual de un valor de
uso igual. Esta condición es independiente de la realización de la mercancía, ¡L.Q.Q.D.! Pero, si la mercancía es
invendible, o únicamente puede venderse por debajo de su valor, una parte del
trabajo que ella contiene se aplicó en vano, "no cuenta" como trabajo
que produce valor.
*
Topamos
aquí con la ambigüedad principal, madre de otras, que presenta el concepto de
valor en su formulación marxiana. En la literatura marxista hay una explicación
que luce insatisfactoria ante sí misma: la ambivalencia se traslada al trabajo
representado en el valor, en su nota o determinación en cuanto
"socialmente necesario".
Rosdolsky
encuentra, por un lado, en pasajes harto frecuentados de Das Kapital, una
connotación del término "valor" que califica de
"tecnológica". De acuerdo con ella, lo que determina la cuantía del
valor es "el tiempo de trabajo socialmente necesario" ... "el
requerido para producir algún valor de uso cualquiera en las condiciones
normales de producción vigentes en una sociedad y con el grado social medio de
destreza e intensidad de trabajo" ... "y es sólo ... el tiempo de
trabajo socialmente menester para la producción de un valor de uso, lo que
determina la magnitud de su valor". Prosigue Rosdolsky:
"Una
y otra vez volveremos a encontrarnos, en El Capital y en otras obras de Marx,
con esta interpretación «tecnológica» del concepto del tiempo de trabajo
socialmente necesario. Pero junto a ella se encuentra también otra
interpretación, según la cual sólo podría considerarse como «socialmente
necesario» al trabajo que correspondiese a la necesidad social colectiva de un
valor de uso determinado".
No
había tal ambigüedad en la distinción ricardiana entre las dos fuentes
("two sources") del valor de cambio de las mercancías. Ganamos poco y
nada al remitir la escasez o abundancia de mercancías en el mercado a la
escasez o abundancia de trabajo social aplicado a producirlas. El trabajo
comandado smithiano ("labour commanded"), expulsado del discurso de
Ricardo y Marx, ¿anda de polizonte en el Das Kapital?
*
Marx
fue el primero en exponer el concepto de que el valor deviene sustancia social;
suyo es el descubrimiento de la génesis (necesaria) del dinero en la naturaleza
de la mercancía, asimismo de la dialéctica que va de la forma del valor a la
forma del plusvalor, de la historicidad de la mercancía y el dinero a la del
capital, de la transición del valor mercantil al plusvalor capitalista...
No
podríamos ofrecer una lista ni razonablemente completa de los aportes
originales legados por Marx, que culminan en la idea programática e
imperiosamente vigente de que el socialismo, superación del capital, debe
buscar su fundamento en el desarrollo del capitalismo. La crítica a Marx no
puede tener otra inspiración ni otra necesidad que esa idea. Nos hemos limitado
a enumerar los aportes más directamente propios de la teoría de la forma del
valor. Deliberadamente omitimos la distinción entre trabajo abstracto y
concreto, para mencionarla aparte, a) porque está subsumida en la génesis del
dinero, y b) porque objetamos (v. supra) la formulación de Marx, por
considerarla incompleta frente a las exigencias de la propia teoría marxiana de
la forma del valor. [97][12]
Por
cierto, la comprobación de que el problema de la expresión del valor fue
resuelto no levanta la acusación de que no fue planteado; cualquier economista,
lo mismo que todo homunculus oeconomicus vulgaris, que no ha reflexionado sobre
la singularidad de esta estructura social, sabe que las mercancías se cambian
por dinero y que la cantidad que se pide por ellas es su precio. Lo sabe y lo
dice.
No
dice, en cambio, que el valor mercantil es una sustancia objetiva. Pero apuntan
a esa verdad sus intuiciones yuxtapuestas, aproximadas y recurrentes sobre la
sociedad mercantil, que frecuentan contenidos como los siguientes: que el
sistema económico se articula en una totalidad interactiva por medio de fuerzas
de suyo disgregadoras; que sus fundamentos son la desconfianza mutua, la
indiferencia recíproca, la ajenidad universal, el egoísmo individual; que sobre
la base del rechazo generalizado entre los productores individuales se conforma
una estructura productiva dotada de estabilidad; que el capitalismo ha sufrido
cataclismos catastróficos, pero sus estallidos se han verificado como otras
tantas crisis más que como derrumbe; que, en definitiva, la sociedad se
mantiene unida por el mercado, donde cada mercancía comparece ante una
providencia impersonal inapelable que dictamina: "esta sí", o
"esta no".
La
clave de la discusión que sigue es que el concepto fundamental de la Economía
Política es el de Mercancía (en tanto forma general del Capital).[98][1]
Ahora
bien, antes de ser concepto, la mercancía es asunto de un saber ingenuo, el
cual tiene a su objeto por algo externo y no se sabe en él. El concepto
científico está latente -como virtualidad- en esa consciencia fenoménica (que
es en sí sin ser aún para sí); en la noción inmediata de Mercancía, intuitiva,
connatural a la experiencia empírica del homo mercator. El momento
reflexivo de este saber incipiente renace en cada mutación formal de la
mercancía y al instante muere de muerte natural en la renovada ilusión de que
el objeto es una cosa unilateralmente externa; y hay, claro está, un objeto,
pero esta primera consciencia ignora que en él toma cuerpo, y cobra
objetividad, su propia naturaleza social.[99][2]
La
primera consciencia mercantil permanece en la certeza de la identidad inmediata
entre la mercancía individual y la cosa material que la encarna. Pero así como
esa certeza es inconmovible, es igualmente insostenible. Pues, por de pronto,
la mismísima mercancía, que ha dado pábulo y ocasión a la certeza de su amo, no
corrobora su opinión. Porque la misma identidad que la liga de modo entrañable
con su forma material, la compele a despojarse de esa forma; y sólo vive para
refutar aquella certeza. Por su lado, la cosa material también se muestra
reacia a confirmar esa representación, y la rechaza de plano cuando la
mercancía que moró en ella transmigra a otro cuerpo, cualitativamente distinto.
La
primera consciencia comprende esto a su manera: la mercancía, al realizarse, no
sufre una metamorfosis, un cambio de forma; sólo un cambio de mano, o, si se
quiere, de amo. Evidentemente, ser valiosas es un predicado de las mercancías,
y ser ricos, una propiedad de sus propietarios; por ende, razona, el valor es
inmanente a la cosa, la utilidad a las personas; puesto que son las mercancías
-las cosas mismas- las que se relacionan como valores de cambio, se sigue que
la relación, el valor de cambio, es un atributo suyo en tanto cosas. Pero en
esta figuración invertida, que procede de la propia naturaleza de la mercancía
y corresponde a sus formas específicas necesarias, se (im)pone la distinción
que anticipa el concepto: el valor de uso se distingue del valor de cambio.
Esta distinción es atribuida por Ricardo a Smith y por Smith al lenguaje
corriente. La encontramos formulada de manera inequívoca en documentos de los
mundos chino y griego antiguos.
"¿De dónde proceden, entonces, las ilusiones
del sistema monetarista? Este no veía al oro y la plata, en cuanto dinero, como
representantes de una relación social de producción, sino bajo la forma de
objetos naturales adornados de insólitos atributos sociales. Y cuando se trata
del capital, ¿no se vuelve palpable el fetichismo de la economía
moderna, esa misma economía que, dándose importancia, mira con engreimiento y
desdén al mercantilismo? ¿Hace acaso mucho tiempo que se disipó la ilusión
fisiocrática de que la renta del suelo surgía de la tierra, no de la
sociedad?"
"Sin embargo, para no anticiparnos, baste aquí
con un ejemplo referente a la propia forma de mercancía. Si las mercancías
pudieran hablar, lo harían de esta manera: Puede ser que a los hombres les
interese nuestro valor de uso. No nos incumbe en cuanto cosas. Lo que nos
concierne en cuanto cosas es nuestro valor. Nuestro propio movimiento como
cosas mercantiles lo demuestra. Solamente nos vinculamos entre nosotras en
cuanto valores de cambio...". MARX, Karl "El Capital. Crítica de la
Economía Política", Tomo I, SXXI, pág. 101.
Para
indicar el contenido de la primera consciencia de la mercancía, y de las
doctrinas que la preservan de la crítica transformativa (convalidando, desde la
ciencia contra la ciencia, la niebla ideológica que repetidamente envuelve las
estructuras del capital desde el siglo XVI hasta la actualidad), nada más
contundente que su lado negativo: su carencia conceptual le impide distinguir
entre valor y valor de cambio. En este sentido la economía
"neo-clásica" (denominación probablemente acuñada por Alfred
Marshall) es eminentemente pre-clásica. La verdad de la doctrina oficial
de este siglo, era harto conocida por autores como Dudley North, Thomas Mun,
por supuesto John Locke e incluso "el viejo Barbon": [100][3] si, dado un conjunto de
precios, las mercancías se ofrecen en cantidades distintas de las demandadas,
los precios pertinentes se moverán en un sentido definido; a la baja si son
mayores, al alza si son menores.
La
"ley" mercantilista de la oferta y la demanda viene también del mundo
antiguo, pero cobra originalidad en la economía política (moderna, o
smithiana), al ser puesta en su concepto y, allí, despojada de su
unilateralidad (que, anacrónicamente, reivindicarán Böhm Bawerk, et. al.). En
este contexto histórico -en correspondencia con el carácter ecuménico,
universal y excluyente, de la relación mercantil en sus determinaciones
capitalistas-, la mercancía se hace cargo de la articulación de la estructura
productiva como un todo. Esta es, sin duda, la expresión intelectual de la
génesis y estructuración del sistema capitalista industrial, a la vez que la
legitimación del comercio, contra la condena de la teología medioeval y sus
ecos luteranos. Esta connotación totalizante es conservada en las doctrinas
neo-mercantilistas que, con la "revolución marginalista", brotan de
las ruinas de la escuela ricardiana y de la hecatombe producida por la edición
del primer tomo del Das Kapital.
Hay una
segunda consciencia teórica de la mercancía. Para ella la relación entre la
mercancía y su soporte material es el valor. La identidad que la primera
consciencia tenía por verdadera, y su propia experiencia refutaba, se confirma,
pero ahora se aclara que no es inmediata, sino que está mediada por el valor:
el principio de economía de trabajo "gobierna" (afirma Smith) el
sentido del movimiento de los precios. Este pasaje ha creado un nuevo objeto: en la segunda mercancía saldrá a la luz el
significado que se ocultaba en la primera. La exposición científica de esta
segunda consciencia fue realizada por los autores "clásicos"
(denominación original de Marx), inaugurando de este modo, en las últimas
décadas del siglo XVIII y primeras del XIX, la economía política. Esta ciencia
es hija del mundo moderno y propagadora de las Luces de Occidente; [101][4]pero anotemos que, si su aporte
específico se fundó en la conciliación de dos doctrinas, la del valor mercantil
y la del valor, ambas fueron heredadas. La primera, directamente de las
doctrinas "mercantilistas" (denominación original de Smith); la
segunda, de la antigua filosofía griega (Aristóteles) a través de la teología
medioeval (Santo Tomás), para lo cual debió ser expurgada de admoniciones
condenatorias contra el comercio. Fundada en el reconocimiento de que el viejo
principio de la economía del trabajo es relevante para comprender la
naturaleza, la forma y las leyes del valor de cambio de las mercancías en su
forma dineraria, la Economía Política nace como la ciencia de una de las partes
de la sociedad moderna: la sociedad civil.
Pero
debido a que la Economía Política nace como la consciencia científica de sí
misma de la clase capitalista en su época burguesa, su mandato intelectual es
autoexcluyente (esquizofrenizante): debe a la vez descubrir y encubrir,
concebir e idealizar, razonar y racionalizar, promover la civilización y la
barbarie, emitir luz y tiniebla.[102][5]
La
economía política vulgar (denominación, también ésta, de Marx), que renuncia a
enfrentar estas tensiones y toma el partido de conservar las formas
capitalistas de la producción, se adapta maravillosamente a la profesionalización
de las funciones relativas a la gestión formal del capital. Los logros
científicos de la economía política en su época clásica son desdeñados y
soslayados, y su versión crítica, tal como aparece expuesta paradigmáticamente
en el Das Kapital, rechazada con horror. El regreso a concepciones constreñidas
a la primera mercancía, en sus dos versiones, la "neoclásica" y la
"keynesiana", juntamente con la jibarización
del objeto de la economía política, dejan abandonado el campo de la economía
política como un todo, y una tierra de nadie es colonizada por una multitud
informe de "ciencias sociales", carentes de concepto, que se reparten
los membra disecta de la economía política.
Y así
como el objeto de la economía política vulgar está circunscripto esencialmente
a la esfera de la circulación mercantil, así también su dimensión práctica está
limitada al ámbito de la gestión manipulatoria del capital. En estas
aplicaciones exhibe y desarrolla su utilidad práctica, la cual convalida y
legitima su misión conservadora. Ocurre con la ciencia fenoménica de la
mercancía lo mismo que con la física: a la consciencia mercantil no le incumben
los cataclismos cósmicos ni la empresa imposible; no le conmueve, por lo tanto,
la física einsteniana, de modo que sus representaciones y nociones prácticas
son tranquilamente acordes con un mundo newtoniano. No es intelectualmente
contemporánea de sí misma; por eso puede decir que la teoría de la relatividad
es una cuestión filosófica, lo cual, en su lenguaje, luce como un denuesto. Pero
hay una diferencia: la nueva física anuncia un nuevo milenio capitalista, y la
vieja economía política, que aporta a la génesis y a la naturaleza histórica
del capital, incuba la consciencia de su ocaso.[103][6]
Asi,
pues, tenemos dos figuras fenoménicas de la mercancía (dos consciencias, dos
grados del concepto), y tienen, cada una, su expresión doctrinaria. En ambas el
sentido tendencial del movimiento de los precios recibe una atención central.
En la primera, puesto que su horizonte se cierra en el ámbito de la
circulación, el asunto que le preocupa es el movimiento de los precios hacia
los valores que igualan las cantidades ofrecidas y demandadas de las mercancías
respectivas. Para la segunda, se trata también del mismo movimiento, el de los
precios empíricos hacia una configuración que despeja los mercados, pero ella
se pregunta además y principalmente cuál es, a su vez, el movimiento de esa
configuración de los precios (en ruedas consecutivas). Aquélla debiera
subsumirse en ésta, pero la Economía Política, para su mal, en lugar de
integrar la primera mercancía en su propio concepto, hace caso omiso de ella.
Una queda del lado de la forma, la otra del contenido, y ambas son
unilaterales, abstractas: si la primera mercancía no es producto, la segunda es
producto, pero no es cabalmente mercancía; por eso, en tanto objeto de valor,
la segunda mercancía, puro contenido genérico, es muda. Y para salir de esta
abstracción, la segunda mercancía debe expresarse como sólo puede hacerlo, por
medio de la primera, y en el lenguaje de ésta.[104][7]
Esta
expresión supera la unilateralidad de ambas figuras de la mercancía y en ella
surgirá el concepto de la tercera mercancía: si la primera era la
representación de una experiencia sin reflexión, y la segunda de un concepto
inacabado, la tercera será el fruto de la crítica. La ciencia, sin embargo, no
puede permanecer en la crítica, y el concepto recibido debe desarrollarse.
En
tanto valores de uso, las mercancías despliegan una variedad alucinante de
formas lábiles que fenecen y se repiten en vertiginosa mundanza. Ora conforman
conjuntos innumerables y diversos de figuras detenidas en hierática pose; ora
constituyen una comunidad a la par discontinua y confulgente sólo apoyada en la
fugacidad sutil e incesantemente renovada del ejemplar individual. Cual las
estrellas en el firmamento, son más que las que podemos ver y nombrar.
En
tanto la materia que circula en el mercado muda y muta, cada mercancía
individual expone en el instante una forma material definida, y en ella se
concreta su identidad. [105][1]Al hacerse presente, es un
bien, una cosa sensible y provechosa. Conforme a este principio (que ninguna
mercancía carece del momento de la corporeidad), para cada una la totalidad de
las restantes se reparte en dos clases, las materialmente idénticas a ella y
las que no lo son. Con las unas y las otras permanece ligada por múltiples
lazos, invisibles y evanescentes; por hilos, empero, que no por deleznables son
menos objetivos ni menos esenciales, necesarios y complementarios.
Pues
una mercancía no es tal en su aislamiento ni en su singularidad: ella es,
únicamente, por medio de la totalidad de esas sus relaciones; las que, a su
vez, comprenden los dos tipos distintos y recíprocamente mediados. Ser que
lleva en su esencia un nexo dual, la mercancía debe analizarse como lo que
necesariamente es: una entre muchas, y desde este doble punto de vista,
ejemplar o colección de una clase particular de artículos y caso o ejemplo de
mercancía en general; por un lado, un conjunto que constituye una parte
integral de una cohorte cuantitativamente mayor y cualitativamente homogénea,
y, por otro, un miembro integrante de un organismo materialmente multiforme.
Ahora
bien, en virtud de la primera de esas relaciones, cualquier mercancía, incluso
la cosa más groseramente pedestre e inmediata, es investida de representaciones
trascendentes y, en su desempeño, no contenta con la sola semejanza corporal o
la coincidencia meramente externa, manifiesta una invariable solidaridad con su
clase, guarda con las restantes crías de su misma camada una afinidad
intensamente vigente, mantiene con sus hermanas una comunicación instantánea,
secreta e incesante. Pero está en la naturaleza de la mercancía que esa
fraternal relación de concurrencia se "trueque" de inmediato en la
contraposición más inclemente, la rivalidad más amarga.
La
"pluralidad de capitales" [106][2] pertenece a la esencia
mercantil del capital. Cada mercancía es una entre muchas; entre muchas
materialmente iguales y entre otras muchas diferentes. Su relación con las
iguales es de competencia; por esta relación, la mercancía, valor de uso
particular, deviene portadora de las determinaciones propias de un valor de uso mercantil. La
relación con las materialmente distintas es el valor de cambio; mediante su pertenencia al mundo que le es
heterogéneo, la mercancía demuestra palmariamente su identidad esencial con
todas las otras mercancías, identidad que es indiferente a sus cualidades
útiles pero que sólo se expresa cuando éstas discrepan de las propias. Y, como
se sabe, desde Marx, únicamente por la dialéctica entre las dos relaciones
devendrá verdaderamente mercancía, desdoblándose en mercancía y dinero.
[El valor
de uso mercantil]
Homo
homini lupus! Nada caracteriza mejor la relación mercantil en general y la
competencia mercantil en particular que la célebre locución. Lejos de ser un
vínculo de amor fraternal, de cooperación solidaria, la mercancía es una relación
de rivalidad y disputa. Lo que mantiene unido el fragmentado universo del
capital es el mutuo rechazo de las mercancías, sus partículas elementales. El dorado sueño de todo propietario de una
mercancía -convertirla en oro- plasma en una sola fantasía suprema: tener
tienda propia y ver pasar desde ella el cortejo fúnebre de su principal
competidor. Pero si por esa relación los hombres mercantiles se matan, también
por ella cobran vida. Vida y muerte que no son del cuerpo terreno del individuo
sino de su alma social; que no se dan ni se quitan por amor o por odio sino por
indiferencia recíproca entre personas mutuamente ajenas.
Pero la
misma competencia mercantil se nos muestra aquí en un aspecto, en apariencia,
distinto de la rivalidad, y hasta opuesto a ella, y sólo a este aspecto debemos
atenernos ahora. Es el de la concurrencia. Consiste en que a cada artículo
mercantil le es conferida por los que le son materialmente idénticos una doble
representación: como ejemplar dotado de las propiedades provechosas
características de su clase, y como una alícuota determinada de esta comunidad
material homogénea. Para fijar la idea, sea la mercancía nA, formada por n
unidades A (v. gr. kg., m3) del bien
llamado «a». Aunque no fijamos n
(racional positivo), ni indicamos en qué unidades adecuadas y convencionalmente
aceptadas se cuenta una colección de «a», ni, finalmente, especificamos las
propiedades utilizables de este bien, presuponemos determinadas esas cualidades
y esa cantidad. Sólo en virtud de ambas determinaciones es nA un valor de uso (pues tan esencial
es para ello la cantidad n de
unidades A disponibles como las
cualidades útiles de «a»); las mercancías «a» son idénticas entre sí y
distintas de toda otra.[107][3]
La
homogeneidad aquí supuesta se refiere solamente a la materialidad del cuerpo de
los artículos concurrentes. No importa que un valor de uso formado por n unidades A del bien «a» preste varios servicios simultáneos (conservar calor
y pudor), alternativos (semilla, forraje o alimento humano directo), sucesivos
(leche, ternero, carne), etc., ni que sus propiedades varíen con la escala
(terapéuticas, alimenticias, tóxicas). No importa tampoco que las colecciones
de diferente tamaño del mismo bien difieran en grado u orden de utilidad. Así,
v. gr., dadas las cualidades de «a», la utilidad de 2nA es distinta y, en general, mayor (supuesto neoclásico usual de
"no inferioridad"), que la de nA,
en tanto que la utilidad de una (unidad) A
representativa de 2nA es distinta y,
en general, menor que una A de nA. Y, puesto que una cuantía
determinada de un algo útil es un valor de uso, y, dado que nuestra mercancía,
lo mismo que cualquier otra, se identifica por medio de un valor de uso y
coincide con él, surgen, sin más, dos conclusiones inmediantamente evidentes:
primero, que precisamente este valor de uso nA, constituido por esta cantidad n de esta materia «a» y dotada de las propiedades útiles
consiguientes a esta composición, da cuenta de la condición de que la mercancía
debe ser un artículo útil y coincide con el valor de uso de esta mercancía;
segundo, que, considerada en cuanto valor de uso, la mercancía es un ser
suficiente, trivial.
Ambas
conclusiones son falsas. Si parecen verdaderas -y hasta obvias, lindantes con
la tautología-, esa falsa apariencia proviene de que la mercancía debe
presentarse necesariamente como una cantidad dada de un objeto útil, [108][4]como un algo apto, por la
conjunción de sus cualidades y su cantidad, para prestar un servicio. La cosa
grave y carnal en que la mercancía se manifiesta como algo material le brinda
cuerpo y forma, ambos necesarios; será para ella una encarnación, una instancia
transmigratoria; una proyección sensible. Mas, cojamos una mercancía,
detengámosla en su circulación, aislémosla de sus relaciones, examinémosla...
De acuerdo con el "principio", será esto o aquello, un valor de uso,
pero el valor de uso que representa la mercancía no es, de suyo, mercancía, ni
siquiera valor de uso mercantil. Tal el lado negativo del mismo
"principio", que lo completa. (Que se verifica también, para dar otro
ejemplo, con algo tanto más inconciliablemente opuesto a la mercancía cuanto
más acabadamente cobra forma mercantil, la obra de arte: deja de serlo si es
reducida a su materialidad de tinta seca, pintura, tela o vibración, pero cesa
también si ella le falta). El análisis del valor de uso de la mercancía pierde
irremisiblemente el rumbo si pretende partir de su existencia como objeto
inmediato...
*
El
lector reconocerá en el argumento que acabamos de presentar el mismo giro
retórico utilizado por Marx para referirse al valor de las mercancías:
"En contradicción directa con la objetividad sensorialmente grosera del
cuerpo de las mercancías, ni un sólo átomo de sustancia natural forma parte de
su objetividad en cuanto valores. De ahí que por más que se de vuelta y se
manipule una mercancía cualquiera, resultará inasequible en cuanto cosa que es
valor". MARX, K., "El Capital..", pág 58. Pero: Marx no advierte
que en la abstracta inmediatez material de la mercancía individual es igualmente "inasible"
su carácter de valor de uso.
Debemos
declarar, para evitar todo malentendido, que no adherimos a la acusación
dirigida muchas veces contra Marx, a la que él mismo responde, por si fuera
necesario, en las "Glosas a Wagner", según la cual su teoría ignora o
menoscaba el valor de uso. Tampoco sostenemos que desconoce o calla la
naturaleza específicamente mercantil del valor de uso de la mercancía. Es
indudable que Marx menta repetidamente el carácter elusivo del valor de uso de
la mercancía. [109][5]Pero no integra esta
comprobación de la naturaleza específicamente mercantil en su análisis de la
"forma del valor", es decir, no extrae la conclusión que creemos
necesaria: que la mercancía en cuanto valor de uso es un valor de uso
mercantil.
Conviene
a su exposición que ésta se limite a la perspectiva de la primera mercancía.
*
Pues,
por un lado, el quantum de un objeto
útil que identifica la mercancía nA
y, por otro, la cuantía de «a» relevante en la determinación de la mercancía nA como valor de uso, son, en general,
cantidades distintas. En efecto, n,
la cantidad de «a» medida en unidades A,
que posee y ofrece su propietario, es una fracción -en principio, diminuta- de
la suma (N + n) de las A que todos
los propietarios de «a» tratan (ofrecen) como mercancía. El valor de uso de nA será mayor, en general, caeteris
paribus (dada NA, la cantidad
ofrecida por los competidores), si n
se duplica, y esto tiende a reforzar la engañosa inmediatez del valor de uso
mercantil, que parece reducido al cuerpo material de la correspondiente
mercancía. La falsedad de esta apariencia resalta destacadamente incluso en el
marco acrítico de la economía política vulgar, incapaz de distinguir la
utilidad de los bienes en sentido lato del valor de uso en cuanto momento
necesario de la mercancía, puesto que no es necesario ir más allá de esa
insulsa doctrina para comprender incluso que, dado n = cte, el grado de
utilidad del valor de uso nA será
mayor (en general) si es N menor, es
decir, si nA representa una porción
más grande de una suma menor, y viceversa. No es la menor de las paradojas que
acosan a la mercancía el que su materialidad no sea sino su aspecto más
abstracto.
Por
otro lado, nA es menor o igual que
las existencias totales de «a» en posesión del mismo propietario, que
comprenden, amén de su oferta nA,
también las dA (con d = nulo o racional positivo) que posee
sin ofrecer en venta, de modo que suman (d
+ n), en tanto que las existencias
de la sociedad, en el instante considerado, suman (D + d + N + n) A. Para nuestro
propietario, entre las dos partes de su patrimonio constituidas por «a», dA y nA, cualitativamente idénticas y cuantitativamente complementarias
hay diferencias esenciales. [110][6]Pues ambas partes de su
propiedad son para él valores de uso en sentido recto, pero dA, la porción de la que no es
oferente, es (para él) un valor de uso en general con la condición de que sea
un valor de uso particular, en tanto que nA,
la parte de la que es oferente, es -también- un valor de uso en general, pero
con la condición contraria, a saber, que sea dice Marx, "un no-valor de
uso", o no sea para él, pero sí para otro, un valor de uso particular. Su
particularidad no debe ser más que una condición y un medio por el que su (toda)
particularidad es superada; o debe ser sólo la mediación negativa por la cual
el valor de uso en general sublima como valor de uso general: el
valor mercantil se torna efectivo mediante la abstracción (determinada,
objetiva) del valor de uso. Negada, pues, su particularidad, el valor de uso se
habrá elevado a espíritu social vuelto substancia, una hazaña absolutamente
imposible para un mero bien material, valor de uso sans phrase, pero
elemental rutina e innata aptitud para el valor de uso mercantil.
Los dos
valores de uso, el valor de uso particular y el valor de uso general, son
cuantitativamente complementarios, de modo que el hombre o mujer mercantil,
propietario o propietaria de ambas porciones puede, ad libitum, acrecer
la una a expensas de la otra. (Su trabajo, asimismo, puede ser consuntivo o
mercantil: la lavandera aporta al producto social cuando lava para otros, y no
lo hace el ama de casa cuando realiza la misma faena). Si hacemos caso omiso de
siniestros, pérdidas, robos, donaciones gratuitas, deterioro y desgaste por el
uso, etc., para atenernos al carácter complementario de las partes en que se
desdobla en valor de uso mercantil (dado d + n = cte, no puede acrecentarse ni reducirse
una de sus partes si a la vez la otra no sufre la misma variación absoluta con
signo opuesto), queda en evidencia que estas partes son recíprocamente
excluyentes o contrapuestas; contraposición no atenuada por la posibilidad de
que cada elemento A de la colección
(d + n) A caiga
indiferentemente en una parte u otra, ya que en ello sólo se verifica la
condición de que ese conjunto es homogéneo y sus elementos, por tanto, son
indistintos, intercambiables. Obviamente, se trata aquí de objetos que
son intercambiables porque son iguales, a diferencia de las mercancías, que son
intercambiables porque son valores de uso distintos. La misma indiferencia
puede recaer sobre la colección nA
como parte de (n + N) A,
en caso que el artículo de nuestro propietario se comercialice con pérdida de
identidad del vendedor; ello no vulnera el concepto de mercancía sino que, por
el contrario, torna patente la naturaleza porcionaria y social del bien
mercantil.
Pero
nos encontramos aquí con otra paradoja, que se resuelve en la estructura
interna del valor de uso mercantil. Su carácter porcionario coincide con su naturaleza social [111][7] y, sin embargo, es un valor de
uso privado, lo contrario de un valor de uso social. El valor de uso mercantil
se desdobla necesariamente en valor de uso particular y valor de uso general.
Este desdoblamiento repercute en cada uno de sus extremos: el valor de uso
particular no es, propiamente -desde que su determinación cuantitativa remite a
una totalidad que lo trasciende-, un valor de uso inmediato para su
dueño ni es, en absoluto, un valor de uso para otros, en tanto que, por el
contrario, el valor de uso general lo es para su propietario sólo si se
convalida como valor de uso particular para terceros. Ya en esta condición se
vislumbra que aquella mediación por la que el valor de uso particular participa
del carácter de valor de uso mercantil propia de su opuesto, el valor de
uso general, es, a su vez, mediada por éste.
Sabemos
que el valor de uso particular dA
es, a la vez, un valor de uso porcionario; no sólo por ser parte de (n +
d) A sino, también, por serlo
del total social (N + n + D + d) A; no de una colección homogénea de
valores de uso materialmente idénticos pertenecientes a la misma persona, sino
también de la totalidad de las unidades de «a» en posesión de la totalidad de
los contemporáneos vinculados por la misma relación mercantil. Es evidentemente
la relación entre sus amos la establecida entre las mercancías, que son, de
suyo, objetos recíprocamente indiferentes y externos; pero también lo son sus
poseedores (estos hombres, determinados como mercantiles), puesto que,
precisamente, el nexo mercantil consiste en una relación de mutua indiferencia
y ajenidad a la vez que una mediación universal. Aquí nuestro propietario del
valor de uso particular porcionario dA
y de la mercancía nA sólo se
relaciona con sus semejantes en su calidad de oferente y eventual vendedor de
lo que para él es, aun cuando únicamente en potencia, un valor de uso general.
Una vez que su mercancía, eliminada su forma relativa, se revistió por fin de
su forma dineraria, de su figura de riqueza absoluta o de valor de uso general
consagrado, su nexo mercantil ya ha sido consumado, y dispondrá ahora él del
poder consagratorio por el que todo hombre mercantil viene al mercado. Tanto dA como nA adquieren el carácter de valores de uso porcionarios a través de
ese nexo que, por estar sujeto a una condición, es, mientras ella no se
verifique, ideal o virtual.
Así
como hay oposición entre el valor de uso particular y el valor de uso general,
hay también una identidad: su común impronta mercantil, o el modo por el que a
su naturaleza porcionaria genérica se añade como determinación adicional su
mediación recíproca. El carácter mediato común a ambos valores de uso incide en
ellos sobre aspectos distintos y contrapuestos. En el valor de uso particular,
recae únicamente sobre su momento cuantitativo. En el valor de uso general, cae
también sobre su momento cualitativo, que consiste -lo señalamos ya- en la
negación objetiva de toda cualidad particular.
El modo
de ser porcionario del valor de uso mercantil es propio y exclusivo de la
mercancía, pero la totalidad de la riqueza de la sociedad mercantil y, por
ende, de la sociedad capitalista, incluso el cúmulo de los bienes que en esa
sociedad no se revisten de la forma de mercancía, participa de ese modo.
Poco añadiría al presente resultado (la especificidad del valor de uso
mercantil vis à vis el valor de uso
porcionario en general, y el carácter mercantil del valor de uso dA pese a que él, a diferencia de nA, no sustenta ninguna determinación
formal) un análisis más detallado de la composición de (n + d) A. Por eso, aquí, hemos omitido otros
aspectos de esa estructura, ciertamente significativos en el marco más concreto
de la teoría del capital; no tuvimos en cuenta la parte del patrimonio individual
compuesto de «a» que constituye una oferta latente, condicionada o diferida,
sea por razones especulativas (stocks de oportunidad), sea por circunstancias
técnicas (stocks de seguridad, de precaución, indivisibilidades, materias en
proceso de elaboración). Tampoco la parte de nA que es la oferta anticipada de una mercancía que aún no ha sido
conformada en su corporalidad. (En una concesión al lenguaje corriente,
diríamos: "producción futura"; pero, en rigor, toda mercancía es,
precisamente, "producción futura", puesto que la producción mercantil
sólo se consuma en la venta, con la anulación de la forma mercancía del
producto).
Comoquiera
que sea, sólo una parte de la riqueza de la sociedad capitalista cobra en un
instante dado la forma mercancía, [112][8]en tanto que otra parte no
presenta esta forma: esta última se encuentra en las esferas del consumo y de
la transformación material; aquélla en la esfera de la circulación (donde se
presenta en la figura adecuada a su carácter social en potencia, pronta a
realizarse). Cada unidad nA
-partida, lote, o espécimen-, de la mercancía «a» está vinculada a todas las
demás, como porción del conjunto relevante en el que se concreta «a» como valor
de uso genérico.
Contrariamente,
en la segunda mercancía el valor de uso está puesto en su dimensión genérica
abstracta. El valor de uso específicamente mercantil cae enteramente en la
primera figura de la mercancía, para la cual ésta es un bien no reproducible;
su cantidad puede aumentar si dA se
reduce pro tanto, y viceversa (de
modo que la "función de oferta" correspondiente a la mercancía en su
primera determinación no es necesariamente de elasticidad nula). Separada de
sus relaciones con otros valores de uso cualitativamente idénticos (y ni hablar
de otras que mantiene con sucedáneos, sustitutos, complementarios, insumos y
productos), la mercancía nA no sería
mercancía; pero seguiría siendo nA:
el mismo objeto material, la misma colección formada por las mismas n unidades A de «a». Esta fantasmal indiferencia de la materia, este demencial
autismo de la cosa, hace pasar por verdadera y hasta por evidente la falsa
identidad entre el valor de uso nA,
valor de uso sans phrase, y la
mercancía nA en cuanto valor de uso;
abona la confusión entre un bien carente de determinación formal y uno
materialmente idéntico pero que se presenta en la forma mercantil; y,
fatalmente, da pábulo a la pertinaz tradición interpretativa que prolonga la
insensibilidad de la Economía Política, incluso después de la crítica marxiana,
ante la diferencia entre el valor de uso en general y el afectado por la forma
específicamente mercantil, el valor de
uso mercantil.
La
utilidad de un bien material, cualquiera sea su forma económica, depende de sus
cualidades y de su cantidad; y, debido a que nA es una mercancía, un no valor de uso directo y un valor de uso
general únicamente en potencia, que sólo cobrará determinación cuantitativa
como valor mercantil, entonces su concreción como valor de uso no está dada
inmediata y exhaustivamente por la cantidad n. Como queda indicado, el valor de uso mercantil es siempre
virtual y social; la cantidad relevante por la que «a» se concreta como valor
de uso, es: (n + N + d + D) A; finalmente, la determinación
cuantitativa por la que nA es un
valor de uso mercantil no es cardinal sino también porcionaria. No obstante el
aspecto de cosa prosaica y terrenal que su contundente corporeidad le confiere,
en ese mismo ser sensible portador de la relación mercantil, que funge, por
tanto, como soporte corporal de una forma económica, hay más que cuanto en ella
encuentra la percepción.
Así, nA, una mercancía entre muchas, se
presenta identificada con un bien material, pero comprobamos que no es
reductible a él, ni siquiera como valor de uso; que, por ende, esa cosa
inmediata en la que la mercancía necesariamente toma cuerpo no es sino una
abstracción, un aspecto aislado de un ser más complejo cuya esencia relacional
desborda esa inmediatez y trasciende esa materialidad. Que, en efecto, posee
las determinaciones propias del valor de uso porcionario: en su momento
cuantitativo nA no es un valor de
uso inmediato, sólo es valor de uso por medio de su comunidad con las
existencias sociales totales de «a» y su estructura relevante. Pero en esas
mediaciones por las que nA es un
valor de uso mercantil se presenta también una diferencia. La diferencia (y,
con ella, la especificidad de la mercancía) no brota de la naturaleza
porcionaria propia del valor de uso mercantil -puesto que este carácter es
inespecífico respecto de la forma mercantil-; surge del cómo y el porqué este
valor de uso deviene porcionario.
La
mediación del mercado afecta por igual, en conjunto y separadamente, a: (d + n) A, y a todas sus
partes. En virtud de esa mediación, se verifican múltiples desdoblamientos (que
no atañen aún a la expresión del valor, y que han pasado desapercibidos debido
a la indistinción del modo específico del valor de uso mercantil). El valor de
uso nA es porcionario en un doble
sentido: como parte integrante del patrimonio en «a» de su dueño, formado por (n + d) A; y como porción de
la riqueza social, la cual tiene, por ser mercantil, una doble existencia:
extrínseca, en la que se compone de una suma inventarial de elementos
materiales; e intrínseca, en la que una parte de ese inventario presenta la
forma mercantil, que en tal configuración económica es la forma social de la
riqueza. Debido a la unilateral materialidad del primer conjunto, constituye
una riqueza meramente ideal; y, no obstante que el carácter social del segundo
conjunto es sólo virtual, precisamente esa virtualidad es necesaria para que
constituya la riqueza real en su determinación mercantil. A su vez, la fracción
del valor de uso mercantil que no posee forma de mercancía, dA, es también porcionaria por partida
doble, porque ella misma pertenece directamente al patrimonio individual
privado (d + n) A y porque pertenece
también al conjunto mayor, al gran total de riqueza social en «a». Los bienes
que componen la riqueza de la sociedad capitalista se encuentran en tres
esferas distintas, el consumo, la producción material, y la circulación; sólo
en esta última se presentan en la forma de mercancías, pero todos poseen
carácter de bienes de uso mercantiles. Por esa misma mediación que le brinda
determinidad cuantitativa, toda mercancía en cuanto valor de uso debe presentar
este modo de ser trascendente o mediato.
*
Smith
descubre que la teoría del valor es relevante para comprender la moderna
sociedad civil, y ofrece la primera gran síntesis de la Economía Política al
conciliar el principio del valor con la observación cotidiana de que los
precios empíricos no concuerdan con ese principio. La solución es que éste
gobierna el movimiento de aquéllos, y tal es la ley general del valor. Pero ni
Smith ni Ricardo, su gran discípulo crítico, pudieron conservar la verdad de la
teoría ante la comprobación de que las mercancías del capital no se cambian ni
siquiera tendencialmente con arreglo a sus valores: eliminado el efecto de
circunstancias fortuitas, al intercambiarse las mercancías del capital no se
igualan las cantidades de trabajo social requeridas para reproducirlas sino las
cantidades de capital requeridas para su producción. La igualación de las tasas
de ganancia establece un principio distinto que se impone sobre la ley del
valor, derogándola: la crítica de Ricardo a Smith permanece inconclusa e
inconsecuente, y la escuela clásica se derrumba por las brechas dejadas por los
maestros. La crítica marxiana transforma y recupera la Economía Política
científica por medio de una nueva síntesis. Continúa y profundiza la obra de
Smith y Ricardo a partir del punto en que ellos la abandonaron. Otra vez más,
descubre la vigencia de la ley del valor en la sociedad que ya no es solamente
moderna, sino, más concretamente, capitalista. Y, nuevamente, después de la
muerte de Marx, la tarea de la mediación teórica se interrumpirá en la obra de
los discípulos, esta vez por más de un siglo.
Marx expone
la transformación de valores en precios, primero, en el marco general de la
estructura mercantil ("El Capital..", Sección Primera, Tomo I). En
esta transición general casi ignorada hay que buscar el significado y el
fundamento de la extensamente comentada transformación de valores en
"precios" de producción, que es la misma transición pero
refractada en el medio estructural más determinado del capital, la cual suele
exponerse soslayando ese significado y sin la necesaria comprensión de ese
fundamento. Sostenemos, apartándonos de la exposición de Marx donde encontramos
que no es acorde con su espíritu y su objeto, que ninguna transformación de los
valores en precios convierte el precio de las mercancías en la expresión directa del valor de las mismas; el
precio es el resultado final de una serie de transformaciones mediadas todas
ellas por la transubstanciación del valor en valor mercantil.
Que la
representación (cualitativa) del valor de una mercancía en su forma dineraria
sea la representación (cuantitativa) de un valor mayor o menor, según las
circunstancias del mercado, no es -dice Marx- un defecto de esta forma, sino
precisamente la virtud que permite al dinero cumplir su función de medida del
valor. Pero, si esto es así, argumentaremos, el dinero no es directamente la medida general del
valor, sino la medida general del valor mercantil.
[113][1]El precio no es inmediatamente
el "nombre en dinero del valor de las mercancías"; lo es,
inmediatamente, de sus valores mercantiles.
*
El
valor mercantil se expresa directamente en los precios de las mercancías y se
mueve en el campo gravitatorio de la relación de valor o valor relativo.
Omitimos las tranformaciones que provienen de la estructura particular del
capital (composición orgánica, configuración temporal).
Un
acierto mayor de Marx fue descubrir el secreto de la expresión del valor de las
mercancías en la "forma simple" del valor. Esto se pone más aún de
relieve si se libera esta verdad del error; si se comprende que la expresión
simple del valor de una mercancía es la expresión simple de su valor mercantil.
Por de pronto, toda expresión de valor mercantil excluye la expresión del valor
de la mercancía equivalencial, limitándola a la función de equivalente, y
excluye de la forma equivalencial todas las otras mercancías materialmente diferentes de las dos
involucradas. Esto significa que la forma "total o desarrollada" (en
la terminología de Marx) carece de sentido como expresión del valor mercantil. [114][2]Tampoco las formas general y
dineraria del valor mercantil permiten apreciar el carácter excluyente de la
forma equivalencial porque en estas formas más desarrolladas tal exclusión es
una premisa cumplida.
Consideremos
la "forma simple de valor" que será, para nosotros, la forma simple
de valor mercantil. Sabemos, gracias a Marx, que la célebre mercancía "20
varas de lienzo" -lo mismo que cualquier otra- debe responder a su mandato
categórico designando un equivalente simple, pero ahora no lo será de su valor
sino de su valor mercantil. Cabe que
resulte escogida como equivalente particular de estas "20 varas de lienzo", la igualmente recordada
"1 levita". La mercancía en su forma relativa puede convertir en su
equivalente simple a cualquier otra mercancía -de materia no idénticamente
lenceril-, como puede ser, alternativamente, "1 curiara", "5
sacos de yuca", "2 levitas". Si, ex hypothesis, las formas mercantiles o valores de cambio
20 varas de lienzo = 1 levita,
20 varas de lienzo = 10 sacos de yuca,
40 varas de lienzo = 1 curiara,
coinciden
con los valores relativos, o, lo que es lo mismo, con las relaciones de valor
entre las mercancías respectivas, entonces las expresiones de valor mercantil:
20 varas de lienzo = 1 levita,
20 varas de lienzo = 5 sacos de yuca,
20 varas de lienzo = 1 curiara,
son
iguales a la relación de valor respectiva o al valor relativo del lienzo en la
primera, a la mitad en la segunda, y al doble en la tercera.
La
relación de valor es hasta aquí "para nosotros y solamente para
nosotros". La expresión mercantil de valor: «"20 varas de
lienzo" = "2
levitas"» no está encerrada en la relación de valor: «"20 varas de
lienzo" = "1
levita"», ni es puesta por ella. Pero
la relación de valor no es solamente
"para nosotros", porque ella "proporciona" el límite hacia
el cual gravita (caeteris paribus, merced al ajuste clásico) la expresión del
valor mercantil o, lo que
(sostenemos) es lo mismo: el valor relativo mercantil. En otras palabras, las relaciones de valor o valores
relativos de las mercancías, aunque carentes de expresión inmediata,
constituyen, empero, una estructura real, y ella se manifiesta empíricamente en
el movimiento tendencial de las relaciones de valor mercantil (a las que "gobierna"). En general, las
diferencias (supraliminales en cuantía y persistencia) entre el valor de una
mercancía y su valor mercantil tienden a ser eliminadas merced al ajuste
clásico en la estructura material de la producción. (Obviamente, la llamada ley
de la oferta y la demanda, expuesta exhaustivamente en lo esencial milenios
antes de Smith, esgrimida de modo irrelevante y anacrónico por Böhm Bawerk
contra Marx, etc., está necesariamente subsumida en la ley del valor, la ley
fundamental de la Economía Política). Reducido al momento puramente extrínseco
de la forma del valor mercantil (o de la forma no comprendida como tal), el
concepto de expresión simple del valor mercantil
corresponde al análisis del "equilibrio parcial". Esta abstracción es
adecuada para destacar la esencial diferencia entre valor y valor mercantil; pero
la identidad -no menos esencial- y la ley de su relación dinámica remiten,
ambas, a toda la estructura de la producción y a la forma dineraria
desarrollada del valor mercantil.
La
relación de valor entre dos mercancías no es, pues, un vínculo directo entre
ellas ni entre sus propietarios, ni tiene más significado que la identidad de
ambas en cuanto valores, identidad que proviene de la circunstancia común de
ser (contemporáneamente) reproducibles y a la condición por la cual para
obtenerse un nuevo ejemplar de una u otra se necesita la misma cantidad de
tabajo social promedial. La relación de valor entre dos mercancías no
proporciona ninguna expresión de valor mercantil.[115][3]
La relación de valor no proporciona una expresión
de valor, sólo rige la dirección general del movimiento del valor mercantil.
Pero toda mercancía debe, necesariamente, por imperio de su propia naturaleza,
expresar su valor mercantil como una cantidad de otra mercancía,
cualitativamente distinta.
*
Comparemos
el concepto de valor específicamente mercantil que acabamos de enunciar con el
que recibimos de Marx, quien, a pesar de haberse propuesto determinar la
diferencia específica de la relación mercantil, no logra distinguir
consecuentemente el valor de la mercancía como producto, del valor mercantil
del producto como mercancía. Transcribimos a continuación, casi completo, un
largo párrafo del Cap. III, Tomo I. Los números entre corchete corresponden a
nuestras notas.
"El precio es la denominación dineraria del
trabajo objetivado en la mercancía {1}. La equivalencia entre la mercancía y la
cantidad de dinero cuyo nombre es el precio de aquélla es, por consiguiente,
una tautología, ya que la expresión relativa del valor de una mercancía es
siempre y en general expresión de la equivalencia entre dos mercancías {2}.
Pero si el precio, en cuanto exponente de la magnitud de valor de la mercancía,
es exponente de la relación de intercambio que media entre ella y el dinero, de
esto no se desprende, a la inversa, que el exponente de su relación de
intercambio con el dinero sea necesariamente exponente de su magnitud de valor
{3}. Supongamos que en 1 quarter de trigo y en dos libras esterlinas
(aproximadamente 1/2 onza de oro) se representa una magnitud igual de trabajo
socialmente necesario. Las £ 2 son expresión dineraria de la magnitud de valor
que presenta el quarter de trigo, o sea su precio. Ahora bien, si las
circunstancias permiten cotizarlo a £ 3 u obligan a tasarlo a £ 1, tendremos
que £ 1 y £ 3 serán expresiones demasiado pequeñas o demasiado grandes de la
magnitud de valor alcanzada por el trigo, pero no por ello dejarán de ser
precios del mismo, ya que en primer término son sus formas de valor, dinero, y
en segundo lugar exponentes de su relación de intercambio con el dinero {4}.
Caso de mantenerse inalteradas las condiciones de producción, o la fuerza
productiva del trabajo, para la reproducción del quarter de trigo será
necesario ahora emplear tanto tiempo de trabajo social como antes. Esta
circunstancia no depende de la voluntad de quien produce el trigo, ni de los
demás poseedores de mercancías. La magnitud de valor de la mercancía expresa,
pues, una relación necesaria e inmanente al proceso de formación de la
mercancía con el tiempo necesario de trabajo. Al transformarse en precio la
magnitud del valor, esta relación necesaria se pone de manifiesto como relación
de intercambio de una mercancía con la mercancía dineraria, existente al margen
de ella. Pero en esta relación tanto puede expresarse la magnitud del valor de
la mercancía, como el más o el menos por el que en determinadas circunstancias
puede enajenarse {5}. Por lo tanto, en la forma misma del precio está implicada
la posibilidad de una incongruencia cuantitativa, de una divergencia entre el
precio y la magnitud del valor. No se trata, en modo alguno, de un defecto de
esta forma, sino que al contrario es eso lo que la adecua a un modo de
producción en el cual la norma sólo puede imponerse como ley promedial que, en
medio de la carencia de normas, actúa ciegamente {6}".
"La forma del precio, sin embargo, no sólo
admite la posibilidad de una incongruencia cuantitativa entre magnitud del
valor y precio, o sea entre la magnitud del valor y su propia expresión
dineraria, sino que además puede albergar una contradicción cualitativa, de
modo que, aunque el dinero sólo sea la forma del valor que revisten las
mercancías, el precio deje de ser en general la expresión del valor... Es
posible, pues, que una cosa tenga formalmente precio sin tener valor
{7}...". (Págs. 124/5.)
"La división del trabajo convierte en
mercancía el producto del trabajo, y con ello torna en necesaria la
transformación del mismo en dinero. A la vez, hace que sea fortuito el que se
logre o no esa transustanciación. Aquí, no obstante, hemos de analizar el
fenómeno en estado puro, presuponiendo por ende su transcurso normal. Por lo
demás, si dicho fenómeno tiene lugar, pura y simplemente, si la mercancía no es
invendible, pues, se opera siempre el cambio de forma de la misma, por más que,
apartándose de la norma, en ese cambio formal puede haberse perdido o agregado
sustancia, esto es, magnitud de valor" {8}. (Pág 132).
{1}
"EL PRECIO ES LA DENOMINACION DINERARIA DEL TRABAJO OBJETIVADO EN LA
MERCANCIA".
Es
claro por la explicación de Marx que no se refiere al trabajo material
objetivado en el valor de uso de la mercancía sino al trabajo social
materializado en su valor. Volvemos sobre esta objetivación en el apartado
siguiente (v. infra). Pero la frase de Marx que acabamos de transcribir contiene
o bien una proposición verdadera, o bien una falsa.
Verdadera:
«el precio es la denominación dineraria de la mercancía en cuanto valor mercantil».
Falsa:
«el precio es la denominación dineraria del valor de la mercancía».
La
proposición verdadera, de suyo, linda con la tautología; pero posee un
contenido cuando se la contrapone a la proposición falsa.
{2}
"LA EQUIVALENCIA ENTRE LA MERCANCIA Y LA CANTIDAD DE DINERO CUYO NOMBRE ES
EL PRECIO DE AQUELLA ES, POR CONSIGUIENTE, UNA TAUTOLOGIA, YA QUE LA EXPRESION
RELATIVA DEL VALOR DE UNA MERCANCIA ES SIEMPRE Y EN GENERAL EXPRESION DE LA
EQUIVALENCIA ENTRE DOS MERCANCIAS".
Si por
"equivalencia" entre la mercancía y la cantidad de dinero nombrada en
su precio entendemos que ésta es la forma de equivalente de aquélla,
según la terminología acuñada por Marx, es, en efecto, una tautología. Si
tomamos, en cambio, "equivalencia" en sentido recto, como «igual
valor», entonces la proposición es falsa si apunta al valor de la mercancía,
verdadera si alude a su valor mercantil.
Pero
Marx se refiere a la equivalencia entre el valor de la mercancía y el valor
representado por esa suma de dinero. "De otro modo, corrobora en nota al
pie, deberíamos admitir que «un valor vale más que un valor igual»". (MARX
cita a LE TROSNE, "De l' intérêt social"). Ningún valor vale, debemos
admitirlo; pero toda mercancía posee un valor mercantil, aun cuando alguna
puede carecer de valor. El valor mercantil es cualitativamente igual al valor
en general, mientras que en cantidad el valor de una mercancía es igual o
distinto de su valor mercantil.
{3}
"PERO SI EL PRECIO, EN CUANTO EXPONENTE DE LA MAGNITUD DE VALOR DE LA
MERCANCíA, ES EXPONENTE DE LA RELACION DE INTERCAMBIO QUE MEDIA ENTRE ELLA Y EL
DINERO, DE ESTO NO SE DESPRENDE, A LA INVERSA, QUE EL EXPONENTE DE SU RELACION
DE INTERCAMBIO CON EL DINERO SEA NECESARIAMENTE EXPONENTE DE SU MAGNITUD DE
VALOR".
En
otras palabras, el precio de la mercancía, exponente de su valor mercantil, no
es el exponente de la magnitud de su valor (que es, empero, el centro
gravitatorio al que tiende el valor mercantil).
{4}
"SUPONGAMOS QUE EN 1 QUARTER DE TRIGO Y EN DOS LIBRAS ESTERLINAS
(APROXIMADAMENTE 1/2 ONZA DE ORO) SE REPRESENTA UNA MAGNITUD IGUAL DE TRABAJO
SOCIALMENTE NECESARIO. LAS £ 2 SON EXPRESION DINERARIA DE LA MAGNITUD DE VALOR
QUE PRESENTA EL QUARTER DE TRIGO, O SEA SU PRECIO. AHORA BIEN, SI LAS
CIRCUNSTANCIAS PERMITEN COTIZARLO A £ 3 U OBLIGAN A TASARLO A £ 1, TENDREMOS
QUE £ 1 Y £ 3 SERAN EXPRESIONES DEMASIADO PEQUENAS O DEMASIADO GRANDES DE LA
MAGNITUD DE VALOR ALCANZADA POR EL TRIGO, PERO NO POR ELLO DEJARAN DE SER
PRECIOS DEL MISMO, YA QUE EN PRIMER TERMINO SON SUS FORMAS DE VALOR, DINERO, Y
EN SEGUNDO LUGAR EXPONENTES DE SU RELACION DE INTERCAMBIO CON EL DINERO".
Si suponemos
que el valor mercantil coincide con
la magnitud del valor de la
mercancía -con su valor inmanente, prescindiendo de toda determinación formal-,
entonces el precio, exponente del valor mercantil, lo es también,
indirectamente, del valor. El nexo entre el valor relativo de la mercancía y su
forma equivalencial (dineraria u otra) es necesariamente
mediado por el valor mercantil.
(De
otro modo, la igualdad entre valor y valor mercantil deja de ser una hipótesis
oportuna, que simplifica el análisis de la mercancía, y en cambio implica su
anulación. Aquí le cabe a Marx el argumento que él usa contra Owen, en la
primera nota del Cap. III.)
Esa
instancia mediatriz: el valor mercantil,
sintetiza la identidad-diferencia entre el valor de la mercancía considerada
como producto y el valor del producto determinado como mercancía. Por de
pronto, el valor "positivo" (en el sentido de Ricardo) de la
mercancía es "para nosotros", pero el precio empírico vigente, en
general, no coincidirá con el precio representativo del valor; mas no podemos
decir, con Marx: "si las circunstancias permiten cotizar" el trigo
por encima o por debajo del precio representativo de su valor, entonces los
precios de mercado, sin dejar de ser los precios de esta mercancía, "serán
expresiones demasiado pequeñas o demasiado grandes de la magnitud de valor
alcanzada por el trigo...". Por el contrario -sostenemos-, los precios
empíricos no son nunca expresiones del valor, ni siquiera cuando son iguales al
él, pues en todos los casos son únicamente expresión del valor mercantil.
Pero
Marx añade: "... ya que en primer término son sus formas de valor, dinero,
y en segundo lugar exponentes de su relación de intercambio con el
dinero". Sostenemos, por el contrario, que los precios nunca son en primer término formas del valor
sino, siempre, expresiones del valor mercantil, y únicamente en cuanto y en
tanto expresiones del valor mercantil, figuraciones ideales de su relación de
intercambio con el dinero.
De este
aserto -los precios no son la forma del valor- no se sigue que el valor
relativo existe únicamente
"para nosotros". El valor es, como dice Smith, regulador. Los precios, que no son la expresión del valor, son,
empero, gobernados (formal y cuantitativamente) por el valor relativo, y el
valor mercantil, que tiene expresión
en el precio, se conforma tendencialmente al valor de las mercancías. Cuando su
discrepancia sobrepasa un umbral friccional, se dispara el proceso de ajuste
clásico. A su vez el valor relativo de las mercancías, que no tiene expresión
en los precios de las mismas, se manifiesta en la tendencia de los precios
relativos, en virtud de la ley clásica.
{5}
"CASO DE MANTENERSE INALTERADAS LAS CONDICIONES DE PRODUCCION, O LA FUERZA
PRODUCTIVA DEL TRABAJO, PARA LA REPRODUCCION DEL QUARTER DE TRIGO SERA
NECESARIO AHORA EMPLEAR TANTO TIEMPO DE TRABAJO SOCIAL COMO ANTES. ESTA
CIRCUNSTANCIA NO DEPENDE DE LA VOLUNTAD DE QUIEN PRODUCE EL TRIGO, NI DE LOS
DEMAS POSEEDORES DE MERCANCIAS. LA MAGNITUD DE VALOR DE LA MERCANCIA EXPRESA,
PUES, UNA RELACION NECESARIA E INMANENTE AL PROCESO DE FORMACION DE LA
MERCANCIA CON EL TIEMPO NECESARIO DE TRABAJO. AL TRANSFORMARSE EN PRECIO LA
MAGNITUD DEL VALOR, ESTA RELACION NECESARIA SE PONE DE MANIFIESTO COMO RELACION
DE INTERCAMBIO DE UNA MERCANCIA CON LA MERCANCIA DINERARIA, EXISTENTE AL MARGEN
DE ELLA. PERO EN ESTA RELACION TANTO PUEDE EXPRESARSE LA MAGNITUD DEL VALOR DE
LA MERCANCIA, COMO EL MAS O EL MENOS POR EL QUE EN DETERMINADAS CIRCUNSTANCIAS
PUEDE ENAJENARSE".
La
capacidad productiva del trabajo cambia con intensidad y frecuencia que varían
en el tiempo y entre las ramas de la transformación material. Pari passu con
esa diferencia cambiante, las relaciones de valor que regulan los movimientos
de los precios y las estructuras productivas ("proportionate
production") constituye un centro gravitatorio cambiante.
En
consecuencia, la magnitud de valor de la mercancía no expresa relación alguna, sino únicamente la cantidad de trabajo
socialmente requerida para su re-producción. Encontramos aquí la primera
mención ("en passant") del término "reproducción". Volveremos sobre esto.
¿Se
transforma en precio la magnitud de valor? Una vez más, a condición de entender
que se trata del valor mercantil. La
mercancía que desempeña el papel de equivalente dinerario existe al margen de
la mercancía común (relativa) para la cual ella es dinero, pero en su calidad
de mercancía dineraria no existe al margen de la mercancía común. Para
comprender esto no hay más que remontarse a la explicación de Marx sobre la pasividad
de la forma equivalencial y de su desarrollo.
No
podemos seguir a Marx cuando afirma que en el precio "tanto puede
expresarse la magnitud del valor de la mercancía, como el más o el menos por el
que en determinadas circunstancias puede enajenarse". Es verdad que esta
cita refuta la absurda acusación de Böhm Bawerk, que sirvió de modelo a la
lamentable pléyade de cultores del marginalismo que no hicieron más que
repetirla, según la cual Marx ignoró la ley de la oferta y la demanda. (O, según
Niehans, le puso mala cara, "[he]... scorned supply and demand").
Pero la primera parte de la afirmación es falsa; y, en cambio, decir que el
precio de una mercancía expresa la condición en la que se cotiza es propiamente
una vacua tautología.
{6}
"POR LO TANTO, EN LA FORMA MISMA DEL PRECIO ESTA IMPLICADA LA POSIBILIDAD
DE UNA INCONGRUENCIA CUANTITATIVA, DE UNA DIVERGENCIA ENTRE EL PRECIO Y LA
MAGNITUD DEL VALOR. NO SE TRATA, EN MODO ALGUNO, DE UN DEFECTO DE ESTA FORMA,
SINO QUE AL CONTRARIO ES ESO LO QUE LA ADECUA A UN MODO DE PRODUCCION EN EL
CUAL LA NORMA SOLO PUEDE IMPONERSE COMO LEY PROMEDIAL QUE, EN MEDIO DE LA
CARENCIA DE NORMAS, ACTUA CIEGAMENTE".
Sin
duda, la forma precio implica la diferencia cuantitativa entre el valor de una
mercancía y su valor mercantil. Gracias a esta diferencia el valor
"regulador" (Smith) opera en la producción de mercancías, como
"ley promedial que... actúa ciegamente".
No
tiene sentido hablar de discrepancia o identidad cuantitativas entre el valor y
el precio, ya que una cuantía de trabajo y una cantidad de dinero son
colecciones de naturaleza disímil. Para referirnos a la concordancia o
discrepancia entre magnitudes de valor y precios -recíprocamente
inconmensurables- tenemos que comparar los valores relativos con los correspondientes
precios relativos, y diremos (con un embarazoso circunloquio parafrástico, en
aras de la precisión) que hay discrepancia cuando no hay equiproporcionalidad.
{7}
"LA FORMA DEL PRECIO, SIN EMBARGO, NO SOLO ADMITE LA POSIBILIDAD DE UNA
INCONGRUENCIA CUANTITATIVA ENTRE MAGNITUD DEL VALOR Y PRECIO, O SEA ENTRE LA
MAGNITUD DEL VALOR Y SU PROPIA EXPRESION DINERARIA, SINO QUE ADEMAS PUEDE
ALBERGAR UNA CONTRADICCION CUALITATIVA, DE MODO QUE, AUNQUE EL DINERO SOLO SEA
LA FORMA DEL VALOR QUE REVISTEN LAS MERCANCIAS, EL PRECIO DEJE DE SER EN
GENERAL LA EXPRESION DEL VALOR... ES POSIBLE, PUES, QUE UNA COSA TENGA
FORMALMENTE PRECIO SIN TENER VALOR...".
Cabe
recordar las "dos fuentes" ricardianas del valor de cambio de las
mercancías: el mercado y el valor. Todas las mercancías tienen precio; sólo
carecen de valor las no reproducibles. Marx pone como ejemplos de valores de
uso que no encarnan ningún valor, ciertos bienes que para él no son fruto del
trabajo humano. "Una cosa puede ser valor de uso y no ser [¿poseer? P.L.]
valor. Es éste el caso cuando su utilidad para el hombre no ha sido mediada por
el trabajo. Ocurre ello con el aire, la tierra virgen, las praderas y bosques
naturales, etc." (Pág. 50). Sin embargo, es indudable que la utilidad de
esos valores de uso proviene del trabajo humano, aún cuando carezcan de valor
de cambio e incluso de valor. Bienes carentes de valor son, por ejemplo, los
que constituyen el germoplasma de animales y plantas domésticos, de
microorganismos mejorados, etcétera, tesoros
de la humanidad obtenidos a partir de especies naturales mediante
trabajo social, multitudinario, acumulado durante milenios. Marx, en cambio, no
mantiene con firmeza el concepto de que el valor se funda en la reproducción:
lo menciona en {5} y parece olvidarlo en {8}.
{8}
"LA DIVISION DEL TRABAJO CONVIERTE EN MERCANCIA EL PRODUCTO DEL TRABAJO, Y
CON ELLO TORNA EN NECESARIA LA TRANSFORMACION DEL MISMO EN DINERO. A LA VEZ,
HACE QUE SEA FORTUITO EL QUE SE LOGRE O NO ESA TRANSUSTANCIACION. AQUí, NO OBSTANTE,
HEMOS DE ANALIZAR EL FENOMENO EN ESTADO PURO, PRESUPONIENDO POR ENDE SU
TRANSCURSO NORMAL. POR LO DEMAS, SI DICHO FENOMENO TIENE LUGAR, PURA Y
SIMPLEMENTE, SI LA MERCANCIA NO ES INVENDIBLE, PUES, SE OPERA SIEMPRE EL CAMBIO
DE FORMA DE LA MISMA, POR MAS QUE, APARTANDOSE DE LA NORMA, EN ESE CAMBIO
FORMAL PUEDE HABERSE PERDIDO O AGREGADO SUSTANCIA, ESTO ES, MAGNITUD DE
VALOR".
La
división del trabajo no convierte el
producto en mercancía; la forma específicamente mercantil de la organización
del trabajo social, "se genera necesariamente en el cambio de valores de
cambio". "Grundrisse..", pág. 100.
De
manera que la discrepancia entre los valores absolutos de la misma mercancía,
su valor inmanente o propio y su valor mercantil,
no es la excepción a la norma, sino la norma misma, y es precisamente merced a
esa discrepancia que sobre la determinación aleatoria y fortuita del valor
mercantil se impone tendencialmente la medida universal del valor. Esto es así
porque y sólo porque la mercancía se desdobla en mercancía común y mercancía
dineraria. Si la mercancía es invendible ello demuestra que carece de valor de
uso mercantil y de valor mercantil, pero el hecho y la circunstancia de la
realización de una mercancía singular no afecta para nada su valor de uso, que
depende de su cualidad útil y de la utilidad concretada en su cantidad
inmediata, ni su valor, que depende única y exclusivamente de los
requerimientos "totales"
(Leontieff) de trabajo social para su reproducción. Y si no es invendible, o,
lo cual es lo mismo, si se opera el cambio de forma por el que cobra
objetividad como valor en valor mercantil, y si la cuantía del valor mercantil
difiere de la cuantía de valor propio de la mercancía, no podemos decir con
Marx que "en ese cambio formal puede haberse perdido o agregado sustancia,
esto es, magnitud de valor" porque, primero, la magnitud de valor de la
mercancía individual es independiente de las condiciones fortuitas en que se
cotiza y realiza, y, segundo, en la producción de mercancías el valor de éstas
no es sustancia social objetiva sino por medio del valor mercantil, que tampoco
lo es inmediatamente, sino por medio de la realización de la mercancía, su
transformación en dinero.
*
O bien,
la diferencia entre el valor de la mercancía como producto y el valor del
producto como mercancía -o valor mercantil-, no es meramente una diferencia de
género y especie sino que el valor mercantil, que pertenece a un orden social
invertido, es él mismo un valor invertido: el valor mercantil no se realiza
porque es valor sino que es valor porque se realiza; su causa, por la que
deviene valor reflejo, es su propia expresión como precio o su propia
realización como suma de dinero, y, aún en su consumación como precio realizado
o dinero efectivo, no es el valor regulador sino que es regulado por el valor.
A la vez el valor mismo no es directamente regulador ni tampoco es únicamente
"para nosotros" sino que, como valor regulador, mediado por el valor
mercantil, es la unidad de sus momentos genéricos y específicamente
mercantiles.
El
valor mercantil (en sí y para sí) corresponde a la mercancía clásica pero su
concepto pertenece a la teoría de la forma del valor. (Teoría de cuño
imperecederamente marxiano, de la cual, empero, Marx mismo sólo dejó una exposición
defectuosa). Pues no es secreto para ningún autor clásico que todo mercado
presenta siempre la posibilidad de que una mercancía se cambie por otra de
valor disímil. Ninguno ignora que las mercancías se cambian por dinero y que
las cantidades de dinero que se pide u ofrece por una mercancía constituyen su
precio y su precio de realización cuando coinciden, y que, como dice Smith, el
valor de las mercancías gobierna el movimiento de sus precios. Las ilusiones
del sistema mercantil -que confunde la riqueza con su forma mercantil
equivalencial- se disipan cuando se reconoce -con Smith- que los bienes útiles
y convenientes para la vida provienen del trabajo social, pero la ilusión no
fue superada; la confusión subsiste, ahora encubierta, disfrazada de su contrario,
porque si antes la riqueza únicamente tenía realidad en el dinero, ahora el
producto reviste inmediatamente la forma equivalencial; el hombre mercantil,
por mediación de su mercancía, dispone de trabajo de terceros, o el trabajo de
otros en tanto se materializa en bienes ofrecidos en el mercado, es trabajo a
disposición ("labour commanded"). La mercancía es poder adquisitivo,
y éste es poder de disposición sobre una porción del trabajo social. Sin
embargo el concepto de valor smithiano fracasa en su cometido de explicar la
articulación de la sociedad civil y es precisamente en ese fracaso donde
encontramos la pista del eslabón faltante para completar la concepción de la
unidad diferenciada de las objetivaciones del trabajo social en el valor mercantil,
unidad captada de manera incompleta en Ricardo e incluso en Marx debido a que
solucionan el problema abordándolo desde un ángulo distinto del encarado por
Smith, sin haberse detenido a comprender ni a resolver los tropiezos de su
predecesor.
*
La
principal dificultad que presenta el concepto de valor específicamente
mercantil es su indeterminidad cuantitativa "para nosotros". Marx no
pierde contacto explícito y continuo con la costa firme del valor trabajo, como
si le fuera en ello permanecer fuera de la estólida charca de los Jean Baptiste
Say, Coronel Torrens, etc. Su exposición de las transubstanciaciones del valor
en sus formas mercantiles y capitalistas sufre por ese apego que, sin embargo,
garantiza la sustancial unidad de todo el desarrollo. Marx se adentra, primero
en unas pocas páginas (47/59 "El Capital..", Tomo I) en el análisis
del valor con prescindencia de su forma, y luego, largamente (casi sin
interrupción, desde la Sección Tercera, inclusive, hasta el final del Tomo I),
en el análisis del plusvalor, con igual abstracción de sus determinaciones
formales. Pero sus incursiones en el término opuesto, el polo de la forma
sabida como forma; dicho más enfáticamente: con abstracción determinada del contenido de valor, son
raras, agudísimas y someras. Entre ellas se destaca su magistral tratamiento de
las leyes del mundo invertido, donde el dinero ha sido reemplazado en su
función de medio de circulación por una moneda signo. [116][4](Otras incursiones en las
formas autónomas, o sombras platónicas, del capital: dinero crédito, capital
ficticio, inexistencia de la tasa de interés "natural", precio de la
tierra, capital comercial y a préstamo).
Un
mayor reconocimiento del momento de objetivación o autonomía formal del capital
es necesario para desarrollar en todo su alcance la teoría marxiana de las
formas del valor y alcanzar el concepto concreto de las formas empíricas del
capital. El reconocimiento de la forma tornará flexible la estructura de la
exposición, de modo que se accede al concepto desde cualquier coyuntura,
perspectiva, experiencia; críticamente, desde cualquier posición. Se pone de
manifiesto una combinación poderosa entre el enfoque sistemático (la razón
presidida, como dice Lukacs, por la categoría de la totalidad), y el "monográfico".
Este último es propugnado por Adorno y Horkheimer como antídoto contra la
pretensión de un camino único, que atribuyen a una arrogancia de corte
totalitario. Pero "la seriedad y la necesidad del concepto" (Hegel)
son tan irrenunciables la exigencia de una multilateral plasticidad, y su
carácter no es menos intrínseco: el concepto permanece abierto a toda opinión,
a las nociones irreflexivas, a la experiencia contingente, sin renunciar nunca
a sobrepasarlas. De estas condiciones sine qua non participa en concepto de
capital, en tanto concepto. En particular, la exposición rigurosa del proceso
de rotación de capital necesita estar precedida por laexplicación del proceso
de reproducción, pero esta última requiere una presentación previa de los
momentos necesarios de las metamorfosis formales del capital. En efecto, así
como antes se enriqueció el concepto de la mercancía por medio del análisis más
detenido de su primera figura, de la misma manera es necesario partir del
análisis completo de los aspectos esenciales de la primera forma fenomenológica
del capital (que es la del capital en el ciclo de sus metamorfosis mercantiles)
para pasar al plusvalor específicamente capitalista. Marx tiene dificultad para
explicar la ganancia por el plusvalor, y, por consiguiente, para exponer el
concepto de plusvalor en sus determinaciones específicamente capitalistas,
porque ha pasado abruptamente al problema de la naturaleza y la determinación
cuantitativa del plusvalor sin haber determinado previamente la tasa de ganancia
capitalista. Se repite aquí el problema que encontrábamos -y resolvimos- en el
pasaje a la segunda mercancía. En efecto, Marx procura exponer la transición al
capital (para él, "la transformación del dinero en capital", título
del Cap. IV), a partir de la "fórmula general del capital", D - M -
D'. Pero esta fórmula es demasiado abstracta para determinar la tasa de la
ganancia, "factor" del primer capital como el valor de cambio lo era
de la primera mercancía; y, por consiguiente, la figura del primer capital no
se ha puesto en contraposición consigo misma al punto de revelar la transición
necesaria del capital que devenga ganancia al capital que produce plusvalor.[117][5]
*
Reconsideremos
la afirmación de Marx: "El precio es la denominación dineraria del trabajo
objetivado en la mercancía".
La
comentábamos en el apartado anterior (v. supra {1}). "Es obvio -decíamos-
que no se refiere al trabajo material objetivado en el valor de uso de la
mercancía sino al trabajo social materializado en su valor". Aún más
arriba observábamos que los términos "concreto" y
"abstracto" utilizados por Marx al tratar el doble carácter del
trabajo califican únicamente a la materialidad del mismo; que, para aludir a su
aspecto social, deben permutarse. Pero el trabajo que produce
mercancías, para constituir lo que Marx denomina una sustancia social,
atraviesa sucesivas transformaciones que conforman esa sustancia como la unidad
objetiva de una secuencia procesual.[118][6]
Ningún
trabajador se aliena plenamente en la materialidad de su producto; su ser
social no se agota en su momento natural. Pero el trabajador que produce
mercancías no entra en una relación productiva -que es siempre social,
cualquiera fuera su forma histórica- directamente cuando trabaja, sino que sólo
la entabla el hombre mercantil en el mercado, donde acude con el fruto de su
trabajo -o con su fruto del trabajo de otros-.[119][7]
La
realidad del sujeto que se objetiva en la materialidad del producto es su
relación productiva. Su actividad laboral es la expresión de ese nexo social,
pero el trabajador mercantil permanece inmediatamente aislado, separado de su
esencia. La labor material se efectúa en la esfera privada y la unidad del
proceso de producción mercantil se completa con la circulación, al margen del
trabajo mismo. De esta suerte, la objetivación del trabajo social ejecutado
como su antítesis, el trabajo privado, debe proseguir -"ex post"- en
la circulación, y sólo en ella se acusará el carácter social del producto
individual. [120][8]El ser social del trabajador
mercantil entra en contradicción con su trabajo material. El desarrollo de la
mercancía es el desarrollo de esta contradicción, específicamente mercantil.
(No así la contraposición valor de uso/valor, de naturaleza genérica).
También
la subjetividad del producto es incompleta y refleja la misma contradicción
entre valor de uso y valor de cambio
que se expresa y desarrolla en la forma del valor y se resuelve en la
circulación. El valor es la negación del valor de uso y la forma del valor mercantil
es la forma mercantil de esa negación. No es, por lo demás, de suyo,
propiamente, una objetivación, porque el sujeto no se ha objetivado. Ningún
trabajo humano se expresa completamente en su momento material; el sujeto no
realiza su esencia social en la pura materialidad de su producto, pero esa
materialidad no es abstracta sino que su determinidad pertenece siempre a una
estructura productiva, a un nexo social, cualquiera fuera su grado de
desarrollo y consiguiente determinación formal. Particularmente en la
producción de mercancías el vínculo social necesario y propio de toda condición
humana -la producción- no es inmediato; el trabajador individual aquí es un
individuo sin vínculo inmediato que "aparece como desprendido de los lazos
naturales... que en épocas históricas precedentes hacen de él una parte
integrante de un conglomerado humano determinado y circusnscripto".
("Grundrisse..", pág. 3). El homo mercator, individuo
"autónomo", al ponerse en contradicción genérica con la materialidad
de su trabajo, entra en conflicto específico con el carácter privado,
abstractamente social, del mismo. También él debe objetivarse en su producto
como sujeto social; en otras palabras, su producto debe ser social. Pero en la
sociedad mercantil, esta fase de la objetivación del trabajo social es -tiene
su lugar- en la circulación de mercancías. En esta instancia se completa la
producción mercantil, unidad de dos procesos, el de trabajo y el de
circulación; éste era la negación del proceso de trabajo (negación que tiene su
caricatura en la metáfora de los bienes que "manan del cielo", y su
resolución en la unidad de la estructura productiva, negación de esta negación), pero en ella
"proseguía su objetivación hasta existir como dinero, como dinero
tangible". El azaroso camino entre ese origen y ese destino está mediado
por el valor mercantil.
[Trabajo
genérico y trabajo mercantil]
Consideremos
la "sociedad civil" como uno de las tres ámbitos en que se escinde la
sociedad mercantil "moderna"; [121][9] ésta, a su vez, se divide en
esfera del trabajo y esfera del intercambio. El homo mercator -encarnación
unilateralmente abstracta del valor mercantil- desertó de las tensiones del
hombre moderno, y se ha recogido en uno de sus extremos, de modo que incluso su
cáscara de ciudadano no es más que una forma adecuada y necesaria de expresión
de su alma burguesa. Por eso deja de ser contemporáneo de sí mismo, no vive
desgarrado entre su ser "bourgeois" y su ser "citoyen", y
logra la proeza imposible de conciliar el particularismo subjetivo y la
universalidad cosificada; el egoísmo moral y el altruismo objetivado. La
naturaleza de su legitimidad se acusa en que la legitimidad de su naturaleza
adopta y debe adoptar la forma de su opuesto. El Estado moderno es (la forma y
la consecuencia de) esta amputación.
El contenido genérico y específico
del Estado es lo contrario de todo altruismo; pero su forma es propiamente la del altruismo universal y esta forma es el disfraz con el que necesariamente se
reviste y prospera todo interés particular. [122][10]En un discurso ilustrado este
quid pro quo refutaría todas las correspondencias ilusorias entre lo
"particular" y lo "privado", lo público y lo social, el
Estado (capitalista) y la voluntad o el interés común o general, etc. Pero la crítica
que desmiente, explicándolas, las apariencias ideológicas del Estado, no las
disipa; porque ellas pertenecen a la estructura de la relación mercantil. Y el
"lobbyman" del interés particular no se engaña: las esferas de la
sociedad moderna (que eran tres en la Filosofía del Derecho) son dos, la
pública y la privada. A la esfera privada pertenece la vida del individuo en el
disfrute de los bienes que son de su propiedad exclusiva. Estos bienes fueron
adquiridos, en general, como mercancías, pero es precisamente en el ámbito
privado donde han dejado de serlo. Son riqueza en su forma material, valores de
uso, bienes que sirven ya como medios de disfrute, ya como medios de trabajo;
destinos excluyentes en la producción mercantil y, a fortiori, en la capitalista.
El enriquecimiento del bourgeois es la miseria del citoyen.
A la
vez que el egoísmo efectivo
de unos pocos se reviste de la forma del interés de todos, el elemento de la
universalidad, licenciado por la consciencia moral y convertido en un formalismo
de la vida política o en una formalidad burocrática de la vida del Estado, toma
cuerpo en la mercancía. La objetivación del trabajo social en la forma
mercantil del valor es una materialización del espítitu social y una
espiritualización de la materia. No son los hombres los que pueden cooperar y
acudir en auxilio recíproco, son los productos materializados los que poseen la
propiedad de ser útiles o convenientes para satisfacer las necesdades múltiples
de los individuos. La hipóstasis del concepto se despoja de toda figuración
antropomórfica y se torna secular, terrestre, cotidiana.
Tan
pronto reconocemos el carácter ilusorio -y sin embargo objetivo- de la
representación del Estado moderno como la esfera autónoma -encarnación de uno
de los tres momentos del concepto-, advertimos que, arrancado el Estado de su
hipóstasis espiritual, [123][11]subsiste en la suya (que es de
naturaleza "natural-social") la sociedad civil. No se halla ésta de
un lado y el altruismo universal del otro, sino que el altruismo es privado, e
idéntico al egoísmo universal; la escisión parte la sociedad civil entre, por
un lado, el "altruismo particular" (el egoísmo etológico-cultural,
genético-institucionalizado, la sociedad primordial) y, por otro, el ámbito
donde el hombre mercantil programa y dispone la ejecución del trabajo privado,
virtualmente social. El capital volverá a rebanar la unidad inmediata de la
vida social escindiendo nuevamente al hombre mercantil pero esta vez en la
esencia más íntima, en su mismo patrimonio material-social medido y nombrado en
la unidad de cuenta del patrón de precios. Una parte de su identidad será
jurídicamente su persona "física", y estará orientada hacia su vida
recoletamente animal-espiritual. La otra será la empresa, que echará a andar
como un ente impersonal con todos los atributos de una persona jurídica,
derechos, obligaciones, patrimonio. Pero aquí no nos ocupamos de la mercancía
en cuanto capital, sino apenas del capital en cuanto mercancía.
El
hombre mercantil (hombre moderno reducido a burgués mediante la abstracción
objetiva de su ser político) anda en dos mundos: uno, el mercado; el otro, su
vida privada. En el primero es poseedor de valores de uso generales, indirectos
y condicionales. Procurará desprenderse de sus mercancías a cambio de la
colección de valores de uso directos preferida entre todas las asequibles,
representadas (por comodidad, en dos dimensiones) por su segmento de
presupuesto, el cual tiene la inclinación de los precios relativos vigentes. El
segundo ámbito: el de su relación privada, directa (vis à vis el mercado,
vínculo social general indirecto), es también el del trabajo que él ejecuta u
ordena. Esta esfera se divide a su vez en dos, la del trabajo directamente
consuntivo y la del trabajo mercantil. [124][12]Hay entre ambos identidad y
diferencia. Uno está dirigido a la producción, aunque ésta, por ser mercantil,
es indirecta y condicional, y consiste en desplegarse como agente natural en un
medio material apropiado para conformar el soporte objetivo de una futura mercancía,
virtualidad social a la segunda potencia. El otro se aplica a la apropiación
individual de las cualidades directamente útiles del objeto. Si ambos son
consumo de objetos producidos y en general reproducibles, ambos son también
producción del sujeto (MARX, K. "Grundrisse..", Cuad. I). La
mercancía conserva esa identidad pero la arranca de su inmediatez y exacerba la
diferencia. Cuando decimos "trabajo", sin calificación,
sobreentendemos que no es consuntivo, pero tampoco directamente productivo, sino mercantil.
Obviamente, la expresión "objetivación del trabajo" se refiere al
trabajo (al comienzo sólo virtualmente) social; específicamente, al trabajo
mercantil.
Esto no
significa que la utilidad de un medio de disfrute es independiente de la
cuantía del trabajo consuntivo (más genéricamente, del esfuerzo, "toil and
trouble") en que debe incurrir el consumidor para apropiarse realmente del
objeto que trajo del mercado. [125][13]De hecho, ese trabajo
únicamente queda excluido de las determinaciones del valor porque éste se
determinará
como
específicamente subsumido por el valor mercantil. (Nos remitimos a la discusión
anterior sobre el papel del valor individual en el proceso de objetivación
social del trabajo mercantil). Por el contrario, en ausencia de las
determinaciones formales de la mercancía, la línea divisoria entre trabajo
consuntivo y trabajo productivo se torna borrosa: el trabajo (para individuos
no emparentados genéticamente con el trabajador en un marco de reconocimiento
cultural e institucional) es directamente social; hay una unidad inmediata
entre los trabajos de los individuos y su "metabolismo social". De
modo que, aunque sólo fuera por esta diferencia, el trabajo mercantil incluso
en su momento genérico posee una determinación específicamente mercantil como
negación del trabajo consuntivo. (Este momento de la negatividad es captado por
Smith cuando hace la afirmación que Ricardo y Marx han de desaprobar:
cantidades iguales de su propio trabajo tienen igual valor para el trabajador. "In his ordinary
state of health, strength and spirits; in the ordinary degree of his skill and
dexterity, he must always lay down the same portion of his ease, his liberty,
and his happiness." "The Wealth..", pág. 28.).
Marx
presenta la diferencia positiva entre trabajo humano y trabajo animal como
abstraída de la producción. "Concebimos el trabajo bajo una forma en la
cual pertenece exclusivamente al hombre. Una araña ejecuta operaciones que
recuerdan las de un tejedor, y una abeja avergonzaría... a más de un maestro
albañil. Pero lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la
mejor abeja es que el primero ha modelado la celdilla en su cabeza antes de
contruirla..." (MARX, K. "El Capital..", Tomo I, pág. 216).
Otras veces, recordando a Benjamin Franklin, concibe al hombre "as a
toolmaking animal" o, en general: "Los productos... no sólo son
resultado, sino a la vez condición del trabajo humano". (Ibid., 220).[126][14]
Distinguimos
nítidamente el trabajo consuntivo, en contraposición al trabajo humano en
general, o productivo propiamente dicho, en una estructura de relaciones de
reciprocidad laboral entre individuos con baja probabilidad de parentesco
recíproco. Pero la universalidad de la relación productiva no cobra real objetividad sino con el desarrollo
capitalista de la relación mercantil. El trabajo considerado como una actividad
conscientemente encaminada a un fin, queda sumergido en la noción
abstractamente etológica, de la cual no logra rescatarlo la concepción del
hombre como hacedor de sus instrumentos. La forma específicamente mercantil de
la producción aclara y profundiza el concepto genérico Producción.
"El trabajo parece ser una categoría
totalmente simple. También la representación del trabajo en su universalidad
-como trabajo en general- es muy antigua. Y sin embargo, considerado en esta
simplicidad desde el punto de vista económico, el «trabajo» es una categoría
tan moderna como las abstracciones que dan origen a esta abstracción simple. El
monetarismo, pone todavía, de un modo completamente objetivo, la riqueza en el
dinero, como cosa exterior a sí misma. Frente a este punto de vista se dió un
gran progreso cuando el sistema manufacturero o comercial transfirió la fuente
de la riqueza del objeto a la actividad subjetiva, al trabajo... Un inmenso
progreso se dio cuando Adam Smith rechazó todo carácter determinado de la
actividad creadora de riqueza...". "Grundrisse..", págs. 24/5.
*
La
producción mercantil es unidad de trabajo y circulación, de elaboración y
realización del producto social (realidad relacional, relación real), de la
transformación material y la metamorfosis formal -es decir, social- de la
mercancía. Pero esa unidad es, por de pronto, "para nosotros".
Centremos
la atención, como Ricardo, en las mercancías "multiplicables": su
producción, en tanto es creación de valor, cuenta siempre como reproducción,
aún cuando su escala cambiante no cese nunca de poner en juego el ajuste
clásico. Un nuevo ejemplar o partida de un producto materialmente normalizado
se obtiene por la repetición de un trabajo técnicamente determinado (conforme a
un patrón o "standard" ingenieril). El trabajo humano en general,
incluso el que produce mercancías, tiene siempre un momento material en el que
el trabajador opera como un agente natural en un medio natural, pero nunca se
agota en ese momento ni es su medio enteramente natural (no mediado); las
condiciones técnicas concretamente determinadas del trabajo que produce
mercancías comprenden procesos naturales, dice Marx, pero también procesos
automáticos, controlados, en paralelo o secuencia; así, el tiempo de
transformación técnico-material puede incluir, además del tiempo de trabajo, un
lapso en el que no se requiere intervención humana directa.
"El trabajo es, en primer lugar, un proceso
entre el hombre y la naturaleza, un proceso en que el hombre media, regula y
controla su metabolismo con la naturaleza. El hombre se enfrenta a la materia
natural misma como un poder natural". MARX, K. "El Capital.." Tomo I, pág. 215.
El
tiempo de producción de la mercancía comprende el tiempo de su conformación o
gestación material, que concluye al presentarse (ataviada con sus
determinaciones formales) en el mercado, más
el tiempo de circulación, que culmina con su coronación dineraria: el instante
de su consagración es el de su muerte. Se extingue la forma relativa de su
valor mercantil, cuando su cuerpo, yerto de vida social, queda fuera del
mercado y es conducido a desempeñar su función de cosa útil; y el alma que
albergaba transmigró a la materia finalmente adecuada para revestir ahora la
forma absoluta de su valor mercantil. Con la nulidad de esta mercancía común,
un valor mercantil abandonó su forma relativa de producto sólo virtualmente
social y condicionalmente cambiable, y se trocó en riqueza absoluta,
cambiabilidad incondicional, dinero.
*
"Lo que interesa ante todo, en la práctica, a
quienes intercambian mercancías, es saber cuánto producto ajeno obtendrán por
el producto propio". MARX, Karl "El Capital.." Tomo I, pág. 91.
Cada
mercancía presupone la relación mercantil y la recrea. Lo que interesa a su
dueño, homo mercator, dada su dotación ("stock") de mercancías, es
conseguir por la suya el mayor precio y por la ajena el más bajo; determinados
todos los precios, cerrar sus transacciones quedándose con la colección de
bienes preferida entre las representadas por su recta de balance (saldos
líquidos incluidos); dada su expectativa más cierta sobre la próxima evolución
de los precios relativos, tomar en cuenta la gama de sus opciones técnicas y
elegir su nueva posición en la división social del trabajo, id est, su táctica
y estrategia de diversificación o especialización (cum integración vertical);
y, finalmente, dada su programación laboral, esmerarse en alcanzar su frontera
de transformación o sobrepasarla, y conformar la materialidad de su mercancía.
La
mercancía no es "para nosotros" sólo
lo que es para su poseedor, ni es para él lo que es para nosotros. Ella posee
un alma social: su valor, y su valor de realización es cualitativamente
idéntico al valor -constituido por la misma sustancia-, pero es, en general,
distinto en cantidad. El valor de realización, que quedará comprendido en el
valor mercantil como su momento objetivo, es, entretanto, su "en sí y para
sí". Al realizarse la mercancía, el trabajo privado (individual o
colectivo) dispuesto por el hombre mercantil (ejecutado o dirigido por él), ha
dado forma material a una mercancía en la cual una determinada cantidad de
trabajo social pasa a su forma objetiva, anticipada idealmente en el precio,
nombre dinerario del valor mercantil,
y concretada como suma de dinero (u obligación exigible).
Entre
el valor de la mercancía (cuyo contenido y determinación cuantitativa radica en
la cuantía promedio de trabajo social necesaria para reproducir un ejemplar
materialmente idéntico) y su "forma o expresión" (Marx) en una
cantidad -imaginaria o efectiva- de equivalente dinerario, el mundo social
sufre, en el valor mercantil, una
inversión. La cantidad de valor mercantil expresado o realizado coincide
inmediata y enteramente con su forma. La mercancía tiene valor porque es
reproducible, pero se reproduce porque tiene valor mercantil. Mientras la
cantidad de valor de una mercancía es independiente de sus condiciones de
venta, su valor mercantil es inmediatamente la cantidad de valor realizado.
Empero, no es este momento objetivo del valor mercantil determinado como
cantidad absoluta el que, contraponiéndose a su momento subjetivo, entra en el
campo gravitacional del valor, ni el que, como existencia inmediata y sensible
de las determinaciones esenciales del valor se manifiesta ante el individuo
mercantil como un parámetro de su comportamiento económico. Esta determinación
proviene de aún otra diferencia entre el valor mercantil y el valor a secas
-"inmanente", o "regulador"-. El valor relativo es porque también el valor
("absoluto") es; en cambio, el valor mercantil relativo tiene su
condición y su primera existencia como expresión o forma relativa del valor
mercantil, el cual sólo encontrará su determinación como cantidad absoluta al
entrar en el campo gravitacional del valor relativo.
La
exposición de la secuencia de las objetivaciones del trabajo podría comenzar
por cualquiera de sus extremos: el valor objetivo o el valor subjetivo, determinados,
el primero en la esfera social por la mediación del valor mercantil, y el
segundo en el ámbito de la experiencia individual como memoria, consciencia y
juicio práctico. Porque cada uno presupone el otro, y ambos, lo mismo que esa
instancia mediadora -el valor mercantil-, son otras tantas diferenciaciones del
valor genérico. Pero el único de los tres momentos que conserva vivo y activo
el principio praxiológico ancestral, el que puede reconocer la noción intuitiva
de valor, es el valor individual. Esto es así porque en la producción de
mercancías el valor social dejó de ser subjetivo y el valor subjetivo dejó de
ser directamente social. Tal lo acontecido con el homo mercator, nacido del
desprendimiento por el cual el hombre perdió la subjetividad del valor social,
y:
"aparece como desprendido de los lazos
naturales... que en épocas históricas precedentes hacen de él una parte
integrante de un conglomerado humano determinado y circusnscripto". MARX,
K. (cit. supra).
El
individuo homo mercator conoce los precios vigentes y tiene expectativas
ciertas sobre su evolución para programar su trabajo; considera los productos
de su dominio técnico como otras tantas representaciones materiales de
cantidades iguales de su propio trabajo; compara -en tramos relevantes- las
pendientes de sus líneas de transformación con los precios relativos
respectivos; elige la actividad laboral que le permite acceder a la recta de
balance más elevada, se especializa como trabajador, reconsidera sus
expectativas y eventualmente reprograma su trabajo... Ya nos hemos encontrado
en otro contexto con este comportamiento del individuo mercantil, la primera
interfase entre el valor objetivo y el valor subjetivo, que en la producción
mercantil queda reducido al ámbito inmediato del valor individual.
El
mismo individuo mercantil actúa como programador del trabajo que se aplicará a
la producción de mercancías comparando la tasa de sustitución técnica
(inclinación del segmento de transformción o rendimiento laboral en el tramo
relevante) con los precios relativos esperados de los bienes comprendidos en su
dominio técnico. La primera pendiente representa el valor relativo de esos
bienes en el ámbito individual. La segunda es la representación de la tasa de
transformación social, a la cual tiende, merced al ajuste clásico por medio del
cual se impone la ley del valor. Para hacer esta comparación, el individuo se
representa el valor relativo social como si perteneciera al ámbito del valor
individual. Mientras el trabajo productivo da su primer paso en el proceso de
objetivación, que lo elevará de trabajo individual a trabajo social en su forma
transfigurada de valor, en la consciencia del hombre mercantil el mismo proceso
ocurre en sentido inverso.
Esta
inversión hace mofa de la tesis antigua según la cual el hombre es la medida de
todas las cosas, porque aquí la sociedad se ha pulverizado y se halla
representada por el espécimen mercantil, y es, él mismo para él, individuo
condenado a la vida virtual, la medida del mundo. Con esta representación, el
hombre práctico, determinado como homo mercator subespecie empresario
capitalista, la emprende contra Smith, contra Engels y -por extensión- contra
Marx, dispuesto a enmendarles la plana. En el caso de Smith, confirma la
vigencia del valor subjetivo:
el individuo debe ponderar sobre la base de su propia experiencia la diferente
proporción entre la cantidad de trabajos requeridos para obtener los bienes que
ofrece y demanda, pero corrige a Smith porque muestra que para ello no es
necesario comparar las cantidades de los trabajos requeridos sino únicamente
sus proporciones, el valor relativo individual con el precio relativo,
indicador del valor relativo social (o, simplemente, valor relativo).
Reivindica a Smith contra Engels al confirmar que la ley del valor no opera
fundándose únicamente en la inconsciencia de las personas sometidas a su
imperio, y también a Engels contra Smith al demostrar que esa consciencia es
necesaria y necesariamente parcial e invertida.
*
La
riqueza de la sociedad mercantil -y de la sociedad capitalista, en
consecuencia- no es social sino privada, y en tanto se compone de valores de
uso directos su forma social es la mercancía pero sólo como negación; en esta
sociedad la forma de existencia de los valores de uso directos es la negación
de su forma mercantil. Se los encuentra en las esferas del consumo y del
trabajo mercantil. La forma directa e incondicionalmente social de la riqueza
mercantil es el dinero, figura abstracta de riqueza potencial, o de potencia social.
Ambas formas de riqueza efectiva, el valor de uso directo y el dinero, se
oponen a la mercancía, riqueza condicional, y sólo son mercancía precisamente
por medio de esa oposición. (La mercancía es la negación del carácter social de
la riqueza; el dinero, negación
de esa
negación, es a la vez negación de su carácter material; el valor de uso
directo, nueva negación de la negación, es a la par la negación de su
universalidad, etc.). Si por mercancía entendemos mercancía común, entonces la
conocida afirmación que encontramos tanto al comienzo de la
"Contribución.." como del "El Capital.." es insostenible.
Si comprendemos, en cambio, la mercancía como la unión de esos tres momentos de
la riqueza social material en su forma mercantil, entonces la riqueza social
conformada como mercancía y a fortiori determinada como capital se presenta
como "un enorme cúmulo de mercancías".[127][15]
En esa
unidad la mercancía común pertenece únicamente al dominio de la circulación en
el que la mercancía triádica media consigo misma como riqueza, donde su atavío
formal y la confirmación efectiva de su carácter social son las condiciones
consecutivas que la transforman en un valor de uso concreto para su dueño.
Ahora bien, tanto en la historia como con arreglo a su concepto, el sistema de
la producción de mercancías es el capitalista. Marx explica que este ciclo de
la mercancía se conserva pero se subvierte en el capital. La fórmula M-D-M es
reemplazada por (subsumida en) la fórmula general del capital: D-M-D(1+d),
donde D = dinero, M = mercancía, d>0. (Sección II, Tomo I). Los extremos son
ahora cualitativamente idénticos y la finalidad del ciclo no puede ser otra que
aumentar la diferencia cuantitativa entre el dinero inicial y el dinero
"final"; la medida de todas las cosas (según Protágoras en versión
mercantil) es la plusvalía empírica. La mercancía halla su verdad en su propia
negación.
*
El
valor mercantil en estado naciente es valor de cambio, pero el valor de cambio
de una mercancía no es idéntico a la forma relativa de su valor mercantil.
Pues la
proporción de cambio 20 varas de lienzo = 1 levita no nos dice si, o bien la
proporción en que se cambia lienzo por levita es, efectivamente, = 1/20, o bien
si tal proporción 1/20 es consecuencia inerte e indiferente de la propiedad
transitiva de las igualdades entre cada una de ambas mercancías y,
respectivamente, una tercera, en cuanto valores mercantiles.
En
otras palabras, sean dos mercancías comunes; su valor de cambio recíproco no
implica una expresión de valor mercantil entre las dos mercancías involucradas,
sino que cada una de ellas ha convertido a otra, acaso una tercera, en
equivalente de su valor mercantil. Si el valor de cambio se expresa como precio
relativo entre las dos primeras mercancías, ese equivalente tercero es común y
de carácter dinerario. Pero, comoquiera que sea, estas formas mercantiles del
valor son derivadas de la expresión activa del valor mercantil por la que toda
mercancía, por naturaleza, engendra un equivalente. La expresión mercantil del
valor es la premisa de la relación de cambio (o del precio relativo), y ésta es
consecuencia de aquélla. Son formas mercantiles del valor, pero no son la
expresión activa y directa del valor mercantil, y no puede decirse que ésta
está contenida en el valor de cambio o en el precio relativo.
Tampoco
puede decirse que la expresión del valor mercantil entre dos mercancías se
halla contenida en su relación de valor. Más enfáticamente: la relación de valor entre dos
mercancías no contiene ninguna expresión de valor. La mercancía
individual es una entre muchas, cualitativamente iguales a ella unas y
desiguales otras, y, si suponemos que toda mercancía posee precio, valor de
cambio, valor mercantil y valor, con todas las que son cualitatvamente
distintas tiene precio relativo, valor de cambio y relación de valor. Y con
todas está trabada en un proceso de acciones y efectos recíprocos. Pero con una
sola excepción todas estas relaciones son extrínsecas e indirectas, y la
excepción es aquella mercancía que incorpora a su estructura triádica
particular y designa como el equivalente de su valor mercantil.
La
forma relativa del valor mercantil es la forma en que debe presentarse toda
mercancía común. Despojémosla de esta forma, y no será más que un valor de uso
genérico. [128][16]Puesta en su forma relativa,
ella dice el nombre y la cantidad de la mercancía -cualitativamente diversa-
por la que se ofrece. Al pronunciar esa definición la mercancía individual nace
a la vida y convierte a otra mercancía en su equivalente particular. Cuando el
equivalente de la mercancía común es el equivalente común de las mercancías,
queda excluído de la expresión relativa de su propio valor mercantil. Entonces
deviene equivalente dinerario, dinero. (O, no es menester transición alguna del
equivalente general de los valores mercantiles al dinero, ya que aquél y éste
son idénticos).
La
mercancía equivalente, como cualquier mercancía, toma cuerpo en una figura
material determinada como cualidad y cantidad. Cuando otra mercancía la
convierte en su equivalente, aquélla confiere a una cantidad dada de ésta,
medida en unidades físicas adecuadas y convencionales, la representación de la
medida de su propio valor mercantil.
"20
varas de lienzo = 1 levita", no es ya el valor de cambio entre las dos
mercancías -mera proporción de cambio, relación exotérica, roles recíprocos
permutables- sino una estructura de carácter polar, donde ninguno de los
términos preexiste ni subsiste a su relación con el otro; es, por ende, una
mediación mutua, excluyente e irreversible. "20 varas de lienzo = 1
levita" es ahora la proclama inaugural de la mercancía 20 varas de lienzo:
presentación en sociedad, locución iniciática, pregón. Sin ahorrar elogios
sobre sus cualidades útiles, virtudes y perfecciones lenceriles, manifiesta,
primero, que ella, "20 varas de lienzo", es un objeto de naturaleza
mercantil: lo dice señalando a la levita como un ser particular
cualitativamente diverso de ella que participa de la misma esencia y la
representa; segundo, que la cuantía de su valor mercantil equivale al de
"1 levita". En definitiva, que ha convertido a la materia levita en
la forma material de su propio valor mercantil y que la cantidad 1 (una) levita
es -todavía según el oferente- la medida de su valor mercantil.
El pregón
es vinculante de hecho -cuando no de derecho- pero únicamente para el
propietario de la mercancía común. No lo es para el dueño de la mercancía
equivalencial. La voluntad del primero es necesaria y suficiente para convertir
su mercancía en mercancía, y para convertir la otra mercancía en la forma
equivalencial del valor mercantil de la primera, pero no es, ni mucho menos,
suficiente para realizar el cambio. El dueño de la mercancía común quiere pero
no puede por sí mismo realizar su mercancía; el dueño del equivalente puede
cerrar el trato, y para ello basta su voluntad unilateral. En un polo de la
estructura productiva el valor mercantil es relativo, en el otro, absoluto.
La
mercancía se ha dividido en mercancía común y mercancía dineraria. El hombre mercantil
que actúa en el rol de vendedor pasará más tarde, si tiene suerte
("fortuna"), a desempeñar el papel opuesto. Mientras no lo logre,
carece del poder que (contra Hobbes) le atribuye Smith, quien nunca alcanza a
distinguir la mercancía del dinero ni éste de la moneda. Marx en cambio
descubre y analiza el valor en su forma en cuanto forma, pero no distingue la
expresión inmediata del valor mercantil de la forma del valor, ni comprende que
ésta está mediada por aquélla. Una consecuencia del carácter incompleto de su
teoría es el menoscabo de conclusiones verdaderas y fundamentales, que expone
de modo abrupto y extrínseco. Un ejemplo de la omisión de las mediaciones
específicas: la función del dinero como medida general de los valores
mercantiles es presentada como la de medida general de los valores, sin
advertir que esta última no es una función del dinero (a menos que se
reivindiquen los bonos horarios owenianos de los que Marx se burla). Pero la
consecuencia más relevante para la presente disertación es que la identidad
entre la forma equivalencial y la cambiabilidad directa es enunciada
intempestivamente después de haberse expuesto la génesis del dinero. Permanecen
contiguos pero yuxtapuestos el falso razonamiento que deduce la forma de valor
de la relación de valor, y el reconocimiento de la autonomía hipostática del
movimiento de las formas, los desvíos del valor de cambio (diferencias entre
valor de cambio relativo y valor relativo) en la coyuntura del mercado, las
circunstancias aleatorias, la inversión de las leyes de la circulación de la
moneda, cuando la línea general del argumento tendría que ir "de lo
abstracto a lo concreto", y captar la mediación de lo necesario por lo
contingente; en suma, la expresión del valor mediada por la expresión del valor
mercantil.
La
identidad entre la forma equivalencial y la cambiabilidad incondicional de la
mercancía equivalente, es la consecuencia necesaria del carácter aleatorio y
condicional de la cambiabilidad de la mercancía. La génesis del dinero reside
precisamente en el poder de ser directamente cambiable del equivalente. Todo
equivalente de valor mercantil -cualquiera sea su grado de desarrollo-, es
absolutamente cambiable, y por eso en él se consuma la génesis del dinero. Ello
confirma la tesis marxiana de que todo el secreto de las formas del valor se
encierra en la expresión simple. El equivalente simple posee la determinación
esencial del dinero pero sólo es dinero germinal, singular, circunstancial. No
es, pues, propiamente, dinero. Pero se trata de ver de dónde proviene éste su
atributo esencial, el de ser absolutamente cambiable.
*
En los
siguientes pasajes se aprecia nuestra deuda con Marx, pero también los puntos
en que nuestro argumento se aparta de su exposición acercándose -pretendemos- a
su espíritu.
"Pero las dos mercancías cualitativamente
equiparadas no desempeñan el mismo papel. Sólo se expresa el valor del lienzo.
¿Y cómo? Relacionándolo con la chaqueta en calidad de «equivalente» suyo u
objeto «intercambiable» por ella. En esta relación, la chaqueta cuenta como
forma de existencia del valor, como cosa que es [¿tiene?] valor, pues sólo en
cuanto tal es lo mismo que el lienzo". MARX, K. "El Capital..",
Tomo I, Cap. I, pág. 61.
La
expresión de valor está puesta en la "relación de valor", que es una
igualdad; en consecuencia, la forma del valor es su expresión no mediada por el
valor mercantil, pero esta consecuencia es el resultado de una abstracción
analítica. Tal suposición es innecesaria y oscurece el problema: la forma del
valor mercantil es la expresión de las determinaciones esenciales de la
mercancía, no solamente de su esencia de valor. Si "la chaqueta cuenta
como forma de existencia del valor" cuando el valor mercantil coincide con
el valor, es porque y sólo porque «la chaqueta cuenta como forma de
existencia del valor mercantil»
cuando discrepan. En efecto:
"El lienzo, pues, expresa efectivamente su
propio carácter de ser valor en el hecho de que la chaqueta sea intercambiable
directamente por él"... "El hecho de que una clase de mercancía...
sirva de equivalente a otra clase de mercancía... en modo alguno significa que
esté dada la proporción según la cual se pueden intercambiar...". MARX, K.
"El Capital..", Tomo I, Cap. I, pág. 68.
El
carácter de ser valor de la mercancía es su condición genérica de ser producto
reproducible, pero no es ese carácter lo que expresa el lienzo «en el hecho de que la chaqueta sea
directamente intercambiable por él». Pues, aunque toda mercancía lleva
impresa la impronta de una forma histórica específica del valor, no todas las
mercancías poseen valor. Al expresar su naturaleza mercantil en un equivalente,
algunas mercancías, ya que no todas son reproducibles -o
"multiplicables" (Ricardo) en la escala demandada al precio acorde
con el valor-, expresan también «su
carácter de ser valor», en la direccíon tendencial de su precio, el
nombre dinerario de su valor mercantil, en tanto en ese movimiento se verifica
-en principio- la ley clásica.
"Una mercancía, el lienzo [ahora equivalente general
P. L.] reviste, pues, la forma de intercambiabilidad directa por todas las
demás mercancías, o la forma directamente social, porque, y en cuanto, todas
las demás no revisten dicha forma". "En realidad," continúa en
nota al pie, "la forma de intercambiabilidad directa general de ningún
modo revela a simple vista que se trata de una forma mercantil antitética, tan
inseparable de la forma de intercambiabilidad no directa como el carácter
positivo de un polo magnético lo es del carácter negativo del otro polo. Cabría
imaginarse, por consiguiente, que se podría grabar en todas las mercancías, a
la vez, la impronta de ser directamente cambiables, tal como cabría conjeturar
que es posible convertir a todo católico en el papa." MARX, K. "El
Capital..", Cap I, Tomo I, pág. 84.
Nuestra
interpretación crítica ofrece -pretendemos- un marco en el que este pasaje
exhibe su pleno significado.
*
"Esa cristalización que es el dinero
constituye un producto necesario del proceso de intercambio, en el cual se
equiparan de manera efectiva y recíproca los diversos productos del trabajo y,
por consiguiente, se transforman realmente en mercancías. La expansión y
profundización históricas del intercambio desarrollan la antítesis, latente en
la naturaleza de la mercancía, entre valor de uso y valor. La necesidad de dar
una expresión exterior a esa antítesis, con vistas al intercambio, contribuye
a que se establezca una forma autónoma del valor mercantil, y no reposa ni ceja
hasta que se alcanza definitivamente la misma mediante el desdoblamiento de la
mercancía en mercancía y dinero." MARX, K. "El Capital..",
Tomo I, Cap. II, pág. 106. Sub. nos.
Empero,
la "antítesis" entre valor y valor de uso pertenece a las
determinaciones genéricas -no específicamente mercantiles- de la mercancía,
que, únicamente en cuanto tales, están «latentes
en la naturaleza de la mercancía»: el valor es la sustancia o
naturaleza cualitativa del valor mercantil y el campo gravitarorio de sus
movimientos; y el valor de uso, mediado por su carácter de valor de uso
indirecto para su poseedor y por la condición de ser un valor de uso para otro,
es el momento genérico (antropológico) del valor de uso mercantil. «La expansión y profundización
históricas del intercambio desarrollan la antítesis» que conforma esta
estructura productiva específicamente mercantil. [129][17]Resultado y condición de este
desarrollo es, sin duda, ¡¡ «que se
establezca una forma autónoma del valor mercantil» !!
Hasta
donde podemos advertir, el uso en el Das Kapital del adjetivo
"mercantil", calificativo de "valor", que generalmente no
aparece en la primera edición y sólo de modo asistemático en las ediciones
tercera y cuarta, sugiere que el autor elaboraba el concepto en el sentido de
la interpretación que proponemos. Sin embargo, Marx no llegó a fijar firmemente
la distinción entre valor y valor mercantil que, sin embargo, es del todo
acorde con su teoría, e inexcusable para su exposición.
*
"Estas cosas, el oro y la plata, tal como
surgen de las entrañas de la tierra, son al propio tiempo la encarnación
directa de todo trabajo humano. De allí la magia del dinero. El comportamiento
puramente atomístico de los hombres en su proceso social de producción y por
consiguiente la figura de cosa que revisten sus propias relaciones de
producción -figura que no depende de su control, de sus acciones individuales
conscientes- se manifiesta ante todo en que los productos de su trabajo adoptan
en general la forma de mercancías. El enigma que encierra el fetiche del dinero
no es más, pues, que el enigma, ahora visible y deslumbrante, que encierra el
fetiche de la mercancía." MARX, K. "El Capital..", Tomo I, Cap.
II, pág. 113.
Pero la
primera aseveración, tomada literalmente, es inaceptable: el metal precioso
únicamente sería "la encarnación directa de todo trabajo humano" si
todo trabajo humano (como en el caso del Rey Midas) se aplicara exclusiva y
unilateralmente a obtener oro y plata. La "magia del dinero"
proviene, en efecto, de que el cuerpo útil de la mercancía equivalencial en
general y de la dineraria en particular es encarnación del valor mercantil. No
es encarnación directa del valor
sino únicamente por esa mediación. Considérese la crítica de Marx a Owen:
"Preguntarse porqué el dinero no representa
de manera directa el tiempo mismo de trabajo... viene a ser lo mismo,
simplemente, que preguntarse porqué, sobre la base de la producción mercantil,
los productos del trabajo tienen que representarse como mercancías, ya que la
representación de la mercancía lleva implícito su desdoblamiento en mercancía y
mercancía dineraria" MARX, K. "El Capital..", Tomo I, Cap. III,
pág. 115., np. 1.
"Al igual que la forma relativa de valor en
general, el precio expresa el valor de una mercancía... estableciendo que
determinada cantidad de equivalente [áureo] es directamente cambiable [por
ella], pero en modo alguno que, a la inversa [ella] sea a su vez directamente
cambiable por el oro." MARX, K. "El Capital..", Tomo I, Cap.
III, pág. 125/6.
Si, en
virtud de su forma equivalencial excluyente, el oro y la plata son la
"encarnación directa" del valor mercantil, esta forma no los
convierte en encarnación directa de todo trabajo humano. Y no única ni
principalmente por la incesante discrepancia cuantitativa entre el valor de las
mercancías y el valor mercantil representado en sus precios (como nombres de
cantidades de Au o Ag), sino porque, aunque el dinero fuera la medida general
directa del valor, ni siquiera el valor mismo es la representación de todo
trabajo humano (como lo es, en todo caso, cada trabajo humano singular y
particular). Pues si todo trabajo representado en el valor es trabajo humano,
obviamente no se sigue que el valor es la representación de todo trabajo
humano, etc. En toda sociedad, en el marco de cualquier organización social del
trabajo, no obstante la múltiple variedad de las labores, las tareas y los
productos mismos, siempre es "de alguna manera" relevante (dice Marx
v. gr. en el apartado sobre El Fetichismo..) la representación de los productos
reproducibles (interpretamos) como
otras tantas objetivaciones del trabajo y como las cantidades determinadas
(absolutas, ordinales o relativas, transparentes o reificadas, directas u
objetivamente mercantiles) de trabajo social necesarias para su reproducción.
Recordemos que en Smith, desde un concepto subjetivista y rudimentario del
valor, se pretendía que las mercancías se intercambien directamente en
proporción a su "medida universal", por una suerte de regateo
ilustrado. Pero, a fortiori, si la forma material del equivalente no es la
encarnación directa del valor, ni es -tampoco- «la encarnación directa de todo trabajo humano»,
es, para el sujeto individual homo mercator, la proyección en una cosa material
abstracta de su propia capacidad productiva.
*
"Para una sociedad de productores de
mercancías. ..., la forma de religión más adecuada es el cristianismo, con su
culto del hombre abstracto...". MARX, K. "El Capital..", Tomo I,
pág. 96.
La
unilateralidad del punto de vista objetivista en Ricardo y Marx no consiste en
que se ignore el momento subjetivo sino en que queda apartado del concepto de
valor. Marx da el paso mayor hacia la superación de este punto de vista al
revelar que la consciencia ingenuamente mercantil es atrapada en las mallas del
"fetichismo" de la mercancía. Pero la metáfora del fetichismo no es
tan adecuada a la mercancía de Karl Marx, como lo es al don de Marcel Mauss;
más acorde con el concepto marxiano es la "hipóstasis", una figura
auténticamente teológica. Así, pues -en "el misticismo del mundo de las
mercancías"-, la mercancía es propiamente la encarnación hipostática del
logos del capital, el precio es la mixtificación de la sustancia del valor,
etc. La naturaleza esencial del valor, por un lado, y su vida empírica, por
otro, no son existencias mutuamente indiferentes ni extrínsecamente
yuxtapuestas sino que, en unión hipostática, conforman propiamente una
sustancia social que es, ella misma, hipóstasis objetiva.
La
consciencia expulsada como capacidad cognitiva por la visión unilateralmente
objetivista reaparece en este mismo punto de vista como consciencia volitiva:
"Para vincular esas cosas entre sí como
mercancías, los custodios de las mismas deben relacionarse mutuamente como
personas cuya voluntad reside en dichos objetos, de tal suerte que el uno, sólo
con acuerdo de la voluntad del otro, o sea mediante un acto voluntario común a
ambos, va a apropiarse de la mercancía ajena al enajenar la propia. Los dos,
por consiguiente, deben reconocerse uno al otro como propietarios privados. Esta
relación jurídica, cuya forma es el contrato -legalmente formulado o no- es una
relación entre voluntades en la que se refleja la relación económica. El
contenido de tal relación jurídica entre voluntades queda dado por la relación
económica misma". MARX, K. "El Capital..", Tomo I, pág. 103.
"Para que esta enajenación sea recíproca, los
hombres no necesitan más que enfrentarse implícitamente como propietarios
privados de esas cosas enajenables, enfrentándose, precisamente por eso, como
personas independientes entre sí. Tal relación de ajenidad recíproca, sin
embargo, no existe para los miembros de una entidad comunitaria de origen
natural... El intercambio de mercancías comienza donde terminan las entidades
comunitarias, en sus puntos de contacto...". MARX, K. "El
Capital..", Tomo I, pág. 107.
La
mercancía es un producto para el intercambio, pero su cambiabilidad es
aleatoria y condicional. Para que se lleve a efecto el cambio de una mercancía
es necesario que concurran las voluntades de dos dueños de mercancías, la de su
oferente y la de su demandante, decididos a actuar como vendedor y comprador,
respectivamente. Ambas voluntades, "autónomas", "libres" e
"iguales", se concretan en un contrato (informal o escrito) y se cierra
la transacción. Pero una de las dos decisiones está puesta en la naturaleza
misma de la mercancía, la cual nace como mercancía por la voluntad de su dueño
de desprenderse de ella a cambio de otra, y manifiesta esta decisión lanzándola
al mercado.
Es,
pues, una tautología decir que una mercancía está en oferta o en circulación,
porque de otro modo no sería una mercancía. (Y es absurdo hablar de una
mercancía en elaboración o de una vendida, porque en un caso no es aún
mercancía, en el otro no lo es ya). En la mercancía común o relativa no es
necesaria la conjunción de dos voluntades sino que basta el pronunciamiento de
una, pero esto no contradice la propiedad de la mercancía de ser sólo
condicionalmente cambiable, porque la condición es la voluntad del propietario
de su equivalente; éste, sin embargo, posee el poder absoluto de cambiar su
mercancía. Que se cambie o no, depende únicamente de él, de su voluntad
despótica. El equivalente mercantil o la cambiabilidad incondicional es entonces la negación del carácter mercantil de la
mercancía, negación que, sin embargo, proviene necesaria y exclusivamente de la
cambiabilidad condicional de la
mercancía relativa, y por tanto de su naturaleza mercantil. La mercancía es
desde el comienzo un ser contradictorio, su sistema se refuerza y desarrolla
por medio de su negación.
En el
límite al que tiende el sistema con arreglo a su ley se anulan las instancias
mediadoras y cabe preguntar si no se pudo prescindir de ellas desde el
comienzo, dejándolo todo como estaba (es decir, cual se encuentra en el Das
Kapital). La diferencia cuantitativa entre valor mercantil y valor ha
desaparecido, y el equivalente, según fuera singular o común, simple o
múltiple, particular o general, local o dinerario, es la medida
-correspondientemente singular o común, etc.- del valor mercantil. En
consecuencia, el dinero es (sin mediación) la medida general de los valores de
las mercancías. No se ignoran las articulaciones contingentes y fortuitas, pero
la atención se centra en las esenciales y necesarias. El valor de cambio
coincide con la relación de valor; el precio, nombre dinerario del valor de la
mercancía, es acorde con su medida universal e inmanente; los precios relativos
y los valores relativos de las mercancías son equiproporcionales. La expresión
mercantil del valor no es meramente expresión del valor mercantil sino que la
expresión del valor mercantil es inmediatamente
expresión del valor. En definitiva, ¿para qué añadir nuevas categorías, nuevos
nombres, nuevos calificativos? ¿Para qué una crítica que confirma los
fundamentos?
Pero
los fundamentos no se conservaron meramente sino que únicamente se pusieron como fundamentos, al determinar su
mediación. Se pudo haber prescindido desde el comienzo del valor mercantil si
el comienzo coincidiera con el principio, o no hubiera tal comienzo. Si el
problema de la teoría del valor fuera el equilibrio del sistema, y no su
estabilidad, ni, principalmente, su génesis y su historicidad. Si el de la
forma del valor se suscitara cuando el valor de cambio coincide con la igualdad
de valor y no cuando discrepan. O si la discrepancia se tuviera por accidental
y coyuntural, y no, como en Marx, por sistemática y estructural. Si la
expresión mercantil del valor fuera una expresión necesaria de la igualdad de
valor; si en suma, la mercancía no fuera mercancía, ni conllevara "su
desdoblamiento en mercancía y mercancía dineraria".
Se
trata, en definitiva, del capital. Por lo demás, en tanto la articulación del
sistema capitalista está mediada por el dinero, la estructura dineraria se
apoya en la unidad de las funciones dinerarias, y ésta a su vez reposa en la
función básica, la de ser medida general del valor mercantil, función primaria que proviene directamente de la génesis
del dinero.
*
Resumamos:
si la primera mercancía no sabe distinguir entre valor de cambio y valor, ni la
segunda entre valor de cambio y forma mercantil del valor, la versión que
ofrece Marx de la tercera es defectuosa porque no mantiene firme la distinción
entre valor de cambio y forma relativa del valor mercantil. Se confunde, y
considera el "valor de cambio como modo de expresión o forma de
manifestación necesaria del valor". La solución que nosotros exploramos es
hasta aquí únicamente un "desenvolvimiento necesario" del aporte de Marx,
quien descubre que la estructura específica del dinero no debe buscarse en el
dinero mismo, sino en su figura precursora, la forma más elemental y
"simple" en que se expresa el carácter de valor de una mercancía como
una cierta cantidad de otra mercancía. En efecto, la forma desarrollada y
consagrada del valor mercantil borra las huellas del proceso genético y oculta
la naturaleza específica de la estructura mercantil. Culminado el desarrollo de
la forma del valor, se configura un mercado en el que toda mercancía tiene precio;
entonces la exclusividad del equivalente dinerario torna irrelevante la
diferencia entre la expresión del valor mercantil y el valor mercantil como
relación extrínseca, de carácter transitivo, en la que la estructura polar que
encierra la negación parcial de la marcancía se recoge en las funciones
secundarias del dinero en cuanto medio de circulación y medio de pago. La
mediación se sumerge y desaparece del campo teórico, y quedan por un lado la
doctrina exotérica, por el otro la esotérica.
*
Tal lo
acontecido con la Economía Política después de la crítica marxiana. La
consciencia científica, invadida por la ideología, permaneció largamente en
estado larval, elaborando los elementos de una nueva síntesis. Entretando, el
capital, que es su objeto, vino experimentando la transformación más profunda.
"In the
summer of 1945 I began to write a sequel to «And Keep your Powder Dry»... But
when the atomic bombs exploded over Hiroshima and Nagasaki, I tore up the
manuscript... And no sentence written with that knowledge of man's new capacity
could be meshed into any sentence written the week before". Margaret
Mead.
¿Cambió
el capitalismo después de la primera publicación del "Das Kapital"?
¿De qué naturaleza es ese cambio, cuál es la diferencia inédita en la
estructura productiva que domina este siglo? ¿Qué nueva luz arroja la forma del
capital sobre los conceptos fundamentales de la Economía Política? ¿O, al
revés, qué comprensión original ofrecen los conceptos transformados, sobre el
pasado del capital? ¿Qué pistas surgen sobre las nuevas condiciones económicas
y políticas del cambio social? ¿Cómo debe razonarse hoy el destino de la
civilización capitalista y la perspectiva del socialismo? En particular, si el
"socialismo real", criatura del desarrollo capitalista
indiferenciado, sucumbió subsumido por el capital, ¿qué potencialidades de
cambio histórico encierra el capital tecnológico?
*
Hasta
aquí hemos argumentado que el carácter histórico específico de la mercancía no se circunscribe a la forma del valor
sino que compromete también el valor mismo. Y, más aún, que la forma
mercancía imprime su sello en todas las categorías económicas de la era del
capital.
Hemos
desarrollado el concepto de mercancía más allá de las distinciones recibidas:
valor de uso y valor de cambio (Smith), valor de cambio y valor (Ricardo), relación de valor y expresión de valor (Marx). El
resultado al que arribamos es que el momento genérico y el específico de la
mercancía, que determinan su historicidad, se reparten entre el valor de uso en
general y el valor de uso mercantil;
y entre el valor de la mercancía y su valor
mercantil.[130][1]
Ahora
nos proponemos identificar las nuevas estructuras del capital, y sus renovadas
exigencias sobre los conceptos elementales del valor mercantil.
Y,
puesto que la mercancía es, dice Marx, la forma más general del capital, de
esto se sigue, primero, que el capital participa del carácter históricamente
determinado de la mercancía; segundo, que ésta, por ser una categoría más
abstracta, es insensible a las modalidades singulares del capital y a las
estructuras características particulares de una u otra fase de su evolución. La
primera consecuencia es necesaria, y la segunda sólo es verdadera si la forma mercancía fue abstraída de
la figura más desarrollada del capital. Ahora bien, Marx investiga el
capital ante la perspectiva de una época particular de las configuraciones del
capitalismo. Incuestionablemente, la transformación del sistema ha proseguido
hasta nuestros días. ¿Es relevante ese cambio en la determinación del carácter
mercantil del capital? ¿Hasta qué punto conmueve los conceptos elementales de
la Economía Política? En otras palabras, en tanto forma general de un capital
más determinado, ¿es también la mercancía una configuración más concreta, aún
más marcadamente específica?
Para
responer a la pregunta, incluso para formularla, debemos caracterizar los
cambios significativos en la estructura del capital. Con ese propósito
bosquejamos una interpretación que, a manera de hipótesis, proporcione ese
marco.
Nuestra
respuesta será que, en tanto forma general de un capital más determinado,
también la mercancía es una configuración más concreta.
Se
perfila -rudimentariamente- una nueva síntesis de la Economía Política, desde
un ángulo nuevo: el reclamado por las transformaciones que sufrió el
capitalismo desde la muerte de Karl Marx, [131][2]las
cuales indudablemente ponen en tensión los fundamentos de la teoría del
capital.
Consideremos
el lado específicamente formal del desarrollo capitalista y comprobaremos que, en esta determinación, tal desarrollo
consiste en el proceso de diferenciación del capital.
Las
formas empíricas del capital son múltiples y diversas, pero se adscriben a las
tres categorías básicas: industrial, comercial, bancario (o "a
préstamo"). [132][1] Nos
ocupará la diferenciación del capital industrial, a partir de la etapa
del desarrollo caracterizada por el capital industrial que llamaremos no diferenciado.
Diremos
que el capital real es la
unidad de las tres formas. El capital industrial, entrelazado y mediado por el
capital formal, fundamenta esa unidad. Y comprenderemos en la designación de
capital formal a los
capitales comercial y financiero, debido a que su ciclo se encierra en la
esfera de la circulación, vale decir, de los cambios puramente formales
(mercancía común, activos líquidos; dinero, mercancía). La mercancía es siempre
(en su tercera figura) la forma general del capital. El capital comercial tiene
sucesivamente la forma de mercancía común y mercancía dineraria; el proceso
completo de este capital queda encerrado en el ciclo de las metamorfosis de la
mercancía, en el cual únicamente pone la nota escatológica, la diferencia de
finalidad, entre la circulación M-D-M, y la circulación D-M-D: en el primero,
señala Marx, la diferencia entre los extremos es cualitativa, en el segundo,
únicamente cuantitativa, y esta diferencia entre dos valores mercantiles es
propiamente el fruto del capital realizado, el plusvalor. En el capital a
préstamo, el capital presenta sucesivamente distintos grados de liquidez (p.
ej., dinero en efectivo, promesa de dinero), sin abandonar nunca la forma
general dineraria, de modo que está excluido de la figura de mercancía común,
pero en su forma de derecho (documentado) a dinero futuro es una mercancía, que
tiene como valor de uso el poder de devengar un interés para su titular, y como
valor mercantil su valor actual. [133][2]El
capital comercial se convierte en mercancía cuando abandona la forma dinero, en
tanto el capital financiero no reviste nunca la forma de mercancía pero cobra
carácter de mercancía en tanto es dinero (futuro). En suma, el capital
comercial, cuando no es dinero, es capital-mercancía, y el capital financiero,
cuando es dinero, es mercancía-capital.
Por su
parte, el ciclo del capital industrial comprende mutaciones tanto formales
cuanto técnico-materiales. Estas últimas revelan que se ha consumado la
"subsunción real del trabajo por el capital": el triunfo del capital
industrial es la conformación de la relación laboral y del proceso mismo
de trabajo productivo al concepto general de capital. Pero más
determinadamente, es la consumación del capital real y, por tanto, la
subsunción del capital por el capital.
El
capital comercial y el financiero, figuras "arcaicas" (mediadoras,
extrínsecas) del capital precapitalista, que durante siglos y siglos
contribuyeron a preparar el escenario para el alumbramiento del capitalismo (el
nexo mercantil es el único adecuado al primer sistema de la producción
abstracta objetivamente universal), componen la estructura moderna del capital formal.
Lejos de perder su autonomía y extinguirse, estas figuras del capital
reaparecen en escala inédita y con vigor inusitado, y participan de la nueva y
grandiosa configuración de la relación productiva; ahora como instancias
necesarias y figuras funcionales del capital reproductivo o real. Pero lo son
"para nosotros" -que elaboramos las enseñanzas recibidas de la
Economía Política (clásica) y de su crítica transformativa (marxiana)-; en su existencia aparente, los
tres tipos de capital representan papeles opuestos a las funciones que
desempeñan en la intimidad del proceso de producción de plusvalor: no hay tal
producción de plusvalor, ni son la ganancia industrial y comercial, la renta
capitalista de la tierra, el interés, etc., sus formas transfiguradas, sino que
las formas del plusvalor aparecen místicamente transpuestas como otras tantas
categorías irreflexivas de retribución "factorial". Y el fruto del
mero transcurso del tiempo, que brota naturalmente de la esencia misma del
capital, es el interés, y por eso el "capital que devenga interés" se
presenta como la figura antonomástica del capital, es inmediatamente esencia
objetivada, sustancia social general, hipostática.
Y lo
cierto es que este primer capital, primero en la fenomenología de la
consciencia social, y primero también en la cronología histórica, constituye la
forma incipiente o potencial o en sí del capital, y contiene la génesis del
capital industrial.
*
En el
primer sentido (el de la teodicea de la razón crítica que parte de las categorías
fetichizadas de la empiria mercantil), el capital comercial se presenta en la
figura del compraventero, el capital bancario en la del prestamista: ambos se
circunscriben a las metamorfosis sociales
del capital. [134][3]Y
también tiene aquí esa figura el capital en general. (La empresa industrial no
se distingue de la comercial: compra insumos y vende productos). Así,
precisamente, debemos tomarla: en el análisis del capital formal hacemos
abstracción de la actividad "productiva" que lleva a cabo, por ejemplo,
la casa de comercio que, para poner en venta su mercadería, debe extender y
completar el proceso técnico que la conforma en tanto valor de uso (transporte,
seguros, conservación, protección, fraccionamiento, publicidad).
Por su
parte, las determinaciones técnicas del capital industrial abarcan la totalidad
de la "división social del trabajo". (Comprende la
"producción": las industrias extractivas, las agrarias en el sentido
más amplio, las de elaboración industrial propiamente dicha, las de servicios
sin distinguir si el carácter útil de los mismos es de naturaleza específica o
genérica, y, en definitiva, la producción de plusvalor en sí en todas sus
modalidades técnicas). El capital industrial debe tomarse de modo igualmente
abstracto, en oposición al capital formal, el cual participa en la (hipotética)
igualación de las tasas de ganancia sin salir de la circulación, sin existir de
otro modo que como mercancía y mercancía realizada, o dinero. A su vez, el
capital de compraventa y el capital a interés tienen su realidad -como
necesariamente todo capital- en la producción, pero, en contraste con el
capital industrial, operan sin "producir", encerrados en el momento
puramente social de la producción que llamamos circulación y es la mutación
formal de los productos mercantiles. De ello no se sigue, ni mucho menos, que
el capital industrial, por contraponerse como capital real al capital formal,
rota enteramente en el otro polo, el de la "producción" de valor de
uso y plusvalor en sí, pues este proceso genérico del que está excluido el
capital formal sólo puede llevarse a cabo como función del capital si es
precedido, sucedido -y, en definitiva, presidido- por esos mismos cambios
formales: el capital industrial desempeña tanto sus funciones exclusivas como
las propias del capital formal. Esto explica en qué sentido la conformación del
capital real está fundamentada en el capital industrial: su realización es el
"en sí" del capital formal; aclara, asimismo, que la diferenciación formal
del capital no es una división social del trabajo productivo, y tampoco una
escisión de los dos procesos polarmente contrapuestos en la estructura del
capital: la producción de plusvalor en sus momentos genéricos (materiales y
sociales), y la circulación mercantil, sino única y exclusivamente una
determinación funcional en esta última.
*
En este
apartado se discuten someramente aspectos de la diferenciación formal del capital, [135][4]para
luego abordar su diferenciación real.
Al
igualarse -tendencialmente- las tasas medias de ganancia empresarial, la
cuantía de la ganancia de cada empresa es proporcional a su compromiso de
capital, sin que cuente en ello el carácter real o formal del capital, ni la
suma del capital adelantado (que es el producto del capital comprometido por su
velocidad de rotación). Cada capital (industrial o formal) se apropia de una
parte, proporcional a su tamaño, del agregado social de la ganancia, sin que en
ello intervenga su contribución al plusvalor. La alícuota conjunta de los
capitales industriales, los cuales encierran y explotan la totalidad del
trabajo creador de plusvalía, es independiente de este aporte.
El
capital formal encuentra su lugar en la estructura del capital real cuando su
apropiación de una parte de la plusvalía, que reduce por tanto -y pro tanto- la masa de la ganancia industrial, contribuye, sin embargo, a
aumentar significativamente la tasa
de ganancia de la empresa industrial mediante el aumento en la velocidad de
rotación y la consiguiente economía de capital. Ella compensa, en general, el
margen de comercio "c" que se deduce del plusvalor y reduce la masa
agregada de los beneficios industriales. Además de adelantar capital con los
retornos del capital circulante y con las amortizaciones del capital fijo, la empresa
industrial obtiene economías adicionales al diferir el retiro de ganancias, y
realiza operaciones financieras activas con los saldos ociosos. Dadas la tasa
de interés "r" y la cronoestructura
de las operaciones de compraventa, mediante una combinación óptima de
operaciones de crédito comercial y financiero, activas y pasivas
("leverage", "palanca") aumenta la velocidad de rotación
del capital, y -por ende-, a expensas de una porción de sus beneficios,
"maximiza" su tasa de ganancia industrial.
Con la
igualación del beneficio de cada unidad de capital, o de la unidad promedial en
cada rama, se consuma el divorcio entre las porciones aportada y apropiada.
Divorcio que es absoluto entre capital industrial y capital formal, y relativo,
o de grado, entre los propios capitales industriales: cada uno pesa
significativamente menos, o más, por su monto que por su aporte al plusvalor
global. Los precios-capital [136][5] que
igualan las tasas de ganancia de las empresas de capital no son proporcionales
a los valores de las mercancías respectivas. La transubstanciación de los
valores en precios-capital (por efectos cualitativamente determinados, v. gr.
alta "composición orgánica del capital" y prolongado período de
rotación, o por efectos discrepantes que se concilian en cronoestructuras
particulares), tienen a su cargo la articulación del sistema productivo (como
unidad procesual de una totalidad diferenciada mediada por el valor mercantil
y) fundada en el valor.
Cuando
el capitalista lanza al mercado su capital mercancía y obtiene por él el
precio-capital, se ha consagrado el capital como capital, se ha realizado como
medio de apropiación de plusvalor-mercantil mediante la producción de
plusvalor; en suma, ha funcionado como capital industrial. La nivelación de las
tasas de ganancia desplazó el centro gravitatorio del sistema, desde la
equiproporcionalidad entre precios relativos y los correspondientes valores
relativos y, por ende, la igualación de valores y valores mercantiles, hasta la
determinación de los precios-capital que igualan las tasas de ganancia. Pero,
en la empresa industrial, el obrero trabaja para su patrón y produce un
plusvalor y merced a la relación salarial el capitalista ha convertido su
patrimonio en valor mercantil expansivo, o en capital. El divorcio entre la
producción de plusvalor y la apropiación de plusvalor es completo para el
capital promedial de la rama industrial, pero no lo es para cada capital
singular, porque cada fabricante capitalista se apropia del plusvalor que la
unidad de su capital produce por encima del producto de plusvalor promedio de
la rama, de modo que la discrepancia cuantitativa entre los valores promediales
producidos y apropiados, lejos de atenuar la condición de que todo capital sólo
es medio de apropiación de plusvalor en la medida en que es un medio de
explotación del trabajo productivo, y, por ende, lejos de aliviarle de la
imperiosa necesidad que le compele a "optimizar" la explotación, su
quintaesencia, es un nuevo acicate que le compele a trasponer todo límite.
*
Elimínese
el capital y no la mercancía, y de la mercancía resurgirá, inevitablemente, el
capital. Tal es, en síntesis, la verdad del capital no diferenciado.[137][6]
La
mercancía es la figura histórica precursora del capital y encierra la génesis
del capital entendido como concepto, pero el capital, al reproducirse
necesariamente como mercancía, reproduce la mercancía, capital incipiente. Pero
ahora la mercancía es la abstracción del capital: la estructura social de
clases del régimen capitalista de producción queda como una configuración
interna de la mercancía, y esta abstracción es la primera forma fenomenológica
del concepto.
La
contraposición entre el trabajador y el capital pertenece a la estructura misma
de la mercancía (antes de ser una existencia exterior). Es otro desdoblamiento
más del hombre mercantil; él es, por un lado trabajador, por otro vendedor y
comprador. En tanto trabajador se comporta en unidad con sus expectativas de
mercader, especializándose con arreglo a sus ventajas comparativas; en tanto
capitalista, tiene mando directo sobre un trabajo subjetivamente indiferente,
subordinado como un puro medio a una finalidad abstracta. En esa unidad
escindida el productor de mercancía simple prefigura -por cierto que de modo
germinal- la doble transición, de la (tercera) mercancía al capital formal
(comercial, o a compraventa; financiero, o a préstamo) y de éste al capital
industrial. La primera transición no es más que la proyección del
desdoblamiento esencial del homo mercator individual en una relación social
externa entre el trabajador y el comerciante (como sistema domiciliario,
"putting-out system", "trabajo para afuera"). Empero,
precisamente porque esa relación es exterior, el capital comercial
precapitalista no retorna a la unidad primordial de la mercancía simple, no es,
por ende, del todo acorde con el concepto mismo de la mercancía -ni, a
fortiori, con el suyo propio-, que sólo se realizará (desarrollándose hasta su
límite) en el capital industrial.
*
Ahora
la mercancía es capital; el hombre mercantil es, como antes, dueño de
mercancías, y éstas, también como antes, son su atributo social individual,
pero él ha dejado de ser sujeto de su predicado, y sus apetencias múltiples
(saciables) se han reducido a una apetencia abstracta (insaciable); y el
capital mismo, animado por una vida social autónoma, se ha constituído como una
persona jurídica distinta de su dueño. El individuo autónomo es propiamente la
empresa de capital que, conforme a su concepto, se entregará a una actividad
incesante, y nos ofrece la versión verdadera del falso "cálculo
felicitario" benthamita: la finalidad suprema de la gestión del capital no
es la "utilidad" del consumidor sino las "utilidades" de la
empresa.
Pero,
si la mercancía es capital en sí y el capital mercancía para sí, es únicamente
debido a su común dimensión genérica
que tanto en la reproducción del capital abstracto que es la mercancía, como en
la reproducción de la mercancía concreta que es el capital, el valor del
producto es el producto de valor más el valor conservado de los medios de
producción. Solamente porque la función de conservar valor es propia del
trabajo que produce valor en
general, lo es también del trabajo que produce valor general o valor social mediado por el valor mercantil. Marx
analiza esta función del trabajo al explicar el proceso de valorización del
capital (aunque la menciona sólo indirectamente al exponer la forma del valor).
El trabajo conserva valor a la vez que lo crea: la reducción de los trabajos
individuales diferentes a trabajo social indistinto representado en el valor no
reconoce las secuencias de los trabajos individuales ni, de suyo, el grado de
integración ("vertical") del último productor; los productos valen
porque -en tanto y en cuanto- son reproducibles. La capacidad humana de crear
valor es genérica, y en el trabajo que crea valor se pueden distinguir las tres
funciones que analiza Marx: la de dar forma material al producto, la de crear
valor, y la de conservarlo. Ninguna de ellas es específicamente mercantil, sino
que lo propio y específico de la estructura mercantil es que la doble
transformación: del producto individual en producto social, del trabajo
individual en trabajo social, está mediada
por el valor mercantil. Los diversos trabajos se representan como valor
porque cobran materialidad en el producto en la forma de valores mercantiles,
aunque la cuantía del valor mercantil no coincide inmediatamente con el valor
del producto en el que se encarna. Hasta aquí el capital no introduce ninguna
nueva determinación en la mercancía. Pero la diferencia -explica Marx- entre la
producción de mercancías en general y la producción de capital-mercancía, es
que en la mercancía simple el valor mercantil y su forma de cambiabilidad
absoluta es un medio de cambio, mientras en el capital es (también y
principalmente, sin que esto de suyo afecte su naturaleza dineraria) un medio
de valorización.
El
capitalista, prosigue, compra la mercancía "fuerza de trabajo" y
adquiere el derecho a disponer de su valor de uso; lo que es lo mismo, a
dirigir y supervisar al trabajador durante las jornadas de trabajo comprendidas
en el lapso pactado. Debe hacerse hincapie, arguye, en que no ha comprado trabajo ni, ciertamente, la
persona del trabajador, sino que éste, como todo vendedor, no transfiere al
comprador la mercancía como tal, sino su valor de uso; puesto que ha vendido su
propia capacidad de trabajo, sólo puede entregarla efectivamente a su comprador
separándola de su persona; pero esto no es todo: [138][7]debe
trabajo a su patrón, obediencia a sus órdenes, acatamiento a su autoridad.
Vióse en la necesidad de entrar en este trato porque carece de las condiciones
materiales y sociales de su propio trabajo, de modo que someterse a la
explotación de un capitalista a cambio de un salario es la condición de su
supervivencia. El capitalista paga con una parte del fruto de valor de este
trabajo el salario del hombre o la mujer que lo lleva a cabo.
Sus
apólogos le atribuyen una noble vocación de "sacrificio", ya que,
dicen, debe posponer el disfrute de su patrimonio para invertirlo
productivamente y así dar ocupación a hombres y mujeres que no han cultivado
como él el ahorro, suprema virtud. La forma objetiva de la tasa de ganancia
empresaria, resultado del ejercicio anual y expresión de la finalidad
empresaria suprema, presenta las "utilidades" como la cuantía del
valor apropiado por unidad de capital comprometido. La ficción de una tasa de
ganancia finita le brinda un aspecto "natural". Esconde una verdad, y
es que el capitalista (incluso si es dueño del capital) nada sacrifica, ya que
todo su capital proviene del plusvalor: su tasa de valorización (sobre
cualquier patrimonio inicial) es tan grande como se quiera con sólo tomar un
plazo suficientemente prolongado. Pero esa razón infinita posee una expresión
práctica, objetiva y universal
al referirse a un lapso finito, el período de registro convencional, v. gr. el
año calendario. La forma (tasa de) ganancia, expresión del valor capital por
unidad de valor mercantil, es, pues, la medida del capital en tanto éste es lo
que es: sustancia social incremental. La igualación tendencial de las tasas de
ganancia en las diversas ramas en las que se reproduce formalmente el capital
es a la vez la tendencia hacia una estructura proporcional determinada en la
totalidad concreta de la producción. Todas las generalizaciones sintéticas y
universales de la Economía Política, que tratan de la articulación del sistema
como un todo ("proportionate production"), se basan en esta premisa.
Empero, suele considerarse un avance hacia un mayor realismo el análisis de los
obstáculos que se interponen a la igualación de la tasa de ganancia; es decir,
de las transgresiones a la ley.
La
"nivelación" se refiere al sistema como totalidad. Es compatible con
la diferencia estable en las tasas de ganancia dentro de los subsistemas de capital no diferenciado
dominados por relaciones directas de acumulación. [139][8]Las
empresas dotadas de una "fuerza de acumulación" superior se apropian
de una porción del plusvalor mercantil producido por el subsistema,
significativamente mayor que su aporte proporcional al capital del mismo
subsistema; tales empresas controlan (dado su mayor poder para fijar los
precios o, si el gobierno fija precios mínimos, la calificación del producto,
los plazos de entrega y cancelación y otras condiciones del crédito comercial,
el suministro de insumos críticos) las circunstancias de operación y por ende
la tasa de acumulación de las restantes empresas; en el límite, una porción
significativa del capital rota en el subsistema pero no es capital para sus propietarios. Ahora bien: en un
subsistema de esta naturaleza la tasa media de beneficio empresarial es un
promedio extrínseco. No ha cobrado
objetividad una tasa de ganancia media en el subsistema; las relaciones
directas de acumulación entre empresas de capital no diferenciado prefiguran
(únicamente prefiguran) la estructura del capital diferenciado.
La
diferenciación del capital levanta nuevas trabas a la entrada de competidores
en ramas de alta rentabilidad, barreras específicamente discriminativas con
respecto al tipo de empresa involucrada. Tales impedimentos, pari passu con el
desarrollo de la producción capitalista, se vuelven cada día más formidables,
pero es una tautología decir que los obstáculos a la competencia se deben a la
concentración y centralización del capital; incluso autores críticos se
confunden y atribuyen las nuevas estructuras a las formas de mercado
("monopoly capital", expresión acuñada por Baran y Sweezy) en lugar
de, por el contrario, comprender las formas de oligopolio en función de las
estructuras de la acumulación.
La
distinción entre tipos de obstáculos a la entrada de capitales en una rama o
subsistema territorial según tales impedimentos sean de orden político, social
o económico, corresponde a la estructura específica del capital. Cuando Smith
refuta la identidad, sostenida por Hobbes, entre Poder y Riqueza,
contraponiéndole una negación igualmente unilateral, anticipa la doctrina del
materialismo histórico vulgar que consiste en desconocer el carácter histórico
de la escisión de la sociedad en sociedad civil y Estado (moderno). En los
"monopolios políticos" (contra los cuales razona la Economía Política
clásica) el poder político es una finalidad de la riqueza, y no, todavía, una
mediación del capital. El capital mismo es, según su naturaleza, un sistema de
exclusividad social, pues tiene como premisa su propio dominio sobre los
obreros y excluye el control de la empresa por sus trabajadores (Marglin) y, en
principio, su posesión de capital.
Un
propietario de capital puede no ser un capitalista substantivo, y un
capitalista substantivo puede no ser propietario de capital. [140][9]No es
aquí la propiedad del capital, ni tampoco su personificación, el rasgo
definitorio del capitalisita substantivo, sino que su persona es aquella para quien el capital es capital. En la
época (ya fenecida) del capital industrial indiferenciado, el burgués es el
arquetipo del capitalista substantivo (al punto que Marx usa todavía indistintamente
las locuciones "régimen burgués" y "sistema capitalista" de
producción); se aprecia hasta qué punto ha sido dramática la transformación
ocurrida desde entonces en la estructura de la clase capitalista si se observa
que la figura del burgués fue reemplazada, donde verdaderamente importa: en los
puestos de alta dirección y de mando superior, por la cúpula jerárquica de un
capitalista colectivo complejo. No menos profunda es la transformación de la
clase obrera, el resultado sin duda más trascendente de la diferenciación real
del capital.
La
diferenciación del capital real tiene como antecedente y premisa la diferencia
de grados verificada en la estructura del capital industrial no diferenciado;
una ilustración de esta diferencia, precursora de la diferenciación real, es la
necesidad de una escala mínima de inversión para el ingreso en ciertas ramas de
la producción, inalcanzable para ciertas empresas. La naturaleza de este
obstáculo discriminatorio cambia con las fases del desarrollo de la producción
capitalista. Cuando, con el desarrollo del sistema dinerario basado en el
crédito, y, correlativamente, del capital accionario, la concentración de
activos capitalizables es absorbida por la centralización del capital, se
acentúa la jerarquización del capitalista colectivo, [141][10]y se
institucionaliza el disciplinamiento de las sociedades de capital subordinadas,
el viejo poder del "capital financiero" (en el sentido de Rudolf
Hilferding, que subrayaba el poder de los bancos sobre la industria) se
reproduce en la nueva estructura del capital diferenciado; por más que el
capital, en un todo de acuerdo con su concepto, se relanza iterativamente donde
su "alta gerencia" espera una tasa de beneficio extraordinaria, este
comportamiento universal de todo capitalista no asegura ya la "tendencia a
la igualación de las tasas de ganancia".
Si la
nivelación de las tasas de ganancia de las empresas está impedida en
determinadas ocasiones por obstáculos (distintos de barreras friccionales o
circunstanciales) a la entrada de unas empresas en ramas de alta rentabilidad
ya dominadas por otras empresas, esto no quiere decir que, al revés, la barrera
a la entrada sea por sí misma, y necesariamente, una traba a la nivelación de
las tasas de ganancia, sino que el valor mercantil de las empresas protegidas
de la competencia está igualmente protegido de la acción reguladora del valor
(transformado); de hecho, si las empresas utilizan su poder monopólico para
elevar los precios mediante la restricción de la oferta, el valor mercantil de
estas mercancías queda divorciado de su valor. A la par de este divorcio, se
produce otro entre el valor del capital y su valor-capital, ya que éste se
incrementa con un valor mercantil que proviene de la capitalización del
beneficio extraordinario esperado, el cual se incorpora al patrimonio de la
empresa individual y, por ende, al denominador de su tasa de ganancia. [142][11]Se
habilita asimismo un circulo virtuoso para el capital; la posibilidad cierta de
un beneficio extraordinario ofrece posibilidades aún mayores de aumentar la
tasa de ganancia sobre el capital propio por medio de la incorporación de
capitales ajenos con limitado poder de reclamo sobre una parte alícuota de los
beneficios totales del grupo empresario, que se constituye, así, como una
empinada jerarquía de socios desiguales.
Puede
ocurrir que "nuevas" empresas de capital se vean impedidas de entrar
en ramas donde otras empresas dominan una
condición de trabajo no reproducible, o no "multiplicable", como
por ejemplo yacimientos minerales, pesquerías, campos de cultivo. El valor
ficticio de este capital cobrará forma mercantil como precio de una porción de
tierra; no sólo se consumará el divorcio cuantitativo entre el valor y el valor
mercantil de mercancías que no son reproducibles en la escala en que las demandaría el mercado si sus precios fueran
acordes con sus respectivos valores (y en el plazo requerido para el
ajuste de la cantidad ofrecida), sino que habrá un divorcio cualitativo
absoluto: por un lado, el valor mercantil de estos recursos carentes de valor
quedará determinado (con arreglo a la doctrina clásica) por la cuantía absoluta
de la ganancia extraordinaria esperada, actualizada a la tasa de interés
relevante y modificada circunstancialmente, en más o en menos, por las condiciones
globales y locales del mercado de derechos sobre tierras, minas, pesquerías,
etc. Por otro lado, en la medida en que no se utilicen insumos reproducibles,
los frutos de estos yacimientos tendrán un valor mercantil puro, como el de una
ración de agua del manantial de Cournot. [143][12]Lo
mismo ocurre con el valor mercantil de una mercancía producida por un
capitalista que posee el dominio exclusivo de una condición de trabajo no
reproducible.
*
También
las empresas dominantes en la estructura del capital no diferenciado procuran
poner "obstáculos a la entrada de competidores", para proteger cotos
exclusivos donde sólo ellas se apropian de ganancias extraordinarias. Debido a
que en los respectivos subsistemas de capital no diferenciado estas empresas
son las que poseen mayor tamaño y poder sobre los mercados, es fácil engañarse
y creer que su mayor "fuerza de acumulación" proviene originalmente
de su mayor disponibilidad de capital y su consiguiente poder monopsónico y/o
monopólico, cuando, por el contrario, la disparidad de tamaño y la forma de
mercado son expresiones de la estructura del capital. El subsistema de capital
indiferenciado no contiene la transición al capital diferenciado, aunque en él
se consuma tempranamente la subsunción del capital industrial por el capital
industrial, configurándose una estructura polar en la que el capital (en sí) de
la empresa subyugada es capital para la empresa subyugadora, preparándose así
las condiciones secundarias y las señales manifiestas del capital diferenciado.
El cambio, empero, no adviene de las relaciones directas de acumulación, sino
que la mutación intrínseca parece imponérsele al subsistema de capital
indiferenciado de modo extrínseco [144][13] e
incluso catastrófico, muchas veces luego de una decadencia agónica. Lo cierto
es que la disolución de los subsistemas del capital indiferenciado es a la par
premisa y resultado de la diferenciación del capital.
*
La
innovación es una condición de trabajo no reproducible; no de trabajo en
general, sino de un trabajo que deviene fuente de ganancias extraordinarias
para el capital que participa del privilegio del innovador. El beneficio
extraordinario es el mismo aunque varíe la naturaleza de la innovación, [145][14]ya se
trate de un nuevo proceso o de un nuevo producto; en el primer caso el valor
unitario individual del producto es inferior a su valor y permanece así por más
que el valor mercantil se comporte con arreglo a la ley, y, en el segundo, el
valor mercantil se mantiene elevado por encima del valor mediante el monopolio.
Mientras el innovador domina con exclusividad la condición privilegiada y
únicamente mientras logre impedir que la ley del valor opere plenamente a
través de la competencia, su capital se torna extraordinariamente potente como medio de apropiación de
plusvalor mercantil. Su poder sobre otros capitales no brota de características
sobrenaturales de las fuerza de trabajo que adquiere sino que este capital, por
su relación con otros capitales, moviliza trabajo dotándolo de una capacidad extraordinaria
basada en el primer caso en la elevación de la tasa de plusvalía individual por encima de la social, y en ambos
en la obtención de una tasa de plusvalor mercantil
extraordinaria. El pago de bajos salarios relativos es compatible con el pago de
salarios relativamente altos. En un caso, la tasa de ganancia extraordinaria
tiene su fundamento en la tasa de plusvalía incrementada, en el otro, la tasa
extraordinaria de plusvalor mercantil es consecuencia de la alta tasa de
ganancia. En el primero, este proceso laboral produce más valor por unidad de
tiempo que el trabajo social promedial; en el segundo, es un medio por el que
el capital puede apropiarse de una porción de valor mercantil
significativamente mayor que su aporte a la creación de valor.
No
importa al propósito capitalista de la innovación que ésta consista en la
aplicación original de una nueva técnica para abaratar una mercancía,
mejorarla, u ofrecer otra cualitativamente novedosa: debe brindarle una fuente
privilegiada de "fuerza de acumulación", una capacidad extraordinaria
de competir. El privilegio mismo del innovador depende de las dificultades que
encuentren los potenciales imitadores, o las que él mismo pueda imponerles, y,
llegado el caso, de su capacidad de controlar las adopciones, beneficiándose
del proceso de difusión de su técnica. A medida que la competencia capitalista
pone al rojo vivo la competencia innovativa, [146][15]la
principal amenaza contra el privilegio del innovador no proviene tanto de
posibles imitadores como de innovadores rivales. Cabe que, anticipándose a este
peligro, el innovador pueda potenciar su carácter de innovador, sacar ventaja
de la ventaja lograda, conservar la delantera. Si, presentándosele esta
oportunidad, procura denodadamente hacerla efectiva, y no ceja en su esfuerzo
innovativo, que deviene permanente, contribuirá sin saberlo y sin proponérselo
a un cambio irreversible en la naturaleza del capital.
La
interpretación que proponemos es que la estructura del capital que estudia Marx
corresponde a la etapa del desarrollo capitalista caracterizada por el
predominio del capital industrial que llamamos no diferenciado. [147][16]En esta
estructura particular, la naturaleza del capital se pone de manifiesto en el
despliegue impetuoso del desarrollo tecnológico y la innovación técnica. Por un
lado, Marx pone el progreso técnico decididamente en el centro del escenario
capitalista; su magistral análisis de las tendencias que operan sobre la tasa
media de ganancia es una demostración por demás elocuente de que el capitalismo
gira en torno de la innovación técnica, desde su modo de funcionamiento hasta
su misión histórica; la "ley general de la acumulación capitalista",
por la que la tasa de ganancia tiende a caer debido al aumento secular de la composición
orgánica del capital, expresión a su vez de los cambios en su composición
técnica y, más esencialmente, de su composición de valor, se contrapone a
tendencias que la contrarrestan -y eventualmente, hay que añadir, prevalecen
sobre ella-, como la reducción en el valor de los elementos del capital
constante, el abaratamiento de los "wage goods" -que torna compatible
un menor valor de la fuerza de trabajo con un mayor salario real-, y el aumento
en la velocidad de rotación del capital.
Pero,
por otro lado, el mismo proceso de innovación que está en el centro de su
atención cuando analiza la tendencia de la tasa media de ganancia (y
consiguientemente, en general, de la tasa de acumulación), y, por ende, cuando
investiga las grandes transformaciones que acompañan el aumento en la escala de
reproducción del capital, [148][17]es
soslayado cuando se trata de la formación y objetivación de la misma tasa media
de ganancia. Y, precisamente, nuestro interés se centra ahora en el
comportamiento de ciertas diferencias en las tasas de ganancia.
La
innovación es, de suyo, un obstáculo para la igualación de las tasas de
ganancia asequibles a las empresas de capital. Pero en el marco del capital no
diferenciado este impedimento es accidental y temporario. Es aleatorio, ya que
cada empresa de capital tiene en abstracto la misma probabilidad de adquirir el
privilegio de la innovación. Y es temporario, pues el innovador, tarde o
temprano, deberá resignarse a perder su privilegio, sea porque no pudo impedir
la entrada de imitadores u oferentes de suscedáneos próximos, sea porque él
mismo organizó el negocio de la difusión controlada y pudo resarcirse
cobrándoles un peaje a las empresas adoptadoras, un cánon por derechos cedidos,
una tarifa por servicios de apoyo, jugando él el papel de licenciador, y los
adoptadores el de clientes y licenciatarios de contratos de
"tecnología".
La
primera valla que procura interponer el innovador ante sus competidores es
-como siempre- el celosísimo ocultamiento de los detalles medulares de su invento.
Si alguna vez cada artesano debió ser fiel custodio de los secretos del oficio,
la amenaza no provenía de sus compañeros, sino de rivales no vinculados,
extraños a la hermandad, mientras la corporación misma estaba resguardada por
el juramento solemne de los cofrades, los ritos de iniciación, los severos
reglamentos gremiales, temibles penalidades; el capitalista moderno no está
menos ansioso que sus antecesores corporativos por ocultar al mundo el misterio
de su poder, pero la ajenidad para él comprende antes que nada a sus propios
colegas, y la defección de sus socios, la traición de sus colaboradores, los
artilugios de sus competidores y las asechanzas de enemigos ocultos son otras
tantas pesadillas siempre vigentes. Empero, mientras logre conjurarlas,
cualquier posible imitador enfrenta dificultades considerables; si no logra la
posesión del ansiado secreto por la fuerza o el engaño, debería reproducir la
técnica (que no es igual que "reproducir" la innovación). Por eso, en
la época del capital no diferenciado, la difusión por imitación es muy lenta y
azarosa, y ocurre por la migración de gentes con oficio. Marx describe la
transformación de la manufactura en gran industria; ésta se apodera de la rama
que produce medios de trabajo y revoluciona el sistema de innovación,
acelerando colosalmente la difusión de nuevas técnicas y extendiéndola
velozmente a los confines del mundo. La difusión por imitación no ha de
desaparecer por completo, pero las olas de adopción cobran un ritmo vertiginoso
y un alcance ecuménico al incorporarse técnicas de trabajo avanzadas a nuevas
máquinas e instalaciones fabriles mediante las características de diseño de los
equipos de último modelo. Es lógico entonces que la Economía Política, así como
disecó la coyuntura del mercado apartándola analíticamente para formular la ley
universal del valor, prescinda igualmente del obstáculo que la innovación pone
a la nivelación de las tasas de ganancia, cuando formula las leyes generales
del sistema, incluso cuando expone críticamente la retransformación de la ley
del valor mercantil en el medio más determinado del capital. La unidad de la teoría se sostiene sobre
esta abstracción.[149][18]
Por el
contrario, no se justifica dejar fuera de la escena el privilegio del innovador
si este privilegio se renueva sin cesar. Cierto es que -felizmente- ningún
individuo puede privar para siempre a sus semejantes de un secreto decisivo
para el avance del proceso técnico del trabajo, sus condiciones y sus frutos.
Si así lo lograran los innovadores, el sistema de producción de mercancías se
parecería más a un cuadro de Antoine Agustin Cournot que a uno de David
Ricardo, más a un Patinkin que a un Marx.
La
labor de desarrollo de nuevas técnicas es completamente estéril en cuanto
trabajo creador de valor y -a fortiori- de plusvalor, porque su fruto es
irreproducible. Empero, constituye una condición que confiere al trabajo
directamente mediado por ella, y al capital que se apropia de él, una capacidad
extraordinaria, privativa y excluyente, de producir valor diferencial (por la
que le es dada, en otras palabras, la producción relativa de plusvalor), y, por
ese arbitrio y otros, como la elevación monopólica temporaria del valor
mercantil sobre el valor-capital de las mercancías producidas, en un medio extraordinariamente
poderoso de valorización del capital individual. Esto último es lo que interesa
a la firma propietaria. Puesto que cada innovación es singular e
irreproducible, el privilegio del innovador sólo puede reproducirse mediante
nuevas innovaciones. Cada innovación, tarde o temprano, ineluctablemente, se
desvanece. Mas quédale al innovador la posibilidad lógica de renovar la ventaja
que su innovación le brinda, mediante su reemplazo intermitente y oportuno;
precisamente este comportamiento es el que transformará las estructuras del
capital. El innovador puede prolongar su privilegio y reproducir el
poder de valorización relativa de su capital dedicando una parte de éste a
producir un nuevo bien de la misma naturaleza; un producto, sin embargo, no reproducible,
e igualmente perecedero... Que deberá, por tanto, al cabo de un tiempo,
reemplazar por otro. A diferencia de cualquier otro bien reproducible, que sólo
puede reponerse por la repetición del mismo proceso de trabajo y la obtención
de un producto cualitativamente idéntico al anterior, el privilegio del
innovador sólo puede reproducirse por medio de un trabajo original que arroja
un fruto inédito. [150][19]Esta
parte de su patrimonio y actividad que las empresas innovadoras dedicarán a
reproducir sistemáticamente otras tantas capacidades productivas
extraordinarias, cobrará gradualmente autonomía como un nuevo tipo de capital,
destinado a transformar el sistema capitalista tanto o más profundamente que,
en su momento, hacia fines del siglo XVIII, el capital industrial
indiferenciado.
Bosquejaremos
a grandes rasgos las consecuencias de esta transición en la estructura
económica, para luego retomar el análisis de la mercancía en la perspectiva del
capital tecnológico.
El
capital industrial ahora se ha diferenciado escindiéndose en capital
reducido simple y capital tecnológicamente potenciado, o relativo. Son
idénticos en su carácter de capital, pues son otros tantos instrumentos de
apropiación de plusvalor; valor procesual autónomo, valor que se valoriza.
También son idénticos en cuanto capital industrial: en ambos la apropiación de
las capacidades productivas de sus trabajadores -proletarios y no proletarios-
es la base para realizarse como capital. Son empero dos formas contrapuestas,
recíprocamente mediadas: cada una es porque y en tanto la otra es.
También
en la época del capital industrial indiferenciado se presentó por doquier y con
harta frecuencia la escisión del capital en capital potenciado y capital
reducido. Pero, la configuración de subsistemas de capital no diferenciado era
allí una circunstancia extrínseca, accidental, contradictoria con la
equipotencialidad inmanente al capital, y francamente transgresiva de la
premisa jurídica de igualdad de las partes, esencial al contrato mercantil.
Ahora, la diferenciación del capital ha puesto la dualidad como inmanente a la
producción, confiriéndole a ésta una estructura polarizada. El privilegio del
innovador ha perdido su carácter de circunstancia contingente, fortuita y
temporaria, con la aparición y el creciente predominio de empresas
especializadas en explotar sus ventajas y renovarlas sistemáticamente, con un
horizonte de planeamiento iterativo. En un polo, el capital tecnológicamente potenciado
ha creado una nueva fuente de potenciación y tiende gradualmente a neutralizar
o a subsimir las fuentes primitivas
de potenciación del capital, con exclusividad.
La
potenciación tecnológica del capital de unas empresas reduce masivamente el capital
de todas las restantes, determinándolas como empresas de capital simple. Los
privilegios que eventualmente favorecen a ciertos capitales a expensas de otros
son gradualmente eliminados, encerrados en ciertos bolsones de resistencia, en
nichos desdeñados o tolerados por inversores más poderosos, o, finalmente, son
subsumidos en la nueva estructura jerárquica del capital. Las empresas de
capital reducido que todavía conservan los caracteres arcaicos del capital no
diferenciado, sobreviven, en ocasiones con asombrosa tenacidad, al borde de la
extinción. En cambio, las empresas adaptadas al papel de complemento específico
y especializado del capital dominante, operan en nichos definidos comprendidos
en subsistemas capital diferenciado, regulados por empresas dominantes, de
capital tecnológicamente potenciado. El proceso secular de reducción del
capital se consuma en la empresa productiva especializada que ha perdido por
completo la capacidad de innovar y, en virtud de esa pérdida, ha cobrado la
forma específica del capital diferenciado simple.
La
diferenciación del capital no ha eliminado, ni mucho menos, la competencia
entre empresas de capital; el frente decisivo de rivalidad, en ambos polos, es
el duelo en el que unas empresas disputan a otras los mayores grados de
potenciación, y procuran la reducción de sus competidores. Pero en el polo del
capital potenciado esta competencia es de carácter tecnológico y se concreta en
la configuración y reconfiguración de subsistemas dominados. En el extremo del
capital diferenciado simple, el tuétano de la estrategia competitiva de la
empresa individual es la adopción oportuna y, en general, temprana, de técnicas
avanzadas.
Ahora
el capital alcanzó su forma conceptual madura, y remite a sí mismo como
contraconcepto. Se comprenderá mejor esta estructura esencialmente polar
con una representación más concreta de sus principales diferenciaciones
secundarias. Distinguimos cuatro tipos de empresa de capital industrial, que
designamos con números romanos y llamamos:
I. Empresas de capital industrial indiferenciado.
II. Empresas de capital diferenciado reducido, o
simple.
III. Empresa de capital tecnológicamente
potenciado, o complejo, o relativo.
IV. Empresa de capital tecnológico.
Los
tipos II y III representan, respectivamente, el capital reducido y el capital
potenciado. Pero, esencialmente, la estructura del capital diferenciado
-abstracción hecha de sus mediaciones intrincadas y mutantes, a cargo
principalmente de la empresa de tipo III- consta de firmas de tipo II y de tipo
IV.
I.
Empresas de capital industrial indiferenciado.
Es la
sobreviviente de la estructura indiferenciada del capitalismo decimonónico. Su
estructura interna funcional es igualmente indiferenciada: al frente de la
firma permanece el padre o abuelo fundador, auténtico descendiente por vía
directa del burgués; está a cargo de todo, es la personificación personalizada del capital en
todas sus relaciones: los nexos de "affectio societatis", teñidos de
paternalismo o nepotismo, el ejercicio de autoridad sobre los
"dependientes", los vínculos de clientela con compradores y
proveedores, los derechos contra deudores y las responsabilidades y
obligaciones ante acreedores, las negociaciones, las transacciones de
compraventa, el mando y el control sobre empleados y operarios (con quienes
acaso comparte algunas tareas). La empresa industrial arcaica conserva la
capacidad latente de innovar e intermitentemente adapta y readapta con
procedimientos empíricos sus prácticas y rutinas técnicas.
II.
Empresas de capital diferenciado reducido, o simple.
Se ha
"tecnificado" y se mantiene actualizada en una malla de relaciones
tecnológicas, al ritmo que le impone la competencia, y ha perdido la autonomía
técnica empírica característica de la empresa tipo I. Tiene, sin embargo, por
encima de ésta, una capacidad competitiva superior, y tiende a desplazar a sus
competidores no diferenciados. El abuelo fundador ha desaparecido (o refunfuña
en un rincón); sus funciones ejecutivas son desempeñadas por un "staff"
de gerentes y técnicos profesionales, y hay un organigrama formal. La firma es
-característicamente- licenciataria de "tecnología".
La
metamorfosis del tipo I al II es posible, pero extremadamente difícil; la
transformación exitosa es rara, y cuando se logra está casi siempre asociada al
cambio generacional o al "take over".
La
pérdida de autonomía técnica de la empresa por la que su capital se reduce y
deviene capital diferenciado simple, es la prolongación del mismo desarrollo
por el que primero el capital no diferenciado subsumió el trabajo del
trabajador carente de medios materiales, le despojó de su oficio, se apoderó de su mismísimo vínculo
productivo, y secuestró las capacidades esenciales de la sociedad
humana: la de mantener y adaptar las técnicas productivas y -principalmente- la
de crear otras nuevas. Pero el desenlace de ese proceso en el desarrollo del
capital es que unas pocas empresas centralizan un subsistema porque dominan con
exclusividad el poder de innovación a expensas de miríadas de empresas de
capital simple, que han perdido la autonomía técnica. Es una negación
parcial de su naturaleza capitalista e incluso mercantil -se desvanece el
momento esencial de la independencia de los "productores privados e
independientes"-, pero tal menoscabo no atenúa el carácter brutalmente
compulsivo de la producción de plusvalor por la empresa de capital de tipo II
sino que, bien lejos de ello, lo exacerba hasta romper una tras otra las
barreras que, erigidas en la fase del capitalismo no diferenciado, parecían
conquistas definitivas de la civilización.
Las
doctrinas y tradiciones del socialismo se formaron en la perspectiva del
capital no diferenciado, y plasmaron en fórmulas económicas marcadas por una
fase particular del desarrollo de esa estructura, la caracterizada por el
surgimiento de la gran industria en la producción de máquinas herramientas. En
visión retrospectiva, esas fórmulas que, centradas en la propiedad de
los medios de producción, culminan en la consigna de la apropiación por los
obreros de los medios materiales de trabajo, permanecen atadas a la identidad
ilusoria, distintiva de esa fase particular del desarrollo capitalista, entre
la materialidad de los instrumentos de trabajo y las capacidades productivas
sociales.
Esa ilusión
se disipa como consecuencia de la diferenciación del capital. La evolución de
las armas de guerra ilustra convenientemente lo que ocurre con el desarrollo de
las máquinas y equipamientos industriales de producción civil: a diferencia de
un fusil de las guerras mundiales, un avión de combate de última generación no
puede ser utilizado sin redes de mantenimiento y soporte logístico, sin
renovación frecuente de materiales y equipos, sin transformación permanente de
diseño y concepción, sin estrategia de investigación y desarrollo. El ritmo
vertiginoso de la innovación técnica impone la renovación de los equipos por
obsolescencia y no por desgaste. En consecuencia, el diseño industrial deja de
ser la síntesis práctica de la capacidad productiva ya no es el diseño
consumado sino que lo es el poder de rediseño. Mas por ese desplazamiento la
máquina no deja de ser el lecho de Procusto del trabajador. Incluso cuando ha
dejado de imponerle -como otrora en la planta fabril de "Tiempos
Modernos"- la forma, la intensidad y el ritmo de trabajo, el despotismo
del capital sobre el trabajador no es menos totalitario.
La
lucha social no se centrará más en el objeto físico inerte, sino que la clase
trabajadora formada por el desarrollo del capital y transformada en su
estructura y perspectivas por la diferenciación del capital, no tendrá más
remedio que ser contemporánea de sí misma, retomar la batalla por el control de
su proceso inmediato de trabajo y la guerra por la apropiación de sus propias,
ínsitas, capacidades productivas. Tomará en cuenta las estructuras productivas
desarrolladas por el capital y encontrará en ellas los resortes del cambio.
III.
Empresa de capital tecnológicamente potenciado, o complejo, o relativo.
La
empresa de tipo III ha secuestrado la habilidad esencial de la humanidad; la
capacidad, genérica y milenaria, de recrear y modificar las técnicas
productivas. Y la ha convertido en un medio de apropiación de plusvalor; en
capital, sí, pero en capital dotado del elemento que diferencia el capital e
inaugura una nueva época en el desarrollo del capitalismo.
En la
vieja estructura del capital no
diferenciado, el capital es capital porque la empresa es una entre
muchas, y la tasa media de ganancia cobra objetividad porque es la expresión
fenoménica de una tasa de plusvalía uniforme; [151][1]el
valor capital es una transformación del valor, el cual, a su vez, tiene su
fundamento en que el producto que toma la forma de mercancía con las
determinaciones del capital es reproducible, y en que lo es por otros; el capitalista industrial tiene en
su capital un medio para apropiarse de plusvalor produciéndolo, y lo realiza a
una tasa normal porque también sus rivales tienen el mismo medio de producción
y apropiación de plusvalor.
En
contraste, el capital tecnológicamente potenciado, o relativo, que predomina en
la nueva estructura, no es para la empresa propietaria meramente capital, en
tanto medio de apropiación de plusvalor a una tasa normal. Es capital potenciado. Pero sólo puede
serlo porque -y en tanto- no lo son
los capitales de sus competidores en ciernes, sea porque carecen de la
capacidad de ofrecer el mismo producto, sea porque no pueden obtenerlo al mismo
costo. No es tampoco capital potenciado por una circunstancia extrínseca (como
un monopolio político), sino que la fuente de su potencia extraordinaria de
apropiación de plusvalor a una tasa superior a la media se renueva de modo
permanente mediante innovaciones en procesos o en productos. En el primer caso
un monopolio temporario le permite apropiarse de más plusvalor que el que
produce; en el segundo, al conferir -además- una productividad extraordinaria
al trabajo que explota y un valor capital ficticio a los elementos de capital
simple en los que plasma y realiza el paradigma técnico novedoso, produce (y
"reproduce") el milagro de la tasa de plusvalía extraordinaria. En
ambos, el elemento de diferenciación y el medio por el cual obtiene una tasa
sistemática de ganancia extraordinaria, es la capacidad de re-innovar.
La
empresa de capital relativo concentra la capacidad tecnológica de la sociedad
en grandes áreas sectoriales y disciplinarias, y centraliza el poder de
innovar. La escisión de la mercancía en mercancía y dinero (donde a la hora de
acuñar la moneda, imponer el poder legal cancelatorio del medio de pago,
sostener el medio de circulación simbólico con disposiciones sobre curso
forzoso, asomaba oportunamente el Estado) apuntaba más allá de la existencia
separada de la sociedad civil. El capital no diferenciado trascendía la
separación de la sociedad civil. Por un lado, virtualmente, al ejercer sobre el
trabajador su poder, circunscripto, empero, a la planta industrial; y, por
otro, de un modo todavía extrínseco, cuando el mismo capitalista o su
corporación mantenía la ambigüedad del Estado moderno, beneficiándose al mismo
tiempo de su universalismo y su particularismo. Por fin, la diferenciación del
capital en capital simple y capital tecnologico compuesto niega por necesidad
inmanente la universalidad del Estado. Como consecuencia, todos los viejos
fantasmas son convocados aún una vez más, sin que su carácter anacrónico los
dispense de su ferocidad: la acumulación primitiva, el despojo colonial, la
política gran imperialista.
*
La
empresa tipo III tiene las necesidades que también son propias de la gran
empresa de capital no diferenciado (en sentido real): dominar poblaciones,
territorios, recursos naturales, rutas y mercados, influir en la vida política,
llevar a cabo maniobras financieras, controlar los poderes públicos -ejecutivo,
legislativo, judicial-, la prensa, la educación. El uso de la fuerza es tan
eficiente como su efecto demostrativo, el secreto de la extorsión ("arm
twisting") es la delicada apreciación de la oportunidad y la
circunstancia. No ha menester más que una semilla de recursos propios,
potenciados por agencias de prestigio y "funding agencies"
nobilísimas, para que sus lobbies y emisarios de ocasión operen con eficacia
contundente, como otros tantos eslabones de la cadena de extorsión [152][2] que
extiende la autoridad interior de la empresa de capital, trasciende su esfera
de administración directa, para devenir el centro de poder ignoto que conforma
el interés social a su interés privado: poder de, inter alia, captar, evaluar,
seleccionar y procesar la gigantesca masa de datos que circula públicamente,
convertirlos en información relevante; poder para imprimir el curso general
deseado a la opinión y los recursos. Podrá también concentrarse en obras
puntuales en campos acotadísimos cuyo significado y potencial práctico
únicamente se tiene desde la perspectiva de la gran planta conceptual
del capital tecnológico, ensambladora de planes, programas y proyectos
innovativos.
La
administración en gran escala, exitosa y sostenida en el tiempo, de la
investigación tecnológica, se fundamenta en la acción y estimulación recíprocas
entre investigación aplicada e investigación fundamental. Este nexo esencial
mantiene vigentes los subsistemas capitalistas nacionales de los países con
iniciativa en el campo de la investigación fundamental; la asignación de
reconocimiento y recursos a instituciones científicas de exelencia y relieve
las convierte deliberada y explícitamente en otros tantos instrumentos de
liderazgo y predominio, [153][3]mientras
su abandono sella el destino de las naciones. La disolución de subsistemas
económicos nacionales de capital indiferenciado ("apertura",
formación de bloques económicos), la fusión de los mercados bursátiles mediante
el arbitraje instantáneo, la transnacionalización del sistema innovativo de la
empresa de tipo III ("internacionalización del capital"), etc.,
erosionan el carácter moderno (burgués) del Estado, jerarquizan
("enfeudan") los estados nacionales, privatizan la ciencia y vacían
los sistemas de representación democrática, mutatis mutandi, en toda la escala
jerárquica de la sociedad política mundial. Tal vaciamiento, la amputación del
concepto de soberanía popular, es el quid del culto oficial al principio de la
democracia, el secreto de su prescripción imperial.
*
En
plena época del capital tecnológico, ¿es concebible una revolución que no
levante un programa de reforma de la ciencia? Tal reforma tuvo expresión
anticipada en los 60 con el reclamo generalizado de democracia en la educación.
El espíritu de la época pudo creer, con alegría, que esa lucha comenzaba por
fin. Pero fue un falso comienzo porque, por de pronto, no se desplegó en un
cuestionamiento generalizado del despotismo totalitario del capital en la
jerarquía burocrática financiera de la ciencia institucionalizada. Tampoco se
comprometió con el contenido y la vida misma del saber institucionalizado en el
elemento de esa vida: la enseñanza y la investigación. Ignoró por completo el
carácter específico del trabajo subsumido por el capital, y mixtificó el ansia
de creación menoscabándola como el reclamo no mediado de una necesidad
abstracta. Con todo su gozoso anuncio de cambios profundos y definitivos, mayo
del 68 convalidó, en definitiva, las estructuras del poder, y favoreció otra
reforma, la diferenciación del capital. Acaso un nuevo talante en la producción
intelectual, señalado por la recuperación del elemento activo de la filosofía
propiamente dicha en el interior de la ciencia, y más aún, en las aplicaciones
y desarrollos propiamente tecnológicos, será proximamente la señal sutil pero
inequívoca de una nueva perspectiva: si el ideal de la filosofía en la época
del capital no diferenciado era devenir científica, el ideal de la ciencia en
la época del capital diferenciado es elevarse a su propia altura, filosóficamente.
*
Toda
técnica tiene su sentido en una cultura particular; la tecnología es la forma
histórica específica de la cultura técnica del capital. En este marco el
progreso de las fuerzas productivas se apoya en la organización social de la
ciencia institucionalizada por medio del "sistema de innovación
técnica", el cual se transforma pari passu con las fases del desarrollo
capitalista. En la época del capital diferenciado la escena de la innovación
está dominada por la competencia entre empresas de capital tecnológicamente
potenciado. Es una lucha de gigantes: la empresa característica de tipo III es
la corporación transnacional. De los grandes choques tectónicos emergen y
sumérgense continentes enteros y se remodela el orbe todo del capital. Lo novedoso
no es tanto la complejidad y el dinamismo de las barreras a la entrada de
competidores en toda la gama sectorial de actividades de los subsistemas
transnacionales centralizados por las empresas de tipo III, como las vallas
móviles que interponen a la mutación de las empresas de tipo II. El enorme
crédito de aquéllas les permite movilizar recursos desproporcionados a su
capital comprometido (desembolso y garantía), de suyo descomunal.
Tres
economías de escala, [154][4]características,
crecen geométricamente ilustrando la naturaleza del capital potenciado: el
tamaño de los proyectos de R&D, que ha cambiado de orden de magnitud en
plazos comprendidos entre un lustro y una década, hasta sobrepasar los
"billons" (miles de millones de dólares); el tamaño de las macrocarteras
de macroproyectos de R&D que, debido a su alto riesgo, tienen que ser
numerosos y variados; la escala mínima de recursos, que es aún mayor en los
frentes de inversión secundaria, acoplados al lanzamiento de una innovación
mayor ("breakthrough"), la cual involucra el rediseño y la
reconstrucción de subsistemas económicos completos (con efectos que se propagan
aún más por eslabonamientos como los descriptos por Perroux), y la consiguiente
transformación de la geografía económica.
El
carácter variado de los proyectos involucrados en cada innovación atañe
asimismo a sus secuencias (en serie, en paralelo) y a su grado de madurez:
mientras unos proyectos son óvulos dinerarios fecundados por ideas, otros están
en estudio, en experimentación a nivel de laboratorio o planta piloto, algunos
más ya hacen cola en el "pipeline" de los próximos lanzamientos al
mercado, otros, en fin, alcanzaron la fase de realización del capital relativo,
devengando ganancias extraordinarias por administración (en plantas
industriales propias, p. ej. en el primer estadio del ciclo que Vernon llama
"del producto" [155][5] y
preferimos llamar de la re-producción), y todavía otros, ya próximos a agotar
el contenido de innovación que portaban, entran en la fase de difusión controlada.
Esta última etapa del negocio -antes de su renovación- convierte a la firma de
tipo III en licenciadora de "tecnología" a firmas del tipo II e
incesantemente re-configura subsistemas capitalistas y crea otros nuevos en los
que también predominan las relaciones directas de acumulación, fuente adicional
de ganancias extraordinarias. Estas tres economías de escala son recíprocamente
sinérgicas: ¡la altura, elevándose, clama por la cumbre, abyssus abyssum invocat!
*
El
cuadro todo de la sociedad capitalista cambia como consecuencia de la escisión
del capital industrial en capital simple y capital compuesto. En la vieja
estructura del capital no diferenciado, el vaivén cíclico de los períodos de
inversión presentababa regularidades que, habida cuenta de diferencias
significativas entre ciclos consecutivos, admitían una descripción general; la
fase de animación de los negocios desembocaba en un proceso de rápido
crecimiento de la escala de la reproducción capitalista global, subía la
ocupación, mermaba el "ejército industrial de reserva", el crédito
animábase orgiásticamente, el salario subía hasta sobrepasar el valor reflejo [156][6] de la
fuerza de trabajo; y oleadas de alivio transitorio a la miseria y andanadas de
efectivo progreso y bienestar corrían raudas hasta que, intempestivamente, la
abrupta caída de la tasa de ganancia y el empinamiento perverso de la tasa de
interés desencadenaban las quiebras, provocaban el pánico financiero, y
sobrevenía la crisis.
La
estructura del capital diferenciado tiene otro movimiento. La fase de animación
exacerbada no se transmite al todo social articulado, interactivo, sino que se
limita a focos restringidos de encadenamientos intensos, en subsistemas
circunscriptos. La expansión de éstos no disminuye significativamente la
desocupación; el salario medio no sube, acaso ni siquiera en términos reales,
pese al incremento sin precedentes de la productividad en calidad y cantidad,
sino que la estructura social del salario sufre una diferenciación profunda que
amenaza la identidad de clase de los asalariados del capital. Por un lado,
multitudes de colonos industriales revistan en las filas de los trabajadores
del capital, aportando filantrópicamente al capital social sus patrimonios que
se realizan como cuasi-capital: son, si se quiere, capital propio, pero no
propiamente capital; capital de ellos mas no para ellos. Por otro lado, el
ejército industrial de reserva cobra otro carácter: una masa de población es expulsada de la producción en
cada fase de expansión de los
negocios, con la apertura de cada nueva gran frontera de inversión, sumándose a
la porción creciente de la humanidad para la cual el sistema se ha vuelto
incompatible con la supervivencia y por cierto con la vida civilizada.
¿Qué
perspectiva histórica surge de la escisión del capital en capital simple y
capital compuesto? ¿Es acaso el anuncio de la emancipación de los trabajadores
o, por el contrario, la prueba de que la alienación de sus fuerzas productivas
se ha tornado irreversible? La clave de la respuesta ha de buscarse en la
diferenciación del capital: la maduración de este proceso deja en claro cuál es
la causa primera, la finalidad última, ¡la
presa mayor!, de la lucha de clases.
IV.
Empresa de capital tecnológico.
Los
extremos se tocan. La empresa de tipo IV es notablemente semejante a la empresa
de tipo I. Relativamente pequeña, organización informal, dirección
personalizada. En en la época del capital diferenciado, una representa el
pasado, la otra el futuro, y ambas viven una existencia individual azarosa y
precaria. Hay, empero, no obstante las semejanzas, un mundo de diferencia. La
empresa I crea plusvalor, la empresa IV produce un bien irreproducible (carente
de valor), [157][7]una
condición para cierto trabajo superproductivo que sólo puede realizar otra
empresa, de tipo III, dotada de poderes superiores y recursos de otro orden de
magnitud. Es rara, casi imposible (como, mutatis mutandi, la metamorfosis de la
firma tipo II), su transformación en una corporación tipo III, centrada en la
explotación innovativa de investigaciones e invenciones. El desenlace más
probable del esfuerzo de una empresa tipo IV (llamadas a veces
cerebro-intensivas) por emprender un desarrollo de este tipo es sucumbir en la
competencia, o depender de una empresa tipo III, sea como provedor externo
esporádico o permanente de tecnología con contrato de locación de obras tales
como investigaciones y desarrollos ad hoc o con régimen de servicios externos
de consultoría y asesoramiento tecnológico, o bien ser fagocitada por la
empresa de tipo III y formar parte de ella como una unidad jerárquicamente
subordinada por administración.
En el
mundo de nuestros días predomina el capital tecnológicamente potenciado. La
empresa de tipo III -con sus proezas tecnológicas que sobrepasan toda posibilidad
y extienden las virtualidades humanas-resplandece en el centro del escenario y
en la penumbra transcurre la frustración de los explotados, su ansiedad
angustiosa por el carácter precario de su ocupación, y el sufrimiento
inenarrable de los condenados al exilio social masivo.
El
capital tipo II conforma una estructura en la que se acentúa la división
capitalista del trabajo, pero esta estructura es, ahora, heterónoma, y al
trabajo mismo comprendido en ella le ha sido amputada la función esencial
(muchas veces milenaria) de versar sobre su propia forma técnica; ahora la
conformación cualitativa de
la estructura de la producción pasa a ser controlada por las empresas de
capital tecnológico, de tipo III. Mientras la empresa tipo II, productora de
plusvalor absoluto, tiende a especializarse en una rama, incluso en un proceso
u operación, la empresa de tipo III, productora de plusvalor diferencial, [158][1]recombina
actividades especializadas en un espectro sectorial y geográfico diversificado.
El
trabajo que se lleva a cabo en la totalidad de las empresas del tipo IV
involucra directamente una porción minúscula -infinitesimal- de la fuerza de
trabajo social. Para comprender hasta qué punto representa, empero, la
transformación más trascendente en la historia económica desde la génesis de la
mercancía y su transición al capital, y es a la par la culminación lógica de
este desarrollo, es necesario retornar a la contraposición entre caracteres
genéricos y específicos del trabajo que produce mercancías. Así como el capital
industrial no diferenciado es la conformación de la relación laboral y
del proceso mismo de trabajo productivo al concepto general de capital, la diferenciación
del capital completa la subsunción del trabajo por el capital mediante la
explotación de un trabajo que es productivo pero no reproductivo.[159][2]
Marx
analiza en el Tomo I de "El Capital" tres funciones del trabajo: la
de conformar valores de uso, la de crear valor, [160][3]y la de
conservar el valor de las condiciones de trabajo. Analiza las dos primeras al
estudiar el valor (Capítulo I) y la tercera en el marco del plusvalor (Capítulo
VI). El que estas funciones del trabajo productivo puedan y deban exponerse con
abstracción de las formas mercancía y capital es -hemos subrayado- señal
elocuente de su dimensión genérica, aunque nuestra exposición del valor
mercantil puso de relieve en el valor de la mercancía, e incluso en su valor de
uso, la impronta específicamente mercantil. El reconocimiento de esta reversión
sobre el momento genérico de las categorías económicas mostró que en ella la
abstracción de la forma mercantil es determinada; que, en primer lugar, las
diferencias latentes en el concepto abstracto se ponen de manifiesto en la
estructura más específica (más desarrollada) y, en segundo lugar, que la
dimensión genérica tiene su realidad comprometida en su determinación formal.
El
trabajo humano que el capital industrial devora vivo y convierte en su propio
proceso interior, sirve a todas las empresas de capital tecnológicamente
potenciado (tipo III), y a algunas adoptadoras tempranas o circunstanciales de
capital simple (tipo II), como el medio necesario para apropiarse de una tasa de
ganancia extraordinaria, ya sea porque ese trabajo -y, por ende, el capital
mismo- produce valor relativo o diferencial, y, si es así, porque (caeteris
paribus) [161][4]el
valor individual de su producto es menor que su valor; ya porque el valor mercantil de ese producto supera
su valor, el cual, en el límite, es nulo. En ambos casos, al realizarse en la
forma adecuada de valor mercantil, el capital relativo comanda más valor que el valor-capital de su producto, y, en
general, comanda más
plusvalor que el contenido en su producto de valor. También en ambos casos, es
su capacidad relativa de
crear valor o, lo que es lo mismo, su capacidad de crear valor diferencial, lo
que convierte al trabajo vivo en un medio específico de apropiación de ganancia
extraordinaria para el capital relativo.
*
La
creación de valor relativo es el fundamento de la diferenciación del capital.
El fundamento mismo es genérico, propio de la producción de valor en general;
pero en las estructuras mercantiles y de capital no diferenciado, la
creación de valor relativo (y la consiguiente creación relativa de plusvalor),
en la medida en que coincide con el privilegio del innovador, es episódica y
temporaria. En contraste con ese margen eventual, lo propio y específico del
capital tecnológicamente potenciado -con su cartera de proyectos de innovación
siempre renovada- es reproducir permanentemente el privilegio del innovador,
idéntico, esencialmente, al de producir valor diferencial -y, en consecuencia,
plusvalor diferencial-. La distinción entre innovaciones de proceso y de
producto es cada vez menos relevante, pero, contra el nominalismo del
hipotético usuario omnisciente y racional, el encantamiento de la gran marca
impone el maná exclusivamente ofrecido por la empresa providencial que posee a
la par el privilegio del innovador y el poder monopólico. La diferenciación de
productos [162][5] invade
rápidamente el espectro completo de los valores de uso mercantiles. En tanto la
mercancía del capital diferenciado es una mercancía diferenciada, lo propio del
capital relativo no es el poder de diferenciar su producto, sino que ese poder
en el caso de la empresa tipo III se basa principalmente en el dominio directo
o indirecto de las fuentes de renovación tecnológica de sus técnicas
productivas.
El
valor de uso del producto-mercancía del capital diferenciado, en consecuencia,
ya no será meramente un valor de uso mercantil, sino que la promesa de
felicidad que antes se ofrecía y renovaba en la figura del Estado moderno, la
"promesse de bonheur", pasa al producto diferenciado. Lo que antes
era proyección, ahora es espejismo: el citoyen se ha confundido con el
bourgeois. El cielo y el paraíso secularizados se reparten entre los winners y
los loosers, entre los indigentes y los solventes. El comprador, siempre
ansioso por adquirir a tiempo la diferencia, soñará en vano con apropiarse de
las cualidades útiles evanescentes de su mercancía, y hará la experiencia de
que la promesa incumplida está otra vez, invitante y seductora, en el mercado.
Así como la mercancía del capital tecnológicamente potenciado es portadora de
las nuevas determinaciones de la estructura productiva, así también la
innovación técnica es ahora específicamente un proceso de diferenciación del
capital.[163][6]
Pero la
transformación más profunda se verifica en la estructura de una mercancía
peculiarísima. Es la mercancía "fuerza de trabajo".
*
El
trabajo crea valor pero, explica Marx (de acuerdo con Ricardo y ambos contra
Smith) carece de valor. ¿Cómo conciliar este concepto del trabajo con el de la
forma-mercancía del "trabajo"? Marx subraya repetidamente que en la
relación trabajo asalariado-capital lo que reviste la forma de mercancía no es
el trabajo mismo sino la "fuerza" o capacidad laboral que el
proletario pone a disposición de un capitalista en un lapso estipulado por
contrato. Esta mercancía, como todas, posee valor de uso y valor mercantil, y
éste está determinado tendencialmente por el precio-capital de la canasta de
bienes salariales ("wage goods") necesarios para que el obrero lleve
una vida convencionalmente digna, incluido el componente "histórico
cultural" que añade Marx al concepto ricardiano. Marx sostiene que esta
determinidad del precio de la mercancía fuerza de trabajo (el cual tiende a
coincidir con la suma de los precios-capital de los bienes salariales
componentes de esa canasta) es la determinación del valor de la fuerza
de trabajo.
Pero:
los obreros asalariados lo son, precisamente, porque no les es dado crear valor
fuera de la jornada de trabajo que cumplen bajo la supervisión directa del
capitalista, ni, pueden, por ende,
conservar valor. Esto es así porque, en general, el trabajo que
realizan fuera de esa jornada está al margen de la relación productiva. Todo
hombre mercantil -y el obrero lo es- lleva a cabo algún trabajo directamente
consuntivo, y este trabajo, como cualquier otro, participa de la función genérica
de crear valor de uso, pero éste es un valor de uso directo, no mercantil, y el
valor individual de los productos del trabajo consuntivo permanece encerrado en
su singularidad por la misma condición del proletario del capital por la que su
trabajo productivo sólo puede ser mercantil y su trabajo mercantil sólo puede
ser asalariado. El trabajador adquiere la canasta de bienes salariales.
Supongamos que la compra en su valor y admitamos que el valor mercantil de la
fuerza de trabajo coincide con ese valor. ¿Cuál es -entonces- el valor
de la fuerza de trabajo?
El
trabajador consume, y al consumir repone o recrea su propia fuerza de trabajo, pero
no la produce. Creó un valor de uso para el capital mediante la
transformación de la canasta salarial en capacidad renovada de trabajo, pero
este trabajo -consuntivo- que transformó un valor de uso en otro no ha creado
un nuevo valor ni ha conservado valor alguno. La transformación del valor de
uso de las mercancías salariales en el valor de uso de la mercancía fuerza de
trabajo es realizada por el trabajador y su familia, y le cuesta trabajos y
sacrificios sin fin; lo hace por necesidad, para sobrevivir, y, al mismo
tiempo, lo hace para el capital, y vive para el capital; por su parte, la
transformación cualitativa de los "wage goods" en capacidad laboral,
conditio sine qua non del capital, es realizada por el trabajador de modo
absolutamente gratuito e incondicional, sin que le cueste la más mínima
fracción de centavo al comprador de la mercancía fuerza de trabajo; ésta tiene
valor mercantil, pero no posee valor. Nada puede ser más acorde con el
espíritu de Marx, quien, sin embargo, debido a que sólo distingue de un modo
incompleto entre valor y valor mercantil, sostiene lo contrario.
*
Nuestra
atención está centrada en las funciones del trabajo y, en particular, en el
valor de uso de la mercancía que ofrece y vende el trabajador asalariado.
Identificamos cualquier mercancía por su valor de uso, y si 20 varas de
lienzo son un objeto de naturaleza tal que la realización de su utilidad
requiere todavía, después de su cambio de forma social, una transformación
material ulterior (teñido, corte, costura, confección), no es preciso
puntualizar que el soporte material de la mercancía misma no se convertirá con
su solo traspaso en un valor de uso inmediato para su nuevo dueño. Pero en el
caso de la mercancía fuerza de trabajo, enseña Marx, el valor de uso no se
transfiere por el simple cambio de titularidad en el acto de compraventa; el
obrero vende la mercancía y el comprador no puede apropiarse de su valor de uso
sin poner a trabajar a su vendedor. Pues lo que ofrece y vende el trabajador
-explica- es la disponibilidad de su capacidad laboral durante el lapso
estipulado. El capitalista compró esta mercancía y al tomar posesión de ella se
dedica a apropiarse de su valor de uso. Y bajo su mirada vigilante se ponen en
juego sus funciones: conformar el valor de uso, producir valor que contiene
plusvalor, conservar el valor de sus objetos e instrumentos. En el proceso de
producción la función del trabajo de conservar valor inherente al proceso de
creación de valor, e inseparable de él.
Estas
tres funciones genéricas constituyen una unidad necesaria, pero lo propio de la
estructura mercantil es que en ella esa unidad no es inmediata. El trabajo
individual es, en cuanto eslabón de una secuencia convergente
("downstream") de trabajos individuales en paralelo y en serie, que
suman sus aportes a la creación de un producto de valor social, una unidad
de las tres funciones. Desde el punto de vista del proceso de valorización
(sin tomar en cuenta la fragmentación de la propiedad del capital), tomándose
esa secuencia como un continuo, no se distingue el último "valor
añadido", de modo que el valor del producto coincide con el producto de
valor y el valor mismo tiene su cuerpo en un producto material útil
reproducible. El grado de integración vertical del proceso de trabajo no
influye, de suyo, en el valor del producto (aunque sí en el producto de valor).[164][7]
Consideremos,
primero, la reproducción del capital no diferenciado, con omisión de la
diferencia cuantitativa entre valor y valor mercantil; con abstracción,
asimismo, del valor diferencial producido por trabajadores singulares merced a
la variabilidad de los rasgos individuales en la población trabajadora, y del
privilegio de innovación fortuito y temporario de las empresas no
diferenciadas. La distinción marxiana entre plusvalía absoluta y plusvalía
relativa, se refiere a las variaciones de la tasa de plusvalía; en otras
palabras, a las variaciones de la cuantía de plusvalor producido por unidad de
"valor" (mercantil, según nuestro argumento) de la fuerza de trabajo
que, en este marco, debe suponerse idéntico al valor de la canasta salarial. La
variación en la tasa de plusvalía -caeteris paribus- proviene ya de una
prolongación de la jornada de trabajo ("absoluta"), ya de una
disminución en el valor mercantil ("valor") de la fuerza de trabajo
("relativa"), o de una combinación de ambas. Mas obsérvese que estas
variaciones no afectan la uniforme igualdad sectorial de las tasas de
plusvalor: la fuerza de trabajo se paga en su "valor", éste es
uniforme, la jornada de trabajo promedial en cualquier rama produce la misma
cantidad de valor.
Esa
estructura es transformada por la diferenciación del capital. El capital
tecnológicamente potenciado utiliza una fuerza de trabajo extraordinariamente
productiva: en igual lapso, crea más valor que el capital medio por unidad de
capital variable, y, en consecuencia, a igual "valor" de la fuerza de
trabajo, más plusvalor. La tasa de plusvalía superior, y la plusvalía
extraordinaria, son compatibles -obviamente- con un "valor"
elevado de su fuerza de trabajo (superior al promedio en igual o menor
proporción que su productividad de valor); cabe que la empresa de capital
relativo (tipo III) escoja en el mercado de fuerza de trabajo las personas
portadoras de la capacidad laboral mayor, pero en general no es ésta la fuente
de su productividad superior sino que, al revés, su tasa de plusvalía superior
se incrementa aún más debido a que su consiguiente poder
"monopsónico" le permite emplear fuerza de trabajo selecta. Ahora
bien: el capital tecnológicamente potenciado (tipo III y primeros adoptadores
tipo II) explota su propia fuerza de trabajo, que dirige en general por
administración, pero explota también en parte toda la masa de trabajo social
movilizada por las empresas de capital diferenciado reducido (adoptadores
tardíos tipo II). Esta explotación relativa le brinda un radio de acción que
desborda todos los límites del capital no diferenciado y del capital simple.
Por
efecto de la diferenciación del capital una masa ingente de trabajadores
capitalistas no asalariados se incorpora al proceso productivo. Estos
trabajadores (comprendidos, entre ellos, profesionales incompletamente
proletarizados y gentes con oficio) presentan el aspecto social propio de
burgueses, incluso de patrones empleadores, y lo son en verdad, porque
contratan trabajadores asalariados y son propietarios de instrumentos de
producción, y sus capitales son capital, incluso capital real, sin ser
realmente capital para sus dueños.
(Los cuales, empero, debido a que son extroaordinariamente dependientes, y
vulnerables a la extorsión económica, y dado que tienden a identificarse con la
imagen y los intereses del gran capital, tanto más exaltadamente cuanto más
ilusorio y precario es su carácter burgués, son virtual y ocasionalmente carne
de cañón para los proyectos políticos de la derecha). Pero no hay que confundir
estas empresas de cuasi-capital o, en verdad, de hemi-capital, producto a la
vez de las estrategias de desintegración ("tercerización", "out-sourcing")
de las empresas de capital diferenciado (tipos II y III), de sus sistemas de
explotación del trabajo y de sus estrategemas para eludir impuestos,
obligaciones previsionales y, principalmente, con la esperanza de atenuar o
transladar los rigores de la lucha de clases, con las empresas de capital de
tipo I o II. Esta relación, por un lado, permite a las empresas tipos II y III
arrojar lastre del denominador de su tasa de ganancia (con una merma
proporcionalmente más pequeña en el numerador), y, por otro, brinda sustento
social y económico a la nueva estructura del poder civil que literalmente
penetra en el Estado, transformándolo en Estado postmoderno, [165][8]acorde
con el sistema supranacional del capital diferenciado.
*
Las
tres funciones del trabajo productivo son genéricas, pero su cristalización en
categorías económicas autónomas, en las que se pone de manifiesto a la par su
carácter complementario y su diferencia, pertenece específicamente a la
estructura del capital. Ahora bien, la diferenciación del capital pone
de manifiesto retrospectivamente que había aún otra función productiva del
trabajo, igualmente genérica, complementaria y distinta. Toda cultura histórica
produce y reproduce sus técnicas de trabajo; la condición primordial de todo
trabajo humano es una interacción, como ocurre p. ej. en el lenguaje, por la
que el individuo, a la par que lleva a cabo cada tarea singular, participa en
una estructura productiva en la que las formas materiales o técnicas de tabajo
se recrean, se enseñan y se aprenden, se fijan, ya simbólicamente (por ritos o
ceremonias institucionalizadas, invocaciones, cantos, dibujos o diseños,
manuales de operación y mantenimiento), ya en la materialidad -no carente de
simbolismo- de los medios y condiciones de trabajo: como muy principalmente en
el germoplasma de animales, plantas y microorganismos "mejorados",
domésticos, que son objeto de permanente selección e intercambio, y otras de
enumeración interminable: obras de riego, de defensa militar, funerarias y
ceremoniales, navíos, herramientas, silos, bretes y corrales, máquinas, armas,
enseres, implementos...
La producción de técnicas productivas
es el fundamento de todo trabajo humano; es, por eso, el momento primordial de
la soberanía, de la libertad política, y de la emancipación social de los
trabajadores del capital. El desarrollo acumulativo de esta producción
primordial, antropogenética, acompañó siempre todo proceso laboral durante la
evolución histórica de la organización social del trabajo, prosiguió en la
transformación mercantil de la división social del trabajo, devino universal
con el desarrollo capitalista de la producción mercantil, y alcanzó esta
encrucijada con la escisión entre capital simple y capital tecnológico. En el
primero se consuma la reducción del trabajo a trabajo reproductivo; en el
segundo, la producción de técnicas
productivas, inextricablemente unida a la producción humana, es
secuestrada por un poder extraño, que la convierte en un medio de apropiación
de plusvalor diferencial.
La
abstracción de esta función genérica del trabajo en la exposición clásica la
daba por sentada como condición natural de todo trabajo, al punto que su
mención sería redundante, pero al mismo tiempo esa omisión anticipaba
inconscientemente la diferenciación del capital.
Nuestra
crítica de aspectos fundamentales de "El Capital.." sigue las
enseñanzas y la dirección principal de la obra pero alcanza resultados propios.
Trabajamos
en una perspectiva programática: la teoría actualizada del capital debe ser una
fenomenología de la consciencia social que, al reconocerse en su objeto: las
nuevas estructuras del capital, descubre que sus contenidos dados, inmediatos,
son otros tantos momentos de su concepto. En su estado de mayor alienación esa
conciencia, invertida y fragmentada, "sabe algo", tiene un comienzo,
y desde ese comienzo la clase trabajadora se conoce a sí misma en las nuevas
estructuras del capital. En la particularidad de las mismas descubre la
universalidad de sus tareas concretas, aprende a convivir cotidianamente con su
dimensión histórica. El
camino
de su libertad no es el de la esperanza, pero sí (como, mutatis mutandi, el de
la Fenomenología del Espíritu) "propiamente el camino de la
desesperación".
*
Los
resultados de la "crítica transformativa" (Feuerbach) se obtuvieron a
partir de las transiciones fenomenológicas de la mercancía (que hemos llamado
Primera, Segunda, Tercera): la especificidad de la mercancía no recae
unilateralmente en su forma sino que compromete al propio "valor
regulador" (Smith), desdoblándolo en valor "positivo" (Ricardo)
o "inmanente", "sans phrase", "en sí y para sí"
(Marx), y valor mercantil.
Esta distinción exige que el concepto clásico y marxiano de valor se despoje de
ambigüedad y expulse todo contenido que no esté puesto por la re-producción.
Ahora bien, las transiciones fenomenológicas de la mercancía permiten superar a
la vez la abstracción neoclásica y las dos visiones unilaterales que en la
Economía Política clásica coexisten sin distinguirse, sin oponerse y sin
superarse, a las cuales deberíamos llamar "subjetivista" y
"objetivista"; [167][2] cabe
reprochar a Marx su adopción unilateral de una de esas posiciones, cerrando el
camino para comprender cabalmente la forma del valor que él mismo es el primero
en exponer en cuanto "forma necesaria" del valor.
Esa
crítica nos condujo a la tesis de que la forma mercantil del valor es la forma
del valor mercantil; o bien, que la forma mercantil del valor es necesariamente
mediada por el valor mercantil.[168][3]
Luego
hemos discutido la autonomía local de las transiciones formales del capital en
el marco de subsistemas económicos de capital no diferenciado dominados por
relaciones directas de acumulación; en particular, la relevancia práctica de
las determinaciones que brotan en el proceso de la rotación del capital, con
arreglo a la estructura temporal del capital o cronoestructura. El problema de
su autonomía local se aclara con el de su lugar en la exposición: la opción
está entre la segunda sección del Tomo I del "Das Kapital..", como un
desarrollo de la fórmula general del capital D-M-D, o el lugar que ocupa de
hecho en el Tomo II, después de la reproducción del capital. Los términos de la
opción no son, empero, dilemáticos, y su carácter complementario ilustra la
necesidad de un método que es a la vez "sistema" y
"monografía", e, incluso, "aforismo" (Adorno). La opción
entre un enfoque "exotérico" y uno "esotérico" no es
extrínseca, ni excluyente, sino que el enfoque fenomenológico, que sabe de la
totalidad y el contenido, debe reconocer la falsa inmediatez de las formas
mercantiles como el ámbito primordial de la experiencia y la consciencia
"natural", o inicial, del proletariado.
Junto
con el reconocimiento de la automomía objetiva (heteronomía subjetiva) de las
formas empíricas de la relación mercantil, surge también el de la necesidad de
su concepto por el que son, precisamente, formas, y por el que su desarrollo se
recoge en su fundamento, sin darle tregua ni reposo. El principio, al que se
llega, es -ahora en su conquistada inmediatez- un nuevo comienzo. Cada
ampliación de la perspectiva impone nuevas exigencias a los conceptos
elementales. Tal ocurre con la diferenciación del capital, culminación de la
división capitalista del trabajo social: al materializarlo como una producción
especializada, revela (incluso en retrospectiva) un momento necesario y
genérico de todo trabajo humano. Y enfoca en el término de la historia la presa
final de la lucha de clases: la apropiación de las fuerzas productivas.
Tal es,
en última instancia, el contenido de la libertad.
"Si nos fijamos en la materia al principio es
horrible y fétida, ya
que es el infierno; al final próspera, deseable y
agradable, porque
es el paraíso".
Dante
Alighieri, en una carta, refiriéndose a "La Divina".
[La
"ciencia de la sociedad civil"]
"Les politiques grecs... ne reconnoissoient
d' autre force qui pût les soutenir que celle de la vertue. Ceux d' aujourd'hui
ne nous parlent que de manufactures, de commerce, de finances, de richesses et
de luxe même".
Montesquieu. Cit.
BLOM, Hans W. "Morality and Causality in Politics", Rotterdam, 1995.
La
economía política nació con su objeto, el sistema capitalista. Esta ciencia,
criatura de la Ilustración, soñó con ser semejante a sus hermanas mayores, las
ciencias naturales, hijas del Renacimiento. Pero las ciencias naturales
consideran que su objeto satisface el postulado de uniformidad; [170][2]y, en
verdad, tomado como un todo, el objeto de la economía política no se presta a
ese supuesto. La aspiración a ser ciencia exacta y "dura", que la
obnubiló por más de dos siglos, correspondió en un comienzo a la exigencia de
precisión, confundida con la de rigor y cientificidad, pero, a medida que el
desarrollo del capitalismo tornaba esa confusión más anacrónica, la convertía
en una estratagema eficaz para la mixtificación ideológica, avalada por la
seriedad y la objetividad del "more geometrico". De hecho, siempre
fue mentira la validez del postulado para el objeto de la economía política.
Pero en la época en que las leyes del capital indiferenciado dominaban el
movimiento del sistema, el proceso esencialmente repetitivo característico de
la "segunda naturaleza" era semejante en su forma general a los
procesos supuestos en la naturaleza natural. En efecto, la producción de
capital no diferenciado (lo mismo que la producción de capital simple o
reducido en la estructura del capital diferenciado) es, esencialmente,
reproducción. Pero el carácter no "natural" de la "segunda
naturaleza" y, por ende, la nota distintiva de la ciencia de la sociedad
(y, en venganza, también la cualidad social de las ciencias naturales, cuestión
que no nos ocupa aquí), se va tornando patente y progresivamente insoslayable
con el proceso de diferenciación del capital: el objeto de la teoría del
capital muda de modo incesante, irreversible, sin retorno: es histórico. La
ciencia se divorcia de sí misma; en tanto disciplina institucionalizada que
sólo procura la aprobación solvente,
debe cumplir -y demostrar cumplimiento, ex ante y ex post- con la exigencia de
resultados que de modo mediato "sirvan" en aplicaciones
"útiles" para extender la esfera del capital, y de hecho para profundizar
la diferenciación; en cuanto ciencia, su cometido no se limita a las leyes
abstractas del sistema, sino que -principalmente- debe dar cuenta de la
transformación de tales leyes.
La
economía política no puede quedarse en la crítica de las doctrinas, ni
permanecer en la fenomenología de la consciencia mercantil, sino que una y otra
le brindan ocasión y motivo para elevarse según su propia exigencia científica
y ser fiel, sólo entonces, a su vocación liberadora. Por de pronto, para
comprender el encantamiento objetivo de la mercancía empírica, las condiciones
de su necesidad, y de su superación. En la mercancía anida su propio límite, al
que tiende por medio de su desarrollo capitalista y, más determinadamente, de
la diferenciación del capital. Pero no es el agotamiento del carácter mercantil
y por ende propiamente capitalista del capital en un sentido moderno, lo que se
dirime en la lucha de clases. Está en juego el desenlace histórico de las
transformaciones del capital, el destino de la humanidad. [171][3]En la
segunda guerra mundial la nueva configuración del capital en el escenario
histórico ya se acusa en el inédito protagonismo de la aviación militar; y nada
sintetiza más dramáticamente su ambivalencia que la inconmensurabilidad de las
luces y las sombras que arrojó sobre el mundo. Por un lado, en conjunción
providencial con los avances tecnológicos en las aplicaciones del radar,
realizó las mayores proezas contra el nazismo, y los más elevados servicios a
la civilización, al echar literalmente a tierra el dominio estratégico del aire
construido clandestinamente por Hitler. Por el otro, en conjunción nefasta con
las novísimas aplicaciones científicas de la energía atómica, fue utilizada en
el crimen más horrendo contra la humanidad: Hiroshima y Nagasaki.
Antes
de exponer las determinaciones que imprime en la mercancía la diferenciación
del capital, debemos reunir las conclusiones pertinentes del análisis de la
mercancía del capital no diferenciado, o del capital en general.
Así
como todo capital es (formalmente) mercancía, toda mercancía es (acorde con su
concepto) capital: la mercancía es capital abstracto, y la estructura del
capital es una exteriorización de su naturaleza necesaria y esencialmente
mercantil. El capital es el desarrollo y la negación intrínseca de la
mercancía.
[Carácter
inherentemente antitético de la mercancía]
La
mercancía es un cúmulo de contradicciones. La contraposición entre sus momentos
puramente genéricos, si la hubiere, únicamente atañe a la mercancía -y solamente
interesa a nuestra discusión- en tanto y por cuanto esa contraposición es de
carácter mercantil. Tal es el caso entre el valor y el valor de uso, entre los
trabajos consuntivo y productivo. Las contradicciones inmanentes a la mercancía
remiten a sus dimensiones genéricas o abstractas; pero no se reducen a ellas,
ni -por cierto- de ellas se deducen; de suerte que "la antítesis entre
valor de uso y valor", lejos de estar "latente en la naturaleza de la
mercancía", es ajena a ella.[172][4]
Por de
pronto, la mercancía se opone a la sociedad no mercantil, en la que tendrá que
socavar todos los lazos comunitarios y de sometimiento que mantienen desde
antaño la unidad orgánica de la producción directa. La premisa histórico social
de la producción mercantil es la disolución de toda sociedad inmediata
particular y su reemplazo por una sociedad objetiva (Gesselschaft, en oposición
a Gemeinschaft).[173][5]
Nada
podía ser más repugnante a la concepción medioeval cristiana. Ella ofrece
criterios y prescripciones sobre todos los asuntos importantes de la vida y el
más allá, pero se resiste a la escisión entre lo político, lo económico, lo
moral, lo familiar, lo social; entre lo celestial y lo mundano, ya que
"cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares
en en la tierra será desatado en los cielos" (Mateo, XVI). Su mundo es una
totalidad fuertemente jerarquizada pero sin escisiones, donde cada hombre (que
recibió el bautizo) participa del carácter de lo divino. Consagró como doctrina
la incompatibilidad entre el comercio y la virtud (recuérsese, con Santo Tomás,
que Jesucristo expulsó a los mercaderes del templo de Dios). Pero la denuncia
del dinero como portador de la perversión universal (o como "el gran
corruptor de las costumbres", según Lutero) quedó comprometida con el
romanticismo conservador, mientras la Ilustración triunfante, en los albores
del capitalismo industrial, hace la apología del principio económico que
sustenta la conciliación de los ideales de libertad y progreso (y eventualmente
los de igualdad y fraternidad). El Estado moderno encarna siempre
necesariamente la promesa de justicia y equidad (aunque invariablemente la
traicione), pero el progreso mismo, fuente de todos los milagros de
multiplicación prometidos, no brotará de la misma encarnación institucional del
altruísmo supremo, sino del ámbito universal que -polarmente- se le contrapone,
donde únicamente rige el egoísmo del individuo abstracto. La época tenía que
ser vulnerable a la eficacia ideológica del discurso de Smith, que conjuga la
seriedad de la razón científica con la metafísica naturalista, cuando, a la par
que invoca la naturaleza humana como fundamento del comercio, aboga en favor de
la división social del trabajo, y demuestra con argumentos concluyentes la necesaria
correspondencia entre ese progreso, pródigo en indudables beneficios [174][6] para
la humanidad, y el desarrollo del mercado.
El quid de su
argumento, que funda la moderna Economía Política, es que la producción
mercantil puede y debe prescindir de la Benevolencia: "For it is not from
the benevolence of the butcher, the brewer, or the baker, that we expect our
dinner, but from their regard to their own interest". Smith
no distingue del todo en la división social del trabajo sus aspectos genéricos
de los específicamente mercantiles, pero al comprender que la división del
trabajo se profundiza con la extensión del mercado, sabe que la mercancía,
despliegue objetivo de la universalidad humana, libera al hombre del círculo
estrecho de la Benevolencia particular.[175][7]
Smith
invirtió la visión del mundo social heredado de la edad media y brindó a la
modernidad la imagen científica de sí misma. Pero el concepto de la sociedad
civil gobernada por una providencia impersonal y automática (que reasigna los
recursos y mueve la rueda de la fortuna) origina nuevas ilusiones sobre el
carácter histórico de las categorías económicas: que carecen de historicidad, [176][8]que son
esencialmente subjetivas, que son unilateralmente objetivas. Se sabe que Marx
superó la primera mixtificación al hacer la crítica inmanente de la economía
política; es indudable que el mismo Marx rechazó la segunda al hacer la crítica
del socialismo utópico. Esas dos primeras críticas fueron agotadas, en lo
esencial, por Marx, pero no completadas, porque debían rematar en la tercera. A
su vez, la crítica del determinismo histórico debió basarse en la investigación
sobre las condiciones objetivas de la superación del capitalismo, que no podían
generarse sino en el propio desarrollo capitalista. La investigación inconclusa
dejó subsistir las sombras. El halo de fatalismo determinista que el argumento
científico de la necesidad histórica proyecta en un medio iluminísticamente
desencantado, es un apagado resplandor de residuos culturales perdidos. Las invocaciones
mágicas dejaron de pronunciarse, los ritos arcaicos de purificación y
sacrificio fueron olvidados, pero la representación quimérica de un agente
providencial se ve corroborada por la existencia efectiva de una providencia
que opera sobre la sociedad y "a espaldas" de ella.
El
mismo Smith conoce, y denuncia severamente, el empobrecimiento espiritual y la
espantosa mutilación corporal, intelectual y moral, que sufre el obrero
condenado a la monotonía maníaca de una operación brutalmente simple. Este
antagonismo contrapone la unidad natural entre producción y consumo a su
compartimentación mercantil. Con un siglo de antelación, pone un concepto que
ya estaba por encima de la "ciencia" que dos siglos después atribuye
al individuo una estructura de gustos extrínseca, independiente de su capacidad
creativa y de su posición social en la producción.[177][9]
Nadie
denunció los males del capital con más vigor que Marx. Nadie expuso con más
claridad que él el carácter histórico de este sistema, ni comprendió más
profundamente su potencia liberadora. Ningún autor expresó mayor admiración por
las proezas técnicas y civilizatorias del capitalismo, ni celebró con más
alborozo la misión de este sistema en la historia, consistente en multiplicar
las capacidades productivas del hombre, ni expresó una fe más racional en la
potencia transformadora del régimen capitalista, cuyo desarrollo crearía las
condiciones necesarias de su propia superación. Los crímenes inhumanos del
capitalismo en todas las épocas, desde la "acumulación primitiva" y
el colonialismo, esa historia de rapiñas, despojos y genocidio en escalas
continentales; hasta los horrores y las miserias del capitalismo industrial, la
bestial voracidad del sistema de explotación implacable, podían adquirir en ese
marco grandioso la trascendencia de los trabajos de parto de una historia
verdadera. Después de la muerte de Marx, el espanto de las dos guerras
mundiales que marcaron la transición a la época del capital tecnológico fueron
la antepuerta de la revolución. El socialismo, empero, la superación del
capital, no pudo nacer directamente de las entrañas del capital no
diferenciado. Hoy debemos escudriñar en las nuevas condiciones engendradas por
la diferenciación del capital, que es también la diferenciación de la clase
obrera. Las figuras unilaterales de la mercancía puestas en el nuevo marco nos
ofrecen la clave para encontrar las preguntas relevantes, las consignas
conducentes.
[Las
figuras unilaterales de la mercancía. Primera figura.]
Un
límite al desarrollo capitalista aparece en el marco de la primera mercancía.
Es puesto por las relaciones sociales que, sistemática y prolongadamente
adaptadas a la forma mercantil y conformadas a la compulsión acumulativa del
capital, son llevadas en su cualidad genérica a una tensión extrema por la
exigencia competitiva de la propia ley del capital y se revelan en los propios
términos de esa exigencia como radicalmente no reducibles.
La
mercancía en tanto objeto útil tiene que conformarse a su determinación mercantil,
su lecho de Procusto. Esto no acontece sin fricciones y contradicciones, que se
desarrollan pari passu con la diferenciación del capital. [178][10]Pues el
primer antagonismo ínsito en la mercancía que la opone consigo misma es el que
se presenta entre la naturaleza mercantil del valor y la expresión del valor
mercantil.
He aquí
-entonces-, nuevamente, la primera figura de la mercancía, que había sido
aniquilada por la revelación de su contenido genérico; pero ya no es, como era
en el comienzo, la figuración irreflexiva de una consciencia que la tiene por
un ser no mediado. Han sido develadas y explicadas las diferencias ocultas en
la primera forma y la necesidad de ese ocultamiento. Ahora la mercancía ha
remitido más allá de su figura inmediata; ha devenido, y, sabiéndose concebida, sale de la intuición ingenua de
la cosa-en-el-mercado, útil y cambiable, tal como "aparece".[179][11]
En la
entidad resurrecta (la primera figura, enriquecida por la crítica que, sin
embargo, en primera instancia, la había aniquilado) subsiste la naturaleza
mercantil del bien material producido como mercancía: en verdad, sólo ahora
tórnase patente su cualidad específica. Si ésta, todavía, concuerda con la
omisión de sus determinaciones en cuanto producto, la ceguera no es, como
antes, alucinación providencial;
[180][12]ni es
-sólo- la cortedad del entendimiento vulgar e impregnado de ideología lo que
(aún) dificulta el progreso de la consciencia común más allá de la figura que,
considerada ya retrospectivamente, resultó incompleta, sino que en la primera
mercancía la falsa negación de su carácter de producto es abstracción
determinada y, a la par, objetiva, necesaria, conforme a la naturaleza
específica de la mercancía. Pues su valor de uso y su valor de cambio
("factores" de la mercancía) vienen dados de modo externo. La primera
mercancía está recluída en el único compartimento donde la mercancía reviste su
forma específica (la circulación, el mercado), y, tomada unilateralmente en
esta determinación, es en todos sus atributos y todas sus propiedades un bien
no reproducible. Tal era la verdad de la primera mercancía en el comienzo, y
ahora, que se sabe un momento de una estructura más completa, lo es también.
En lo
atinente al valor de uso mercantil, esa verdad será corroborada por el
concepto; porque la mercancía individual en su figura más desarrollada
encuentra su determinidad cuantitativa en el mercado. También quedará
incontestada en lo tocante al valor mercantil, el cual, en la expresión
objetiva que constituye su modo de existencia, participa de la substancia del
valor, que presupone, pero es inmediatamente indiferente a la determinación
cuantitativa del valor. En suma, la misma abstracción objetiva por la que cada
mercancía se reviste de su forma necesaria, torna independiente su valor de uso
mercantil de su condición de valor de uso reproducible, y su valor mercantil de
su carácter de producto general social reproducible. Solamente en su primera figura se consuma la hipóstasis de la
mercancía.
La
mercancía se desdobla, como enseña y expone originalmente Marx, en mercancía
común y mercancía dineraria, pero la "substancia social" que allí
cobra forma objetiva no es el valor (como él afirma), sino el valor mercantil,
que hace abstracción de las determinaciones cuantitativas del valor; no es la
expresión del valor de una mercancía (como sostiene), sino la expresión de su
valor mercantil, lo que
confiere a otra el carácter de equivalente y, con él, la propiedad (que Marx
atribuye al equivalente de valor) de ser absoluta e incondicionalmente
cambiable. Comprobamos, al reconsiderar la primera mercancía en el marco de la
tercera, que no es ésta sino aquélla la que se desdobla en mercancía común y
mercancía equivalencial (medida del valor mercantil, particular simple, o
general desarrollada). El dinero mismo es el extremo polar de la tercera
mercancía: la mercancía equivalencial deviene propiamente dinero porque
únicamente por medio de la expresión del valor mercantil, la medida general del
valor mercantil tiende a desempeñarse como medida general del valor. La tercera
mercancía, o la mercancía en la plenitud de sus determinaciones genéricas y
específicas, es un producto reproducible en forma de mercancía.[181][13]
Ahora
puede comprenderse que la tercera mercancía no es meramente la integración de
ambas figuras incompletas, sino la superación (unidad de la diferencia,
diferencia en la unidad) de dos transiciones por las que la mercancía se reduce
a producto genérico y el producto se transforma en mercancía. La autonomía de
este doble proceso constituye la sociedad civil y se proyecta en el Estado,
imprimiéndole a éste su carácter moderno.[182][14]
*
Smith
critica la interpretación unilateralmente axiológica del valor económico
(recibida de la teología cristiana medieval aunque en las versiones
secularizadas por Hutchingson y Hume), liberando el concepto de connotaciones
normativas, aunque sólo a medias. Por medio de esa crítica concibe la mercancía
como producto, y sienta los fundamentos de la economía política, la ciencia que
toma por objeto la sociedad moderna. La razón mercantil se concilia con la
Razón, el valor praxiológico con el axiológico; pero el valor de cambio, que
debía mediar esa relación, permanece como algo extrínseco. Marx (un siglo más
tarde) reprocha a los "clásicos" no haber solucionado tal divorcio
entre el valor y su forma específicamente mercantil, pero él mismo no llega a
completar el concepto de valor mercantil, porque no descubre la transición a la
segunda mercancía inmanente en la primera (hoy facilitada y, en verdad,
exigida, por más de un siglo de análisis neoclásico), sino que se limita a
reducir el valor de cambio mercantil a su contenido de valor; esa reducción
únicamente deja subsistir en la mercancía un valor abstractamente genérico,
común a todas las mercancías y fundamento último de su conmensurabilidad,
encarnado en un valor de uso igualmente abstracto; en consecuencia, para
"volver" a la forma tiene que recurrir a una operación extrínseca. Su
tercera mercancía (que se desdobla en mercancía y dinero) carece de la
mediación del valor mercantil, y este defecto entorpece los mayores aportes
teóricos de su obra de madurez, la génesis del dinero, la transición de la
mercancía al capital, el concepto desarrollado de capital.
A
despecho de Rubin (quien, en su "History of Economic Thought", op.
cit., hace hincapie en este logro de Smith), es necesario subrayar que Smith no
logra eliminar totalmente la "normatividad", que acosa todavía las
obras de sus principales sucesores, Ricardo y Marx. Hacía falta descubrir la
transición de la primera a la segunda mercancía para comprender que si una
determinada cuantía de valor representa una determinada cantidad de trabajo, de
ello no se sigue que el trabajo es directamente la medida del valor. Nos
importa el valor mediado por el valor mercantil; en esta estructura, el trabajo
individual es directamente la medida del valor individual, y este valor pasa a
ser objetivamente valor social mediante su confrontación con el valor
mercantil. [183][15]En el
proceso de objetivación del trabajo social como substancia del valor, no es el
trabajo la medida del valor, sino, en primera instancia, al revés, el valor
(mercantil) la medida del trabajo. Si el valor es la representación del
trabajo, afirmar que el trabajo es la medida del valor es tautológico si se
refiere al valor en general, y falso si alude al valor que constituye una
substancia objetiva y toma la forma del valor mercantil. Es verdadero si se
refiere al valor individual, y verdadero también si se refiere al valor tal
como se expresa en la tendencia del valor mercantil. En este caso, la medida
general del valor mercantil es el dinero; en él cobra objetividad el trabajo
social, medida (externa, muerta) del valor. No se trata de una mera definición
(A es B, la medida de B es la medida de A), tampoco de una proposición sobre el
principio etológico; sino de la "substancia social" que constituye el
valor mercantil y el plusvalor capitalista.
El
valor mercantil (inseparable de su expresión dineraria) se mueve en el campo
gravitacional del valor, con arreglo a la ley fundamental de la economía
política. Pero si la serie de las sucesivas configuraciones del valor mercantil
satisface la ley del valor, es porque en cada una de tales configuraciones (p.
ej. en los "precios de equilibrio"), el valor mercantil, objetivado
en la figura hipostática de la primera mercancía, se fija en el mercado, con
independencia de la determinación cuantitativa del valor. Solamente en virtud
de esa absoluta autonomía del valor mercantil puede su cuantía ser igual, mayor
o menor que la del valor correspondiente, y si la reproducción
"gobierna" la tendencia de los precios que despejan los mercados,
ello es así porque aquella discrepancia, a su vez, gobierna -incesante y repetidamente- la reproducción. Y si
la mercancía imprime su estructura específica en el valor de uso del producto y
en la expresión de su valor, determinándolos respectiva y específicamente como
valor de uso mercantil y valor mercantil, también ello es obra de la primera
mercancía y es consecuencia de que esta mercancía, circunscripta en esta figura
necesaria, es, de suyo, irreproducible. El concepto progresó de una figura
determinada a otra más concreta, y responderá preguntas que antes no podía
formular. Su primera verdad fue trascendida, no eliminada.
*
Ahora
bien: si la mercancía contiene la génesis del capital, tal virtualidad incumbe
a la entidad más desarrollada y concreta de la mercancía, la superación de
todas sus unilateralizaciones. No se circunscribe a la primera mercancía, pero
tampoco la excluye, sino que la mercancía determinada como bien que se
intercambia contiene la transición de la mercancía al capital porque -y sólo
porque- conlleva la transición a la mercancía determinada como producto. Marx,
en cambio, centra el pasaje de la mercancía al capital en la
"transformación del dinero en capital". Nuevamente, el procedimiento
es defectuoso debido a que es extrínseco: tiene como premisa la existencia del
capital industrial y la fuerza de trabajo en su forma mercantil, y pasa por
alto el germen de la transición al capital contenido en la mercancía. Abandona
su propio concepto original de forma del valor, justo en el punto en que debe
rendirle su fruto principal. Por su parte, la economía política
"marxista", incapaz de retomar el trabajo del concepto (que torna
real lo sensible, y el discurso, verdadero), quedó atascada por más de un siglo
en la regresión ricardiana y corrió la suerte de la escuela clásica que creyó
haber superado. Una consecuencia de la noción abstracta de capital es que se
caracteriza unilateralmente el capital industrial como si éste necesariamente
se basara en el trabajo del proletario asalariado. En esta visión se obnubila
la naturaleza y la perspectiva de la lucha de clases incluso donde y cuando
esta forma del capital es, efectivamente, predominante, y se borran las
estructuras más determinadamente específicas del capital diferenciado. También
queda oscurecido el papel del comercio en la formación del capitalismo
industrial, y se desencamina la comprensión del origen histórico del
capitalismo industrial.[184][16]
En
correspondencia con la primera mercancía, hay un primer capital; así como
aquélla se circunscribe al ámbito de la circulación, éste agota su existencia
en el proceso de las metamorfosis o transfiguraciones formales o rotación del
capital. [185][17]En esta
figura no se distingue aún el capital industrial del capital comercial, y,
teniendo en cuenta las diferencias entre el ciclo de la simple mercancía y el
ciclo o "fórmula general del capital" (indicados en la notación
marxiana, respectivamente, como M-D-M y D-M-D{1+g}), el proceso puramente
formal del capital es una secuencia de metamorfosis mercantiles, procesos, por
ende, de la primera mercancía. El mercado ya existía, dice Marx, en los
"poros" del mundo antiguo, "como los dioses de Epicuro". La
producción capitalista extiende la relación mercantil hasta abarcar la
totalidad del mundo humano, brindándole su primera existencia objetiva. El
capitalismo industrial, a la par que se entregó con ímpetu sin igual durante
dos siglos a completar la unificación de los mercados locales (obra iniciada en
era del capital comercial), erosionó y disolvió todas las estructuras de
producción directa, y pujó con tenacidad siempre renovada hasta convertir todo
producto social en mercancía y, en consecuencia, todo producto en producto
(virtualmente) social general. La señales de la tensión y los límites del
sistema capitalista están siempre presentes en la primera mercancía, aún cuando
tales síntomas tienen un significado cambiante pari passu con el desarrollo
histórico de las estructuras del capital. De allí que, tomadas aisladamente,
son siempre ambiguas (virtuosas y pecaminosas). A las voces acusadoras
dirigidas en distintas épocas contra la mercancía (más precisamente, contra sus
formas desarrolladas: el dinero, la usura, el capital) respondieron otras,
defendiendo el progreso económico, social, político, espiritual, ya que el
desarrollo de la mercancía pudo, con razón, identificarse con esos elevados
bienes, y no solamente con los bienes materiales en los que necesariamente toma
cuerpo.
*
¿Cuál
es el sello que el capital diferenciado imprime en la primera forma de la
mercancía? Habiendo comprendido la figura directamente sensible de la mercancía
en la nueva estructura marco del capital, ¿estamos preparados para identificar
en ella señales significativas de agotamiento del sistema? Admitiendo la
posible ambigüedad de tales signos, ¿hasta dónde el carácter y la forma
mercantil del capital son necesarios y acordes con su concepto? Y, al revés,
puesto que la mercancía contiene la génesis del capital, ¿es necesaria la
anulación de la mercancía para la eliminación del capital?
La
ambigüedad está siempre presente y proviene de la naturaleza misma de la
mercancía, la cual, como ya comprobamos en el análisis de la expresión del
valor mercantil, conlleva en ella misma su propia negación: brota
necesariamente del proceso por el cual el valor genérico cobra en la mercancía
una forma social específica como una cosa objetiva. [186][18]Las
mediaciones principales de esta objetivación procesual que es idéntica a la
transformación del producto mercantil individual en producto social, y de su
valor individual en valor, se descubren y describen cuando se analiza la
transición de la primera mercancía a la segunda. Se comprueba entonces que el
valor de uso directo recorre el mismo camino de transformaciones, pero en
dirección opuesta: antes de ser un valor de uso individual directo, debió
presentar la forma adecuada y la convalidación consagratoria del valor de uso
social. Para devenir efectivamente un valor de uso, la mercancía debe
desprenderse de su forma, de modo que la mercancía es la negación del valor de
uso y el valor de uso es la negación de la mercancía, todo ello con prescindencia
del grado de desarrollo del capital.
Pero en
este punto interesa distinguir en los límites y contradicciones de la
mercancía, intrínsecos a su naturaleza, el modo en que se presentan en la
mercancía del capital; y, en particular, distinguir los que provienen del
desarrollo capitalista de los que resultan de la falta de tal desarrollo. La
certeza de que las virtudes y los sentimientos más elevados (el amor, el valor
viril, la poesía, la espiritualidad) no son reducibles a la mercancía del capital,
es propia de épocas anteriores. La era del capital tecnológico percibe más
agudamente el agotamiento de la forma mercantil en la degradación de ciertas relaciones sociales,
perticularmente reacias a reposar en el lecho de Procusto, como la salud, la
educación, la ciencia, el arte, y, en fin, la naturaleza: la curación no enseña
salud, la educación virtud, la ciencia sabiduría, el arte emancipación, ni la
naturaleza dignidad. Pero el límite general del sistema no está puesto por este
o aquel valor de uso particular, sino porque, de suyo, el valor de uso en tanto
relación social no es nunca totalmente reducible a valor de uso mercantil. Hay
que destacar que el valor de uso
de la mercancía es el valor de uso de
la mercancía: un intercambio social en el que se ha extirpado la
sociabilidad. En un sentido muy amplio, se suprime el cortejo, y se procede de
la manera más expeditiva. El valor de uso reducido a su estructura mercantil
(no solamente a su forma) es el valor de uso genérico descompuesto en resultado
abstracto. Por el contrario, en otras formas de intercambio de productos, como
el Don, la relación se constituye y subsiste por medio del diferimiento de la
contraprestación. Solamente una sociedad en la que la relación mercantil ha
vaciado esa sociabilidad, puede concebir el valor de uso, unilateralmente, como
la utilidad de un bien.
La
contradicción entre el carácter específico de la riqueza y su sentido genérico
se torna patente pari passu con el agotamiento del avance secular de la esfera
de la producción a expensas del trabajo consuntivo. Esta expansión procede, por
un lado, convirtiendo en trabajo productivo operaciones que otrora pertenecían
al consumo, y, por otro, transformando las condiciones del consumo de tal
manera que pocos trabajos consuntivos pueden llevarse a cabo sin medios
(herramientas, máquinas, productos químicos, energía) adquiridos, provistos por
el capital industrial. ¡En el límite al que se llega asintóticamente, conforme
avanza la diferenciación del capital, ninguno!
Incluso
en el marco de la primera mercancía y del primer capital, ambos
"factores" de la mercancía (el valor de uso y el valor de cambio) se
tornan problemáticos. En tanto valor de uso genérico, la mercancía del capital
no diferenciado es útil porque es un objeto
de tal naturaleza para un sujeto que se lo representa como una cosa apta para
"satisfacer una necesidad suya". No viene al caso que esa necesidad,
"del estómago o de la fantasía", sea ilusoria o verdadera, ni que la
aptitud de satisfacerla, atribuida al objeto, en la que el sujeto proyecta la
representación de sus propias
aptitudes, sea de carácter directo, o indirecto, instrumental (como medio de
cambio o de trabajo). En este último caso el valor de uso, en cuanto objeto,
sufre un desdoblamiento múltiple, ya que la cosa determinada que se supone
portadora de propiedades útiles, es, por un lado, objeto de deseo, por otro
lado, objeto de disfrute, y sólo el trabajo (técnicamente) concreto, por el que
el sujeto se apropia de las cualidades útiles concebidas en la cosa, realiza la
unidad (genérica, cultural) de este doble objeto. Pero la confusión entre deseo
y disfrute en el lenguaje utilizado por la doctrina ingenuamente teleológica de
la "utilidad", denunciada por Dobb, testimonia la expulsión sufrida
por el disfrute del ámbito de la producción mercantil. El desarrollo del
capitalismo que (convirtiendo operaciones de la vida doméstica en nuevas ramas
productivas, una tras otra, siglo tras siglo, desde la confección de ropa hasta
la peluquería de "pets") expande la frontera del trabajo productivo
con menoscabo del trabajo del hogar, tornándose éste elemental y huero al paso
que crece y se diversifica la riqueza mercantil, hasta el límite de su
eliminación virtual.
La
aventura, el humor, la emulación gratuita, el espíritu lúdico, las alegrías de
la creación artística, las emociones del reconocimiento humano y, en fin, el
goce, extirpado de la actividad laboral cuando ésta se estructuró y delimitó
con arreglo a la producción mercantil, se relega a la esfera del consumo donde
se reduce a una secuencia que va del deseo a la saciedad. Las necesidades del individuo, que
deben atenderse con una porción de la riqueza material producida, se degradan
con el empobrecimiento de las capacidades
creativas multilaterales del mismo individuo. Si es capitalista (regular o
aspirante), debe "bien estar", con arreglo a patrones convencionales
incesantemente actualizados, acordes a su posición en la jerarquía del capital;
y el sentido ostentativo de su comsumo denuncia que su vida privada se ha
comprometido con la voracidad compulsiva, voraginosa, insaciable, del capital.
Si es un trabajador, ("a man who lives by labour", en la expresión de
Smith), sus necesidades "básicas" son las de supervivencia, que los
economistas definen con una jerga significativamente semejante a la usada por
los veterinarios.[187][19]
[Las
figuras unilaterales de la mercancía. Segunda figura.]
El
burgués personifica la mercancía en la sociedad moderna, dominada por el
capital industrial no diferenciado. Desempeña ese papel en el subámbito de la
producción, comprendido a su vez en la sociedad civil. Recibe allí una porción
de la riqueza social (por el valor, en términos generales, de su compromiso de
capital), pero no le es dado disfrutar de ella en este compartimento de la
sociedad. En otro subámbito de la sociedad civil, el del consumo abstractamente
individual, se recoge en su singularidad abstracta y se entrega al goce
unilateralmente privado. La tercera dimensión de la vida del individuo moderno
transcurre en el polo opuesto al de la sociedad civil, donde deja de ser
bourgeois; allí, devenido ciudadano participa (en el papel de agonista de su
otro yo burgués) de la vida pública, y goza del bien común, y de las leyes. Sus
afanes y desvelos se reparten en tres vidas que son tres modos de ser
excluyentes y sin embargo recíprocamente necesarios del mismo individuo
fragmentado, que vive en cada uno con intermitencia y en todos de manera
sucesiva y esencialmente desespiritualizada.[188][20]
Si el
ámbito de la producción es, como el plano íntimo de la familia, privado, y, lo
mismo que el Estado, social, no puede ser solamente privado y al mismo tiempo
directamente social; de suerte que el bourgeois, en tanto productor, en virtud
de la naturaleza mercantil de su relación productiva, sufre aún otra escisión,
que desgarra ese vínculo. El productor mercantil se pone en oposición consigo
mismo pues su actividad laboral y su nexo social caen en subesferas distintas
de la producción. En una se desenvuelve el proceso de transformación material
que les da su forma útil, en la otra tiene lugar la metamorfosis o
transfiguración social necesaria por la cual la mercancía singular deviene
producto social. Ambas particiones de la subesfera de la producción mercantil,
la de la forma social y la de la forma material, la del mercado y la del
trabajo, la de la expresión y realización del valor mercantil y la de la
creación de valor, etc., son contrapuestas -separadas y articuladas- por la
estructura específica de la producción mercantil, tienen en ella su diferencia
y su unidad. Esta alternancia singularmente específica del homo mercator se le
presenta a éste como si sólo fuera la secuencia de la vida natural entre la
vigilia y el reposo.
En su
pura dimensión genérica, la producción mercantil es una relación social entre
productores, una "relación de producción"; lo distintivo de esta
forma histórica particular de la producción es que en ella la realización del
producto es un acto social separado del trabajo, y el trabajo se lleva a cabo como
un acto privado, al margen del vínculo social directo. De este divorcio
resulta, y por él persiste, la unilateralidad de las figuras primera y segunda
de la mercancía, las cuales caen en subesferas contrapuestas (separadas y
articuladas) de la sociedad civil: el mercado y el lugar de trabajo. El
individuo que encarna esta relación peculiar -la producción en su forma
específicamente mercantil- es, él, una encrucijada de desgarramientos. En tanto
bourgeois, criatura de la sociedad a
la par universal y escindida, separado de sí mismo al desgajarse de su espíritu
el alma mercantil y los manes de su ser político, la vida de su fragmento
económico se agota en una esfera particular determinada de la sociedad
capitalista (la sociedad civil), donde sufre aún otra escisión, inevitable y
radical: es el mercado, donde "ata y desata" su vínculo productivo.
Allí, tan pronto como la conexión evanescente se establece, rómpese nuevamente.
Su relación laboral queda nuevamente disecada de su relación productiva. La
producción mercantil es la unidad de dos procesos, la transformación material y
la transfiguración social, separados material y formalmente, y por eso
separables también en el espacio y en el tiempo, e incluso suceptibles de ser desempeñados por individuos distintos.
Cuando
esta posibilidad se consuma, ya el bourgeois no es más, de modo sucesivo: homo
mercator - homo laborans, sino que esta escisión (connatural a la mercancía),
que deja el trabajo efectivo fuera de la subesfera donde la producción se
concreta en tanto y en cuanto vínculo social, toma la forma de un
desdoblamiento social y contiene el germen de la explotación capitalista y la
consiguiente constitución de las clases sociales fundamentales de la sociedad
moderna. La separación entre la actividad laboral y la compraventa persiste, y
la segunda sigue siendo la instancia en que el producto se realiza como
producto social y como producción, pero ahora en ambos polos del proceso
productivo se desarrollan nuevas relaciones. El trabajador unilateralmente determinado
como productor de plusvalía, no es directamente un productor de mercancías sino
que trabaja para un capitalista, quien se habrá reservado la potestad de dar al
producto la forma social necesaria instituída en esta peculiar estructura
productiva. El trabajador queda excomulgado del todo orgánico social y sólo
puede "religarse" a través del mediador capitalista. También la
relación laboral se desarrolla en dos direcciones opuestas: por un lado, entre
el obrero asalariado, individual o colectivo, y el capitalista, es la del
subordinado con el superior, con el amo o patrón; por otro lado, en el interior
de la recua, se incuba la solidaridad entre los uncidos. Alli, "¿qué
sucede?".[189][21]
Marx
hizo hincapie en que los polos de esta relación están determinados por la
propiedad de los medios de producción: a la vez que el dueño de las condiciones
materiales del trabajo, o del dinero requerido para adquirirlas, se convierte
en capitalista, el productor carente de esos medios deviene, correlativamente,
obrero asalariado. Pero, más esencialmente, puesto que la producción de capital
y, a fortiori, la relación entre capitalista y trabajador, tiene como premisa
la estructura mercantil de la producción, el capitalista es el patrón porque únicamente él tiene el poder de
realizar como mercancía el producto del trabajo del obrero.[190][22]
Esa
exteriorización de la estructura interna de la mercancía deja intacta la
condición contingente del producto; su forma mercantil, con prescindencia de su
determinación como capital, lo somete a la ordalía. El poder del capitalista
para conferir al producto del obrero la forma mercantil necesaria para realizar
su valor y, por ende, el consiguiente secuestro del nexo productivo del
trabajador, está siempre condicionado y limitado por la naturaleza
necesariamente mercantil del capital valorizado. Pero la incertidumbre esencial
del capitalista no debilita su poder sobre el trabajador, ni dulcifica su afán
de usufructuar toda la capacidad laboral que adquirió para su capital. Por el contrario,
refuerza el poder de extorsión del secuestrador del nexo productivo, y lo
acucia irresistiblemente a aplicar su autoridad del modo más despótico para
apropiarse totalmente de las capacidades laborales incorporadas a su capital.
Los obreros del capital, hombres jurídicamente libres en general, quedan
sometidos a un régimen de explotación más totalitario que la esclavitud porque
no se funda en la satisfacción personal del amo ni en la imposición extrínseca
de su voluntad, sino en la necesidad del explotado.
Los
modos y artilugios a los que el capitalista apela con el fin de forzar al
trabajador [191][23]
compeliéndole a producir más y más plusvalía, recortan girones de la tasa de
ganancia, contrariando la finalidad suprema del capital. Unicamente allí donde
las circunstancias se los imponen apelará a tales artificios, y renunciará a
ellos tan pronto pueda asegurar la valorización de su capital sin incurrir en
los "faux frais" de la explotación capitalista. Por ejemplo, en el
sistema de plantaciones coloniales el capitalista sometía a sus trabajadores
por medio de la servidumbre, la esclavitud, el trabajo forzado; pero estas
modalidades de explotación precapitalistas subsumidas por el capital son más
ineficientes para la producción de plusvalor capitalista que el trabajo
asalariado. Por eso, el desarrollo capitalista puede y debe (con arreglo a su
finalidad) desprenderse del estigma de la esclavitud, de los lazos de
dependencia o sujeción personal, del trabajo forzado involuntario, cuando tiene
asegurada la explotación de trabajadores forzados voluntarios; es decir, cuando las condiciones
histórico-sociales, conformadas por el propio desarrollo de este régimen,
pongan mano de obra emancipada a disposición del capitalista, y a su merced.
Pero, si bien la proletarización es un arbitrio poderoso para imponer la
relación de explotación al productor de plusvalía, así como el plantador
esclavista inmovilizaba una inversión en esclavos, el capitalista industrial
que compra fuerza de trabajo debe hacer (por lo general) un adelanto de capital
variable y de capital constante; el sueño ideal del capitalista sería que el
obrero hiciera, al menos en parte, estos adelantos, y produjera plusvalor sin
apropiarse de éste en proporción a sus aportes al capital, o, en esta medida,
sin que el capital adelantado por él sea verdaderamente capital para él, pero
sí y sólo para el capitalista. Esta autoexplotación, que prolonga y acentúa los
efectos de la necesidad que arrastra al proletario a subordinarse al
capitalista en condición de asalariado, añadiéndole el acicate de un espejismo
de emancipación, poder, riqueza, puede desbordar todos los límites de la forma
salario de la explotación capitalista.
Debido
a que la autoexplotación puede desbordar todos los límites de la explotación
capitalista, sería asequible una tasa de plusvalor más elevada, pero incluso
una tasa de plusvalor más reducida sería compatible con una tasa de beneficio
más elevada, etc. Para que gradualmente y hasta cierto punto se imponga una
tendencia semejante, es necesario que se conjuguen las necesidades del capital
con la ocasión de implementar esta estrategia. La necesidad misma está presente
desde los orígenes de la empresa de capital; su élan instintivo y ancestral
siempre la impulsó a elevar al máximo posible la ganancia por unidad de
capital, y la ocasión de lograrlo madura con el proceso de diferenciación del
capital. que, en el caso de la empresa del tercer tipo que tiene naturalmente
en
La
empresa de tercer tipo es acosada por una avidez insaciable de mayores recursos
propios como los que pueden provenir del capital desafectado en las plantas
industriales de la misma empresa o grupo.
Así se
lo impone su necesidad rápidamente creciente de financiar los proyectos
estratégicos de I+D y las gigantescas y arriesgadas inversiones complementarias
de sus programas de innovación. Esta presión imprime una dirección particular a
las líneas de investigación tecnológica, favoreciendo en general el desarrollo
de ingenierías y técnicas productivas que tornan progresivamente viable en gran
escala un modo de explotación compatible con un significativo descompromiso
(centralización cum
desconcentración) de capital.
\][
En
suma, si el obrero no es propietario a) de los medios materiales (condiciones,
objetos, instrumentos) adecuados a «su» trabajo productivo, b) de «su»
capacidad ni, por ende, de «su» trabajo, en el transcurso de la jornada
laboral, ni c) de «su» producto en cuanto éste es efecto inmediato de «su»
trabajo, y si, además, no es vendedor de su producto ni puede mandarlo a vender
por su cuenta, es decir, d) no realiza su producto, entonces las primeras tres
condiciones, que pueden llamarse el ABC del capital industrial, son, siempre,
poderosos coadyuvantes del capitalismo, [192][24]porque
aseguran al capitalista la facultad exclusiva de formalizar el vínculo
productivo, pero únicamente esta última, la condición d), es estrictamente
esencial, necesaria y suficiente. Si circunstancias distintas de las ABC
permiten al capital industrial consumar la apropiación de plusvalor, ellas
pueden ser una fuente de polarización del capital en capital potenciado y
capital reducido, de modo que las empresas de capital potenciado producirán más
valor por unidad de capital comprometido, más plusvalor a una misma tasa de
plusvalor, una mayor tasa de plusvalor (incluso pagando salarios más elevados)
y, en general, accederán a tasas de ganancia extraordinarias (incluso sin
utilizar poderes monopólicos ni monopsónicos).
Por su
parte, las empresas tipo II de capital simple forman un subconjunto
heterogéneo, donde la incapacidad generalizada de innovar ha puesto en el
centro de las estrategias competitivas de algunas empresas la acertada adopción
de técnicas productivas, de modo que el privilegio del adoptador temprano
desempeña un rol comparable al privilegio del innovador en la época del capital
no diferenciado. Asimismo, la tasa de ganancia "normal" se torna
idiosincrática de determinados estratos de capital reducido, de modo que entre
ellos no se verifica la tendencia a la igualación de las tasas de ganancia. En
otras palabras, la tasa media de ganancia es un promedio meramente extrínseco,
estadístico. En el extremo de esta estructura jerárquica, caracterizada por la
dispersión estable y acaso creciente entre las tasas de ganancia de las
empresas de capital, se encuentra el estrato para el cual la tasa de ganancia
es nula. Se confunden en este extremo, formalmente, los productores simples de
mercancía, con los productores mercantiles de plusvalor. Lo mismo que el
capital tecnológicamente potenciado, el capital reducido que logra grados de
potenciación más o menos circunstancial, podrá alcanzar una tasa de ganancia
más elevada (mutatis mutandi, caeteris paribus, etcétera) si la empresa logra
que trabajen para ella productores de plusvalor propietarios de sus medios de
trabajo e incluso de su producto inmediato, sin que, claro está, estos
trabajadores sin patrón participen en el reparto del plusvalor en proporción a
su aporte de capital; sin que, en definitiva, el capital aportado por el
productor sea cabalmente «su» capital. (Lo mismo que en el párrafo anterior,
las comillas sugieren que el apócope del pronombre posesivo de tercera persona
denota alienación y despojo esencial, y no, como en el uso normal, posesión o
propiedad, en este caso, propiedad del capital en tanto que capital.)
Los
principios morales y éticos, la angustia por la infancia desprotegida, la
preocupación angustiosa por la conservación del ambiente y la preservación de
la vida en el planeta, la supervivencia de la humanidad, en fin, son cuestiones
que pueden interesar a una empresa de capital cuando, invocándolas, posa como
la encarnación de las virtudes, y, naturalmente, espera, con
"chances" bien evaluados, ganar posición y definida ventaja a
expensas de sus rivales. Al acentuarse la diferenciación del capital, se
distingue cada vez más nítidamente la empresa de capital tecnológicamente
potenciado de otras empresas que en alguna coyuntura dejaron de apostar con
éxito a la tecnolología, y cifraron su destino en la explotación unilateral, no
meramente complementaria y circunstancial, de otras fuentes de potenciación.
Otras formas de extorsión se tornan superfluas, y son duramente combatidas por
los gobiernos que representan empresas de capital tecnológicamente potenciado
para cerrarles el paso a rivales que compensan su debilidad esencial valiéndose
únicamente de fuentes
"tradicionales" de potenciación.[193][25]
*
El
comprador de la mercancía del capital diferenciado no sale del mercado para
quedar en una relación natural y aislada con el valor de uso de una mercancía
formalmente extinguida, sino que su compra lo introduce en un subsistema
particular dominado por una empresa de capital relativo, o en una interfase
determinada de un conjunto de tales subsistemas (v. gr. en la confluencia de
sus cadenas de distribución). Esto es así para los bienes de consumo en general
(bienes salariales, bienes suntuarios), pero más definidamente aún para los
componentes, físicos o inmateriales, del capital constante, circulante o fijo
(insumos productivos, maquinarias, planta y equipamiento fabril, servicios,
marcas).
En el
sistema del capital industrial no diferenciado, el fabricante ofrecía su
mercancía proclamándola como el dechado de las virtudes que corresponden al
concepto de valor de uso. La empresa de capital tecnológicamente potenciado
hace lo mismo (mutatis mutandi), pero no se limita a pregonar las ventajas
terrenales de su mercancía sino que su proclama es el anuncio de las virtudes
celestiales de la empresa misma.
Nada
puede resultarle más ajeno ni más indiferente a la empresa de capital que el
interés común, la paz, el bienestar general, los derechos humanos, la
conservación del ambiente, los principios éticos, la democracia, la felicidad
de los niños. Pero los intereses particulares de las empresas de capital
relativo coinciden circunstancialmente con el interés general cuando en una
plaza particular esos grupos económicos apoyan oportunísticamente exigencias de
calidad y seguridad, normas bromatológicas rigurosas, controles sobre el
impacto ambiental, condiciones, en fin, que arrasan con las empresas de capital
no diferenciado, eliminándolas masivamente, en tanto que brindan al capital
compuesto el mayor poder extorsivo sobre el capital simple, y le dejan el campo
libre para configurar y reconfigurar sus subsistemas de acumulación
capitalista. Las nobles pero tardías campañas contra la corrupción
administrativa no institucionalizada
apuntan a cortar de cuajo el control secular ejercido sobre el Estado nacional
en todos sus niveles por las mafias locales y las burguesías inferiores. Las
empresas de tipo III adhieren a esas campañas que abren espacios reservados
para ellas, aunque corren el peligro de ser atrapadas in fraganti, con las
manos en la masa (casos Lockheed, IBM...).
La
subsunción del Estado nacional (reducto, otrora, de la clase burguesa) en la
soberanía eminente del Estado
supranacional, se acelera y remata con maniobras de alta finanza
institucionalizada que completan la demolición de los Estados nacionales más
débiles, por una conjunción de circunstancias que comprende el crecimiento
descomunal de la deuda externa nacional, su consiguiente estatización, la
esquilmación y el saqueo de los patrimonios públicos, la imposición de
condiciones onerosas de refinanciamiento y del reconocimiento y trato de la
banca internacional como acreedora privilegiada, el condicionamiento -de allí
en más- del crédito internacional (que hubiera sido escándalo en la época del
Estado burgués), el financiamiento descentralizado de los proyectos y programas
de interés público, la presión desembozada sobre el quehacer legislativo e
incluso judicial, la supervisión ("monitoreo") de las políticas clave
de los países destinatarios de "ayuda" y "cooperación"
(aspecto destacado de la corrupción institucionalizada), la desvinculación
formal del Estado respecto del mandato popular. Los Estados nacionales,
subsumidos en el Estado supranacional, subsisten formalmente, pero su realidad
corre pareja con sus respectivos órdenes jerárquicos en una escala concomitante
a la estructura del capital diferenciado. A todos ellos les toca participar en
la guerra del "ajuste", que consiste en el desmantelamiento de la
figura civilizada del Estado "benefactor", para mejorar la posición competitiva
de la masa de capital de segundo tipo que opera en su territorio, y atraer más
inversiones. La estratagema ideológica cobra una eficacia inusitada porque el
mensaje, que llega al mundo entero, ¡brota de los hechos mismos! Apenas
necesita ser proferido: la salvación social está en complacer en un todo a los
inversores. Por lo demás, obviadas con mayor o menor delicadeza las
formalidades que mantenían la ficción de un derecho internacional que amparaba
la igualdad de los Estados soberanos, la nación que ocupa el puesto superior
entre las regidas por el Estado supranacional, fija unilateralmente los
criterios políticos y las normas comerciales del mundo, y mantiene a raya, con
advertencias cargadas de presagios, amonestaciones, amenazas, castigos
tarifarios y comerciales -eventualmente prolongados con el bloqueo económico,
sin excluir la amenaza militar y la invasión-, a países transgresores o
insuficientemente celosos en su aplicación.
*
A los
capitalismos comercial, industrial indiferenciado e industrial diferenciado,
coresponden respectivamente el Estado nacional absolutista, el moderno, el
supranacional.[194][26]
La
soberanía del Estado nacional nace encarnada en la persona del rey, y es la
gran creación política del capitalismo comercial (capitalismo en ciernes); más
particularmente, de las burguesías comerciales aliadas a la monarquía contra la
nobleza terrateniente. El Estado que se prepara para adquirir carácter moderno
contiene ya la contradicción del Estado capitalista entre la soberanía formal y
la soberanía real; aquí se presenta como la ambigüedad inmanente a la figura
del monarca, que lo es por gracia de Dios, pero a condición de que conserve el
apoyo de sus aliados burgueses. En el Estado moderno la contradicción del
Estado capitalista se conserva, diluyéndose de modo aparente en la división de
poderes y desarrollándose bajo la forma de mandatos y representaciones. Si,
antes, la ficción de la representación divina (generalmente limitada a los
asuntos terrenos y consagrada en la ceremonia de la coronación), se aceptaba
sin más prueba que la voluntad del Rey, ahora la figura de la representación
popular y la ficción de que el gobernante es el mandatario de la voluntad del
pueblo, tiene que validarse periódicamente a través del sufragio universal en
el que se expresaría la voluntad del mandante.
El
principio burgués de la libertad política es una conquista imperecedera de la
humanidad: el ciudadano no debe obediencia a un gobierno en el que no está
representado, ni acatamiento a sus leyes. Sus derechos, empero, se
circunscriben al territorio de su Nación. Cuando un Estado moderno comprende en
su jurisdicción a otro Estado, o bien lo subyuga como colonia o protectorado,
cargando con los costos de enfrentar una resistencia que invoca su propio
principio, y con el riesgo de tentar a sus colonizados a establecer alianzas
con potencias rivales, o bien acoge a los súbditos del Estado subordinado en
calidad de ciudadanos con plenos derechos. Esto mismo ocurre cuando varios
Estados se integran como entidades federales en un Estado moderno, del que
constituirán las futuras provincias.
No es
así en la época del capital diferenciado: la subsunción de un Estado
subordinado por el Estado supranacional es una sucesión procesual de
situaciones de hecho, que no se ciñen a una formalidad jurídica definida, ni
acata, por lo general, las existentes; por el contrario, la representación
política, vacía de todo mandato original, se prolonga diluyéndose en sucesivas
delegaciones y, de hecho, al penetrar en los organismos internacionales que,
poco a poco, se convierten en otras tantas agencias ad hoc del Estado
supranacional... ¡La representación se invierte!
*
A la
empresa de capital relativo no le basta para su finalidad alcanzar una ventaja
tecnológica -siempre costosa y efímera-, ni, de hecho, puede sostenerla y
renovarla, si no se vale de ella y de cualquier otra circunstancia para
prevalecer del modo más contundente sobre sus rivales y establecer su hegemonía
sobre la sociedad. Nada puede ser tan favorable a sus designios como arrogarse
con éxito y reconocimiento generalizado la representación del interés general,
alzándose con los restos del Estado moderno, incluído algún fragmento del halo
que otrora resplandecía sobre él.
*
La
figura del trabajador no proletario que produce para un capitalista está
presente, mutatis mutandi, en todas las etapas del desarrollo capitalista.
Proletario
es (en el marco del capital) "el trabajador productivo desposeído -que
nada posee sino esa capacidad-", capacidad que debe vender por jornadas al
capitalista. Por su parte, el trabajador no proletario (en el mismo marco),
trabaja también para el capital, pero, además de su fuerza de trabajo, en
algunos casos, o el fruto inmediato de su trabajo (incluidos los
"servicios"), aporta capital sin obtener una ganancia proporcional.
Este trabajador pseudocapitalista es explotado por «su» capital. Puede tratarse
de un trabajador individual (autoempleado, "cuentapropista") o
colectivo (cooperativa de trabajo), o la figura, adaptada a la estructura del
capital diferenciado, del patrón de tipo I. Pero, el obrero que produce
capital, lo mismo si es propietario que si es proletario, carece de la
condición que le permite repetidamente realizar (el caracter social de) su
producto. En una sociedad donde el nexo económico esencial es la mercancía,
esto significa que le ha sido amputada el alma social.
Hay que
distinguir los momentos genéricos y específicos (en distintos grados) de esta
relación pues, por de pronto, sólo es posible o, en verdad, relevante, la
producción individual de plusvalor capitalista cuando es para otro. Lo
pertinente no es que el obrero produce para otro, puesto que producir es
siempre para otro (o trabajar repetidamente para otro es la esencia genérica de
toda producción). Tampoco, que el capitalista explota al obrero, porque la
explotación de trabajadores voluntarios o forzados es igualmente genérica, en
tanto producción no recíproca entre individuos no emparentados (que no
"invierten" biológicamente en un patrimonio genético común). No es la
ausencia de una contraprestación del explotador lo que distingue la explotación
productiva (de la cual el plusvalor mercantil es la forma específicamente
capitalista); la naturaleza específica de la explotación capitalista no reside
ni siquiera en la identidad entre la explotación y la producción de plusvalor,
ya que aquí se trata de plusvalor capitalista; éste debe cobrar necesariamente
la forma social de plusvalor mercantil que sólo el capitalista puede
conferirle, ya como comprador, ya como vendedor. El poder de conferir al
producto la forma adecuada a su realización, esencial a todo capitalista, que
el capitalista potenciado detenta en un subsistema de relaciones directas de
acumulación, pierde su carácter extrínseco y contingente en la estructura del
capital potenciado tecnológicamente, y tiende a desbordar definitivamente de la
sociedad civil, extinguéndola.
Las
modalidades no asalariadas de la producción de capital comprenden (en épocas
pretéritas) relaciones de dependencia personal no disueltas por el capital sino
subsumidas por éste, como, -inter alia- la producción de plusvalor capitalista
por campesinos serviles en Europa oriental y Rusia, donde la imposición
patronal exprime prerrogativas patriarcales, usufructuándolas unilateralmente,
la "segunda servidumbre" (Engels), cuyas manifestaciones se extienden
hasta bien entrado el siglo XIX; los sistemas coloniales de trabajo forzado
basado en instituciones indígenas ("asiáticas") precapitalistas; el
trabajo de esclavos en las colonias americanas españolas, portuguesas,
holandesas, francesas, inglesas. Asimismo, el sometimiento mercantil de
trabajadores semiserviles en el sistema doméstico rural que rompe las barreras
interpuestas por las guildas y gremios urbanos en la baja edad media, en el que
asoma el capital industrial incipiente. Se juntan en esta enumeración las
formas de trabajo capitalista no asalariado debidas al exigüo desarrollo del
capital, como las anteriores, y las que acompañan a las formas desarrolladas e,
incluso, maduras, del capital, como las siguientes, en las que ya el trabajador
aparece libre de lazos serviles: el agricultor cuasi-capitalista en la base de
los subsistemas de capital no diferenciado (farmer, colono); el productor
propietario atrapado en los subsistemas de capital diferenciado donde la
empresa tipo II produce por administración y/o por contrato; y diversas
modalidades que provienen de las estrategias de desintegración vertical y
descompromiso de capital de las empresas tipo II y tipo III.
Esos
subsistemas, en los que la tecnología remata y subordina las fuentes y
circunstancias de potenciación del capital, tienen mucho de semejante a sus
antecesores en la época del capital no diferenciado: la empresa dominante
obtiene una fuente de ganancia extraordinaria por la vía de la desafectación de
capital. En ambos casos la empresa dominante descompromete capital en un doble
sentido, en cantidad y grado: economiza capital y translada a otros los mayores
riesgos de la inversión y discontinuidades en la rotación del capital. Por otro
lado, en la configuración de subsistemas de capital diferenciado se torna
patente la contradicción entre centralización y concentración de capital.
Debemos la distinción a Marx, quien, sin embargo, no llega a aclarar la
relación entre ambos procesos, como lo atestiguan incluso sus dubitaciones
terminológicas. Decimos que una empresa concentró o concentra capital, en el
primer caso si sobrepasa significativamente a sus competidores en escala de
acumulación, en el segundo, si los supera en cuanto a su tasa de acumulación. Y
decimos que una empresa centraliza capital si ejerce un poder unilateral y
sistemático sobre la gestión del capital en otras empresas. Si, así definidas,
la primera se refiere al mayor tamaño relativo de la empresa (vis à vis
"fragmentación"), la segunda atañe al mayor poder de una firma sobre
otras, también guardan relación, porque una empresa que dispone de una mayor
cuantía de capital posee en consecuencia mayor "poder de
acumulación", y una empresa que tiene poder sobre otras empresas lo
aprovechará para apropiarse de más capital.
Por
este lado, ambos procesos son sinérgicos, o concurrentes, y esta relación es
característica (pero de ningún modo exclusiva ni necesaria) del capital no
diferenciado. La concentración (vgr. asociada a economías técnicas de escala)
favorece la centralización, en tanto que la centralización desemboca en la
fusión de empresas y por consiguiente en una mayor concentración. "Es una
centralización de capitales ya formados, la abolición de su autonomía
individual, la expropiación del capitalista por el capitalista, la
transformación de muchos capitales menores en pocos capitales mayores". [195][27] Y, en
efecto, en tanto la acumulación del capital (como Pedro en la misión de atar o
desatar) labora en dos sentidos opuestos: fragmenta y une, los procesos de
concentración y centralización tienden a conjugar muchos capitales sometidos a
un mismo comando. La diferencia entre ambos está, por de pronto, en la forma en
que ese sometimiento constituye, o bien una "sociedad", una empresa,
por y para la cual hay "within and without", un adentro y un afuera,
en cuyo caso los capitales están "atados" directamente o "por
administración", o bien una relación entre empresas tal que unas imponen a
otras, de modo unilateral, por extorsión (que puede formalizarse en contratos
de obra o servicio con cláusulas de "adhesión"), condiciones clave
que favorecen sistemáticamente a la empresa centralizadora. Se configura así un
subsistema de acumulación capitalista.
Ahora
bien, si la circunstancia que permite a la empresa centralizadora poner e
imponer sus condiciones extorsivas a otras empresas fuera independiente del
grado de concentración dado en el subsistema relevante, y si, además, la
primera tuviera la opción de invertir capital fuera de tal subsistema en
proyectos de alta rentabilidad, entonces, su estrategia para alcanzar la mayor
tasa de ganancia le exigiría procurar la desconcentración del subsistema
capitalista particular. De este modo -caeteris paribus- las empresas
subordinadas aportan una masa de capital que obtendrá proporcionalmente menores
beneficios; el éxito de esta estrategia se puede medir comparando la tasa de
ganancia entre empresas subordinantes y empresas subordinadas. En este caso, la
empresa centralizadora alcanzó la tasa máxima de ganancia por el camino opuesto
a la concentración, reduciendo su compromiso de capital. Estas condiciones se
dan, en parte, en la estructura del capital diferenciado. Sólo en parte. Ahora
la esfera de la producción presenta una nueva dualidad, puesto que se ha
separado la innovación (más precisamente, la etapa de I&D) de la
reproducción. En ésta operan las empresas de tipo II y tipo III (omitimos,
aquí, las de tipo I y IV), y tienden a contraponerse la centralización y la
concentración. No ocurre lo mismo en la esfera de la producción sistemática de
nuevas técnicas, de la que las empresas tipo II están excomulgadas, y donde
todavía la centralización y la concentración son concomitantes. [196][28]También
pueden contraponerse, aunque no de modo sistemático, la concentración y la
centralización en el ámbito más restringido de las empresas de tipo II, el cual
presenta en su interior una réplica de la estructura total del capital
diferenciado. Tanto la semejanza (superficial) cuando la diferencia
(sustancial) entre esta parte y ese todo proviene de que la competencia entre
empresas de tipo II tiende a dirimirse con la adopción temprana de nuevas
técnicas, la cual desempeña localmente y en el subsistema un papel comparable
al desarrollo tecnológico propiamente dicho, incluso sin tener en cuenta que la
adopción precoz, que suele requerir algún grado de adaptación (progresiva o
regresiva, en este último caso cuando se eliminan del diseño original ciertos
detalles de calidad, para entrar con menores precios y/o mayores ganancias en
un mercado local menos exigente), y, por ende, algún desarrollo tecnológico de
detalle.
En
términos generales, pues, y con arreglo al concepto, en los subsistemas de
capital diferenciado la división de trabajo sufre un cambio cualitativo. Quedan
separadas la creación de dos riquezas, una reproducible, otra no reproducible.
La primera consiste en la producción y reproducción de capital mercancía; la
segunda es la producción sistemática de nuevas técnicas productivas (mediante
proyectos de I&D), actividad, también ella, productiva que, lo mismo que la
anterior, es propia del capital industrial en todas las etapas históricas de su
desarrollo. La única novedad, cargada, empero, de consecuencias, es su separación.
Una de estas consecuencias es que una masa creciente de capital se aplica a la
producción de un bien que carece, de suyo, de valor, pero que es necesario para
la producción de plusvalor relativo. Otra consecuencia es la posibilidad de una
centralización de capital compatible con una desconcentración de capital; de
este modo hay, en un polo, una doble potenciación del capital, ya que la
empresa del tercer tipo posee una capacidad privilegiada de obtener una tasa de
ganancia doblemente extraordinaria, primero porque se fundamenta en una tasa de
plusvalor extraordinaria y, por añadidura, porque dispone de un poder de
extorsión que le permite a la vez centralizar y descomprometer una masa
significativa de capital. Hay que puntualizar que, en los subsistemas de
capital diferenciado, la centralización del capital no es la causa sino la
consecuencia de la reducción de una masa de capital a la condición de capital
carente de capacidad de innovar.
*
El
capitalista secuestró el nexo humano esencial del productor, lo sometió por
medio de una extorsión irresistible, lo encerró en la condición de trabajador
abstraído del vínculo productivo; lo redujo de productor a trabajador, y de
trabajador a operario unilateralmente determinado; lo forzó a valorizar el capital
para vivir, y a vivir para valorizar el capital. No fueron menester para
ponerlo al remo ni grillos ni cadenas, porque el obrero, náufrago social,
impotente para realizar socialmente él mismo el producto de su trabajo, incapaz
de entrar en comunión con su ser social alienado sin la mediación del sacerdote
del capital, nada ansía tanto como ser galeote. (Aludíamos más arriba a los
"forzados voluntarios").
Si el
obrero carece de medios de vida y de trabajo, entonces esta carencia determina
por sí misma su incapacidad de conferir a su producto la forma social necesaria
para realizarlo, sencillamente porque no puede tampoco confeccionar su forma
materialmente útil, y queda eo ipso entregado, inerme, a la voracidad del
capitalista. Por eso Marx ha creído que el proletario asalariado presenta la
forma paradigmática del obrero que produce plusvalor capitalista. Aunque
reconoce claramente, en contextos históricos particulares, que la relación
entre el obrero asalariado y el capitalista no es la única forma que presenta
el capital industrial, la expone como la forma más adecuada a su concepto. Este
énfasis desencaminado, de nefastas consecuencias en la "escuela"
marxista, se explica por dos circunstancias. Es una cuestión de hecho,
incontrovertible, el predominio de la forma asalariada del capital en la era
del capitalismo industrial; su peso abrumador, su dinamismo en la configuración
histórica de todo el sistema. Por otra parte, la elaboración inacabada del
concepto de mercancía en las dos primeras secciones del "Das
Kapital..", donde valor y expresión del valor se contraponen sin la
mediación necesaria del valor mercantil, limita el desarrollo del concepto en
el resto del Primer Tomo, centrándolo unilateralmente en la única forma del
todo consistente con el supuesto de que el conjunto del capital es homogéneo en
el sentido de la igualación de las tasas de ganancia. La ausencia de señales
empíricas inequívocas y concluyentes del proceso de diferenciación del capital,
a la sazón todavía incipiente, y por ende del carácter irreversible de ese
proceso, puede acaso haber desalentado su interés en las modalidades del
capital que él tenía por no conformes al concepto. Pero, luego de desarrollar
más allá del "Das Kapital.." el concepto de la tercera mercancía -de
linaje indudablemente marxiano-, y, consecuentemente, luego de analizar la
cronoestructura del proceso de rotación del capital en términos de valor
mercantil, incluso circunscribiéndonos al capital no diferenciado, comprobamos que la forma salarial no es, ni
siquiera en principio, la que permite a la empresa de capital industrial
alcanzar la tasa de ganancia más elevada.
*
Smith
identifica abstractamente mercancía con producto; y, cuando dice que una
mercancía confiere a su dueño el "comando" del trabajo de otros, casi
siempre confunde mercancía común con mercancía dineraria, sin tomar en cuenta
que sólo la mercancía equivalencial, puesta como tal por la mercancía relativa,
"comanda" a ésta. A la vez, al entreverar la forma condicional de la
mercancía con la forma directa y absolutamente cambiable, mezcla valor con
valor mercantil, sin tomar en cuenta que la cantidad de trabajo social
representado en el valor de la mercancía difiere, en principio, de la cantidad
representada en su valor mercantil. Otras veces, confunde capital con
mercancía, ya que el dueño de la mercancía realizada puede, por medio de la
compra de otras mercancías, "comandar" indirectamente el trabajo
social representado en éstas, o detentar el comando de trabajo vivo, si, como explica
Marx, la mercancía adquirida es la "fuerza de trabajo". Aquí el
"comando", para aumentar la ambigüedad del vocablo, se presenta por
partida triple; el dueño de la mercancía, convertida ahora en dinero que, a su
vez, se transforma en capital, "comanda" a) el trabajo representado
en el valor mercantil de la "fuerza de trabajo" que adquiere en forma
de mercancía, b) el trabajo vivo que constituye, explica Marx, el valor de uso
de dicha mercancía, y c) el trabajo representado en el valor acrecido de su capital.
Confunde,
en fin, o engloba sin distinguir, el comando sobre valor mercantil en general,
que convierte a la mercancía en dinero, con el comando sobre plusvalor, que la
convierte en capital, y con el comando sobre trabajo productivo de capital, que
la convierte en capital industrial. A esta pluralidad de significados hay que
añadir el siguiente, que retiene y organiza los anteriores: el comando de unos
capitales sobre otros, que convierte a los primeros en capitales potenciados.
Cuando el carácter potenciado de un capital es la expresión circunstancial y
temporaria de una innovación exitosa, su capacidad de entablar relaciones de
acumulación ventajosas, tiende a extinguirse con la difusión de la técnica;
pero cuando cobra firmeza la figura taxonómica de cierto tipo de empresa que
por medio de una cartera siempre renovada de proyectos de I&D logra
recuperar sistemáticamente el privilegio del innovador, decimos que su capital
reviste el carácter de capital tecnológicamente potenciado, o relativo, y posee
el comando tecnológico de uno o varios subsistemas de capital diferenciado.
En
ausencia de circunstancias o estructuras, inmanentes al capital, que,
sistemática y progresivamente, potencien la fuerza de acumulación de unos
capitales a expensas de otros -el poder del capital sobre el capital-, que, en
fin, conviertan al capital en capital potenciado, el comando directo de -sobre-
trabajo vivo de obreros asalariados es el medio más acorde con la naturaleza y
a la necesidad del capital para comandar plusvalor. Esto es así cuando la
proletarización del productor es condición económica sine qua non para
someterlo, impidiéndole elaborar por sí mismo valores de uso susceptibles de
revestir forma mercantil, reduciéndole a la impotencia social, sin dejarle otra
opción individual que la de trabajar en "relación de dependencia", a
las órdenes del capitalista. Pero el trabajo asalariado no es, en general, la
forma de capital que permite a la empresa capitalista apropiarse de la mayor
cuantía de plusvalor por unidad de capital comprometido. En las condiciones de
presión competitiva extrema propias del capital diferenciado maduro, la empresa
de capital de tipo II o III, que debe explotar la mayor masa de trabajo
productivo de plusvalor con el menor compromiso de capital, acude a modalidades
de explotación indirecta del trabajo productivo de plusvalor, a modos de
subsunción del trabajo mediante la subsunción del capital por el capital,
configurándose así los subsistemas capitalistas jerarquizados.
Además,
la estrategia de descomprometer capital en una aplicación industrial
determinada está reforzada por otras circunstancias características de este
tipo de empresa: domina oportunidades de inversión alternativa en un amplio
espectro sectorial, y, asimismo, tiene necesidades insaciables de recursos
propios para financiar parte de sus carteras de I+D, y, en general, para
palanquear la totalidad sus inversiones. Las funciones de gestión interna de la
empresa, particularmente el ejercicio de la autoridad directa del capital sobre
los trabajadores por medio de toda una jerarquía de supervisores, capataces,
jefes de personal, etc., en parte se reducen o eliminan, en parte se llevan a
cabo por medio registros automáticos, en parte son transferidas a empresas de
menor rango jerárquico en la escala del capital diferenciado, y, en general,
tienden a devenir propiamente lo que no eran antes: los faux frais de la
explotación capitalista.
La
desconcentración unida a la centralización del capital, al incorporar
circunstancialmente capital por cuenta y riesgo de terceros, permite también a
la empresa de capital potenciado la oportuna afectación y desafectación de ese
capital. Es el caso de negocios extraordinarios, que se realizan una única vez,
tienen comienzo y fin definidos y no se repiten: la empresa de capital
potenciado logra p. ej. una adjudicación importante para la prestación de un
servicio singular, o la realización de relevamientos, prospecciones geológicas,
instalaciones u obras civiles, y subcontrata a terceras empresas o forma
asociaciones ad hoc para llevarlos a cabo. De esta suerte, existe a disposición
de la empresa tipo III y de la empresa dominante tipo II, una gigantesca masa
de recursos de terceros a la que puede recurrir oportunamente cuando tiene un
negocio asegurado. Se presentan aquí semejanzas y diferencias significativas
entre el capital tecnológicamente diferenciado y otras estructuras más
abstractas y generales de capital. Así como la mercancía se desdoblaba en
merancía común y mercancía dineraria, el capital se ha desdoblado en capital
común y capital potenciado; pero este desdoblamiento se consolida cuando el
capital común es capital subordinado o, específicamente, simple, y el capital
potenciado es capital tecnológico; así como allí la cambiabilidad era en una
parte condicional y en la otra incondicionada, aquí la relación de acumulación
es, en un polo, incondicional, porque la realización del capital está asegurada
o incluso consumada antes de establecerse el subcontrato, y, en el otro polo,
condicional y precaria.
El grado
de precariedad, por un lado, y la capacidad de iniciativa en la configuración y
reconfiguración de subsistemas de acumulación capitalista, miden y vuelven a
medir en cada encuentro los grados de jerarquía del capital diferenciado. Pero,
a la vez que la diferenciación del capital, como el capital mismo, tiene su
génesis en la mercancía, la forma jurídica característica
del capital diferenciado, el contrato de adhesión, está conceptualmente en
desacuerdo con su carácter mercantil. Otras semejanzas y diferencias exteriores
subrayan mejor aún la originalidad histórica de esta estructura; en particular,
los altibajos cíclicos en la escala de la acumulación del capital no
diferenciado desembocan en una paralización brusca y generalizada de la
producción, que reconstituye el "ejército industrial de reserva",
formado por una inmensa masa de desocupados, que se había reducido o eliminado
en el tramo del ciclo ascendente, precipitando la caída de la tasa general de
ganancia. Es el momento de la purificación destructora del capital y del
reemplazo de un gran parque de planta y equipo; es entonces cuando fructifican
innovaciones que venían madurando y se difunden las nuevas técnicas, se
realizan nuevas inversiones y la acumulación de capital va cobrando una animación
que se acercará al delirio y a una nueva crisis. En el "puchero
humano" del capital diferenciado hierven permanentemente "hombres y
mujeres, unos hacia arriba, y otros hacia abajo, y otros de través": el
ejército industrial de reserva se mantiene indefinidamente, y se forma también
un capital industrial de reserva, un gigantesco arsenal de capital fijo
semiocioso que, lindante con la obsolescencia, es todavía un instrumento
eventual de explotación; al ciclo diacrónico se sobrepone una diferencia
sincrónica creciente entre la prosperidad sin límites y la miseria abismal, y
una porción mayoritaria de la humanidad conoce el horror de la guerra en
tiempos de paz, cuando no las atrocidades de la guerra misma, que,
paralelamente a la nueva estructura de la crisis, cobra la forma infinitamente
cruenta de la guerra propia del capital diferenciado, irónicamente calificada
como de "baja intensidad".
[Producción
de valor diferencial, o reproducción relativa. El trabajo que crea valor
diferencial]
Las
determinaciones simples (genéricas) de un trabajo que crea valor diferencial
están comprendidas en la segunda mercancía; en el concepto clásico más
abstracto del valor, que prescinde de las determinaciones específicas del valor
mercantil: si un obrero es más hábil
que sus colegas, más diestro, o más empeñoso, entonces en un tiempo
igual de trabajo dado creará más
valor que el obrero promedial. Su capacidad individual de producción es mayor
que la capacidad social promedial de reproducción. Lo contrario ocurre con el trabajador
menos productivo. Uno y otro
programan sus trabajos con arreglo a sus ventajas "comparativas"
respectivas y, al obrar de tal suerte, el primero tiene además una ventaja
"absoluta" (entre las opciones que configuran su dominio técnico, la
mayor), y el segundo una des-ventaja "absoluta" (entre las suyas, la
menor). Cada uno, al hacer lo mejor que puede y lo que puede mejor (ventaja
comparativa), aventaja al promedio de los demás (ventaja absoluta) o es
aventajado por ese promedio (desventaja absoluta).[197][29]
Los
hombres mercantiles, "productores privados independientes", toman
posiciones en la división social del trabajo comportándose con arreglo a la ley
del valor, hasta que tales posiciones -la ocupación o el oficio de cada uno-
coinciden con sus ventajas "comparativas". La dispersión de los
grados y perfiles de ventajas comparativas en la población de productores,
junto con los costos "friccionales" de reasignación y relocalización,
atempera la sobrerreacción del sistema ante una discrepancia supraliminar entre
valor y valor mercantil. Estas ventajas pueden representarse (en dos
dimensiones) por el punto en que la línea anual individual de transformación,
cuya pendiente define los valores individuales relativos para una mezcla de
productos, alcanza la recta de balance más alta entre las asequibles para este
productor. (Si se supone el caso particular de productividades marginalmente
declinantes en un dominio técnico continuo, la línea de producción máxima es
una curva cóncava al origen; en el punto que representa la ventaja comparativa
se igualan los valores relativos individuales y los valores mercantiles
relativos o valores de cambio y, tendencialmente, los valores relativos
individuales y los sociales).
La
existencia de productores mercantiles carentes de ventajas comparativas, tales
que, para un período dado, su línea individual de transformación (donde un
punto cualquiera indica una mezcla de productos obtenible y la pendiente en ese
punto los valores relativos individuales de los componentes de esa mezcla)
sigue el contorno de la línea de los valores relativos ("curva social de transformación"), es
tanto más improbable cuanto mayor es el desarrollo y la complejidad de la
cultura técnica. En verdad, el ideal universal "renacentista" [198][30] del
individuo cultivado en las ciencias y las artes, y, de ese modo, plena y
propiamente contemporáneo de sí mismo, luce ingenuo y anacrónico en la era del
capital tecnológico. Y es, de hecho, imposible, no sólo ni principalmente por
el desarrollo colosal y vertiginoso de la ciencia y la tecnología, sino debido
a la estructura capitalista específica de la ciencia institucionalizada, que,
entre otras cosas, se expresa en su separación de la filosofía, en el
consiguiente empobrecimiento de ésta, en la progresiva subsunción de la ciencia
por la tecnología y, finalmente, de ambas por el capital.
El
burgués, hombre de mundo al fin, se aviene bien a abandonar ese ideal, que
tiene por inalcanzable y, por añadidura, inútil para aumentar la tasa de
ganancia. Por su parte, el trabajador sabe que, él, individuo abstracto, no
puede aspirar a la producción libre, ni siquiera a la autonomía de la hoja en
el viento. Radicalmente determinado como productor, no es, empero, en la
producción real, más que instrumento de una potencia ajena, de una voluntad
ajena, de un derecho ajeno, de una riqueza ajena, de un saber ajeno. Adán fue
condenado por Dios porque probó el fruto prohibido, el obrero moderno porque el
capital ha tomado infinitos cuidados para evitar que lo deguste.
*
La
producción sistemática de plusvalor relativo (compatible en general con
salarios sobrenormales), se funda en la producción de valor relativo y éste en
ventajas absolutas debidas a la producción tecnológica. Con prescindencia de
las determinaciones formales de la producción de valor, la proporción en que la
productividad material de un individuo difiere de la promedial de su oficio o
rama determina su tasa de creación de valor diferencial o relativo. A la
ventaja absoluta de un productor (que sobrepasa el producto promedial)
corresponde la desventaja absoluta de otro (que, en el mismo tiempo, no lo
alcanza); al valor creado en condiciones diferenciales, corresponde otro igual
de signo contrario; la suma algebraica de los frutos de valor fundados en las
ventajas individuales es nula. La crítica moderna reprochó a los mercantilistas
la noción de un juego de suma cero, pero el enfoque unilateralmente
circulatorio de neoclásicos y keynesianos, recae en ella sin salvación, y el
mismo supuesto se oculta tras los aderezos de la definición patinkiniana de
"demanda neta". ¡"On dit que personne ne perd jamais sans qu' un
autre gagne"!
La
firma del tercer tipo actúa complementariamente en dos campos de actividad del
capital, la innovación, y la reproducción. El producto que obtiene en el primer
campo no posee valor alguno, pero el producto tiene la virtud de potenciar el
capital de la misma empresa en el plano de la reproducción, o el de otra
empresa, generalmente de tipo II, a la que puede potenciar transfiriéndole
tecnología o más generalmente técnicas productivas, a través de diversos
arreglos comerciales (desde la venta de equipos avanzados y servicios hasta
contratos de tecnología). El capital tecnológicamente potenciado tiene ventajas
comparativas y absolutas, y estas últimas pueden ser de orden cuantitativo o
cualitativo. Comparativas, porque, con la salvedad que se hará en seguida, la
empresa de capital potenciado se comporta con arreglo a la ley del valor;
absolutas, porque se mantiene en la delantera del progreso técnico, sin más
rivales que otras empresas de capital potenciado. En el capital no
diferenciado, el reposicionamiento de las empresas según sus ventajas
comparativas era -en principio- suficiente para asegurar la vigencia de la ley
del valor capital. No es así en la estructura del capital diferenciado, donde
no se verifica la igualación tendencial de las tasas de ganancia. Las ventajas
absolutas de las empresas de capital tecnológicamente potenciado pueden ser
cuantitativas o cualitativas. A grandes rasgos, las primeras corresponden a
innovaciones de proceso y las segundas a innovaciones de productos. Admitiendo
que no hay una dicotomía estricta entre ambas clases de innovación, subsiste,
empero, la siguiente diferencia: la empresa que goza de una ventaja absoluta
cuantitativa aventaja a otras en su capacidad de reproducir sus productos con
un costo unitario (en capital comprometido) menor, en tanto que la empresa que
posee una ventaja absoluta cualitativa puede producir y eventualmente reproducir
productos que otras firmas no pueden producir. [199][31]En
estos productos, paradójicamente (ésta es la salvedad), esta empresa, puesto
que su valor individual es idéntico su valor, no tiene ventaja comparativa.
Ambas
ventajas absolutas confieren al producto particular de un trabajo individual la
virtud mercantil más "preciada":
la de representar más valor que el inmanente; la de comandar -en mercados
despejados, y agotado el efecto del ajuste clásico- más valor social que el
suyo individual, o, más precisamente, por representar más trabajo social que el
representado en su valor-capital. (El caso límite de la ventaja absoluta de
orden cualitativo es el de un producto que carece de valor, de modo que
cualquier valor mercantil positivo cumple esta condición). No obstante su
naturaleza diversa, ambas clases consisten en lo mismo, ya que con menos
trabajo se "comanda" más; una cantidad dada de trabajo se convierte
en un instrumento con el que su dueño capta la objetivación mercantil de una
cantidad mayor de trabajo. En el caso de la ventaja cuantitativa, esto es así
porque este capital potenciado utiliza un trabajo extraordinariamente productivo, dotándolo de las
condiciones necesarias para la creación de (plus)valor diferencial. En
consecuencia, produce más valor y en general más plusvalor por unidad de
capital, sin excluir que posea poder para elevar el valor mercantil de sus
productos por encima de su valor capital. En el caso de la ventaja cualitativa,
es únicamente por esta última circunstancia; este capital potenciado es capital
monopólico. En ambos, una circunstancia privilegiada convierte a un trabajo
particular en un instrumento para la apropiación de una cuantía extraordinaria
de ganancia por unidad de capital comprometido, confiriéndole, en general (caso
de ventaja cuantitativa), una productividad superior, pero sin que
necesariamente sea así (ventaja cualitativa). [200][32]Mientras
la ventaja absoluta cuantitativa es, por su lado, una diferencia entre las
productividades de dos trabajadores que coinciden en tener la misma ventaja
comparativa (sólo que en el mismo tiempo de trabajo producen porciones
distintas del mismo valor de uso mercantil y crean, por consiguiente, valores
diferentes en lo único en que pueden diferir dos valores simultáneos, en su
cantidad), la ventaja cualitativa absoluta es, por el suyo, una capacidad
exclusiva de reproducción. En una, hay competidores, pero son menos
productivos; en otra, la "entrada" de productores rivales está
vedada.
Un
producto reproducible puede no ser multiplicable en escala creciente por el
mismo productor, y cabe también que no sea reproducible por otros. Para que una
mercancía producida sea no reproducible, debe ser no repetible, ni siquiera por
su mismo autor; como vimos al
reseñar y comentar el argumento ricardiano, así acontece con mercancías de
carácter singular, como ciertas obras de arte originales, que no son
reproducibles ni multiplicables. Finalmente, cabe que una mercancía sea a la
par multiplicable y no reproducible, como ocurre con la mercancía "fuerza
de trabajo" que, como lo explica Marx, aunque de un modo no satisfactorio,
constituye el secreto del capital industrial.
Desde
que el capital industrial se apoderó de la producción, viene imprimiendo a las
"fuerzas productivas" un avance impetuoso e incesante. Mientras cada
empresa capitalista se afana en la valorización de su capital, contribuye a la
desvalorización masiva del capital de todas. Tan pronto una de ellas conquista
el privilegio del innovador (o lo reconquista, en el caso del capital
tecnológico), en su sordo lenguaje imparte a los economistas una clase de
repaso del concepto elemental, recordándoles que el valor de los productos está
determinado por las condiciones cambiantes de su reproducción. Al tiempo que
imparte esta lección, la empresa innovadora gana una ventaja absoluta, y
decreta pérdidas generalizadas de capital en el renglón de su competencia:
desvalorización del capital constante si la ventaja absoluta es de orden
cuantitativo, obsolescencia del capital fijo si es de orden cualitativo, e
incluso la defunción del negocio, si la innovación descalabra o reestructura a
su favor subsistemas de acumulación preexistentes. La desvalorización, que
puede afectar a la empresa innovadora y no solamente a sus rivales, es para
éstos una pérdida desastrosa y para aquélla un costo de reposicionamiento
competitivo y, en definitiva, la inversión más rentable. En la segunda mitad
del presente siglo, los procesos de ajuste espontáneo característicos de la
estructura del capital no diferenciado (el cambio en las proporciones
sectoriales de la producción, gobernado por la tendencia a la igualación de las
tasas de ganancia esperables en distintas ramas, y los derrumbes periódicos en
la escala de la reproducción, seguidos de un vigoroso repunte), son
progresivamente subsumidos por el ajuste regulado, presidido por las empresas
del tercer tipo. Se eliminan irreversiblemente las empresas de tipo I que
fracasaron en su intento de conversión a tipo II, y las de tipo II desechadas
por subsistemas en transformación o arrastradas por el naufragio de subsistemas
perdedores. Ahora bien, incluso si el capital de tercer tipo, que basa su
estrategia en la recreación continua de ventajas absolutas, cuantitativas y
cualitativas, queda a salvo de la eliminación masiva de empresas de capital,
esa destrucción contrae el espacio de las ventajas absolutas de orden
cuantitativo. [201][33]Prevalece
entonces la ventaja absoluta cualitativa: la producción capitalista se torna virtualmente imposible fuera de
los subsistemas dominados por el capital tecnológicamente potenciado. La masa
de capital tercerizado en reserva, a la que ya se aludió, sobrevive
precariamente, en estado latente, al borde de la catástrofe, esperando la
reactivación quimérica: la oportunidad providencial, la orden de compra, el
contrato, el vuelco de la coyuntura, la ordalía que decida su salvación o su
condena, o bien la posibilidad de reciclarse bajo el ala de una empresa de
capital tecnológicamente potenciado (del tipo III), adecuándose en un todo a
las exigencias procustianas del subsistema particular.
El
capital industrial se ha vuelto contra sí mismo. Cuando empezaron a tornarse
patentes las manifestaciones y las consecuencias de la diferenciación del
capital, ya el capitalismo había expropiado a los obreros, despojándolos de sus
medios de vida y de producción, que el conjunto de los capitalistas acaparó en
su totalidad. Los obreros habían perdido la capacidad esencial de entablar por
su cuenta, sin la mediación del capitalista, su vínculo social. En cada escalón
del progreso ascendente del capital, quedaron más despojados del oficio, del
saber técnico, del trabajo; el trabajo mismo dejó de ser creación, cultivo de
las potencias del individuo. El capital no eliminó la función educativa del
trabajo, pero, al doblegar al productor, se cuidó siempre de asegurarse una
doble reducción: de la educación del trabajador a un proceso de aprendizaje y
entrenamiento, y de este proceso a un instrumento de subordinación y
disciplina. El "saber hacer" se entiende, sobre todo, como
"saber obedecer". El fino instinto de clase del capitalista le hace
pujar consecuentemente y sin pausa para extender las mismas precauciones al
ámbito donde educación institucionalizada se "dicta" o se
"imparte", y allí libra la batalla mortal contra el poder emancipador
del intelecto.
Pero el
capital es el peor enemigo del capital. Lo que al comienzo era una sistemática
subsunción -que vale aquí como deglución y digestión- del trabajo, se continúa
naturalmente como la absorción del capital por el capital. La diferenciación
procesual es la consecuencia inevitable del choque agonístico entre las
empresas conforme a su naturaleza capitalista, y el dominio del capital
tecnológico es su desenlace necesario. Se presenta una homología formal entre
la tercera mercancía y el tercer capital, entre el desarrollo de la forma del
valor y el desarrollo de la forma del plusvalor. En ambos se produce el
desdoblamiento de una figura simple en una estructura polarizada; allí la
mercancía se escinde en mercancía común y mercancía dineraria, aquí el capital
industrial se diferencia en capital reducido simple y capital tecnológicamente
potenciado. En consecuencia (haciendo abstracción de las empresas de tipo I y
de las empresas de tipo IV), la empresa de capital se escinde en empresa de
capital tecnológicamente potenciado y empresa de capital reducido simple.
Así
como el dinero, cambiabilidad incondicional y universal, es la negación de un
atributo esencial de la mercancía y sin embargo la consumación de la esencia
específica de la mercancía, y, precisamente, la eliminación de un rasgo de la
mercancía, su condicionalidad como producto social, para la expresión más
completa y el desarrollo sin trabas de ese mismo rasgo, también la
diferenciación del capital es, a la par que la negación parcial del capital en
el polo donde la empresa está desprovista de autonomía, es su exacerbación
extrema en el pináculo del conjunto de los subsistemas de capital tecnológico.
Más
aún, así como el desarrollo de la mercancía no afecta unilateralmente a su
forma de valor, sino que compromete todos los atributos del producto que se
configura como mercancía, así también el desarrollo de la forma del plusvalor
conlleva una transformación de toda la estructura del capital, lleva a su
límite la naturaleza mercantil del producto, desdibuja la figura moderna del
Estado, pone en jaque las conquistas de la civilización capitalista, crea
simultáneamente paisajes de prosperidad inédita y de miseria y destrucción
apocalíptica, y prepara el teatro del cambio histórico.
A la
luz de las presentes transformaciones del capital, ¿se mantiene el postulado
científico del socialismo, que el desarrollo capitalista hace posible una nueva
civilización a la altura de todos los logros y las promesas de la modernidad y,
a la vez, la eliminación del capital mismo como fuerza ciega, insensible y
agonística? Hoy sabemos que el desarrollo del capital no diferenciado no creó
directamente tales bases para la superación del capital, o no alcanzó a
completar esos fundamentos. ¿Qué alternativas ofrece la diferenciación del
capital y, en particular, el imperio del capital tecnológico?
En la
época del capital no diferenciado fue patente, y lo es todavía, la
diferenciación geográfica de la sociedad capitalista; las condiciones políticas
de la revolución socialista se presentaron en forma concluyente y contundente
en países donde el capitalismo no llegó nunca a desarrollar una sociedad
moderna. El triunfo de la revolución en esas condiciones no pudo establecer
sino breve y precariamente instituciones políticas socialistas, mientras la
producción económica sufrió crisis y marasmos catastróficos. Particularmente en
la Unión Soviética, la industralización a paso forzado, acuciada por imperiosa
necesidad militar, cobró gradual e ineluctablemente el carácter de acumulación
capitalista, optó por la estrategia de la convivencia pacífica sazonada con la
competencia económica con Occidente (XX Congreso del PCURSS), y sucumbió
formalmente en 1991, incapaz de adaptarse al proceso de diferenciación del
capital.
¿Es
favorable la nueva estructura a la transformación social? La diferenciación del
capital es -de hecho- una transformación radical y vertiginosa de la estructura
social en todos sus aspectos. De la teoría del capital tecnológico no se
deducen los nuevos paradigmas políticos, que requieren, además, de la praxis.
Pero el concepto encuentra su quehacer en la experiencia misma, iluminada por
la crítica. Al revelar de qué trata el presente, vuelve lo contingente,
necesario; lo inmediato, relevante; la vocación, compromiso. La teoría no es
"guía para la acción", es más bien concepto que es acción, acción que
es concepto. ¿Qué concibe el concepto? La contemporaneidad, las claves
programáticas de lo concreto histórico, las mediaciones de la revolución, que
únicamente pueden constituirse sobre las estructuras creadas por el desarrollo
del capital. Sin ellas, el trabajador individual es abstracto, el trabajador
colectivo es abstracto, la clase trabajadora es una abstracción, son otras
tantas existencias en la irrealidad abisal de la globalidad igualmente
abstracta, dominada por el proceso ciego del capital.
Así
como la diferenciación del capital determinó una nueva estructura del capital,
dominando la producción de nuevas técnicas productivas en la órbita de la
planificación centralizada por las empresas de capital tecnológicamente
potenciado, así también rompió la homogeneidad abstracta de la clase obrera,
imponiéndole su propia configuración. A la vez que el capital ha perdido la homogeneidad
esencial del capital no diferenciado, también perdió la clase obrera su
homogeneidad, y, de hecho, los estratos de la clase obrera que conservan mayor
semejanza con el proletariado industrial de la época del capital no
diferenciado representa una porción relativamente reducida de la población;
precisamente esta transformación dió pábulo a la peregrina ilusión de que la
clase obrera ha poco menos que desaparecido cuando, por el contrario, en virtud
de la diferenciación del capital, abarca la abrumadora mayoría de la humanidad.
¿Qué
transformación sufre la sociedad capitalista en su conjunto como consecuencia
de la diferenciación del capital? Aunque es temprano para dar una respuesta, el
aspecto más saliente es que mientras la producción de plusvalor se transforma
en una estructura transnacional, el Estado capitalista deviene supranacional, a
la vez que se extingue en él la forma del Estado nacional moderno. Esta
transformación abre nuevas perspectivas al cambio social, imponiéndole una
concepción esencialmente internacional, y condenando por abstractas tanto la
visión estrechamente nacional cuanto la universal no mediada. El lado
vulnerable del Estado capitalista supranacional se acusa en su necesidad de
recrear, contra la más cruda evidencia, la vieja ilusión que proyecta en él el
interés general. Su posibilidad de lograrlo se cifra en la futilidad de la
concepción que se le opone, contra la que esgrime con éxito contundente la
pretensión desafiante: ¡no hay "proyecto alternativo"! La repetida eficacia
de tan pueril estratagema ideológica, revela características específicas de la
nueva estructura de poder en la sociedad dominada por el capital relativo.
*
También
los antecesores burgueses de los nuevos capitalistas rechazaron de cuajo la
dialéctica y discriminaron el discurso según fueran sus intenciones o efectos,
críticos, apologéticos, rebeldes o serviles; también ellos silenciaron
ocasionalmente el discurso libre, como lo es por esencia todo discurso animado
por el concepto; también pujaron tenazmente para que se le negara
reconocimiento académico, lo desterraron de las instituciones y, llegado el
caso, de los mass media. Pero el poder del capital relativo no se conforma con
esos retaceos mezquinos. La cultura del capital tecnológicamente potenciado ha
infundido en toda la sociedad el horror al concepto. La extrema centralización
de los recursos financieros permite a la clase capitalista gobernar o regular
los criterios de asignación de recursos para la producción intelectual, tendiendo
sobre el mundo jerarquizado por la diferenciación del capital una densa malla
de cepos y maromas consistente en la fijación de prioridades temáticas y la
prescripción de modalidades de trabajo, en la manipulación condicionada y
extorsiva de presupuestos, créditos, subsidios, asignaciones ad hoc,
complementada con la administración autoritaria de todo un alambicado complejo
de referatos, evaluaciones, acreditaciones y reconocimientos.
Allí
donde el espíritu sufre la fragmentación implacable de su medio necesario: el
discurso, y el bárbaro menoscabo de su movimiento: la dialéctica, [202][34]las
empresas de capital tecnológicamente potenciado complementan sus laboratorios y
plantas piloto con proveedores de servicios especializados para completar
determinados eslabones de sus programas de innovación. Su abrevadero de
tecnología no termina en el mercado mismo; también comprende universidades
públicas y privadas y organismos técnicos estatales que, ávidos de
financiamiento, se muestran prontos a adecuar oportunísticamente normas y
modalidades de gestión, incluso en desmedro de sus finalidades científicas y
educativas. La posición de las empresas de capital relativo les permite y exige
escoger en el mundo la excelencia suprema, de la que pueden disponer de modo gratuido
u oneroso con un compromiso mínimo de capital. Lo mismo en la producción
capitalista de nuevas técnicas que en la explotación del renovado privilegio
del innovador, la "tercerización" complementaria o el descompromiso
de capital es la estrategia favorita del capital tecnológicamente potenciado.
El capital diferenciado completa la tarea histórica del desarrollo capitalista,
y concluye rápidamente la preparación de los fundamentos materiales de una
nueva civilización. El ámbito de la producción esencial y específica de la
nueva sociedad: la producción científica de nuevas técnicas, es una actividad
que la gran empresa de capital relativo planifica en gran escala, mostrando,
por una parte, que el principio de la planificación es insoslayable incluso
para la empresa de capital, y, por otra, que la eficacia de la planificación
capitalista entra en contradicción profunda e inconciliable con su propio
carácter esencialmente totalitario.
*
La
forma democrática de gobierno es una condición técnicamente necesaria para la
reproducción más económica de la estructura social del capitalismo
diferenciado. El Estado supranacional debe representar en el mundo el papel de
cruzado de las formas democráticas de gobierno, y, al mismo tiempo, reducir
esas formas a hueras formalidades. Lo lograría quebrando la mediación entre el
contenido que corresponde al concepto de democracia: la soberanía popular, y
las formas democráticas de gobierno que constituyen mediaciones necesarias para
la expresión de ese contenido: la representación popular con mandatos
revocables y vinculantes. También en la época del capitalismo no diferenciado
la sociedad de clases se mantenía por el efecto combinado del fetichismo de las
formas mercantiles del capital, la hegemonía cultural de la burguesía, el
retaceo de las formas democráticas de gobierno republicano, la perversa
introyección del poder ajeno en el alma servil de los explotados y, en fin, la
represión cruda y nuda. El nuevo Estado capitalista, que constituye una
jerarquía de Estados nacionales dominantes y subordinados, no desdeña esos
arbitrios. El Estado nacional dominante se arroga la potestad de calificar las
transgresiones a los principios de la libertad en cualquier lugar del mundo, y
la de condenarlas o justificarlas unilateralmente. Acude él mismo a invasiones,
bloqueos y amenazas contra otras naciones, o lo hace convocando y encabezando
alianzas circunstanciales, o tolera, comprende e incluso apoya activamente a
Estados subordinados adictos en la comisión de crimenes militares contra
poblaciones campesinas y civiles; finalmente, valiéndose de los nuevos recursos
técnicos, desarrolla y perfecciona todos los arbitrios de la represión. La
represión misma, empero, es una función que la eliminación del discurso ha
tornado excepcional e incluso superflua, especialmente desde que la lógica de
su propia legitimación obligó al Estado nacional dominante en el Estado
supranacional a estatuir la transgresión de las normas de la civilización
capitalista por parte de un estado nacional subordinado como el elemento
infaltable en la figura del "casus belli".
\=-
*
La
exigencia de mantener las formas democráticas, que obliga circunstancialmente a
la gran potencia, es ineludible para todos los partidos desde que el objeto de
la lucha de clases es el dominio de las fuentes tecnológicas del cambio
técnico. Solamente puede aspirar a ese dominio la fuerza social que gane y
conserve la iniciativa política, el reconocimiento de la representación
legítima, la hegemonía cultural. El obstáculo más formidable que enfrenta la
clase trabajadora reside en las condiciones que impone la nueva estructura del
capital para la constitución de su "para sí". La diferenciación del
capital condenó a la obsolescencia y tornó irrelevantes los ámbitos de autorreferencia
y organización que brindaron otrora sostenes de mediación concretos
-territoriales, sectoriales- para la acción sindical y política. Sin embargo,
la organización más desarrollada de la estructura productiva brinda a la clase
diversa y dispersa puntos de apoyo, escalones, objetivos y metas concebibles y
asequibles para la conquista de sus propias capacidades de producción.
Los
"movimientos sociales" y partidos "políticos" de propósitos
circunscriptos encontraron puntos vulnerables en el nuevo sistema, pero no
comprendieron del todo cómo y porqué sus legítimos reclamos arbitran de hecho
en favor del capital tecnológicamente potenciado; cómo y porqué su acción
unilateral, abstracta, contribuye sin saberlo ni desearlo a encumbrar el poder
despótico del capital tecnológico, ayudándole ora a eliminar, ora a reducir,
los capitales potencialmente rivales, suprimiendo o subsumiendo otras fuentes
de potenciación del capital, distintas del monopolio tecnológico. Su fracaso
pone de manifiesto que la política de la época no es sólo una lucha por la
legitimidad y la iniciativa en la negociación social, sino principalmente por
concebir y expresar la lógica de conjunto de todas las reivindicaciones
sociales. Cuando la ciencia descubre el camino de lo abstracto a lo concreto da
con la clave del saber. Es también la clave de la experiencia:
"Si nos fijamos en la materia al
principio es horrible y fétida, ya que es el infierno; al final próspera,
deseable y agradable, porque es el paraíso".
[Aforismos]
I. La
forma mercantil del valor es la forma del valor mercantil. (La expresión del
valor de la mercancía está mediada por la expresión de su valor mercantil).
II.
Utilidad y valor son momentos genéricos de la mercancía en tanto ésta es, en
general, un producto reproducible. Dadas la cualidad y la cantidad inmediata de
un producto, ambos momentos genéricos son otras tantas proyecciones de la
capacidad productiva del sujeto. La ley del valor específicamente mercantil
expresa la vigencia del principio etológico o praxiológico del valor relativo
en la sociedad capitalista.
III. La
dialéctica del valor mercantil pertenece a la fenomenología de la consciencia
del homo mercator, aunque las formas aparentes de la mercancía son categorías
objetivas. Las doctrinas económicas captan esas figuras incompletas pero no
distinguen sus momentos específicamente mercantiles ni -por ende- sobrepasan su
abstracción.
IV. El
trabajador del capital crea plusvalía porque no es poseedor de sus propios
productos, de los medios adecuados para obtenerlos, ni de su propia fuerza de
trabajo al hacerla efectiva, y porque la mercancía en la que toma cuerpo su
trabajo sólo recibe esa forma adecuada a su realización por disposición del
capitalista. La última condición es necesaria, las anteriores, contingentes. Lo
es también, en consecuencia, la forma asalariada del trabajo que crea plusvalor
capitalista.
V. El
capital industrial configura subsistemas dominados por firmas con poder para
regular el proceso de acumulación de otras empresas, sus proveedores y/o
clientes. Son estructuras de orden jerárquico. En un extremo está el capital
potenciado, en el otro, el capital reducido, subordinado, que no es capital
para su propietario. Los subsistemas de capital se transforman pari passu con las etapas históricas
del capital.
VI. El
desarrollo capitalista, en tanto desarrollo formal del capital industrial,
consiste esencialmente en un proceso de diferenciación del capital. De él
resultan dos figuras básicas del capital industrial, contrapuestas en una
estructura polarizada: el capital simple y el capital compuesto o
tecnológicamente potenciado.
VII.
Como consecuencia de la diferenciación del capital, la ley económica general
del sistema capitalista se modifica profundamente. El capital tecnológico tiene
su fundamento en la producción de plusvalor relativo. Su premisa es el dominio
universal absoluto de la innovación técnica, el secuestro de las capacidades
productivas de la humanidad.
VIII.
En el subsistema capitalista diferenciado las metamorfosis del capital expresan
el poder extorsivo y la administración despótica del capital tecnológicamente
potenciado. En ausencia de crisis generalizada, la cambiabilidad de la
mercancía común no es ya meramente virtual; el contrato de adhesión se impone
como la forma jurídica característica de la relación mercantil.
Correlativamente, la unidad de las funciones del dinero (por ende, el dinero
mismo) permanece en suspenso: una profusión de obligaciones e instrumentos
basados en el crédito público y privado, desempeñan funciones dinerarias.
IX. La
competencia entre empresas de capital potenciado se centra en la configuración
y reconfiguración de subsistemas de acumulación de capital. La producción de
plusvalor relativo por empresas de capital compuesto, como medio para alcanzar
tasas extraordinarias de ganancia, implica la producción por empresas de
capital simple de plusvalor absoluto, para obtener tasas de ganancia entre
ordinarias y nulas, y la imposibilidad de toda producción fuera de tales
subsistemas. Grandes porciones de la humanidad son condenadas a la desocupación
permanente; la amenaza de este infierno social impone la disciplina y la
sumisión en el purgatorio del empleo.
X. Como
consecuencia de la diferenciación del capital, el Estado capitalista pierde su
carácter moderno; la sociedad civil se desvanece, ya que tanto la forma
mercancía (económica y jurídica), cuanto las formalidades institucionalizadas
del derecho público, son ahora otras tantas mediaciones unilaterales del
capital. La tiranía del capital extiéndese inmediatamente a toda la sociedad,
desde la empresa de capital donde, antaño -en la época del capital industrial
no diferenciado-, su jurisdicción terminaba en la oficina o la planta
industrial.
XI. La
diferenciación del capital es también la diferenciación de la clase
trabajadora. El subsistema de capital tecnológico brinda un escalón natural
hacia la unidad de la clase diversa (como antes la empresa o la rama).
XII. La
estructura del capital diferenciado le muestra a la clase trabajadora cuál es
la clave económica de los valores políticos como la democracia, la libertad;
cuál el criterio para medir el valor estratégico de sus objetivos inmediatos;
cuál, en definitiva, el camino de la emancipación: ¡apropiarse de sus propias
capacidades productivas!
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